" “Salve Reina, rosa sin espina Hija de amor, Madre del Señor. Ruega por mí, que no muera pecador”. " ( San Jose de Cupertino )

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María en el Nuevo Testamento

 

En los Santos y Padres de la Iglesia

 

Los Dolores de Maria

 

 San Alfonso Maria de Ligorio - (Nápoles, 1696-1787)

Doctor de la Iglesia   y  Patrón de Confesores y Moralistas .

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las Glorias de Maria de San Alfonso Maria de Ligorio.

Discurso noveno



DOLORES DE MARÍA




María fue reina de los mártires porque su martirio fue más prolongado y más grande que el de todos ellos




¿Habrá quien tenga un corazón tan duro que no se conmueva al oír el suceso más triste que haya ocurrido? Había una madre noble y santa que no tenía más que un solo hijo; éste era el más amable que imaginarse pueda: inocente, virtuoso, bello y amantísimo de su madre, hasta el punto que nunca le había dado el menor disgusto, sino que siempre le había mostrado respeto y obediencia total con toda la ternura de su corazón. Y después, ¿qué sucedió? Que ese hijo, por envidia, fue acusado por sus enemigos; y el juez, aunque conocía y confesó él mismo su inocencia, únicamente por no enfurecer a sus enemigos lo condenó a la muerte más infame, la misma que le habían pedido a gritos. Y aquella pobre madre tuvo que sufrir el dolor de ver que le arrebataban contra toda justicia aquel hijo tan amante y tan amado en la flor de su vida con una muerte atroz, pues lo hicieron morir a fuerza de tormentos, desangrado a la vista de la plebe, en un patíbulo infame.


¿Qué podemos decir? ¿Es digno de lástima este suceso y el dolor de esta madre? Ya me entendéis de quién hablo. Este hijo tan cruelmente ejecutado fue Jesús, nuestro amorosísimo Redentor, y esta madre fue la Santísima Virgen María, quien por nuestro amor consintió verlo sacrificado a la divina justicia por la barbarie de los hombres. Este gran dolor de María ofrecido por nosotros, que le costó más que mil muertes, merece nuestra compasión y gratitud. Y si no podemos corresponder de otra manera a tanto amor, al menos detengámonos a considerar lo cruel de este dolor por el que María se convirtió en reina de los mártires, porque su martirio superó el dolor de todos los mártires, habiendo sido el suyo, primero, el martirio más prolongado, y segundo, el martirio más cruel.



PUNTO 1º




1. María fue verdadera mártir




Así como Jesús es llamado rey de dolores y rey de los mártires porque en su vida padeció más que todos los demás mártires, así también María es llamada con toda propiedad reina de los mártires, habiendo merecido este honor por haber sufrido el martirio mayor que pueda sufrirse después del de su Hijo. Por lo cual, con razón, la llama Ricardo de San Lorenzo mártir de los mártires. A ella puede aplicarse lo que dice Isaías: “Te coronará con corona de tribulación” (Is 22, 18), es decir, que la corona con que fue proclamada reina de los mártires fue su mismo sufrimiento, mayor que el de todos los mártires juntos.


Que María sea reina de los mártires no puede ponerse en duda, como lo demuestran el Cartujano, Pelbarto, Catarino y otros, siendo sentencia común que para que haya martirio basta que se dé un dolor suficiente para causar la muerte, aunque de hecho no se llegue a morir. Así san Juan Evangelista es considerado mártir a pesar de que no murió en la caldera de aceite hirviendo y, en cambio, salió más juvenil de lo que entró, como dice el breviario romano. Para merecer la gloria del martirio, dice santo Tomás, basta que uno se ofrezca a obedecer hasta la muerte. María fue mártir, dice san Bernardo, no por la espada del verdugo, sino por el acerbo dolor del corazón. Si su cuerpo no fue herido por la mano del verdugo, sin embargo su corazón se vio traspasado por la espada del dolor de la pasión de su Hijo, dolor suficiente para causarle no una, sino mil muertes. Y por eso veremos que María no sólo fue verdadera mártir, sino que su martirio superó al de todos los demás al ser un martirio más prolongado, ya que toda su vida, por así decirlo, fue como un constante morir.

Como la pasión de Jesús comenzó con su nacimiento al decir de san Bernardo, así también María, del todo semejante a su Hijo, padeció su martirio durante toda su vida. Afirma san Alberto Magno que el nombre de María, entre otras cosas, significa “mar amargo”. Por eso se le aplica el pasaje de Jeremías: “Grande como el mar es tu quebranto” (Lm 2, 13). Sí, porque como el mar es amargo y salado, así la vida de María estuvo llena de amargura a la vista de la pasión futura de su Hijo. Iluminada por el Espíritu Santo más que todos los profetas, comprendió mejor que todos ellos las predicciones referentes al Mesías que se contienen en las Sagradas Escrituras. Así se lo dijo el ángel a santa Brígida. Por lo que, como aseguró el mismo ángel, al comprender la Virgen cuánto debía padecer el Verbo encarnado por la salvación de los hombres, desde antes de ser hecha madre, al compadecer a este Salvador inocente que debía ser ejecutado con muerte tan atroz por delitos que no eran suyos, comenzó a padecer dentro de sí cruel martirio.



2. María sufrió con intensidad progresiva




Semejante dolor no tuvo medida desde que fue hecha madre del Salvador. Al contemplar con dolor todos los tormentos que debía sufrir su pobre hijo, sufrió un largo y continuo martirio, como dice el abad Ruperto. Esto significó la visión que tuvo santa Brígida en Santa María la Mayor, cuando se le apareció la Virgen con el santo anciano Simeón y un ángel que portaba una gran espada ensangrentada, significando con ello el acerbo y prolongado dolor que traspasó a María durante toda su vida. El abad Ruperto, antes nombrado, hace hablar así a María: Almas redimidas, queridas hijas mías, no os compadezcáis solamente por la hora en que vi morir a mi amado Jesús, pues la espada del dolor profetizada por Simeón me traspasó el alma durante toda la vida. Cuando amamantaba a mi hijo y mientras le daba calor entre mis brazos, ya pensaba en la amarga muerte que le esperaba; considerad así cuán largo y áspero fue el dolor que tuve que sufrir.


Por eso podía muy bien decir por boca de David: “Mi vida se consume en aflicción y en suspiros mis años” (Sal 30, 11); y: “Mi tormento son cesar ante mí” (Sal 37, 18). Mi vida pasó toda con dolor y lágrimas, pues sufría compadeciendo a mi amado Hijo por su pasión que no se apartaba jamás de mis ojos, contemplando siempre todas las penas y la muerte que un día había de sufrir.

El tiempo, de ordinario, mitiga el dolor a los que sufren. A María, conforme avanzaba el tiempo, más se le acrecentaba el sufrimiento, pues conforme iba creciendo Jesús, más hermoso y amable se mostraba, de una parte, y por otra, acercándose cada vez más el tiempo de su muerte cada vez más crecía en el corazón de María el dolor de tenerlo que perder en esta vida. Como crece la rosa entre las espinas, dijo el ángel a santa Brígida, así la Madre de Dios pasaba los años entre tribulaciones; y como al crecer las rosas crecen las espinas, así María, esta rosa elegida del Señor, cuanto más crecía, tanto más le atormentaban las espinas de su dolor.



PUNTO 2º




1. María, reina de los mártires




María no sólo fue reina de los mártires porque su martirio fue el más prolongado de todos, sino también porque entre todos fue el mayor. ¿Quién puede medir la grandeza de su dolor? Jeremías parece que no encuentra a quién comparar esta madre dolorosa al contemplar su sufrimiento por la muerte de su hijo, y dice: “¿Con quién te compararé? ¿A quién te asemejaré, hija de Jerusalén?... Grande como el mar es tu tribulación. ¿Quién se compadecerá de ti?” (Lm 2, 13). El cardenal Hugo, comentando estas palabras, dice: Oh Virgen bendita, como la amargura del mar supera a todas las demás almas, así tu dolor supera todos los demás dolores. Por eso san Anselmo asegura que si Dios, con un milagro muy especial, no hubiera conservado a María la vida, su dolor hubiera sido suficiente para causarle la muerte en cualquier momento de su vida. San Bernardino de Siena llega a decir que el dolor de María fue tan grande, que si se repartiera entre todos los hombres bastaría para que todos ellos murieran de repente.


Pero consideremos las razones por las que el martirio de María fue más grande que el de todos los mártires. En primer lugar, se ha de considerar que los mártires han padecido su martirio en el cuerpo por medio de la espada o del fuego. María, en cambio, sufrió su martirio en el alma, como ya se lo predijo Simeón: “Y una espada de dolor atravesará tu alma” (Lc 2, 35). Como si el santo anciano le hubiera dicho: “Oh Virgen sacrosanta, los otros mártires verán lacerado su cuerpo con la espada, pero tú serás martirizada en el alma con la pasión de tu mismo Hijo”. Y como el alma es más noble que el cuerpo, tanto más grande fue el dolor de María que el de todos los mártires. Así lo dijo Jesucristo a santa Catalina de Siena: No hay comparación entre el dolor del cuerpo y el del alma. El santo abad Arnoldo de Chartres dice que quien se hubiera encontrado en el Calvario contemplando el gran sacrificio del Cordero inmaculado cuando moría en la cruz, hubiera visto allí dos altares: uno en el del cuerpo de Jesús y el otro en el corazón de María, donde al mismo tiempo que su Hijo sacrificaba su cuerpo con la muerte, María sacrificaba su alma con la compasión.

 

 

 

2. María entregó la vida de su Hijo, a quien amaba más que a su propia vida

 

 

 

San Antonino dice que los otros mártires sacrificaron su propia vida, mientras que la Virgen María padeció sacrificando la vida de su Hijo, al que amaba más que a su propia vida. Así que no sólo padeció en el alma todo lo que su Hijo padecía en su cuerpo, sino que además causó mayor dolor a su corazón la vista de los sufrimientos de su Hijo que si ella los hubiera sufrido en sí misma.

 

Que María sufrió en su corazón todos los ultrajes que hicieron a su Jesús no hay quien lo dude. Todo el mundo sabe que las penas de los hijos lo son también de las madres cuando están ellas viéndolos padecer. San Agustín, considerando el tormento que padecía la madre de los macabeos al ver a su hijo padecer el suplicio, dice: Ella, viéndolos padecer, sufría lo de todos; porque a todos los amaba, sufría en su alma lo que ellos en el cuerpo. Lo mismo sucedió a María; los azotes, las espinas, los clavos y la cruz que afligieron la carne inocente de Jesús penetraron igualmente en el corazón de María para consumar su martirio. Escribe san Amadeo: Él padeció en la carne; ella, en el corazón. De manera que, al decir de san Lorenzo Justiniano, el corazón de María fue como un espejo donde se reflejaban los dolores de su Hijo. En él se veían los salivazos, los golpes, las llagas y todo lo que sufría Jesús. Y considera san Buenaventura que aquellas llagas que estaban desparramadas por todo el cuerpo de Jesús estaban unidas en el corazón de María.

 

De este modo, la Virgen, por la compasión hacia su Hijo, fue flagelada, coronada de espinas, despreciada y clavada en la cruz en su corazón amante. El mismo santo, contemplando a María en el monte Calvario cuando asistía a su Hijo moribundo, se pregunta: Dime, Señora, ¿dónde estabas entonces? ¿Sólo cerca de la cruz? No, más bien diré que estabas crucificada en la misma cruz junto con tu Hijo. Ricardo, comentando las palabras que el Redentor dice por Isaías: “Yo solo pisé el lagar; de mi pueblo no hubo nadie conmigo” (Is 63, 3), añade: Señor, tienes razón en decir que en la obra de la humana redención has estado solo en el padecer y que no hubo un hombre que se compadeciera bastante; pero tienes una mujer que es tu Madre santísima que sufrió en su corazón todo lo que tú sufriste en el cuerpo.

 

Pero todo esto no es ponderar bastante el dolor de María, pues, como dije, más padeció al ver los tormentos de su amado Jesús que si hubiera sufrido en sí misma todos los desprecios y la muerte del Hijo. Escribe san Erasmo que, generalmente hablando, los padres sienten más los dolores de sus hijos que los suyos propios. Aunque eso no es siempre verdad, sí lo fue en María, siendo cierto que ella amaba al Hijo inmensamente más que a su propia vida, más que a sí misma y a mil vidas que tuviera. Atestigua san Amadeo que la afligida Madre, a la vista dolorosa de los  tormentos de su amado Jesús, padeció mucho más que si ella misma hubiera padecido toda la pasión. María sufría más que si ella la sufriera; porque lo amaba sin comparación, más que a sí misma, y por eso sufría tanto. La razón es clara, porque, como dice san Bernardo, el alma está más donde ama que donde anima o donde vive. Primero que todo lo dijo el mismo Salvador: “Donde está vuestro tesoro, allí está vuestro corazón” (Lc 12, 37). Pues si María vivía por su amor más en el Hijo que dentro de sí misma, debió sufrir más por la muerte de su Hijo, que si le hubieran causado a ella la muerte más cruel del mundo.

 

 

 

3. María no halló alivio ni consuelo

 

 

 

Y ahora, otra reflexión, por la que vemos cómo el martirio de María fue superior al de todos los demás mártires: porque ella padeció muchísimo y padeció sin consuelo. Padecían los mártires en los tormentos que les proporcionaban los tiranos, pero el amor a Jesús tornaba sus dolores dulces y amables. Padecía un san Vicente su martirio atormentado en el potro, desgarrado con uñas de hierro, abrasado con planchas al rojo vivo, pero ¿qué? Dice san Agustín: uno parecía que hablaba y otro el que sufría. Le increpaba con tanta fortaleza al tirano y con tal desprecio de los tormentos, que parecían ser distintos el Vicente que padecía y el Vicente que hablaba, tanto le confortaba Dios con la dulzura de su amor en medio de aquellas torturas.

 

Padecía san Bonifacio cuando era lacerado su cuerpo con uñas de hierro y le introducían astillas entre las uñas y la carne, y le echaban plomo derretido, mientras que él no se cansaba de repetir: ¡Gracias, Señor mío Jesucristo, gracias! Eran atormentados san Marcos y san Marceliano atados a un poste y clavados los pies, y cuando el tirano les decía: Miserables, apostatad y libraos de los tormentos, ellos le respondían: ¿De qué torturas nos hablas? ¿De qué tormentos? Nunca hemos estado más alegres que ahora en que padecemos con gusto por amor de Jesucristo. Padecía san Lorenzo, y mientras estaba en la parrilla, como dice san León, más poderosa era la llama interior del amor para consolarlo en el alma, qua las brasas para atormentar su cuerpo; el amor le hacía tan fuerte que llegaba hasta increpar al tirano diciéndole: Tirano, si quieres comer mi carne ya tienes una parte asada, dame la vuelta y come. Pero ¿cómo podía bromear de esa manera en medio de tales torturas y sufriendo aquella prolongada agonía? Es que –responde san Agustín–, embriagado con el vino del divino amor, no sentía ni los tormentos ni la muerte.

 

 

 

4. María sufría en proporción a su amor

 

 

 

De modo que los mártires, cuanto más amaban a Jesús, tanto menos sentían los tormentos ni la muerte, y la contemplación de los sufrimientos de un Dios crucificado, era suficiente para consolarlos. Pero nuestra Madre dolorosa ¿acaso tenía consuelo con el amor de su Hijo y a la vista de sus sufrimientos? Ciertamente que no, porque el mismo Hijo que padecía era la causa de todo su dolor, y el amor que le tenía era el único y el más cruel verdugo; es que el martirio de María consistió en ver y compadecer al inocente y amado Hijo que sufría sin medida.

 

Por lo que cuanto más lo amaba, tanto más su dolor era amargo y sin consuelo. “Grande como el mar es tu quebranto. ¿Quién se apiadará de ti?” Reina del cielo, a los demás mártires, el amor les ha mitigado las penas y sanado las heridas, pero a ti ¿quién te ha suavizado tu gran aflicción? ¿Quién ha restañado las heridas tan dolorosas de tu corazón? ¿Quién se compadecerá de ti si ese mismo Hijo que podía consolarte, es con sus tormentos la única razón de tu padecer y el amor que le tienes es el que te causa todo ese martirio? Los demás mártires –como observa Díez– se representan con los instrumentos de su martirio; san Pablo con la espada, san Andrés con la cruz, san Lorenzo con la parrilla, pero María se representa con su Hijo muerto en su regazo, porque Jesús fue el único instrumento de su martirio por razón del amor que le tenía. San Bernardo condensa así todo lo dicho en pocas palabras: En los demás mártires la grandeza del amor alivió el dolor de los tormentos; en María, cuanto más amó, mayor fue el sufrimiento y más cruel su martirio.

 

Es cierto que cuanto más se ama una cosa, más se siente perderla. Más se siente la muerte de un hermano que la de un irracional, y más la muerte de un hijo que la de un amigo. Para comprender cuánto fue el dolor de María en la muerte de su Hijo –dice Cornelio Alápide– sería necesario comprender cuánto era el amor que le tenía. Pero ¿quién puede medir semejante amor? Dice san Amadeo que en el corazón de María estaban juntas dos formas de amor a su  Jesús; el amor sobrenatural con que lo amaba como a su Dios, y el amor natural con que lo amaba a su Hijo. Y de estos dos amores se formó uno solo tan inmenso que Guillermo de París llega a decir que la Santísima Virgen amó a Jesús cuanto es capaz de amar la criatura humana. Por lo que dice Ricardo de San Lorenzo, igual que no hay amor como su amor, así no hay dolor como su dolor. Y si inmenso fue el amor hacia su Hijo, inmenso también tuvo que ser el dolor de perderlo con la muerte. Donde hay supremo amor –dice san Alberto Magno– allí hay supremo dolor.

 

Imaginémonos a la Madre de Dios, a la vista de su Hijo moribundo en la cruz, que aplicándose las palabras de Jeremías, nos dice: “Oh vosotros todos los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor” (Jr 1, 12). Vosotros los que pasáis por el camino de la vida y no tenéis compasión de mí, deteneos un momento y contempladme ahora que veo morir a este mi amado Hijo, y después considerad si, entre todos los afligidos y atormentados, hay alguno con un dolor semejante al mío. No puede encontrarse, oh Madre dolorosa –responde san Buenaventura– un dolor más amargo que el tuyo, porque no puede encontrarse un Hijo más querido que el tuyo. Jamás hubo en el mundo –dice Ricardo de San Lorenzo– un hijo más amable que Jesús, ni madre más amante de un hijo, que María. Si no ha existido en el mundo un amor semejante al de María ¿cómo se podrá encontrar un dolor semejante al de María?

 

Por eso san Ildefonso no dudó en afirmar que era poco decir que los dolores de la Virgen superaron a todos los dolores de todos los mártires juntos. Y san Anselmo añade que los suplicios más crueles de todos los mártires, fueron ligeros en comparación con los dolores del martirio de María. Y también san Basilio escribe que así como el sol aventaja en esplendor a todos los astros, así María con sus sufrimientos, superó a los de todos los mártires. Un docto autor expresa un bello sentimiento. Y dice que fue tan grande el dolor que sufrió esta tierna Madre en la pasión de Jesús, que sólo ella fue capaz de compadecer dignamente la muerte de un Dios hecho hombre.

 

 

 

5. María aceptaba el padecer por amor nuestro

 

 

 

San Buenaventura, dirigiéndose a esta Virgen bendita, le pregunta: Señora ¿por qué quisiste ir a sacrificarte en el Calvario? ¿No bastaba para redimirnos un Dios crucificado sino que también había de ser crucificada también su Madre? Bastaba la muerte de Jesús para salvar al mundo; pero quiso esta buena Madre, por el amor que nos tiene, con los méritos de sus dolores que ofreció por nosotros en el Calvario, ayudar ella también a la causa de nuestra salvación. Por eso dice san Alberto Magno que como nosotros tenemos que estar agradecidos a Jesús por su Pasión, sufrida por amor nuestro, así también debemos estar llenos de gratitud hacia María por el martirio que, al morir su Hijo quiso soportar por salvarnos. Y lo quiso soportar espontáneamente, porque como reveló el ángel a santa Brígida, nuestra piadosa y benigna Madre, prefirió sufrir todos los martirios, antes de tolerar que las almas quedaran sin redimir y abandonadas a su antigua perdición. Este era el único alivio de María en medio de su inmenso dolor por la Pasión de su Hijo, ver que con su muerte se lograba la redención del mundo perdido y quedaban reconciliados con Dios los hombres sus enemigos. Dice Simón de Casia: Gozaba en su dolor porque se ofrecía el sacrificio por la redención de todos, con lo que se aplacaba el ofendido.

 

 

 

6. María merece nuestro amor y devoción

 

 

 

Tan grande amor de María merece de nosotros absoluta gratitud. Y nuestro agradecimiento ha de consistir, al menos, en meditar y compadecer su dolor. De esto se dolió con santa Brígida, que muy pocos la compadecían y la mayor parte vivían sin pensar en ella. Por eso, hija mía –le dijo la Virgen– aunque muchos me olviden, tú sin embargo, no te olvides de mí; contempla mi dolor, compadécete cuanto puedas e imítame.

 

Cuánto agradece la Virgen el que se haga memoria de sus dolores, se ve por lo sucedido el año 1239 cuando se apareció a siete devotos suyos –que luego fueron los fundadores de la congregación de los Siervos de María– y les impuso un hábito negro diciéndoles que si querían complacerla, meditasen con frecuencia sus dolores, que por eso quería que en recuerdo de los mismos llevasen aquel vestido negro.

 

El mismo Jesús reveló a la beata Mónica de Binasco que él se complace mucho en ver que se siente compasión por su Madre, y así le habló: Hija, agradezco mucho las lágrimas que se derraman por mi pasión; pero amando con amor inmenso a mi Madre María, me es sumamente grata la meditación en los dolores que ella padeció en mi muerte.

 

Por eso son tan grandes las gracias prometidas por Jesús a los devotos de los dolores de María. Refiere Pelbarto haberse revelado a santa Isabel, que san Juan, después de la Asunción de la Virgen, ardía en deseos de verla; y obtuvo la gracia pues se le apareció su amada Madre y con ella Jesucristo. Oyó que María le pedía a su divino Hijo, gracias especiales para los devotos de sus dolores. Y Jesús le prometió estas gracias especiales:

 

1ª. Que el que invoque a la Madre de Dios recordando sus dolores, tendrá la gracia de hacer verdadera penitencia de todos sus pecados.

 

2ª. Que los consolará en sus tribulaciones, especialmente en la hora de la muerte.

 

3ª. Que imprimirá en sus almas el recuerdo de su Pasión y en el cielo se lo premiará.

 

4ª. Que confiará esos devotos a María para que disponga de ellos según su agrado y les obtenga todas las gracias que desee.

 

En comprobación de todo lo dicho, veamos en el siguiente ejemplo, cuánto ayuda para la salvación eterna, la devoción a los dolores de María.

 

 

 

EJEMPLO

 

 

 

Conversión en la hora de la muerte

 

 

 

Se refiere en las Revelaciones de santa Brígida que había un caballero cuya liviandad y dañadas costumbres corrían parejas con la nobleza de su cuna. Por pacto expreso se había entregado en cuerpo y alma al demonio y por espacio se sesenta años había servido como vil esclavo a su infernal señor alejado de los sacramentos y con una vida rota y descompuesta.

 

Al fin el hombre cayó enfermo, y Jesucristo, queriendo usar de misericordia con él, dijo a santa Brígida, que mandara a su confesor a visitarlo y le exhortara a confesarse.

 

El confesor de la santa fue a ver al paciente, el cual le dijo que no tenía necesidad pues se había confesado muchas veces. Fue segunda vez el confesor, y segunda vez, el esclavo de satanás rehusó confesarse. De nuevo se apareció el Señor a santa Brígida pidiéndole que de nuevo fuera el sacerdote a visitar al anciano enfermo. Volvió a verlo por tercera vez y le dijo que había vuelto tantas veces en nombre de Jesucristo, porque así lo había pedido a su sierva Brígida para ser instrumento de sus misericordias. Estas palabras enternecieron al pobre enfermo y rompió a llorar diciendo: “Pero ¿hay perdón para mí que durante sesenta años he sido esclavo de satanás y he manchado mi alma con innumerables pecados?” “Ten ánimo, hijo mío –le dijo el sacerdote– no dudes de alcanzar misericordia; basta que te arrepientas para que yo, en nombre de Jesucristo, te perdone”. Abriendo el pecador su corazón a la confianza, dijo al confesor: “Padre, yo me tenía ya por condenado y estaba desesperado de mi salvación, pero ahora siento tan gran dolor de mis pecados que me da aliento para esperar de Dios el perdón. Ya que el Señor no me ha abandonado, quiero ahora mismo confesarme”. Se confesó aquel día cuatro veces con gran dolor; al día siguiente recibió la Sagrada Comunión. No había pasado una semana cuando murió tranquilo y resignado. Poco después le reveló Jesucristo a santa Brígida que aquel hombre se había salvado, y que estaba en el purgatorio. Y le dijo más: que se había salvado merced a intercesión de su santísima Madre, porque, en medio de sus desórdenes y pecados, había conservado siempre la devoción  a sus dolores, pues cada vez que pensaba en ellos no podía dejar de compadecerse de ella.

 

 

 

ORACIÓN PIDIENDO A MARÍA TRES FAVORES

 

 

 

Madre mía afligida,

reina de los mártires y de los dolores,

que tanto has llorado a tu Hijo,

muerto por mi salvación.

¿De qué me servirían tus lágrimas

si llegara a condenarme?

 

 

 

Por los méritos de tus dolores

alcánzame el dolor de mis pecados,

y verdadera enmienda de mi vida,

con una constante y tierna compasión

de la Pasión de Jesús

y de tus sufrimientos.

Si Jesús y tú, siendo inocentes,

tanto habéis sufrido por mí,

obtenedme que sepa sufrir por vuestro amor.

 

 

 

Señora mía, si te ofendí,

justo es que hieras mi corazón.

Y si fiel te he servido,

hiérelo también por especial favor.

Es injusto ver a mi Jesús herido

y a ti, que estás también con él, herida,

y yo, en cambio, encontrarme ileso.

Por la angustia que sentiste, Madre mía,

al contemplar a tu Hijo,

abrumado de penas, muriendo en la cruz,

te suplico me obtengas

la gracia de una buena muerte.

 

 

 

Abogada de los pecadores,

no dejes de asistirme

cuando, afligido y conturbado,

esté para pasar a la eternidad.

Os invoco ahora por si no tengo voz

para invocar el nombre de Jesús y el tuyo,

y pido a tu Hijo y a ti me socorráis

en el último instante, y ahora digo:

Jesús y María, mi esperanza,

a vosotros encomiendo el alma mía. Amén.

 

 

 

Sección II

 

 

 

DOLORES PADECIDOS POR MARÍA

 

 

 

Primer dolor: La profecía del anciano Simeón

 

 

 

1. María conoce sus futuros padecimientos

 

 

 

En este valle de lágrimas todo hombre nace llorando y tiene que padecer los males que cada día le sobrevienen. Pero cuán penosa sería la existencia si uno supiera los males que le van a sobrevenir. Dice Séneca: calamitosa sería la situación del que conociera el futuro; antes de que llegasen las miserias sería desdichado.

 

El Señor tiene esa condescendencia con nosotros al no dejarnos conocer las cruces que nos esperan para que, si las hemos de padecer, las padezcamos sólo una vez. Pero no tuvo este miramiento con María, la cual –porque Dios la quiso reina dolorosa y en todo semejante a su Hijo– quiso que tuviera siempre ante los ojos y que sufriera continuamente todas las penas que le esperaban. Estas penas fueron las de la pasión y muerte de su amado Jesús. He aquí que el santo anciano Simeón en el templo, después de haber recibido en sus brazos al divino infante, le predice que aquel Hijo suyo tenía que ser el signo de todas las contradicciones y persecuciones de los hombres: “Éste está puesto como señal para ser discutida”; y que por esto la espada del dolor debía atravesar el alma de María: “Y una espada de dolor atravesará tu alma” (Lc 2, 35).

 

Dijo la Virgen a santa Matilde que, ante semejante aviso de Simeón, toda su alegría se volvió tristeza. Porque como le fue revelado a santa Teresa, la Madre benditísima, aunque sabía desde el principio el sacrificio de su vida que iba a ofrecer su Hijo por la salvación del mundo, sin embargo, desde esa profecía conoció en particular y más en detalle las penas y la muerte despiadada que le había de sobrevenir a su amado Hijo. Conoció que le iban a contradecir en todo; en la doctrina, porque en vez de creerle lo habían de tener por blasfemo al afirmar que era Hijo de Dios, como lo declaró el impío Caifás cuando dijo: “Ha blasfemado, es reo de muerte” (Mt 26, 66-67). Le llevaron la contraria en la estima que se merecía porque era noble de estirpe real, y fue despreciado como plebeyo. “¿Acaso no es éste el hijo del artesano?” (Mt 13, 55). “¿No es éste el carpintero, el hijo de María?”. Era la misma sabiduría y fue tratado de ignorante: “¿Cómo es que éste sabe de letras si no ha estudiado?” (Jn 7, 15); de falso profeta: “Y cubriéndole con un velo, le preguntaban: ¡Adivina! ¿Quién es el que te ha pegado?” (Lc 22, 64). Lo trataron de loco: “Está loco; ¿por qué le escucháis?” (Jn 10, 20). Fue tratado de bebedor y glotón y amigo de pecadores y publicanos (Lc 7, 34). Lo tuvieron por hechicero: “Hecha los demonios con el poder de los demonios” (Mt 9, 34); por hereje y endemoniado: “¿No decimos con razón que eres un samaritano y que tienes un demonio?” (Jn 8, 48). En suma, fue tenido por criminal tan notorio que no necesitaban proceso para condenarlo, como le gritaron a Pilato: “Si éste no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos entregado” (Jn 18, 30).

 

Tuvo que verse afligido en el alma porque hasta su eterno Padre, para que la divina justicia quedara satisfecha, no quiso atender la oración que le dirigió en el huerto, cuando le rogó: “Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz” (Mt 26, 39); y lo abandonó en medio del temor, del tedio y la tristeza, de modo que el afligido Señor exclamó: “Triste está mi alma hasta la muerte” (Mt 26, 38); y abrumado de angustia llegó a sudar como gotas de sangre. Contrariado y perseguido en su cuerpo y en su vida, pues basta decir que fue atormentado en todos sus sagrados miembros: en las manos y en los pies, en el rostro y en la cabeza, en todo su cuerpo, hasta llegar a morir, desangrado y denigrado, en un vil madero.

 

 

 

2. María vivió una continua inmolación

 

 

 

David, en medio de todos sus placeres y regias grandezas, cuando oyó que el profeta Natán le anunciaba que su hijo iba a morir (2Re 12, 144), no encontraba la paz; lloró, ayunó, durmió sobre la tierra. María, en cambio, recibió con suma paz la noticia de la muerte de su Hijo y con la misma tranquilidad continuó soportando su sufrimiento; pero ¿cuál sería su dolor al encontrarse siempre ante aquel Hijo, el más amable, y oírle decir aquellas palabras de vida eterna y contemplar sus comportamientos absolutamente santos?

 

Padeció grandes tormentos Abrahán durante aquellos tres días en que vivió con su amado hijo Isaac sabiendo que lo iba a perder. Pero, oh Dios, no durante tres días, sino durante treinta años tuvo que sufrir María semejantes penas. ¿Qué digo semejantes? Fueron tanto mayores, cuanto más amable era el Hijo de María que el hijo de Abrahán.

 

Reveló la misma Virgen a santa Brígida que no hubo una hora en que no le traspasara este dolor. “Cada vez que miraba a mi Hijo, cada vez que lo envolvía en pañales, cada vez que contemplaba sus manos y sus pies, tantas veces en mi alma se recrudecía como un nuevo dolor pensando en el momento de la crucifixión”. El abad Ruperto, contemplando a María, piensa que mientras le daba el pecho a su Hijo le decía: “Manojito de mirra es mi amado para mí, morará entre mis pechos”. Hijo mío, te estrecho entre mis brazos porque eres lo más amado para mí; pero cuanto más te amo, más te transformas en manojo de mirra y causa de mi dolor, pues sólo pienso en tus sufrimientos.

 

Consideraba María, dice san Bernardino, que la fortaleza de los santos tenía que agonizar; la belleza del paraíso tenía que verse deformada; el Señor del mundo, ser atado como reo; el Creador de todo, amoratado a golpes; el Juez de todos, sentenciado; la gloria del cielo, despreciada; el Rey de reyes, coronado de espinas y tratado como rey de burlas.

 

Según el P. Engelgrave, se le reveló a santa Brígida que la afligida Madre, sabiendo cuánto tenía que padecer su Hijo, “alimentándolo, pensaba en la hiel y el vinagre; cuando lo envolvía en pañales pensaba en los cordeles con que lo habían de maniatar; cuando lo llevaba en brazos se lo imaginaba clavado en la cruz; cuando lo veía dormido recordaba que un día estaría muerto”. Y siempre que le vestía su túnica se acordaba de que un día se la habían de arrancar para crucificarlo; y cuando contemplaba sus sagradas manos y sus sagrados pies, se le venían a la mente los clavos que los habían de traspasar. Dijo María a santa Brígida: Mis ojos se llenaban de lágrimas y mi corazón se estremecía de dolor.

 

 

 

3. María aceptaba con fortaleza el sufrimiento progresivo

 

 

 

Dice el evangelista que Jesús, conforme crecía en edad, así también crecía en sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres (Lc 2, 52). Lo que quiere decir que crecía en sabiduría y gracia ante los hombres en cuanto a su opinión; y ante Dios, como explica santo Tomás, en cuanto que todas sus obras eran meritorias y hubieran servido para aumentar la gracia más y más si desde el principio no se le hubiera otorgado la plenitud absoluta de la gracia por la unión hipostática. Si crecía Jesús en la estima y amor de la gente, cuánto más crecería en la estima y amor de María. Pero cuanto más crecía este amor, más se acrecentaba el dolor de tenerlo que perder con muerte tan cruel; y cuanto más se acercaba el tiempo de la pasión de su Hijo, tanto más y con mayor dolor aquella espada profetizada por Simeón atravesaba el corazón de la Madre. Así se lo manifestó el ángel a santa Brígida, diciéndole: Conforme el Hijo se aproximaba a la pasión, aquella espada de la Virgen, cada hora, se hacía más dolorosa.

 

Pues si nuestro rey Jesús y su Madre santísima no rehusaron padecer por amor nuestro a lo largo de la vida una pena tan cruel, no tenemos derecho a lamentarnos por nuestros padecimientos, ciertamente menores. Jesucristo se le apareció a sor Magdalena Orsini, dominica, mientras sufría desde hacía tiempo una gran tribulación, y la animó a permanecer en la cruz con él soportando aquel dolor. Sor Magdalena, lamentándose, le respondió: Señor, tu sólo sufriste en la cruz tres horas, pero yo llevo años con esta tortura. Y entonces el Redentor le replicó: ¿Qué dices? Yo desde el primer instante de mi concepción sufrí en el corazón lo que después en la cruz padecí en el cuerpo. Por eso, cuando nosotros padezcamos cualquier aflicción y nos lamentemos, imaginémonos que Jesús y su santa Madre nos dicen lo mismo.

 

 

 

EJEMPLO

 

 

 

Una octava espada en el corazón de María

 

 

 

Narra el P. Reviglione, jesuita, que un joven tenía la devoción de visitar cada día una imagen de la Virgen dolorosa que tenía siete espadas en el corazón. Una noche el infeliz cayó en un pecado mortal; al ir por la mañana a visitar la imagen, vio en el corazón de la Virgen no siete espadas, sino ocho; mientras las contemplaba asombrado, le pareció entender que por su pecado estaba aquella nueva espada en el corazón de María. Enternecido y compungido fue enseguida a confesarse, y por la intercesión de su abogada recuperó la gracia de Dios.

 

 

 

ORACIÓN DE DOLOR DE LOS PECADOS

 

 

 

Bendita Madre mía, María;

no sólo con una espada,

sino con tantas cuantas son mis pecados

te he traspasado el corazón.

 

 

 

Señora mía, no eres tú, la inocente,

sino yo, reo de tantos delitos,

quien debe sufrir las penas.

Pero ya que has querido

padecer tanto por mí,

consígueme por tus méritos

un gran dolor de mis culpas y paciencia

para soportar los trabajos de esta vida.

 

 

 

Siempre serán muy leves para mí,

que tantas veces merecí la condena.

 

 

 

Segundo dolor: La huida a Egipto

 

 

 

1. María, compañera del dolor

 

 

 

Como la cierva herida lleva su dolor a donde va con la flecha que la hirió, así la Madre de Dios, después del vaticinio de Simeón, como vimos en la consideración del primer dolor, llevó siempre consigo su dolor con el recuerdo continuo de la pasión de su Hijo. Halgrino, explicando el pasaje de los Cantares: “Y los cabellos de tu cabeza son como púrpura del rey puesta en flecos” (Ct 7, 5), dice que estos cabellos de María eran los pensamientos continuos de la pasión de Jesús que le hacían ver a cada instante la sangre que un día había de brotar de sus llagas. “Tu mente, María, y tus pensamientos estaban teñidos con la sangre de la pasión del Señor, de tal manera que era como si viera constantemente manar la sangre de las llagas”. El mismo Hijo era la saeta en el corazón de María, que cuanto más amable se le mostraba tanto más le hería con el dolor de tenerlo que perder con muerte tan despiadada. Pasemos a considerar la segunda espada de dolor que le hirió en la huida a Egipto que tuvo que emprender con su Hijo por la persecución de Herodes.

 

Cuando oyó Herodes que había nacido el Mesías, temió neciamente que le iba a arrebatar su reino, por lo que san Fulgencio, recriminando su locura, le habla así: “Herodes, ¿por qué te turbas de ese modo? Este rey que acaba de nacer no viene a destronar reyes batallando, sino a subyugarlos de modo admirable con su muerte”. Esperaba el impío que los Reyes Magos le trajeran noticias de dónde había nacido el rey a fin de quitarle la vida; pero al verse burlado por los Reyes Magos ordenó la matanza de todos los niños de Belén. Por eso el ángel se apareció en sueños a san José y le mandó: “Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto” (Mt 2, 13). Y aquella misma noche avisó a María y tomando el niño emprendieron la huida. “El cual, levantándose, tomó al niño y a su madre, de noche, y huyó a Egipto” (Mt 2, 14). “Oh Señor –dijo entonces María (como piensa san Alberto Magno)–, ¿tiene que huir de los hombres el que ha venido a salvar a los hombres?” Y entonces comprendió la afligida madre que ya comenzaba a realizarse en su Hijo la profecía de Simeón: “Éste ha sido puesto como signo de contradicción” (Lc 2, 37), viendo que, apenas nacido, era perseguido a muerte. Qué sufrimiento el del corazón de María, dice san Crisóstomo, oír que le intimaba la orden de ir con su Hijo a tan duro destierro. Huye de los tuyos a los extraños, del templo a la sede de los demonios. ¿Qué mayor tribulación que ver al recién nacido colgado del cuello de su madre y ésta obligada a emprender la fuga?

 

 

 

2. María en camino al destierro

 

 

 

Cada uno considere cuánto sufrió María en este viaje. Era grande la distancia hasta Egipto y tuvo que durar muchos días. El camino, escabroso, desconocido y poco frecuentado; el clima, desapacible. María era doncella joven y delicada, no acostumbrada a semejantes viajes. No tenían sirvientes que les atendiesen. Ellos eran sus propios sirvientes, como dice san Pedro Crisólogo: “¡Oh Señor, qué lástima daría ver a tan tierna virgencita llevando en brazos a aquel niño recién nacido que andaba huyendo por el mundo!”

 

Se pregunta san Buenaventura: ¿Cómo se las arreglaban para comer? ¿Dónde pernoctaban? ¿En qué lugares se hospedaban? ¿De qué otra cosa podían alimentarse sino de lo que llevaba san José o conseguían de limosna? ¿Dónde pernoctarían durante tan largo viaje sino sobre la arena bajo cualquier arbusto, al descubierto y al sereno, por donde merodeaban los ladrones y las fieras? Quien se hubiera encontrado con estos tres personajes, los más ilustres del mundo, ¿por qué los hubiera tomado sino por tres pobres mendigos vagabundos?

 

 

 

3. María con José y su Hijo en Egipto

 

 

 

Vivieron en Egipto con estrecheces durante aquellos años. Eran forasteros desconocidos, sin rentas, sin dinero, sin parientes. Apenas podían sustentarse con sus modestos trabajos. Dice san Basilio: Como eran pobres, es evidente que tenían que ganar lo necesario para la vida con el sudor de sus frentes. Opina Landolfo de Sajonia –y sirva esto para consuelo de los pobres– que María está tan en pobreza que alguna vez pasaron hambre sin tener alimento que darle al Hijo.

 

Refiere san Mateo que, muerto Herodes, de nuevo se le apareció en sueños el ángel a san José y le dijo que volviera a Judea. Hablando san Buenaventura de este viaje, piensa que la Santísima Virgen padeció más que en el primero, por el cansancio que debió sufrir Jesús, en edad de unos siete años, pues a esa edad era lo suficientemente grande como para no poderlo llevar en brazos, pero tan pequeño que le resultaba muy difícil el camino.

 

Ver a Jesús y María con san José andar por el mundo como errantes y fugitivos nos debe mover a vivir también en la tierra como peregrinos, sin apegarnos a los bienes que el mundo nos ofrece, como quienes pronto lo tendremos que dejar todo y pasar a la vida eterna. “No tenemos aquí ciudad permanente, sino que anhelamos la futura” (Hb 13, 14). A lo que añade san Agustín: Eres huésped, mira y pasa.

 

Nos enseña además a abrazar la cruz, pues no se puede vivir en este mundo sin cruces. La beata Verónica de Binasco, agustina, fue en espíritu a acompañar a  María con el niño Jesús y san José en este viaje desde Egipto, y al fin del mismo le dijo la Madre de Dios: Hija, has visto los trabajos que hemos pasado en este viaje; ten presente que nadie recibe gracias sin padecer. El que desee sentir alivio en los padecimientos de esta vida, es necesario que vaya en compañía de Jesús y María. “Toma al niño y a su madre”. A quienes llevan en su corazón con amor a este Hijo y a esta Madre, se les hacen ligeras, dulces y amables todas las penas. Amemos y consolemos a María acogiendo dentro de nuestros corazones a su Hijo, que también ahora es perseguido y maltratado por los hombres con sus pecados.

 

 

 

EJEMPLO

 

 

 

Nuestros pecados acosan a María

 

 

 

Se apareció María a la beata Coleta, franciscana, y le mostró al niño Jesús todo llagado, y le dijo: Así tratan continuamente los pecadores al Hijo mío, renovándole a él la muerte y a mí los dolores. Ruega por ellos, hija mía, para que se conviertan. Y la venerable sor Juana de Jesús y María, también franciscana, meditando un día precisamente en Jesús niño perseguido por Herodes, escuchó un gran tumulto, como de gente armada que fuera en persecución de alguien; y después vio ante sí a un niño hermosísimo, todo asustado, que venía corriendo hacia ella y que le dijo: “Juana mía, ayúdame, escóndeme; soy Jesús de Nazaret que vengo huyendo de los pecadores que me persiguen como Herodes y me quieren matar. Sálvame tú”.

 

 

 

ORACIÓN PIDIENDO AYUDA Y PERDÓN

 

 

 

¿Será posible, Virgen María,

que después que tu Hijo ha muerto

a manos de los hombres,

que lo persiguieron con saña mortal,

aún sigan estos ingratos

persiguiéndolo con sus pecados

y afligiéndote a ti, Madre dolorosa?

¿Y que yo sea también

uno de esos desagradecidos?

 

 

 

Madre mía dulcísima,

da a mis ojos lágrimas

para llorar tamaña ingratitud.

Y por los trabajos que padeciste

en la huida a Egipto,

asísteme con tu ayuda

en mi viaje hacia la eternidad,

para que al fin pueda llegar

a amar para siempre, unido a ti,

en la patria de los bienaventurados,

a mi perseguido Salvador. Amén.

 

 

 

Tercer dolor: El niño Jesús perdido en el templo

 

 

 

1. María sufre la pérdida de su Hijo

 

 

 

Escribe el apóstol Santiago que nuestra perfección consiste en la virtud de la paciencia: “La paciencia ha de ir acompañada de obras perfectas para que seáis perfectos e íntegros, sin que dejéis nada que desear” (St 1, 4). Pues bien, habiéndonos dado el Señor a la Virgen María como ejemplo de perfección, fue necesario que la colmase de sufrimientos para que así nosotros pudiéramos admirar e imitar su heroica paciencia. Entre los mayores sufrimientos que la Madre de Dios padeció en su vida estuvo el que ahora vamos a meditar, es decir, el de la pérdida de su Hijo en el templo.

 

Quien nació ciego poco siente no ver la luz del día; pero quien durante algún tiempo ha tenido vista y ha gozado de luz, siente más duramente su ceguera. De modo semejante, los infelices que cegados por el fango de esta tierra poco han conocido a Dios, poco pesar sienten por no encontrarlo; pero quien, al contrario, iluminado por luz del cielo ha sido hallado digno de encontrar con el amor la dulce presencia del sumo bien, cómo se duele cuando se siente privado de él. Veamos, pues, cuán dolorosa tuvo que ser para María, que estaba acostumbrada a gozar de la dulcísima presencia de su Jesús, esta tercera espada que la hirió cuando, habiéndolo perdido en Jerusalén, se vio por tres días privada de él.

 

Narra san Lucas en el capítulo II que acostumbrando la Virgen con san José su esposo y con Jesús visitar el templo por la solemnidad de la Pascua, fueron allí, según la costumbre, cuando el niño tenía doce años; pero habiéndose quedado Jesús en Jerusalén cuando ya se volvían, ella no se dio cuenta porque pensaba que iba con la comitiva. Por lo que al llegar la noche preguntó por el Hijo, y al no encontrarlo se volvió presurosa a Jerusalén en su busca. Y no lo encontró sino después de tres días.

 

Ahora consideremos qué afán tuvo que experimentar esta afligida madre durante aquellos tres días en los que anduvo por todas partes preguntando por su Hijo, como la esposa de los Cantares: “¿Acaso habéis visto al que ama mi alma?” (Ct 3, 3), sin que nadie le diera razón. María, con cuánta mayor ternura, cansada y fatigada sin haber encontrado a su amado, podía decir lo que Rubén de su hermano José: “El niño no aparece y, entonces, ¿a dónde iré yo?” (Gn 37, 30). Mi Jesús no aparece y yo no sé qué más hacer para encontrarlo, pero ¿a dónde voy sin mi tesoro?

 

Ella, llorando constantemente durante aquellos tres días, podía repetir con David: “Son mis lágrimas mi pan de día y de noche, mientras me dicen todo el día: ¿En dónde está tu Dios?” (Sal 4, 4). Con razón escribe Pelbarto que aquellas noches la afligida madre no durmió, llorando y suplicando a Dios que le hiciese encontrar a su Hijo. Y durante este tiempo, al decir de san Bernardo, se dirigía con frecuencia a su mismo Hijo con las palabras de la Esposa: “Indícame, amor de mi alma, dónde apacientas el rebaño, dónde lo llevas a sestear a mediodía, para que yo no ande como errante” (Ct 1, 7). Hijo, hazme conocer dónde estás para que no ande por más tiempo a la ventura buscándote en vano.

 

 

 

2. María padece la mayor amargura

 

 

 

Hay quien dice que este dolor de María está no sólo entre los mayores que sufrió, sino que fue el más grande y amargo de todos, y no sin alguna razón. Lo primero, porque en los otros dolores María tenía consigo a Jesús. Padeció con la profecía de Simeón en el templo y en la huida a Egipto, pero siempre con Jesús; mas en este dolor padeció lejos de Jesús, sin saber dónde estaba. “Me falta la luz misma de mis ojos” (Sal 37, 11). Así decía llorando: Ay, que la luz de mis ojos, mi amado Jesús, no está conmigo, vive alejado de mí y no sé dónde está.

 

Dice Orígenes que a causa del amor que esta santa madre tenía a su Hijo, padeció más con la pérdida de Jesús que cualquier mártir pudiera padecer con los dolores de su martirio: “Muchísimo sufrió porque lo amaba intensamente. Más sufrió por su pérdida que el dolor de cualquier mártir en su muerte”. ¡Qué largos los tres días para María! Le parecieron como tres siglos. Días amargos, sin que nadie pudiera consolarla. ¿Y quién podría consolarme, decía con Jeremías, si el único que puede consolarme está lejos de mí? Por eso no se cansan de llorar mis ojos. “Por eso lloro yo; mis ojos se van en agua porque está lejos de mí el consolador que reanime mi alma”. Y con Tobías repetía: “¿Qué gozo puede haber para mí que me siento en las tinieblas y no puedo ver la luz del cielo?”

 

 

 

3. María desconoce la causa de la ausencia de Jesús

 

 

 

La segunda razón es que en los demás dolores María entendía la razón y el fin de los mismos, es decir, la redención del mundo y el divino querer; pero en este caso no sabía el porqué de la ausencia de su Hijo. Dolíase la desconsolada madre al verse alejada de Jesús, a la vez que su humildad, dice Lanspergio, le hacía pensar que no era suficientemente digna de tenerlo a su lado para cuidarlo y poseer tan rico tesoro. ¿Pensaría que no le había servido como se merecía? ¿Habría cometido alguna negligencia por la cual la había abandonado? Lo buscaban, dice Orígenes, temerosos de que los hubiera dejado. Y cierto que no hay sufrimiento más grande para un alma que ama a Dios que el temor de haberlo disgustado. Por eso María en ningún otro dolor se lamentó como en éste, quejándose amorosamente cuando lo encontró: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando” (Lc 2, 48). Con estas palabras María no quiso reprender a Jesús, como dijeron ofuscados algunos herejes, sino que quiso manifestarle el dolor que había sentido por su pérdida teniéndole el amor que le tenía. No era reproche, dice Dionisio Cartujano, sino queja de amor.

 

En suma, fue tan dolorosa esta espada de dolor para el corazón de la Virgen, que la beata Bienvenida, deseando un día y rogando a la santa madre, le concediera poder acompañarla en este dolor, María se le presentó con su Jesús en brazos; Bienvenida estaba gozando a la vista de aquel hermosísimo niño, pero de repente no lo vio más. Fue tanta la pena que sintió la beata, que recurrió a María pidiéndole, por piedad, que no la dejara morir de dolor. La Santísima Virgen se le apareció de nuevo después de tres días y le dijo: Has de saber, hija mía, que tu dolor no ha sido más que una pequeñísima porción del que yo sufrí al perder a mi Hijo.

 

 

 

4. María es ejemplo en la desolación al sufrir el silencio de Dios

 

 

 

Este dolor de María primeramente debe servir de consuelo a quienes están desolados y no gozan la dulce presencia de su Señor que en otro tiempo sintieron. Lloren, sí, pero con paz, como lloraba María la pérdida de su Hijo. Cobren ánimo y no teman haber perdido la divina gracia, escuchando lo que Dios dijo a santa Teresa: Ninguno se pierde sin saberlo; y ninguno es engañado si no quiere ser engañado. Si el Señor le retira la sensación de su presencia a quien le ama, no por eso se retira de su corazón. Se esconde para que se le busque con mayor deseo y amor más ardiente. Pero el que quiera encontrar al Señor es necesario que lo busque, no entre las delicias y los placeres del mundo, sino entre las cruces y las mortificaciones, como lo buscó María. Escribe Orígenes: Aprende de María a buscar a Jesús.

 

Por lo demás, el único bien que debemos buscar es Jesús. Cuando Job perdió todo lo que poseía: hacienda, hijos, salud y honra, hasta llegar a tener que sentarse en un muladar, como tenía a Dios, a pesar de todo era feliz. Dice san Agustín hablando de él: Perdió lo que le había dado Dios, pero tenía a Dios. Son de veras infelices y desdichados quienes han perdido a Dios. Si María lloró durante tres días la pérdida de su Hijo, con cuánta más razón deben llorar los pecadores que han perdido la gracia de Dios y a los que el Señor les dice: “Vosotros no sois mi pueblo ni yo soy para vosotros vuestro Dios” (Os 1, 9). Porque esto es lo que hace el pecado, separa al alma de Dios: “Vuestras culpas os separaron a vosotros de vuestro Dios y vuestros pecados le hicieron esconder su rostro” (Is 59, 2). Por lo cual, aunque uno sea muy rico, habiendo perdido a Dios, todo lo de la tierra no es más que humo y sufrimiento, como lo confesó Salomón: “Todo es vanidad y aflicción de espíritu” (Ecclo 1, 14). Pero la mayor desgracia de estos pobres ciegos, dice san Agustín, es que si pierden un buey salen en su seguimiento; si pierden una oveja no dejan de hacer ninguna diligencia para encontrarla; si pierden un jumento no descansan hasta que lo hallan. Pero pierden el sumo bien que es Dios, y comen y beben tan tranquilos.

 

 

 

EJEMPLO

 

 

 

El puñal que hiere al Señor

 

 

 

Se refiere en las Cartas anuales de la Compañía de Jesús que, en las Indias, un joven queriendo salir de casa para cometer una acción pecaminosa, oyó una voz que le decía: Detente, ¿a dónde vas? Se volvió y vio una estatua de la Virgen Dolorosa. Ella se sacó el puñal que tenía en el corazón y se lo alargó, diciendo: Toma este puñal y hiéreme a mí primero, pero no hieras a m i Hijo con semejante pecado. Al oír esto, el joven se postró en tierra, y del todo arrepentido y deshecho en llanto pidió al Señor y a la Virgen María el perdón de su pecado.

 

 

 

ORACIÓN PARA HALLAR A JESÚS

 

 

 

Virgen bendita, ¿por qué te afliges

buscando a tu Hijo perdido?

¿Es que ignoras dónde está?

¿No te acuerdas de que mora

dentro de tu corazón?

¿No sabes que se apacienta entre lirios?

Tú misma dices:

”Mi amado para mí y yo para él,

que se apacienta entre las azucenas” (Ct 2, 16).

 

 

 

Tus pensamientos y afectos,

tan humildes, puros y santos,

son los lirios que invitan

a habitar en ti al divino esposo.

¿Suspiras por Jesús, María,

porque sólo a él le amas?

Déjame a mí que suspire por él

y por tantos pecadores que no le aman

y que al ofenderle lo han perdido.

 

 

 

Madre mía amantísima,

haz que yo encuentre a tu Hijo.

Bien es verdad que él

se deja encontrar de quien lo busca.

”Bueno es el Señor

para el alma que lo busca” (Lm 3, 25).

Pero haz que yo le busque

como debo buscarlo.

Tú eres la puerta por donde todos

acabamos encontrando a Jesús;

por ti espero encontrarlo yo también. Amén.

 

 

 

Cuarto dolor: Encuentro de María con Jesús camino del Calvario

 

 

 

1. María sufre en la misma medida de su amor

 

 

 

Dice san Bernardino que para tener una idea del gran dolor de María al perder a su Hijo por la muerte, es necesario meditar el amor de esta madre hacia él.

 

Todas las madres sienten como propias las penas de sus hijos, por eso la Cananea, cuando le pidió al Salvador que librara a su hija poseída por el demonio, le dijo que tuviera piedad de ella, su madre, más que de la hija: “Ten piedad de mí, Señor, hijo de David, pues mi hija es atormentada por un demonio” (Mt 15, 22). Pero ¿qué madre amó tanto a su hijo como María amó a Jesús? Era su hijo único y criado con tantos trabajos; hijo amadísimo de la madre y tan amante de ella; hijo que al mismo tiempo era su hijo y su Dios, que habiendo venido a la tierra a encender en todos el fuego del divino amor, como él mismo dijo: “Fuego vine a traer a la tierra, ¿y qué he de querer sino que arda?” (Lc 12, 49), ¿qué llamaradas de amor no encendería en aquel corazón de su madre santísima, puro y vacío de todo afecto mundanal? La misma Virgen Santísima dijo a santa Brígida que su corazón era uno con el de su Hijo por el amor. Aquella mezcla de esclava y madre, y de hijo y Dios, levantó en el corazón de María un incendio de amor compuesto de mil hogueras. Pero todo este incendio de amor, al tiempo de la pasión se convirtió en un mar de dolor.

 

San Bernardino dice meditando este misterio: Todos los dolores del mundo, si se juntaran de una vez, no serían tan intensos como el dolor de la gloriosa Virgen María. Y así es en verdad, porque esta madre, como escribe san Lorenzo Justiniano, cuanto más tiernamente amó, tanto más profundo fue su dolor. Cuanto con más ternura lo amó, con tanto mayor dolor sintió al verlo partir, especialmente cuando se encontró a su hijo que, ya condenado a muerte, iba con la cruz al lugar del suplicio. Y ésta es la cuarta espada de dolor que vamos a considerar.

 

 

 

2. María en la despedida a Jesús

 

 

 

Reveló la Virgen a santa Brígida que cuando se acercaba el tiempo de la pasión, sus ojos estaban siempre llenos de lágrimas pensando en el amado Hijo que lo iba a perder en esta tierra, y que tenía un sudor frío por el temor que le asaltaba al pensar en el próximo espectáculo tan lleno de dolor. Y ya cercano el día, fue Jesús llorando a despedirse de la Madre para ir a la muerte. San Buenaventura, considerando lo que haría María aquella noche, le habla así: Sin dormir la pasaste, y mientras los demás dormían tú permaneciste en vela. Llegada la mañana venían los discípulos de Jesucristo a esta afligida madre, quién a traerle una noticia y quién otra, pero todas de dolor, cumpliéndose en ella el texto de Jeremías: “Llora que llora por la noche y las lágrimas surcan sus mejillas; ni uno hay que la consuele de todos los que la quieren” (Lm 1, 2).

 

Uno venía a referirle los  malos tratos cometidos contra su Hijo en casa de Caifás, otro le refería los desprecios que le hizo Herodes. Llegó finalmente san Juan y le anunció que el injustísimo Pilatos lo había condenado a muerte de cruz. He dicho injustísimo porque, como nota san León, este juez inicuo, lo mandó a la muerte. Oh Madre dolorosa, le diría san Juan, tu Hijo ya ha sido sentenciado a muerte y ya ha salido llevando él mismo la cruz camino del Calvario; así lo registró el Evangelio: “Y llevando la cruz salió hacia el lugar que llaman Calvario” (Jn 19, 17); ven, si quieres verlo y darle el último adiós en el camino por donde ha de pasar.

 

Parte María con Juan, y por las huellas de sangre que ve por las calles advierte que ya ha pasado por allí su Hijo. Como ella le reveló a santa Brígida: Por las huellas conocí por dónde había pasado mi Hijo, pues aparecía la tierra ensangrentada. Dice san Buenaventura que la afligida Madre, acortando por una calle, fue a desembocar en la calle por donde había de pasar su Hijo atribulado. Dice san Bernardo: la más afligida de las madres va al encuentro del más afligido de los hijos. Esperó María en aquel lugar; ¡y cuántos escarnios tuvo que oír de los judíos que la conocían dirigidos contra su Hijo y, tal vez, contra ella misma!

 

 

 

3. María presencia el paso de Jesús

 

 

 

¡Qué exceso de dolor fue para ella ver los clavos, los martillos y los cordeles que llevaban delante los verdugos y todos los horribles instrumentos para matar a su Hijo! ¡Y qué espada para su corazón al oír la corneta que anunciaba la sentencia contra su Jesús! Pero he aquí que después de haber pasado los instrumentos, el pregonero y los ministros de la justicia, alza los ojos y ¿qué ve? Ve a un joven cubierto de sangre de pies a cabeza, con una corona de espinas, con una pesada cruz sobre las espaldas; lo contempla y casi no lo conoce, diciendo entonces con Isaías: “No tenía apariencia ni presencia” (Is 53, 2). Sí, porque las heridas, las moraduras y la sangre coagulada le hacían semejante a un leproso, de modo que estaba desconocido: “Despreciado, varón de dolores, desecho de hombre, no lo tuvimos en cuenta” (Is 53, 3).

 

Pero, al fin, el amor se hizo reconocer; y una vez que lo hubo conocido, como dice san Pedro de Alcántara: “Qué lucha se entabló entre el amor y el temor en el corazón de María. Por una parte, deseaba verlo; mas, por otra, le daba temor ver algo tan digno de compasión. Finalmente, se miraron; el Hijo, apartándose de los ojos un grumo de sangre que le impedía la visión, como le fue revelado a santa Brígida, y la Madre miró al Hijo. Y sus miradas llenas de dolor fueron como otras tantas flechas que traspasaron aquellas dos almas enamoradas. Margarita, hija de santo Tomás Moro, cuando vio que su padre iba hacia la muerte, no pudo decir más que: ¡Padre, padre!, y cayó desvanecida a sus pies. María, cuando vio a su Hijo que iba hacia el Calvario, no se desvaneció, no; porque como dice el P. Suárez, la Madre de Dios no podía perder el uso de la razón; ni murió, pues Dios la reservaba para un mayor dolor; pero si no murió sí sufrió un dolor capaz de causar mil muertes.

 

Quería la Virgen abrazarlo, como dice san Anselmo, pero los esbirros la rechazan, injuriándola, y empujan hacia adelante al adorado Señor; y María lo sigue de cerca. Virgen santa, ¿a dónde vas? ¿Al Calvario? ¿Te atreverás a ver colgado de la cruz al que es tu vida? San Lorenzo Justiniano imagina que el Hijo le dice: Oh Madre mía, detente: ¿a dónde quieres ir? Si vienes conmigo serás atormentada con mi dolor y yo con el tuyo. Pero a pesar de que ver morir a Jesús le ha de costar un dolor tan acerbo, la amante María no quiere dejarlo. El Hijo va delante, y la Madre junto a él para ser con él crucificada. Dice Guillermo: La Madre llevaba su cruz y le seguía para ser crucificada con él.

 

Escribe san Juan Crisóstomo: Hasta de las fieras nos compadecemos. Si viéramos a una leona que va detrás de su cachorro que lo llevan a matar, daría compasión. ¿Y no dará compasión ver a María junto a su Cordero inmaculado que es llevado a la muerte? Tengamos compasión de ella y procuremos acompañar a su Hijo y a ella también nosotros, llevando con paciencia la cruz que nos manda el Señor. Pregunta san Juan Crisóstomo: ¿Por qué Jesucristo quiso estar solo en los demás sufrimientos y en cambio, al llevar la cruz, quiso ser ayudado por el Cireneo? Y responde: Para que comprendas que la cruz de Cristo no te sirve de nada sin la tuya. No basta para salvarte la sola cruz de Jesús si no llevamos con resignación la nuestra hasta la muerte.

 

 

 

EJEMPLO

 

 

 

La cruz nos une a Dios

 

 

 

Se le apareció el Salvador a sor Dominica, religiosa en Florencia, y le dijo: Piensa en mí y ámame, que yo pensaré siempre en ti y te amaré. Y le ofreció un ramillete de flores con una cruz, significando con ello que las consolaciones de los santos en este mundo han de ir siempre acompañadas de la cruz. Las cruces unen las almas a Dios.

 

San Jerónimo Emiliano, siendo soldado lleno de vicios, cayó en manos de sus enemigos, que lo encerraron en una mazmorra. Allí, conmovido por sus tribulaciones e iluminado por Dios para cambiar de vida, recurrió a la Santísima Virgen, y con la ayuda de esta divina Madre comenzó a llevar vida de santo. Mereció ver el trono de gloria que Dios le tenía preparado en el cielo. Fue fundador de los Padres Somascos, murió como un santo y ha sido canonizado.

 

 

 

ORACIÓN PARA LLEVAR LA CRUZ

 

 

 

Madre dolorosa,

por el mérito del dolor que sentiste

al ver a tu amado Jesús condenado a muerte,

alcánzame la gracia de llevar con paciencia

las cruces que Dios me manda.

¡Feliz de mí si logro acompañaros

llevando mi cruz hasta la muerte!

 

 

 

Tú y Jesús, inocentes,

habéis llevado una cruz muy pesada;

y yo, pecador, que he merecido el infierno,

¿rehusaré llevar la mía?

Oh Virgen inmaculada,

de ti espero la ayuda

para sufrir las cruces con paciencia. Amén.

 

 

 

Quinto dolor: La muerte de Jesús

 

 

 

1. María al pie de la cruz

 

 

 

Es cosa de admirar una nueva clase de martirio: una madre condenada a ver morir ante sus ojos, ejecutado con bárbaros tormentos, a un hijo inocente y al que amaba con todo su corazón. “Estaba junto a la cruz su Madre” (Jn 19, 25). No se le ocurre a san Juan decir otra cosa para ponderar el martirio de María; contémplala junto a la cruz a la vista de su Hijo moribundo y después dirás si hay dolor semejante a su dolor. Detengámonos también nosotros hoy en el Calvario a considerar esta quinta espada que traspasó el corazón de María por la muerte de Jesús.

 

Apenas llegado al Calvario el Redentor, rendido de fatiga, los verdugos lo despojaron de sus vestiduras y clavaron a la cruz sus sagradas manos y sus pies con clavos, no afilados sino romos para más atormentarlo, como dice san Bernardo. Una vez crucificado levantaron la cruz, y así lo dejaron hasta que muriera.

 

Lo abandonaron los verdugos, pero no lo abandonó María. Entonces se acercó más a la cruz para asistir a su muerte. Le dijo la Santísima Virgen a santa Brígida: Yo no me separaba de él y estaba muy próxima a su cruz. San Buenaventura le habla así: Señora, ¿de qué te sirvió el ir al Calvario para ver morir a este Hijo? ¿Por qué no te detuvo la vergüenza y el horror de semejante crimen? Debía retenerte la vergüenza, ya que su oprobio era también el tuyo siendo su Madre. Al menos debiera detenerte el horror de semejante delito al ver un Dios crucificado por sus mismas criaturas. Pero responde el mismo santo: Es que tu corazón no pensaba en su propio sufrimiento, sino en el dolor y en la muerte del Hijo amado; y por eso quisiste tú misma asistirle, al menos acompañándole.

 

Dice el abad Guillermo: Oh verdadera Madre, Madre llena de amor, a la que ni siquiera el espanto de la muerte pudo separar del Hijo amado. Pero, oh Señor, ¡qué espectáculo tan doloroso era el ver a este Hijo agonizando sobre la cruz y ver agonizar a esta Madre que sufría todas las penas que padecía el Hijo! María reveló a santa Brígida el estado lamentable de su Hijo moribundo como ella lo vio en la cruz. Está mi amado Jesús en la cruz con todas las ansias de la agonía: los ojos hundidos, entornados y mortecinos; las mejillas amoratadas y el rostro de mudado, la boca entreabierta, los cabellos ensangrentados, la cabeza caída sobre el pecho, el vientre contraído, los brazos y las piernas entumecidos y todo su cuerpo lleno de llagas y de sangre.

 

 

 

2. María participa en todos los dolores de su Hijo

 

 

 

Todos estos sufrimientos de Jesús, dice san Jerónimo, eran a la vez los sufrimientos de María. Cuantas eran las llagas en el cuerpo de Cristo, otras tantas eran las llagas en el corazón de María. El que entonces se hubiera hallado en el Calvario, dice san Juan Crisóstomo, hubiera encontrado dos altares en que se consumaban dos grandes sacrificios: uno en el cuerpo de Jesús y otro en el corazón de María. Pero más acertado me parece lo que dice san Buenaventura de que había sólo un altar, es decir, la sola cruz del Hijo, en la cual, junto con la víctima que era este Cordero divinal, se sacrificaba también la Madre; por eso el santo le pregunta: Oh María, ¿dónde estabas? ¿Junto a la cruz? Ah, con más propiedad diré que estabas en la misma cruz sacrificándote crucificada con tu mismo Hijo. Así se expresa san Agustín: La cruz y los clavos fueron del Hijo y de María; crucificado el Hijo, también estaba crucificada la Madre. En efecto, porque como dice san Bernardo, lo que hacían los clavos en el cuerpo de Jesús, lo hacía el amor en el corazón de María; de manera que, como escribe san Bernardino, al mismo tiempo que el Hijo sacrificaba el cuerpo, la Madre sacrificaba su alma.

 

 

 

3. María muestra la mayor fortaleza

 

 

 

Las madres, por lo común, no quieren presenciar la muerte de sus hijos; pero si una madre se ve forzada a asistir a un hijo que muere, procura darle todos los alivios posibles; le acomoda en el lecho para que esté de la manera más confortable, le suministra bebida fresca y así va la infeliz madre consolando su dolor. ¡Oh Madre, la más afligida de todas! ¡Oh María, a ti te ha tocado asistir a Jesús moribundo, pero no has podido darle ningún alivio! Oye María al Hijo, que dice: “Tengo sed”, pero no pudo ella darle un poco de agua para refrescarlo. No pudo decirle otra cosa, como observa san Vicente Ferrer, sino esto: Hijo no tengo más que el agua de mis lágrimas. Veía que el Hijo en aquel lecho de dolor, colgado de aquellos clavos, no encontraba reposo; quería abrazarlo para aliviarlo, al menos para que expirase entre sus brazos, pero era imposible. Quería abrazarlo, dice san Bernardo, pero las manos, extendidas en vano, volvían hacia sí vacías.

 

Veía a su pobre Hijo que en aquel mar de penas andaba buscando quien le consolase, como lo había predicho por boca del profeta: “El lagar lo pisé yo solo; de mi pueblo no hubo nadie conmigo; miré bien y no había auxiliador” (Is 53, 3; 5); pero ¿quién iba a querer consolarlo si todos los hombres eran sus enemigos, si aun estando en la cruz blasfemaron de él y se le reían, unos de una manera y otros de otra? “Los que pasaban blasfemaban contra él moviendo la cabeza” (Mt 27, 39). Unos le decían a la cara: “Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz” (Mt 27, 42). Y otros: “Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo”. “Si es el rey de Israel, baje ahora de la cruz” (Mt 27, 42). Dijo la Santísima Virgen a santa Brígida: Oí a unos que llamaban a mi Hijo ladrón y a otros que lo llamaban impostor; a algunos decir que nadie merecía la muerte como él; y todas esas cosas eran como nuevas espadas de dolor.

 

Pero lo que más acrecentó el dolor de María, junto con la compasión hacia su Hijo, fue oírle lamentarse de que hasta el eterno Padre le había abandonado: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 26, 46). Palabras, como dijo la Madre de Dios a santa Brígida, que no se le pudieron ya apartar de la mente ni del corazón, mientras no hacía otra cosa que ofrecer a la justicia divina la vida de su Hijo por nuestra salvación. Por esto comprendemos que ella, por mérito de sus dolores, cooperó a que naciéramos para la vida de la gracia, que por esto somos hijos de sus dolores.

 

 

 

4. María, madre de todos al pie de la cruz

 

 

 

Dice Lanspergio: Quiso Cristo que ella estuviera presente como cooperadora de nuestra redención; pues había decretado dárnosla como Madre, debía darnos a luz como hijos en la cruz. Y si el corazón de María encontró algún alivio en aquel mar de amarguras, esto era lo único que entonces la consolaba: saber que por medio de sus dolores nos estaba dando a luz para la vida eterna. Eso mismo le reveló Jesús a santa Brígida: María, mi Madre, por su compasión y caridad, se hizo madre de todos en el cielo y en la tierra. Y de hecho éstas fueron las últimas palabras con que Jesús se despidió de ella antes de morir, éste fue el último recuerdo, dejarnos por sus hijos en la persona de Juan cuando le dijo: “Mujer, he aquí a tu Hijo” (Jn 19, 26).

 

Y desde ese momento empezó María a ejercer con nosotros el oficio de madre buena, porque como atestigua san Pedro Damiano, el buen ladrón se convirtió y se salvó por las plegarias de María: Por eso se arrepintió el buen ladrón, porque la Virgen Santísima, colocada entre la cruz del Hijo y la del ladrón, oraba por él, recompensándole con ello el servio que en otro tiempo él le había hecho. Con esto alude a lo que aseveran antiguos autores diciendo que este ladrón, en la huida a Egipto con el niño Jesús, había estado cortés con ellos. Este oficio de intercesión la Santísima Virgen ha continuado y continúa realizándolo.

 

 

 

EJEMPLO

 

 

 

Un pecador se salva por los dolores de María

 

 

 

En Perugia, un joven le prometió al demonio que si le facilitaba cometer cierto pecado le entregaba su alma, y le hizo escritura del trato firmada con su sangre. Cometido el pecado, el demonio quiso saldar la promesa y lo llevó al borde de un pozo, amenazándole que si no se tiraba lo levaría en cuerpo y alma a los infiernos. El joven desgraciado, pensando que no podía escapar de sus garras, se acercó al borde del pozo para lanzarse, pero aterrorizado ante el espectro de la muerte, le dijo al enemigo que no tenía valor para arrojarse, que lo empujara él. El joven llevaba al cuello el escapulario de la Virgen Dolorosa, por lo que le dijo el demonio: Quítate eso, que yo te ayudaré a cumplir lo prometido. Pero el joven, comprendiendo que por el escapulario le seguía protegiendo la Madre de Dios, dijo que no se lo quería quitar. Después de muchos altercados el demonio se retiró avergonzado y el pecador, reconocido a la Madre Dolorosa, fue a agradecerle el gran favor, y arrepentido de sus pecados colgó el fatal documento en un cuadro en el altar de la iglesia de Santa María la Nueva, en Perugia.

 

 

 

ORACIÓN PIDIENDO EL AMOR DE CRISTO

 

 

 

¡Oh Madre, la más dolorosa de todas!

¡Ha muerto tu Hijo,

el más amable y el que tanto te amaba!

Llora, que te sobra razón para llorar.

¿Quién podrá consolarte?

Sólo puede consolarte el pensamiento

de que Jesús, con su muerte,

ha vencido al infierno,

ha abierto el paraíso

que estaba cerrado para los hombres

y ha conquistado multitud de almas.

 

 

 

Desde el trono de la cruz ha de reinar

sobre muchos corazones

que, vencidos por su amor,

con amor le han de servir.

No te desdeñes entre tanto, Madre mía,

de admitirme a tu lado

para llorar contigo,

pues más motivo tengo yo para llorar

por haberle ofendido tanto.

 

 

 

Madre de misericordia,

yo, por los méritos de mi Redentor

y por el mérito de tus dolores,

espero el perdón y la eterna salvación. Amén.

 

 

 

Sexto dolor: Lanzada y descendimiento de la cruz

 

 

 

1. María, madre de todo dolor

 

 

 

“Oh vosotros, todos los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor” (Lm 1, 12). Almas devotas, escuchad lo que dice la Virgen Dolorosa: Amadas hijas, yo no quiero que vengáis a consolarme, porque mi corazón no es capaz de consuelo en esta tierra después de la muerte de mi amado Jesús. Si queréis complacerme, esto es lo que quiero de vosotras: contempladme y ved si en el mundo ha existido jamás un dolor semejante al mío al ver que me arrebataban con tanta crueldad al que era todo mi amor.

 

Pero, Señora, ya que no admites consuelo en tanto padecer, permíteme que te diga que con la muerte de tu Hijo no han concluido tus sufrimientos. Vas a ser herida con nueva espada de dolor al ver traspasar con una lanzada cruel el costado de tu mismo Hijo ya muerto, y después tendrás que recogerlo entre tus brazos al ser bajado de la cruz. Esto es lo que vamos a considerar en el sexto dolor que afligió a esta pobre Madre. Esto reclama nuestra atención y nuestras lágrimas, porque los dolores de nuestra Señora la Virgen María no la atormentaron de uno en uno, sino que en esta ocasión pareciera que acudieron todos en tropel a asaltarla.

 

Basta decirle a una madre que ha muerto su hijo para revivir en ella todo el amor a su hijo perdido. Algunos, para aliviar a las madres cuando han muerto sus hijos, tratan de recordarles los disgustos que les dieron. Pero, Reina mía, si yo quisiera con ese procedimiento aliviar tu dolor por la muerte de Jesús, ¿qué disgusto recibido de él podría recordar? No, porque él siempre te amó, siempre te obedeció, siempre te respetó. Y ahora lo has perdido. ¿Quién podrá ponderar de modo apropiado tu sufrimiento? Tú sola que lo probaste puedes explicarlo.

 

 

 

2. María ofrece a su Hijo al Padre

 

 

 

Habiendo muerto nuestro Redentor, dice un autor piadoso, el primer pensamiento de la Madre de Dios fue acompañar a su Hijo y presentarlo al Padre eterno. Debió decirle María: Te presento, Dios mío, a tu Hijo e hijo mío, que ya te ha obedecido hasta en la muerte; recíbelo entre tus brazos. Ya está satisfecha tu justicia y cumplida tu voluntad; ya está consumado el gran sacrificio digno de tu eterna gloria. Y después, mirando el cuerpo muerto de su Jesús, diría: Oh llagas, llagas de amor, yo os adoro y con vosotras me congratulo, ya que por vuestro medio se ha realizado la salvación del mundo. Quedaréis abiertas en el cuerpo de mi Hijo para ser el refugio de aquellos que en vosotras se amparen. ¡Cuántos por vosotras recibirán el perdón de sus pecados y por vosotras se inflamarán en amor del sumo bien!

 

Para que no se perturbase la alegría del sábado pascual, querían los judíos que fuera bajado de la cruz el cuerpo de Jesús; pero como no se podían bajar los ajusticiados si no estaban muertos, por eso vinieron algunos con mazas de hierro a romperle las piernas, como de hecho lo hicieron con los dos ladrones. Y María, mientras estaba llorando la muerte de su Hijo, vio aquellos hombres armados que venían contra su Hijo. Y al verlos, primero tembló de espanto y después les dijo: Mirad que mi Hijo ya está muerto; no le ultrajéis más y no sigáis atormentándome a mí, su pobre madre. Les suplicó que no le quebrantasen las piernas, dice san Buenaventura. Pero mientras les estaba diciendo esto, vio que un soldado le da violentamente una lanzada y con ella le abre el costado a Jesús. “Uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua” (Jn 19, 34).

 

Al golpe de la lanza retembló la cruz y el corazón de Jesús quedó abierto, como le fue revelado a santa Brígida. Salió sangre y agua que aún le quedaba y también la quiso derramar el Salvador para darnos a entender que no tenía más sangre que darnos. El ultraje de esta lanza fue para Jesús, pero el dolor fue para María. Dice Lanspergio: Compartió Cristo con su Madre su sufrimiento de esta herida, de modo que él recibió el ultraje y María el dolor. Afirman los santos padres que esta fue la espada que predijo a la Virgen el santo anciano Simeón; espada no de acero, sino de dolor que traspasó su alma bendita al traspasar la lanza el corazón de Jesús donde ella siempre moraba.

 

Así dice, entre otros, san Bernardo: La lanza que atravesó su costado atravesó a la vez el alma de la Virgen, que no podía separarse de él. Reveló la Madre de Dios a santa Brígida: Al sacar la lanza, estaba teñido el hierro con la sangre. Entonces me pareció como si mi corazón se viera traspasado al ver el corazón de mi Hijo traspasado. Dijo el ángel a santa Brígida que fueron tantos y tales los sufrimientos de María, que no murió por milagro de Dios. En los demás dolores tenía al menos al Hijo que la compadecía; en éste no tenía al Hijo que la pudiera consolar.

 

 

 

3. María recibe el cuerpo de su Hijo

 

 

 

Temiendo la Madre Dolorosa que le hicieran nuevos ultrajes al Hijo amado, le rogó a José de Arimatea que consiguiera de Pilatos el cuerpo de Jesús para que, al menos muerto, pudiera cuidarlo y librarlo de nuevos ultrajes. Fue José a Pilatos y le expuso el dolor y el deseo de esta Madre afligida. Dice san Anselmo que la compasión de la Madre enterneció a Pilatos y le movió a conceder el cuerpo del Salvador.

 

He aquí que ya bajan a Jesús de la cruz. Oh Virgen sacrosanta, después que tú, con tanto amor has dado al mundo a tu Hijo por nuestra salvación, he aquí que el mundo ingrato ya te lo devuelve. Pero, oh Señor, ¿cómo te lo devuelve? María diría entonces al mundo: “Mi amado es fúlgido y rubio” (Ct 5, 10), pero tú me lo entregas lleno de cardenales y rojo, no por el color de su carne, sino por las llagas que le has hecho. Él enamoraba con su aspecto y ahora da espanto a quien lo mira. ¡Cuántas espadas, dice san Buenaventura, hirieron el alma de esta Madre al serle presentado el Hijo bajado de la cruz! Basta considerar el sufrimiento de cualquier madre cuando le presentan a su hijo muerto. Se le reveló a santa Brígida que para bajarlo de la cruz se utilizaron tres escalas. Primero, los santos discípulos desclavaron las manos y a continuación los pies. Y los clavos fueron confiados a María, como dice Metafraste. Luego, sosteniendo unos el cuerpo de Jesús por la parte superior y otros por la parte inferior, lo bajaron de la cruz. Bernardino de Bustos medita cómo la afligida Madre, extendiendo los brazos, va al encuentro de su amado Hijo, lo abraza y después se sienta al pie de la cruz teniéndole en su regazo. Ve aquella boca entreabierta, los ojos nublados, aquella carne lacerada, aquellos huesos descarnados; le quita la corona de espinas y ve los estragos que le ha causado en su sagrada cabeza; mira aquellas manos y aquellos pies traspasados, y dice: ¡Hijo mío, a qué te ha reducido el amor que tienes a los hombres! ¿Qué mal les has hecho que así te han tratado? San Bernardino de Bustos le hace decir: Tú eras para mí un padre, un hermano, un esposo, mis delicias y mi gloria; tú eras todo para mí. Hijo, mira cómo estoy de afligida, mírame y consuélame. Pero tú ya no me puedes mirar. Habla, dime una palabra de alivio; pero no hablas ya porque estás muerto. Oh espinas crueles, decía contemplando aquellos instrumentos atroces, clavos, lanza despiadada, ¿cómo habéis podido atormentar así a vuestro Creador? Pero ¿qué espinas?, ¿qué clavos? Oh pecadores, exclamaba, vosotros sois los que habéis maltratado de este modo a mi Hijo.

 

 

 

4. María sólo halla consuelo si evitamos el pecado

 

 

 

Así se expresaba María, y se lamentaba por culpa de nosotros. Pero si ahora pudiera padecer, ¿qué diría?, ¿qué pena no sentiría al ver que los hombres, después de haber muerto el Hijo suyo, continuaban persiguiéndole y crucificándole con sus pecados? No atormentemos más a esta Madre Dolorosa; y si en lo pasado la hemos afligido con nuestras culpas, hagamos lo que ahora nos dice, que es esto: “Tened seso, rebeldes” (Is 56, 8). Pecadores, volveos hacia el Corazón herido de Jesús; volved arrepentidos, que él os acogerá. Huye de él para refugiarte en él, parece decirnos conforme al abad Guérrico; del juez, al Redentor; del tribunal, a la cruz. Según las revelaciones de la Virgen a santa Brígida, a su Hijo ya bajado de la cruz, le pudo cerrar los ojos, pero le costó cruzarle los brazos, como si quisiera darle a entender que Jesucristo quiso seguir con los brazos abiertos para acoger a todos los pecadores arrepentidos que vuelven a él. Oh mundo, parece seguir diciendo María, “era tu tiempo, el tiempo de los amantes” (Ez 16, 8). Mira, oh mundo, que mi Hijo ha muerto por salvarte y no es tiempo para el temor, sino para el amor; tiempo de amar al que para demostrarte el amor que te tiene ha querido padecer tanto.

 

Dice san Bernardino: Por eso fue vulnerado el corazón de Cristo, para que a través de la llaga visible se viera la herida del amor invisible. Si, pues, concluye María, al decir del Idiota, mi Hijo ha querido que le fuera abierto el costado para darte su corazón, es del todo razonable que tú también le des el tuyo. Y si queréis, hijos de María, encontrar sitio en el corazón de Jesús, sin veros rechazados, id junto a María, dice Ubertino de Casale, que ella os conseguirá la gracia. Y en prueba de esto, he aquí un ejemplo.

 

 

 

EJEMPLO

 

 

 

Misericordia de Dios con un pecador arrepentido

 

 

 

Refiere el Discípulo (sobrenombre de Juan Herolt) que un pobre pecador, después de haber cometido toda suerte de crímenes hasta llegar a matar a su padre y a un hermano, como es natural, andaba fugitivo. Este hombre, un día de cuaresma, oyendo a un predicador hablar sobre la divina misericordia, fue a confesarse con él. El confesor, oyendo tan grandes pecados, después de absolverlo lo mandó ante el altar de la Virgen Dolorosa para que rezara ante ella la penitencia. Fue el pecador y comenzó a rezar, cayendo muerto de repente. Al día siguiente, recomendando el sacerdote al pueblo aquella alma, se vio volar por la iglesia una blanca paloma de la que se desprendió, ante los pies del sacerdote, un papel que decía: Su alma, apenas salir del cuerpo, ha entrado en el paraíso; y tú, sigue predicando la infinita misericordia de Dios.

 

 

 

ORACIÓN PIDIENDO EL AMOR DE DIOS

 

 

 

Virgen Dolorosa,

alma grande en las virtudes

y grande en los dolores,

enséñame a sufrir contigo,

imitando tu entrega y fortaleza

que nacen del gran incendio de amor

que tienes a Dios, pues tu corazón

no sabe amar más que a él.

 

 

 

Madre mía, ten compasión de mí

que no he amado a Dios

y que tanto le he ofendido.

Tus dolores me dan gran confianza

de conseguir el perdón.

Pero con esto no basta,

quiero amar a mi Señor.

¿Y quién mejor que tú, Madre del amor hermoso,

me lo puede alcanzar?

 

 

 

María, tú que consuelas a todos,

consuélame también a mí. Amén.

 

 

 

Séptimo dolor: Sepultura de Jesús

 

 

 

1. María ha de separarse de Jesús

 

 

 

Cuando una madre está junto al hijo que sufre, sin duda padece todas las penas del hijo; pero cuando el hijo atormentado ha muerto y va a ser sepultado y la madre tiene que despedirse de su hijo, oh Señor, el pensamiento de que no ha de verlo más es superior a todos los demás dolores. Esta es la última espada de dolor que hoy vamos a considerar, cuando María, después de haber asistido al Hijo en la cruz, después de haberlo abrazado ya muerto, debía finalmente dejarlo en el sepulcro, quedando privada de su amada presencia.

 

Pero a fin de considerar mejor este último misterio de dolor, volvamos al Calvario para contemplar a la afligida Madre que aún tiene abrazado al Hijo muerto. Parece que le dijera con Job: “Hijo, hijo mío, te has vuelto cruel conmigo” (Job 30, 21); sí, porque todas tus bellas cualidades, tu hermosura, tu gracia, tu virtud, tus modales amables, todas las muestras de amor especialísimo que me has dado se han trocado en otras tantas flechas de dolor, que cuanto más me han inflamado en tu amor, tanto más me hacen sentir ahora la pena cruel de haberte perdido. Hijo mío tan amado, al perderte a ti lo he perdido todo. San Bernardo imagina que le habla así: ¡Oh verdadero Hijo de Dios, tú eras para mí padre, hijo y esposo; tú eras el alma mía! Ahora me veo huérfana de padre, quedo viuda sin esposo, me siento desolada sin hijo; habiendo perdido al hijo, lo he perdido todo.

 

De este modo está María anegada en su dolor abrazada a su Hijo; pero los santos discípulos, temiendo que esta pobre madre muriese allí de dolor, se apresuraron a quitarle de su regazo aquel Hijo muerto para darle sepultura. Por lo cual, con reverente violencia se lo quitaron de los brazos y, embalsamándolo con aromas, lo envolvieron en la sábana ya preparada, en la que quiso el Señor dejar al mundo impresa su figura, como se ve hoy en Turín.

 

Ya lo llevan al sepulcro en fúnebre cortejo: los discípulos lo cargan a hombros; los ángeles del cielo lo acompañan; las santas mujeres van detrás, y con ellas la Madre dolorosa siguiendo al Hijo a la sepultura. Llegados al lugar del sepulcro, cuánto hubiera deseado María quedar en él con su Hijo si ésa hubiera sido su voluntad. Pero como no era ése el divino querer, al menos acompañó al cuerpo sagrado de Jesús dentro del sepulcro mientras lo colocaban allí. Al ir a rodar la piedra para cerrar el sepulcro, los discípulos del Salvador debieron dirigirse a la Virgen para decirle: Ea, Señora, hay que rodar la piedra; resígnate, míralo por última vez y despídete de tu Hijo. Y la Madre dolorosa le diría: Hijo mío amadísimo, recibe el corazón de tu amada Madre que dejo sepultado con el tuyo. Dijo la Virgen a santa Brígida: Puedo decir con verdad que habiendo sido sepultado mi Hijo, allí quedaron sepultados dos corazones.

 

Por fin ruedan la piedra y queda encerrado en el santo sepulcro el cuerpo de Jesús, aquel gran tesoro, que no lo hay mayor ni en el cielo ni en la tierra. Hagamos aquí una digresión: María deja sepultado su corazón en el sepulcro con Jesús, porque Jesús es todo su tesoro. “Donde está tu tesoro, allí está tu corazón” (Lc 12, 34). ¿Y nosotros dónde tenemos puesto nuestro corazón? ¿Tal vez en las criaturas? ¿En el fango? ¿Y por qué no en Jesús que aun habiendo ascendido al cielo ha querido quedarse, no ya muerto, sino vivo en el santísimo Sacramento del altar para tenernos consigo y poseer nuestros corazones?

 

 

 

2. María se despide de su Hijo

 

 

 

Pero volvamos a María. Al decir de san Buenaventura, al partir del sepulcro lo bendijo diciendo: Sagrada piedra, piedra afortunada que ahora guardas dentro de ti al que ha estado nueve meses en mi seno, yo te bendigo y te envidio; te dejo que custodies este Hijo mío que es todo mi bien y todo mi amor. Y después, dirigiéndose al eterno Padre, diría: Oh Padre, a ti encomiendo a este tu Hijo y mío. Y con esto, dando el último adiós al Hijo y al sepulcro, se marchó y se volvió a casa. Andaba esta pobre Madre tan triste y afligida que, según san Bernardo, excitaba las lágrimas de muchos aun sin querer, de modo que por donde pasaba los que la veían no podían contener el llanto. Y añade que los que la acompañaban lloraban por el Señor y por ella a la vez.

 

Afirma san Buenaventura que las santas mujeres le pusieron un velo de luto, como el de las viudas, que le ocultaba en gran parte el rostro. Y dice que al pasar de vuelta junto a la cruz bañada con la sangre de Jesús, fue la primera en adorarla, y diría: Oh cruz santa, yo te beso y te adoro porque ya no eres madero infame, sino trono de amor y altar de misericordia consagrado con la sangre del Cordero divino que ya ha sido en ella sacrificado por la salud del mundo.

 

 

 

3. María en soledad

 

 

 

Después se aleja de la cruz y retorna a casa. Entrando en ella mira en torno, pero ya no ve a Jesús, y le vienen a la memoria todos los recuerdos de su hermosa vida y de la despiadada muerte. Se acuerda de los primeros abrazos que le dio al Hijo en la gruta de Belén, de los coloquios tenidos con él durante tantos años en la casita de Nazaret; le vienen a la mente las constantes muestras de afecto mutuo, las tiernas miradas llenas de amor, las palabras de vida eterna que salían siempre de su boca divina. Pero luego se le representan las terribles escenas vividas aquel mismo día; se le representan aquellos clavos, aquella carne lacerada de su Hijo, aquellas llagas profundas, aquellos huesos a la vista, aquella boca entreabierta, aquellos ojos sin vida. ¡Qué noche aquella de dolor para María! Contemplando a san Juan, la Madre dolorosa le preguntaría: Juan, ¿dónde está tu maestro? Después le preguntaba a Magdalena: Dime, hija, ¿dónde está tu amado? ¿Quién te lo ha quitado? Llora María y con ella todos los que la acompañan.

 

Y tú, alma mía, ¿no lloras? Vuelto hacia María, dile con san Buenaventura: Déjame, Señora mía, que llore contigo; tú eres la inocente y yo soy el reo. Ruégale que al menos te admita a llorar con ella: haz que llore contigo. Ella llora por amor, llora tú de dolor por tus pecados. Y de esta manera, llorando tú, podrás tener la gracia de aquel de quien se habla en el siguiente ejemplo.

 

 

 

EJEMPLO

 

 

 

Visita de María a un religioso moribundo

 

 

 

Refiere el P. Engelgrave que un religioso vivía tan atormentado por los escrúpulos, que a veces estaba casi al borde de la desesperación; pero como era devotísimo de la Virgen de los Dolores, recurría siempre a ella en sus luchas espirituales y contemplando sus dolores se sentía reconfortado. Le llegó la hora de la muerte y, entonces, el demonio le acosaba más que nunca con sus escrúpulos y lo tentaba de desesperación. Cuando he aquí que la piadosa Madre, viendo a su pobre hijo tan angustiado, se le apareció y le dijo: ¿Y tú hijo mío, te consumes de angustias cuando en mis dolores tantas veces me has consolado? Hijo mío, ¿por qué te entristeces tanto y estás lleno de temor, tú que no has hecho más que consolarme con tu compasión de mis dolores? Jesús me manda para que te consuele; así que ánimo, llénate de alegría y ven conmigo al paraíso. Y al decir esto el devoto religioso, lleno de consuelo y confianza, plácidamente expiró.

 

 

 

ORACIÓN PARA ALCANZAR PAZ Y SALVACIÓN

 

 

 

Madre mía dolorosa,

no quiero dejarte sola con tu llanto,

sino que a tus lágrimas quiero unir las mías.

Esta gracia te pido hoy:

un recuerdo continuo, con tierna devoción,

de la pasión de Jesús y de la tuya

para que en los días que me queden de vida

siempre llore tus dolores, Madre mía,

y los de mi Redentor.

 

 

 

Espero que en la hora de mi muerte

estos dolores me darán confianza

para no desesperarme

a la vista de los pecados

con que ofendí a mi Señor.

Ellos me han de alcanzar el perdón,

la perseverancia y el paraíso,

donde espero regocijarme contigo

y cantar por siempre

las infinitas misericordias de mi Dios.

Así lo espero, así sea. Amén.

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