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La
Inmaculada Concepción
En los Santos y Padres de la Iglesia
Las bodas de Cana
Himno sobre las Bodas de Caná
Queremos narrar ahora el primer milagro obrado en Cana por Aquél que había demostrado ya el poder de sus prodigios a los egipcios y a los hebreos. Entonces la naturaleza de las aguas fue cambiada milagrosamente en sangre. Él había castigado a los egipcios con la maldición de las diez plagas y había vuelto el mar inofensivo para los hebreos, hasta tal punto que lo atravesaron como tierra firme. En el desierto, Él les había provisto del agua que prodigiosamente manó de la roca. Hoy, durante la fiesta de las bodas, realiza una nueva transformación de la naturaleza, Aquél que ha cumplido todo con sabiduría.
Mientras Cristo participa de las bodas y el gentío de los invitados banqueteaba, faltó el vino y la alegría pareció mudarse en melancolía. El esposo estaba avergonzado, los servidores murmuraban y afloraba en todas partes el descontento por tal penuria, levantándose el tumulto en la sala. Ante tal espectáculo, María, la completamente pura, mandó advertir apresuradamente a su Hijo: «No tienen vino (Jn 2, 3). Hijito, te lo ruego, demuestra tu poder absoluto, Tú, que has cumplido todo con sabiduría (...)».
Cristo, respondiendo a la Madre que le decía: «concédeme esta gracia», contestó prontamente: Mujer, ¿qué nos va a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora (Jn 2, 4).
Algunos han querido entrever en estas palabras un significado que justifica su impiedad. Son los que sostienen la sumisión de Cristo a las leyes naturales, o bien le consideran, también a Él, vinculado a las horas. Pero esto es porque no comprenden el sentido de la palabra. La boca de los impíos, que meditan el mal, es obligada a callar por el inmediato milagro obrado por Aquél que ha cumplido todo con sabiduría.
«Hijo mío, responde ahora—dijo la Madre de Jesús, la completamente Pura—. Tú, que impones a las horas el freno de la medida, ¿cómo puedes esperar la hora, Hijo mío y Señor mío? ¿Cómo puedes esperar el tiempo, si has establecido Tú mismo los intervalos del tiempo, oh Creador del mundo visible e invisible, Tú que día y noche diriges con plena soberanía y según tu discreción las evoluciones inmutables? Has sido Tú quien ha fijado la carrera de los años en sus ciclos perfectamente regulados: ¿cómo puedes esperar el tiempo propicio para el prodigio que te pido, Tú que has cumplido todo con sabiduría?»
«Ya antes de que Tú lo notases, Virgen venerada, Yo sabía que el vino faltaba», respondió entonces el Inefable, el Misericordioso, a la Madre veneradísima. «Conozco todos los pensamientos que habitan en tu corazón. Tú reflexionaste dentro de ti: "la necesidad incitará ahora a mi Hijo al milagro, pero con la excusa de las horas lo está retrasando". Oh Madre pura, aprende ahora el porqué de este retardo, y cuando lo hayas entendido, te concederé ciertamente esta gracia, Yo que he cumplido todo con sabiduría.»
«Eleva tu espíritu a la altura de mis palabras y comprende, oh Incorrupta, lo que estoy para pronunciar. En el momento mismo en que creaba de la nada cielo y tierra y la totalidad del universo, podía instantáneamente introducir el orden en todo lo que estaba formando. Sin embargo, he establecido un cierto orden bien subdividido; la creación ocurrida en seis días. Y no ciertamente porque me faltase el poder de obrar, sino para que el coro de los ángeles, al comprobar que hacía cada cosa a su tiempo, pudiese reconocer en mí la divinidad, celebrándola con el siguiente canto: Gloria a ti, Rey potente, que has cumplido todo con sabiduría».
«Escucha bien esto, oh Santa: habría podido rescatar de otro modo a los caídos, sin asumir la condición de pobre y de esclavo. He aceptado, sin embargo, mi concepción, mi nacimiento como hombre, la leche de tu seno oh Virgen, y así todo ha crecido en mí según el orden, porque en mi nada existe que no sea de este modo. Con el mismo orden quiero ahora obrar el milagro, al cual consiento por la salvación del hombre, Yo que he cumplido todo con sabiduría».
«Entiende lo que estoy diciendo, oh Santa; he querido comenzar por el anuncio a los israelitas, por enseñarles a ellos la esperanza de la fe para que, antes de los milagros, sepan quién me ha mandado y conozcan con certeza la gloria de mi Padre y su Voluntad, ya que Él quiere firmemente que Yo sea glorificado por todos. De hecho, cuanto obra Aquél que me ha engendrado, puedo obrarlo también Yo, por ser consustancial a Él y al Espíritu, Yo que he cumplido todo con sabiduría».
«Si sólo hubiese manifestado esto en los prodigios espantosos, ellos habrían comprendido que soy Dios desde antes de todos los siglos, aunque me haya hecho hombre. Pero, ahora, contrariamente al orden, y antes incluso de la predicación, Tú me pides prodigios. He aquí el porqué de mi retardo. Te pedía que esperases la hora de obrar milagros, por este único motivo. Pero como los padres deben ser honrados por los hijos, tendré consideración hacia ti, oh Madre, puesto que puedo hacerlo todo, Yo que he cumplido todo con sabiduría».
«Di, pues, a los habitantes de la casa que se pongan a mi servicio siguiendo las órdenes: ellos pronto serán, para sí mismos y para los demás, los testigos del prodigio. No quiero que sea Pedro el que me sirva, ni tampoco Juan, ni Andrés, ni alguno de mis apóstoles, por temor de que después, por su causa, surja entre los hombres la sospecha del engaño. Quiero que sean los mismos criados quienes me sirvan, porque ellos mismos se convertirán en testigos de lo que me es posible, a mí que he cumplido todo con sabiduría».
Dócil a estas palabras, la Madre de Cristo se apresuró a decir a los servidores de la fiesta de las bodas: haced lo que Él os diga (Jn 2, 5). Había en la casa seis tinajas, como enseña la Escritura. Cristo ordena a los servidores: llenad de agua las tinajas (Jn 2, 8). Y al punto fue hecho. Llenaron de agua fresca las tinajas y permanecieron allí, en espera de lo que intentaba hacer Aquél que ha cumplido todo con sabiduría.
Quiero ahora referirme a las tinajas y describir cómo fueron colmadas por aquel vino, que procedía del agua. Como está escrito, el Maestro había dicho en voz alta a los servidores: «Sacad este vino que no proviene de la vendimia, ofrecedlo a los invitados, llenad las copas secas, para que lo disfrute todo el mundo y el mismo esposo; puesto que a todos he dado la alegría de modo imprevisto, Yo que he cumplido todo con sabiduría».
En cuanto Cristo cambió manifiestamente el agua en vino gracias al propio poder, todo el mundo se llenó de alegría encontrando agradabilísimo el gusto de aquel vino. Hoy podemos sentarnos al banquete de la Iglesia, porque el vino se ha cambiado en la sangre de Cristo, y nosotros la asumimos en santa alegría, glorificando al gran Esposo. Porque el auténtico Esposo es el Hijo de María, el Verbo que existe desde la eternidad, que ha asumido la condición de esclavo y que ha cumplido todo con sabiduría.
Altísimo, Santo, Salvador de todos, mantén inalterado el vino que hay en nosotros, Tú que presides todas las cosas. Arroja de aquí a los que piensan mal y, en su perversidad, adulteran con el agua tu vino santísimo: porque diluyendo siempre tu dogma en agua, se condenan a sí mismos al fuego del infierno. Pero presérvanos, oh Inmaculado, de los lamentos que seguirán a tu juicio, Tú que eres misericordioso, por las oraciones de la Santa, Virgen Madre de Dios, Tú que has cumplido todo con sabiduría.
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