" “Mirad la cara bellísima, magnífica, que dejó Santa María entre las manos de Juan Diego en su ayate. Ya lo veis que tiene trazos indios y trazos españoles. Porque sólo hay la raza de los hijos de Dios”." ( San Jose Maria Escriva de Balaguer )

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La Inmaculada Concepción

 

En los Sacerdotes, Obispos y Teólogos

 

SIN PECADO CONCEBIDA

 

 Padre Jesús Martínez García - (Siglo XX)

Sacerdote de la prelatura del Opus Dei.

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«Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu estirpe y la suya; ella te aplastará la cabeza, y tú acecharás su talón»

El Papa Pío IX proclamó este dogma el 8 de di­ciembre de 1854 en la Bula Ineffabilis Deus: «Decla­ramos, pronunciamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género huma­no, ha sido revelada por Dios y debe ser, por tanto, firme y constantemente creída por todos los fieles».

 

En la Sagrada Escritura se contiene implícitamen­te esta verdad. «Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu estirpe y la suya; ella te aplastará la cabeza, y tú acecharás su talón» (Gn 3,15). María y Cris­to se hallan en una enemistad total y victoriosa contra Satanás y sus partidarios. La victoria de María no hubiera sido completa si ella hubiese estado algún tiempo bajo su poder, como sucede con los demás, que nacemos con el pecado original. María, por sin­gular gracia y privilegio fue preservada inmune del pecado original, pues había de ser la Madre de Dios. Y, dice san Cirilo de Alejandría, «¿quién ha oído jamás que un arquitecto, después de haberse cons­truido una casa para su propia comodidad, haya consentido que primero la disfrute su capital enemigo?» (Homilías diversas).

Hubiera sido un triunfo del diablo que, después de crear Dios a los hombres en estado de inocencia, no hubiera habido ninguno que permaneciese en ese es­tado. Dios quiso que al menos una criatura humana gozase de ese privilegio. Porque, «¿pudo Dios crear a Eva en la justicia original y venir al mundo pura y sin mancha, y después no pudo conceder la misma gracia y el mismo privilegio a María?» (San Alfonso M.a de Ligorio, Las Glorias de María).

Los teólogos han expresado la conveniencia de que María fuera Inmaculada con este razonamiento: «Convenía, Dios podía hacerlo, luego lo hizo». Y es lógico. «¿Cómo nos habríamos comportado, si hubié­semos podido escoger la madre nuestra? Pienso que hubiésemos elegido a la que tenemos, llenándola de todas las gracias. Eso hizo Cristo: siendo Omnipoten­te, Sapientísimo y el mismo Amor, su poder realizó todo su querer» (San Josemaría, Es Cristo que pasa).

Pero no sólo estuvo inmune de todo pecado heredado, sino que estuvo llena de gracia durante toda su vida, es decir, «estuvo libre de toda culpa propia» (Pío XII, Enc. Mystici Corporis), no tuvo ningún pecado personal. Nadie puede estar inmune de todo pecado personal durante el tiempo de su vida a no ser por un privilegio especial, como tuvo María. Por eso la Iglesia le aplica aquellas palabras del Cantar de los cantares: «Eres toda hermosa, amiga mía, no hay mancha en ti» (Ct 4,7). Toda hermosa en alma y cuerpo. La más hermosa entre las mujeres. ¿Y cómo será su cara si la cara es el espejo del alma? Es la cara de la Inmaculada. Cuántos pintores han pintado su cara y todos se quedan cortos. Porque a María la hizo Dios para ser su Madre. ¡Qué guapa es! Sus ojos son maravillosos, «sus ojos son como palomas» (Ct 5,12); su mirar cariñoso es humano y es divino.

 

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