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Asunción de María
En Otras fuentes
La Rosa en que el Verbo se hizo carne
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Dante Alighieri - (1265 - 1321)
Poeta italiano que supo perpetuar en la literatura universal una de las obras más bellas y magistrales, "La Divina Comedia". Dedicado también a los asuntos políticos de Florencia, su ciudad, sufrió por su compromiso el destierro gran parte de su vida. Pero lo más destacado de su biografía (exceptuando su escritura) puede que haya sido su amor eterno por Beatriz Portinari, de quien se enamoró en su adolescencia y la cual influyó, sin saberlo, en toda su obra literaria. (
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De La Divina Comedia, El Paraíso, Canto XXIII. Descenso de Jesucristo y la Virgen María al octavo cielo. Coronación de la Virgen por el Arcángel Gabriel.
«¿Por qué mi rostro te enamora tanto, que al hermoso jardín no te diriges que se enflorece a los rayos de Cristo? Este es la rosa en que el verbo divino carne se hizo, están aquí los lirios con cuyo olor se sigue el buen sendero.» Así Beatriz; y yo, que a sus consejos estaba pronto, me entregué de nuevo a la batalla de mis pobres ojos. Como a un rayo de sol, que puro escapa desgarrando una nube, ya un florido prado mis ojos, en la sombra, vieron; vi así una muchedumbre de esplendores, desde arriba encendidos por ardientes rayos, sin ver de dónde procedían. ¡Oh, benigna virtud que así los colmas, para darme ocasión a que te viesen mis impotentes ojos, te elevaste! El nombre de la flor que siempre invoco mañana y noche, me empujó del todo a la contemplación del mayor fuego; y cuando reflejaron mis dos ojos el cuál y el cuánto de la viva estrella que vence arriba como vence abajo, por entre el cielo descendió una llama que en círculo formaba una corona y la ciñó y dio vueltas sobre ella. Cualquier canción que tenga más dulzura aquí abajo y que más atraiga al alma, semeja rota nube que tronase, si al son de aquella lira lo comparo que al hermoso zafiro coronaba del que el más claro cielo se enzafira. «Soy el amor angélico, que esparzo la alta alegría que nace del vientre que fue el albergue de nuestro deseo; y así lo haré, reina del cielo, mientras sigas tras de tu hijo, y hagas santa la esfera soberana en donde habitas.» Así la melodía circular decía, y las restantes luminarias repetían el nombre de María. El real manto de todas las esferas del mundo, que más hierve y más se aviva al aliento de Dios y a sus mandatos, tan encima tenía de nosotros el interno confín, que su apariencia desde el sitio en que estaba aún no veía: y por ello mis ojos no pudieron seguir tras de esa llama coronada que se elevó a la par que su simiente. Y como el chiquitín hacia la madre
alarga, luego de mamar, los brazos por el amor que afuera se le inflama, los fulgc>res arriba se extendieron con sus penachos, tal que el alto afecto que a María tenían me mostraron. Permanecieron luego ante mis ojos Regina caeli, cantando tan dulce que el deleite de mí no se partía. ¡Ah, cuánta es la abundancia que se encierra en las arcas riquísimas que fueron tan buenas sembradoras aquí abajo! Allí se vive y goza del tesoro conseguido llorando en el destierro babilonio, en que el oro desdeñaron. Allí triunfa, bajo el alto Hijo de María y de Dios, de su victoria, con el antiguo y el nuevo concilio el que las llaves de esa gloria guarda.
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