" “Virgen, yo me he entregado a ti como hijo desde mi nacimiento, en todos los años de mi vida me he hecho siervo tuyo, y te he dado sólo a ti las llaves de mi alma”." ( San Jose de Cupertino )
128 [ ] María en la Iglesia :: Siglos X al XV [ ]
María en los
escritos del Siglo X al XV
En los Santos y Padres de la Iglesia
Imitad al menos la humildad de la Virgen
San Bernardo de Claraval - (1090-1153)
Cisterciense, Doctor de la Iglesia. Fue el gran impulsor y propagador de la Orden Cisterciense y el hombre más importante del siglo XII en Europa. Fundador del Monasterio Cisterciense del Claraval y de muchos otros.
¿En qué pensamiento el evangelista ha tratado de entrar, a través de la Anunciación, con el detalle de los nombres propios? Sin duda, quiere que le acordemos a su relato un interés igual al que él mismo le da. En efecto, nos lo da a conocer con nombres propios: el mensajero enviado por el Señor, el Señor que lo envía, la Virgen a quien fue enviado, y el nombre del novio de la virgen, de quien va a decirnos la familia, la ciudad y el país.
¿Por qué ha sido así? ¿Actúa sin tener un motivo? Seguro que no. Si bien es cierto que la hoja de un árbol no cae sin el permiso del Padre que está en los Cielos (Mateo, 10) yo no puedo creer que haya salido ni una sola palabra inútil de la boca de un evangelista, sobre todo en el relato de la santa historia del Verbo. No, no lo puedo creer. Todos esos detalles están llenos de misterio divino y desbordantes de dulzura celestial, si encuentran un oyente diligente que sepa libar la miel que brota de la roca y probar el aceite excelente que recogemos en los lugares pedregosos.
«El ángel Gabriel fue enviado por Dios.» Su nombre no está desvinculado del mensaje que le ha sido confiado. ¿A qué ángel le correspondería mejor anunciar la venida de Cristo que es virtud de Dios, sino a quien tiene el honor de llamarse fuerza de Dios? Pues, ¿qué es la fuerza si no la virtud? (...)
Si se llama fuerza de Dios es porque tiene por oficio anunciar la venida de esta fuerza, o porque él debía reconfortar a una virgen naturalmente tímida, sencilla y púdica, a quien la noticia del milagro que debía realizarse en ella la iba a perturbar. Así le dice: « No temas María, pues has encontrado gracia ante los ojos de Dios.» Se puede creer incluso que debió darle fuerzas y valor al novio de esta virgen, hombre de consciencia humilde y temeroso, aunque nuestro evangelista no lo diga. El ángel va a decirle: « José, hijo de David, no temas tomar a María por esposa.»
Es, entonces, una elección hecha plenamente a propósito la que designa a Gabriel para la misión que debe cumplir, o es más bien porque tuvo que cumplirla que fue llamado Gabriel.
Fue, entonces, a Nazaret adonde el ángel Gabriel fue enviado por Dios, pero ¿a quién fue enviado? «A una virgen comprometida a un joven llamado José.» ¿Quién es esta virgen venerable que merece ser saludada por un ángel? ¿Y tan humilde que tiene por esposo un carpintero? Qué hermosa alianza esta de la humildad con la virginidad. El alma, donde la humildad hace valer la virginidad y a la cual la virginidad da un nuevo brillo a la humildad, seguramente es grata a Dios. ¿Pero de qué respeto no parecerá digna aquella en quien la fecundidad exalta la humildad y la maternidad consagra la virginidad?
Se entiende que la virgen es una virgen humilde. Si no queréis imitar la virginidad de esta virgen humilde, imitad al menos su humildad. Su virginidad es digna de todas las alabanzas, pero la humildad es más necesaria que la virginidad, si una es aconsejada, la otra es prescrita, y si se os invita a guardar la una, es un deber practicar la otra. Hablando de la virginidad, se dice: « Que quienes pueden esperar, pueden llegar (Mateo XVIII, 12)» Respecto a la humildad se habla en estos términos: « Si no sois como niños no entraréis en el reino de los cielos (Mateo XIX, 3). » De manera que una es objeto de recompensa y la otra de un precepto. Uno puede salvarse sin la virginidad, no, sin la humildad.
¿Quién habla así? Una virgen santa, sobria y devota. ¿Seríais castos y más devotos que ella? O bien, pensáis que vuestra pureza es más agradable a Dios que la castidad de María, para creer que se puede complacer a Dios a través de ella sin ser humilde, cuando María no pudo serlo más, toda pura como lo fue. Además, cuanto más se eleve uno por el don singular de la castidad, tanto más daño se hace ensuciándola al mezclarla con el orgullo.
Después de todo, más vale no haber conservado la virginidad que ser virgen y enorgullecerse. Ciertamente no le es dado a todo el mundo ser virgen, pero lo es todavía para menos personas ser vírgenes y humildes al mismo tiempo. Si no os sentís capaces de imitar a la Santa Virgen en su castidad, imitadla al menos en su humildad.
En efecto, nunca desde que el mundo se llama mundo, se ha oído hablar de una virgen madre. ¿Pero que pasaría si os detuvierais a pensar en la persona de quien es madre? ¿Hasta qué grado llegaría vuestra admiración? ¿No os parece que jamás sería suficiente? Es que según vuestro criterio, o más bien a juicio de Dios, la mujer que tuvo a Dios por hijo no ha sido colocada incluso más alto que el coro de los ángeles?
Ahora bien, no es solamente María quien llama sin vacilar al Señor y al Dios de los ángeles su hijo, cuando le dice: ¿Hijo, por qué te has portado así con nosotros (Lc II, 48)? ¿Ha habido acaso, algún ángel que haya podido hablarle así? Ya es mucho para ellos, y se consideran dichosos, siendo espíritus por naturaleza, de haber sido hechos y llamados ángeles, por la gracia de Dios, según ha dicho David: « Él hizo de esos espíritus sus ángeles» (Sal CIII, 4). María, por el contrario, sintiéndose madre le habla al hijo con confianza al que ellos sirven en Su Majestad con respeto.
Un Dios sometido a los hombres, un Dios a quien los ángeles mismos están sometidos, y a quien los Principados y las Potencias obedecen, sometido Él mismo a María, y no solamente a María, sino también a José por María. Cualquiera sea el lado por donde se vea, hay razones para sentirse sacudido de admiración, el único inconveniente está en saber ¿qué merece ser más admirado, la adorable condescendencia del Hijo o el honor supremo de la madre?
De los dos lados hay un mismo motivo para estar sorprendido. Por un lado que Dios esté sometido a una mujer, es un ejemplo de humildad sin precedentes y por el otro que una mujer mande a Dios es un honor que nadie comparte con ella. Cuando se cantan las alabanzas a las vírgenes, se dice que ellas siguen al Cordero por donde va (Ap XIV, 4). ¿Cuál no seria, entonces, la gloria de aquella que incluso lo precede?
Hombre, aprende a obedecer, tierra y polvo aprende a someterte. Hablando de tu Creador, el Evangelista dice: « Y vivió bajo su obediencia,» es decir la de María y José.
¡Ruborízate, entonces, ceniza orgullosa! ¡Un Dios se rebaja y tú te elevas! ¿Un Dios se somete a los hombres, y tú, inconforme de dominar a tus semejantes, llegas hasta anteponerte a tu Creador? Ah! Pudiera yo, si estuviera en disposición, tener la gracia que Dios mismo me diga como lo hizo un día, pero en tono de reproche a su apóstol: «Aléjate de mí, Satanás, escándalo eres para mí porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres. » (Mt, XVI, 23) En efecto, siempre que pretendo mandar a los hombres, quiero elevarme por encima de Dios mismo, y es cierto que no experimento las cosas de Dios, pues de El se ha dicho: «Y vivió bajo su obediencia.»
Hombre, si no puedes conducirte por los senderos elevados de la virginidad, sigue al menos a Dios por la vía perfectamente segura de la humildad, de la que ni las vírgenes mismas pueden alejarse, y sigue al Cordero por donde vaya.