" "Jamás hubo criatura más digna que ella de honor y de gloria... Ella se pone ante Dios y reza por ti. Y como ella es la Madre de Dios, todo lo que pide, Dios abundantemente se le otorga”" ( San Bernardino de Siena )
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María en los
escritos del Siglo XX
En los Sacerdotes, Obispos y Teólogos
La virginidad de María
P. Antonio Orozco-Delclós - (nació en 1940)
Nació en Tarragona (España) en 1940. Es doctor en Filosofía por la Universidad Lateranense, de Roma, y licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Barcelona.
«Nosotros creemos que María es la Madre, que permaneció siempre Virgen, del Verbo encarnado, nuestro Dios y Salvador Jesucristo»
(Pablo VI, Profesión de fe, en la Clausura del «Año de la fe», 30 de junio de 1968)
Todos los misterios salvíficos que Dios nos ha revelado están entrelazados, forman una maravillosa sinfonía que va calando en el corazón de los fieles a medida que la van comprendiendo en su conjunto, de principio a fin, ahondando en cada nota, en cada movimiento particular. Contemplarlos, estudiarlos, escuchar una y otra vez la melodía, lejos de cansar, abre horizontes nuevos al entendimiento y al corazón: enamoran. Para ello es indispensable superar la actitud racionalista que pretende encerrar la realidad, Dios incluido, dentro de los límites de lo controlable por la lógica racional, o acaso someterla a la comprobación empírica de un laboratorio. Es preciso acercarse a la Palabra (Palabra, Verbo, Logos) de Dios no para juzgar Su Lógica con la medida de nuestra lógica, sino para enriquecer y transcender la nuestra con la Suya.
Hay tres misterios especialmente implicados entre sí: el misterio de la Santísima Trinidad, el misterio de la Encarnación del Verbo, el misterio de la Maternidad humana y divina de María. Este último, es el principal y más grande misterio que se refiere a su persona. María ha sido concebida inmaculada, llena de gracia y llamada a permanecer virgen para siempre, por ser la elegida como Madre del Logos encarnado. Maternidad y virginidad son alternativas de la mujer, excluyentes por naturaleza entre sí, que Dios ha querido reunir por milagro en su Madre.
La Iglesia ha manifestado de modo constante su fe en la virginidad perpetua de María. Los textos más antiguos llaman a María sencillamente «la Virgen», dando a entender que consideraban esa cualidad como un hecho permanente, referido a toda su vida. Los cristianos de los primeros siglos expresaron esa convicción de fe mediante el término griego Aie–parthenos, "siempre virgen", creado para calificar de modo único y eficaz la persona de María, y expresar en una sola palabra la fe de la Iglesia en su virginidad perpetua. Lo encontramos ya en el segundo símbolo de fe de san Epifanio, en el año 374, con relación a la Encarnación: el Hijo de Dios "se encarnó, es decir, fue engendrado de modo perfecto por santa María, la siempre virgen, por obra del Espíritu Santo"[1].
El dogma de la Virginidad de María comprende tres aspectos íntimamente unidos entre sí, como lo expresó Paulo IV en 1555: la Madre de Dios «perseveró siempre en la integridad de la virginidad, es decir, antes del parto, en el parto y perpetuamente después del parto»[2]
a) Virginidad antes del parto
La afirmación de la virginidad antes del parto es, sin duda, la más importante, ya que se refiere a la concepción de Jesús y toca directamente el misterio mismo de la Encarnación. La fe católica afirma que Nuestra Señora concibió a Jesús no por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo: absque semine ex Spiritu Sancto [3]. María, «guardando intacta su virginidad y no habiendo conocido unión viril, suministró al Verbo la materia de la carne, fecundada por el Espíritu Santo»[4]. Se cumplía así la profecía de Isaías: «una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y será su nombre Emmanuel (Dios con nosotros)» (Is 7, 14).
El Credo que en ocasiones rezamos en la Misa – Símbolo Constantinopolitano -, resume lo más nuclear de la fe católica, y dice así: «Creo en Jesucristo (...) Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen». El texto latino del Credo es muy expresivo: «ex María Virgine» [5], es decir, no sólo «en» María, sino «de» María, de su ser, de su carne. «Ella -dice Juan Pablo II-, en su humana y virginal substancia, queda fecundada con la potencia del Altísimo. Gracias a esta potencia y en virtud del Espíritu Santo, Ella se convierte en Madre del Hijo de Dios, aun permaneciendo Virgen»[6].
b) Virginidad en el parto.
María conservó inviolada su virginidad corporal al dar a luz a Jesucristo, por especialísima y sobrenatural intervención divina. Lejos de menoscabar la integridad del cuerpo de su Madre, Jesús la dejó intacta al nacer. Los Santos Padres proclaman unánimes esta verdad. San Ignacio de Antioquia, discípulo inmediato de san Juan, afirma que «al príncipe de este mundo [Satanás] quedó oculta la virginidad de María y su parto»[7], porque solo Dios y los Ángeles eran dignos de contemplar tal misterio. «Tal nacimiento –explicaba el papa san León- era el que convenía a la fortaleza de Dios y a su sabiduría, que es Cristo, de forma que se hiciese semejante a nosotros en la humanidad y nos aventajase por la divinidad»[8]. San Agustín: María «fue Virgen al concebir a su Hijo, Virgen al parir, Virgen durante el embarazo, Virgen después del parto, Virgen siempre»[9]. Los términos son inequívocos y la extensión del dogma no admite duda: María es la siempre virgen, en todos los sentidos de la palabra. Talis decet partus Deum[10]. Tiene su lógica: a la concepción virginal de una Persona divina, conviene que se siga un nacimiento igualmente virginal. No nos hallamos en un ámbito de necesidades «ontológicas» o «metafísicas», sino en la lógica divina de un Dios que es Amor.
Después de muchos siglos, en los que no han faltado detractores –como en todas las verdades que enseña la Iglesia con la Escritura Santa en la mano-, Pablo VI ratificaba la doctrina de la virginidad perpetua de María, «Virgen en el parto y después del parto, como siempre ha creído y profesado la Iglesia católica y como convenía…»[11]
A la cuestión del cómo ha podido suceder tal prodigio, la respuesta no es otra que por milagro de la divina omnipotencia. No fue milagro que Jesucristo entrara en el Cenáculo a través de puertas cerradas, porque su modo de existencia era la transformada del Resucitado, dotada con lo que se llama el don de sutileza. La bella ilustración clásica para el nacimiento virginal es el de la luz del sol que pasa a través de un cristal, sin romperlo ni mancharlo; así el Verbo de Dios, esplendor del Padre, entró en la virginal morada y de allí salió, cerrando para siempre el claustro virginal[12].
c) Virgen después del parto
Así lo entendieron siempre los cristianos [13]. Podemos añadir a lo ya dicho que los Santos Padres aplicaron espiritualmente a María las expresiones «huerto cerrado, fuente sellada» del Cantar de los cantares (Cant 4, 12) y también la visión del Templo narrada por el profeta Ezequiel: «me llevó de nuevo a la puerta exterior del santuario que daba al oriente, pero estaba cerrada. Y me dijo Yavé: esta puerta ha de estar cerrada para siempre, no se abrirá ni entrará por ella hombre alguno, porque ha entrado por ella Yavé, Dios de Israel» (Ez 44, 1-2). Estas palabras las aplican típicamente los Santos Padres a la virginidad perpetua de María: «¿Qué puerta es esta, sino María? - se pregunta san Ambrosio -. Por eso está cerrada, porque es virgen. La puerta es, pues, María, por la que Cristo entró en este mundo cuando fue dado a luz en el parto virginal, y no destruyó la integridad de la Virgen» [14]. Y santo Tomás: «¿Qué es la puerta cerrada en la casa del Señor, sino que María será siempre intacta? ¿Y qué es que varón no pasó por ella, sino que José no la conoció? ¿Y que es que solo el Señor entra y penetra por ella, sino que la fecundará la virtud del Espíritu Santo? ¿Y qué es estará cerrada eternamente, sino que María fue virgen antes del parto, en el parto y después del parto?» [15]. Más adelante, al comentar la Anunciación según Lucas volveremos sobre este punto.
Objeciones inconsistentes:
a) Una objeción a la virginidad perpetua de María, que persiste a pesar de su inconsistencia (entre gentes que desconocen la cultura bíblica) es la alusión que los Evangelistas hacen a los «hermanos» de Jesús[16]. Es bien sabido que en los idiomas antiguos hebreo, árabe, arameo (la lengua hablada por Jesús), etc., no había palabras concretas para indicar los grados de parentesco que existen en otros idiomas más modernos, como la palabra «primo». En general, todos los pertenecientes a una misma familia, clan, incluso tribu, eran «hermanos». «Hermanos» se llamaba a los sobrinos, los primos hermanos y los parientes en general. Así, por ejemplo, en Gen 13, 8 y 14, 14.16 se llama a Lot hermano de Abraham, mientras que por Gen 12, 5 y 14, 12 sabemos que era sobrino, hijo de Aram, hermano de Abraham. En Gen 29, 15 se llama a Labán hermano de Jacob, cuando era hermano de su madre (Gen 29, 10). Esta confusión se debe a la pobreza del lenguaje hebreo y arameo: carecen de términos distintos y usan una misma palabra, hermano, para designar grados diversos de parentesco. Mc 6, 3, da una lista de hermanos de Jesús, entre ellos Santiago y José, quienes por Mc 15, 40 y Jn 19, 25, sabemos eran hijos de María de Cleofás. Por otra parte, si Jesús hubiera tenido otros hermanos no se entenderían bien sus palabras en la Cruz, confiando su Madre a su discípulo: "Mujer, ahí tienes a tu hijo"; "ahí tienes a tu madre" (Jn 19, 26-27).
b) También se ha pensado negar la virginidad de María argumentando que Jesucristo es llamado "primogénito" (cf. Lc 2, 7), como si esa expresión diera a entender que María engendró otros hijos después de Jesús. Pero la palabra "primogénito" significa literalmente "hijo no precedido por otro" y, de por sí, prescinde de la existencia de otros hijos. Además, el evangelista subraya esta característica del Niño, pues con el nacimiento del primogénito estaban vinculadas algunas prescripciones de la ley judaica, independientemente del hecho de que la madre hubiera dado a luz otros hijos. Por ello a cada hijo único se aplicaban las de "el primogénito" (cf. Lc 2, 23).
c) Indudablemente una consideración biologista del asunto no alcanza a comprender cómo ello es posible. Justamente, los relatos evangélicos[17] presentan la concepción virginal de María no como un acontecimiento natural, sino como una obra divina – de Dios Uno y Trino- que sobrepasa todo poder humano: «Lo concebido en ella viene del Espíritu Santo»[18], dice el Ángel a José a propósito de María, su desposada. Toda la Trinidad está comprometida en esta obra, como anuncia el ángel Gabriel: Jesús, el Salvador es el Hijo del Altísimo, el Hijo de Dios; está presente el Padre para proyectar su sombra sobre María, está presente el Espíritu Santo para descender sobre Ella y fecundar su seno intacto con su potencia[19]. La Iglesia ve en ello el cumplimiento de la promesa divina hecha por el profeta Isaías: «He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un Hijo»[20].
En fin, reducir la revelación divina sobre este misterio a términos parciales o meramente espiritualistas, es apartarse del significado de los textos evangélicos, de la Tradición apostólica y del Magisterio de la Iglesia.
El misterio en la Sagrada Escritura
a) El Evangelio de Mateo
Estaba escrito en Isaías 7, 14. El profeta contempla el hecho prodigioso que significa -y ha de traer- la salvación al pueblo de Dios: «La virgen ha concebido y ha dado a luz un hijo, que será llamado [es decir, «será»] Inmmanu-El, esto es, «Dios-con-nosotros». El contexto de Is 7, 14, exige, desde luego, el significado de concepción y parto virginales de la doncella-virgen. Las formas verbales «ha concebido» y «ha dado a luz», tienen valor de perfecto y, por consiguiente, se refieren también a la condición virginal persistente después de la concepción y del parto.
Mateo 1, 18-25 nos da hecha la interpretación auténtica de Is 7, 14. El Evangelista viene a decir: el Emmanuel es Jesucristo; la Virgen grávida y que da a luz es Santa María. La profecía de Is 7, 14 tiene su cumplimiento en la concepción y parto virginales de la Doncella de Nazaret. Su Hijo, Jesús, es el Emmanuel que salvará a su pueblo de sus pecados. Pío VI, en el año 1779, condenó la interpretación de Is 7, 14 opuesta al sentido mesiánico que hemos indicado[21].
El mismo Evangelista, Mateo, afirma que el Ángel del Señor reveló a José que «lo concebido en Ella (María) es del Espíritu Santo». También lo afirma indirectamente al presentar la genealogía de Jesús, que arranca de Abraham: «Abraham engendró a Isaac; Isaac engendró a Jacob; Jacob engendró a Judá y a sus hermanos...». Así hasta llegar a José, de quien dice: «Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Cristo». Después de una larga lista de varones que engendraron hijos, el Evangelista hace un quiebro literariamente espectacular y en lugar de decir que «José engendró a Jesús», contra toda lógica literaria, dice: «José, Esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo»[22]. La intención, en el contexto es clara: excluir la intervención de José en la concepción de Jesús; pero le menciona, para dejar claro el cumplimiento de una profecía: el Mesías sería de la casa de David y José es quien sirve a la verdad de la profecía, siendo padre legal de Jesús, aunque no lo es según la sangre.
b) El Evangelio de Lucas
La primera noticia que Lucas – el Evangelista de la infancia de Jesús - nos da de María es que se trata de «una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la Virgen era María»[23]. No es de extrañar que el evangelista nos hable de una «virgen desposada». La costumbre judaica establecía dos etapas. «En primer lugar, se contraía el matrimonio propiamente dicho. Pero los jóvenes esposos no pasaban a cohabitar inmediatamente. Seguían viviendo durante un cierto tiempo en el seno de las familias respectivas, y sólo al cabo de algunas semanas o de algunos meses (según las costumbres locales) se celebraba la segunda fase. Entonces iba el joven a buscar solemnemente a su esposa a la casa de sus padres con el fin de introducirla en su propio hogar. Únicamente a partir de este momento podían los esposos mantener relaciones íntimas»[24].
Cuando Lucas nos presenta a la Virgen desposada, indica que aún no vivía con José bajo el mismo techo[25]. Las primeras palabras de María suenan a una rotunda afirmación de su virginidad física. La pregunta «¿cómo se hará esto?» plantea muchos interrogantes acerca de su significación. Sin embargo la continuación de la frase «pues no conozco varón», es inequívoca: equivale a decir exactamente: «pues yo soy virgen». Otro dato incuestionable, si nos atenemos al texto de Lucas, es que el Ángel confirma a María en su virginidad (cosa insólita en su contexto cultural religioso) y la esclarece con el anuncio de su maternidad extraordinaria: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; porque el que nacerá santo (quizá = "santamente", según el concepto levítico) será llamado ( =será) Hijo de Dios». María concebirá en su seno un hijo por obra del Espíritu Santo, sin intervención alguna de varón. La actual exégesis bíblica confirma que la expresión «Por lo cual, lo que nacerá santo...» puede muy bien significar textualmente que el nacimiento de Jesús será también virginal, es decir, sin lesión alguna para la madre y, por consiguiente sin pérdida de sangre: «non ex sanguinibus», no de la sangre, dirá más tarde san Juan[26]. El Mesías anunciado sería no ya un hombre extraordinario, sino Dios en Persona, el Hijo Unigénito del Padre, que por obra del Espíritu Santo, sería también Hijo del hombre, por serlo de Ella, pero sin concurso de varón.
Ahora bien, ¿cuál es el alcance de las palabras «yo soy virgen», que son traducción del texto griego? ¿Implica la decisión de ser virgen para siempre aún estando desposada con José? ¿No resulta muy extraña una decisión semejante? Y si fue así, ¿cuándo la tomó? Las interpretaciones que se han dado son muy variadas. Los autores católicos se inclinan abrumadoramente por la voluntad de María de permanecer siempre virgen ya antes de la Anunciación, incluido Juan Pablo II. Permitamos al gran papa mariano que nos exponga su argumento:
«El ángel no pide a María que permanezca virgen; es María quien revela libremente su propósito de virginidad. En este compromiso se sitúa su elección de amor, que la lleva a consagrarse totalmente al Señor mediante una vida virginal.
Al subrayar la espontaneidad de la decisión de María, no debemos olvidar que en el origen de cada vocación está la iniciativa de Dios. La doncella de Nazaret, al orientarse hacia la vida virginal, respondía a una vocación interior, es decir, a una inspiración del Espíritu Santo que la iluminaba sobre el significado y el valor de la entrega virginal de sí misma. Nadie puede acoger este don sin sentirse llamado y sin recibir del Espíritu Santo la luz y la fuerza necesarias.
2. […] el Evangelio no testimonia que María haya formulado expresamente un voto, que es la forma de consagración y entrega de la propia vida a Dios, en uso ya desde los primeros siglos de la Iglesia. El Evangelio nos da a entender que María tomó la decisión personal de permanecer virgen, ofreciendo su corazón al Señor. Desea ser su esposa fiel, realizando la vocación de la "hija de Sión". Sin embargo, con su decisión se convierte en el arquetipo de todos los que en la Iglesia han elegido servir al Señor con corazón indiviso en la virginidad.
Ni los evangelios, ni otros escritos del Nuevo Testamento, nos informan acerca del momento en el que María tomó la decisión de permanecer virgen. Con todo, de la pregunta que hace al ángel se deduce con claridad que, en el momento de la Anunciación, dicho propósito era ya muy firme. María no duda en expresar su deseo de conservar la virginidad también en la perspectiva de la maternidad que se le propone, mostrando que había madurado largamente su propósito.
En efecto, María no eligió la virginidad en la perspectiva, imprevisible, de llegar a ser Madre de Dios, sino que maduró su elección en su conciencia antes del momento de la Anunciación. Podemos suponer que esa orientación siempre estuvo presente en su corazón: la gracia que la preparaba para la maternidad virginal influyó ciertamente en todo el desarrollo de su personalidad, mientras que el Espíritu Santo no dejó de inspirarle, ya desde sus primeros años, el deseo de la unión más completa con Dios.
3. Las maravillas que Dios hace, también hoy, en el corazón y en la vida de tantos muchachos y muchachas, las hizo, ante todo, en el alma de María. También en nuestro mundo, aunque esté tan distraído por la fascinación de una cultura a menudo superficial y consumista, muchos adolescentes aceptan la invitación que proviene del ejemplo de María y consagran su juventud al Señor y al servicio de sus hermanos.
Esta decisión, más que renuncia a valores humanos, es elección de valores más grandes. A este respecto, mi venerado predecesor Pablo VI, en la exhortación apostólica Marialis cultus, subrayaba cómo quien mira con espíritu abierto el testimonio del Evangelio "se dará cuenta de que la opción del estado virginal por parte de María (...) no fue un acto de cerrarse a algunos de los valores del estado matrimonial, sino que constituyó una opción valiente, llevada a cabo para consagrarse totalmente al amor de Dios" (n. 37).
En definitiva, la elección del estado virginal está motivada por la plena adhesión a Cristo. Esto es particularmente evidente en María. Aunque antes de la Anunciación no era consciente de ella, el Espíritu Santo le inspira su consagración virginal con vistas a Cristo: permanece virgen para acoger con todo su ser al Mesías Salvador. La virginidad comenzada en María muestra así su propia dimensión cristocéntrica, esencial también para la virginidad vivida en la Iglesia, que halla en la Madre de Cristo su modelo sublime. Aunque su virginidad personal, vinculada a la maternidad divina, es un hecho excepcional, ilumina y da sentido a todo don virginal.»[27]
Lo dicho no obsta para que el matrimonio de María con José fuese tan verdadero como virginal. Debió mediar un acuerdo entre ambos. Esta práctica no ha sido un caso único, pero debemos entender que José y María sí fueron y son dos personas únicas e irrepetibles en la Historia de la Humanidad, inmediatas al Corazón de Jesús en la jerarquía del Amor.
María va a ser Madre del Unigénito del Altísimo (Dios Padre). No cabe en Dios Padre tener otro Hijo de su vida infinitamente fecunda, que sea Persona divina, de su misma naturaleza; se dona totalmente al engendrar al Verbo en su Seno divino. Por decirlo gráfica, aunque impropiamente, su paternidad infinita se «vuelca» íntegra en su Unigénito; no puede haber otro Hijo. Paralelamente, la maternidad de María se ha de volcar entera en ese Unigénito del Padre que viene a ser «su» Unigénito. No ha de vivir más que para Él. Pero así como el Padre celestial tendrá incontables hijos viviendo – configurados, identificados, incorporados- en el Hijo, María será Madre de todos los redimidos, vivientes en Cristo: Por el Hijo, su maternidad se extenderá tanto como la paternidad del Padre celestial.
c) El evangelio de Marcos
A diferencia de san Lucas y san Mateo, el evangelio de san Marcos no habla de la concepción y del nacimiento de Jesús; sin embargo, es digno de notar que san Marcos nunca menciona a José, esposo de María. La gente de Nazaret llama a Jesús "el hijo de María" o, en otro contexto, muchas veces "el Hijo de Dios" (Mc 3, 11; 5, 7; cf. 1, 1. 11; 9, 7; 14, 61-62; 15, 39). Estos datos están en armonía con la fe en el misterio de su generación virginal.[28]
d) Evangelio de Juan
Entre líneas puede leerse la concepción virginal en el Evangelio de san Juan, cuando en el prólogo, que arranca de la consideración del Verbo de Dios, explica que los que creen en su nombre (del Hijo de Dios, Verbo eterno del Padre) «no han nacido de la voluntad de la carne, ni del querer de hombre, sino de Dios». Acto seguido proclama: «Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros»[29]. Según un reciente redescubrimiento exegético, nuestro misterio estaría contenido explícitamente también en Juan 1, 13 que algunas voces antiguas autorizadas (por ejemplo, Ireneo y Tertuliano) no presentan en la sólita forma plural, sino en la singular, esto es: "Él, que no nació de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios". Esta traducción en singular convertiría el Prólogo del evangelio de san Juan en uno de los mayores testimonios de la generación virginal de Jesús, insertada en el contexto del misterio de la Encarnación.[30]
Este testimonio uniforme de los evangelios confirma que la fe en la concepción virginal de Jesús estaba enraizada firmemente en diversos ambientes de la Iglesia primitiva. Por eso carecen de todo fundamento algunas interpretaciones recientes, que no consideran la concepción virginal en sentido físico o biológico, sino únicamente simbólico o metafórico. Lo mismo hay que decir de la opinión de otros, según los cuales el relato de la concepción virginal sería, un theologoumenon, es decir, un modo de expresar una doctrina teológica, en este caso la filiación divina de Jesús, o sería su representación mitológica. Pero los evangelios contienen la afirmación explícita de una concepción virginal de orden biológico, por obra del Espíritu Santo, y la Iglesia ha hecho suya esta verdad ya desde las primeras formulaciones de la fe [31].
Enseñanza de los Santos Padres
La fe expresada en los evangelios es confirmada, sin interrupciones, en la tradición posterior. Las fórmulas de fe de los primeros autores cristianos postulan la afirmación del nacimiento virginal: Arístides, Justino, Ireneo y Tertuliano están de acuerdo con san Ignacio de Antioquía, que proclama a Jesús "nacido verdaderamente de una virgen" [32]. Estos autores hablan explícitamente de una generación virginal de Jesús real e histórica, y de ningún modo afirman una virginidad solamente moral o un vago don de gracia, que se manifestó en el nacimiento del niño. Sobre todo, a partir del siglo IV - san Epifanio, san Jerónimo, san Ambrosio, utilizan con mucha frecuencia el título de «siempre Virgen» y son muchas las obras dedicadas a la perpetua virginidad de Santa María. Consideran el tema de la virginidad en la concepción como un signo y manifestación del Verbo Divino, concluyendo que Dios no podía nacer sino de una Virgen y que sólo una Virgen podía concebir a Dios. «Tal es el parto que a Dios convenía», dice san Ambrosio. San Atanasio, por ejemplo, entiende que la virginidad de María es un claro signo de la divinidad de su Hijo: «cuando al comienzo desciende hasta nosotros, se construye un cuerpo nacido de una virgen, para ofrecer a todos una prueba no pequeña de su divinidad; el que ha construido este cuerpo, es también el Creador de los otros cuerpos»[33]. «Y esto era lo maravilloso, que a la vez vivía como un hombre y daba vida como un hombre al universo y como Hijo estaba con el Padre. Por esta razón no sufrió al darle a luz la Virgen, ni fue contaminado cuando estaba en el cuerpo, sino que él santificó el cuerpo…» [34].
Más tarde, santo Tomás de Aquino, resumiendo la sustancia de esta tradición, concluye que «la generación humana de Cristo había de ser reflejo de la divina, que se produce sin corrupción alguna»[35].
El Magisterio de la Iglesia
Como ya hemos apuntado en diferentes ocasiones, el hecho de la virginidad de María está asegurado por una larga serie de decisiones de la Iglesia: desde el Símbolo apostólico, al Símbolo de Constantinopla (a. 381) y el Concilio de Letrán (a.649)[36]. Lumen gentium (Concilio Vaticano II) se refiere a este misterio cuando dice que María «presentó a los pastores y a los Magos a su Hijo primogénito, que lejos de menoscabar consagró su integridad virginal»[37]. El magisterio de Juan Pablo II, que llega hasta el año 2005, ya lo conocemos.
La razón ante el misterio de la maternidad virginal de María
El «escándalo» intelectual sólo podría sobrevenir a quienes niegan a Dios o su omnipotencia. ¿Acaso Dios no ha creado el universo «de la nada», no ha sido el origen trascendente de lo que hoy suele entenderse por «big-bang», comienzo material –según dicen- del universo que hoy conocemos? ¿No ha sido Dios el creador de la vida? ¿No ha sido Él quien infundió en una materia preexistente, el «aliento de vida» que llamamos «alma», resultando así la criatura que llamamos «hombre»? ¿El Creador de la inmensidad del cosmos, con toda su prodigiosa gama de perfecciones, no puede fecundar con su «sombra» (su poder todopoderoso) el seno virginal de María haciendo que «de Ella» (no sólo «en Ella») sea concebido un hijo? La respuesta negativa es la que resultaría ininteligible. Sería la negación del poder creador de Dios y, en consecuencia, de Dios mismo. Lo absurdo, para quien reconoce a Dios como Causa primera trascendente de cuanto existe, sería negar la posibilidad de fecundar a una mujer, sin concurso de varón.
Motivos de Dios para querer a su Madre virgen
El Catecismo de la Iglesia Católica dice que "La mirada de la fe, unida al conjunto de la revelación, puede descubrir las razones misteriosas por las que Dios, en su designio salvífico, quiso que su Hijo naciera de una virgen. Estas razones se refieren tanto a la persona y a la misión redentora de Cristo como a la aceptación por María de esta misión para con los hombres" [38].
a ) La primera razón que presenta el Catecismo es la de manifestar «la iniciativa absoluta de Dios en la Encarnación.
Este punto resulta de especial interés en este tiempo nuestro cuando se difunde la idea de alguna especie de (imposible) autorredención del hombre. La encarnación del Logos y todo el misterio de la Redención que con ella se inicia, no es una iniciativa humana, sino puramente divina. El cristianismo no es –como las demás religiones- el lugar donde el hombre busca a Dios, sino el asombroso espacio donde Dios viene en busca del hombre: no por voluntad de hombre, sino por exclusivo querer de Dios. Por un desbordamiento del Amor misericordioso, acontece el Misterio Pascual, la Redención del género humano. Por cierto que a José se le comunica la generación virginal de Jesús en un segundo momento: no se trata para él de una invitación a dar su consentimiento previo a la concepción del Hijo de María, fruto de la intervención sobrenatural del Espíritu Santo y de la cooperación exclusiva de la madre. Sólo se le invita a aceptar libremente su papel de esposo de la Virgen y su misión paterna con respecto al niño.[39]
b) Acto seguido, el Catecismo afirma vigorosamente que Jesús no tiene como Padre más que a Dios (cf. Lc 2, 48-49). «Consubstancial con su Padre en la divinidad, consubstancial con su Madre en nuestras humanidad, pero propiamente Hijo de Dios en sus dos naturalezas [40]» (CEC, 503). El único Padre de Jesús es el Padre celestial. Juan Pablo II glosa: «en la generación temporal del Hijo se refleja la generación eterna: el Padre, que había engendrado al Hijo en la eternidad, lo engendra también en el tiempo como hombre… Aquel que nace de María ya es, en virtud de la generación eterna, Hijo de Dios; su generación virginal, obrada por la intervención del Altísimo, manifiesta que, también en su humanidad, es el Hijo de Dios..»[41]. Tanto Lucas como Juan presentan el nacimiento virginal como «signo» de la filiación divina de Jesús[42].
A este respecto resulta interesante la observación de Juan Pablo II: « San Lucas y san Mateo, al narrar la generación de Jesús, afirman también el papel del Espíritu Santo. Éste no es el padre del niño: Jesús es hijo únicamente del Padre eterno (cf. Lc 1, 32. 35) que, por medio del Espíritu, actúa en el mundo y engendra al Verbo en la naturaleza humana. En efecto, en la Anunciación el ángel llama al Espíritu "poder del Altísimo" (Lc 1, 35), en sintonía con el Antiguo Testamento, que lo presenta como la energía divina que actúa en la existencia humana, capacitándola para realizar acciones maravillosas. Este poder, que en la vida trinitaria de Dios es Amor, manifestándose en su grado supremo en el misterio de la Encarnación, tiene la tarea de dar el Verbo encarnado a la humanidad. El Espíritu Santo, en particular, es la persona que comunica las riquezas divinas a los hombres y los hace participar en la vida de Dios. Él, que en el misterio trinitario es la unidad del Padre y del Hijo, obrando la generación virginal de Jesús, une la humanidad a Dios.» [43].
c) En el plan divino de la salvación, la concepción virginal es [asimismo] anuncio de la nueva creación: por obra del Espíritu Santo, en María es engendrado aquel que será el hombre nuevo, el Nuevo Adán (cf. 1 Co 15, 45) que inaugura la nueva vida: «El primer hombre, salido de la tierra, es terreno; el segundo viene del cielo» (1 Co 15, 47). Para entrar en el Reino de los Cielos habrá que nacer de nuevo. La concepción virginal de Jesús anuncia el nuevo nacimiento de los hijos de adopción en el Espíritu Santo por la fe, que no nace «de la sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino de Dios» (Jn 1, 13). «La acogida de esta vida es virginal porque toda ella es dada al hombre por el Espíritu.» (CIC 505).
¿En qué consiste esta «nueva creación»? «La comunicación de la vida nueva es transmisión de la filiación divina. Podemos recordar aquí la perspectiva abierta por san Juan en el Prólogo de su evangelio: aquel a quien Dios engendró, da a los creyentes el poder de hacerse hijos de Dios (cf. Jn 1, 12-13)»[44]. Dios Padre es presentado como Padre del Verbo encarnado (lo cual excluye intervención de varón), el cual, por esta relación de filiación tan profunda y única, es capaz de dar a los creyentes –los que ponen su fe en Él – el poder de hacerse (cada vez más) hijos de Dios, es decir, más partícipes de la naturaleza divina, la cual, el Hijo, encarnándose, pone al alcance del creyente. El creyente nace así a la nueva vida de hijo adoptivo de Dios Padre, en el Hijo, por el Espíritu Santo. Esta nueva vida es estrictamente sobrenatural, introduce en la intimidad de Dios Trino y – tras la fidelidad en este tiempo- encuentra su plenitud en la bienaventuranza eterna [45].
d) «El sentido esponsal de la vocación humana con relación a Dios (cf. 2 Co 11, 2) se lleva a cabo perfectamente en la maternidad virginal de María.» (CEC 505). Con estas palabras el Catecismo parece apuntar a la «teología del cuerpo» que Juan Pablo II ha introducido en el Magisterio de la Iglesia. En último término «el cuerpo [es] para el Señor, y el Señor para el cuerpo» (1 Cor 6, 13).
La Encarnación del Logos en María tiende a la encarnación de Jesucristo en cada fiel cristiano por la Comunión eucarística, que hace de ambos una caro, una sola carne, una sola sangre, un solo espíritu; y así somos un solo cuerpo los que comemos un mismo pan (cfr. 1 Cor 10, 17). De este modo se constituye y crece la Iglesia, Cuerpo de Cristo, familia de Dios, formada por los con-corpóreos y con-sanguíneos de su Hijo.
e) «María es virgen porque su virginidad es el signo de su fe "no adulterada por duda alguna" (LG 63) y de su entrega total a la voluntad de Dios (cf. 1 Co 7, 34-35). Su fe es la que le hace llegar a ser la madre del Salvador: "Beatior est Maria percipiendo fidem Christi quam concipiendo carnem Christi" ("Más bienaventurada es María al recibir a Cristo por la fe que al concebir en su seno la carne de Cristo" (S. Agustín, virg. 3).» (CEC 506)
f) «María es a la vez virgen y madre porque ella es la figura y la más perfecta realización de la Iglesia (cf. LG 63): "La Iglesia se convierte en Madre por la palabra de Dios acogida con fe, ya que, por la predicación y el bautismo, engendra para una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios. También ella es virgen que guarda íntegra y pura la fidelidad prometida al Esposo" (LG 64).» (CEC 507).
La virginidad de María, una cuestión cristológica
Finalmente parece oportuno señalar que las razones por las cuales la Iglesia entiende la gran sabiduría divina -al querer que la Madre de Dios fuera virgen-, no se enredan en una confrontación valorativa de la virginidad con la conyugalidad, sino en la relación de la maternidad de María con la encarnación del Hijo Unigénito del Padre. En una importante alocución sobre la virginidad de María Juan Pablo II advirtió que los Padres intuyeron «que la virginidad de María es una exigencia que deriva de la naturaleza divina del Hijo… por tanto sólo partiendo de la luz que proviene del Verbo, preexistente y eterno, manantial de vida e incorruptibilidad, se puede comprender la exigencia y el don de la virginidad de la Madre»[46]. Todavía hay que seguir profundizando en la exégesis de los textos originales del Nuevo Testamento. Como botón de muestra recordemos lo que decía en la ocasión mencionada, Juan Pablo II:«algunos estudiosos, analizando el texto sagrado con los métodos propios de la exégesis científica, descubren una relación, ínsita en el mismo texto evangélico, entre los pañales del pesebre y las vendas del sepulcro». De ahí que también se contemple el nexo entre el nacimiento de Cristo ex intacta Virgine y su resurrección ex intacto sepulcro.[47]
Es claro que la verdad sobre la perpetua integridad corporal de María se afirma y defiende con tanto vigor en la Iglesia católica, no porque se trate de un simple hecho biológico, corporal, sino por tratarse de una verdad expresamente revelada por Dios, indispensable –de hecho- para la comprensión cabal de la identidad de Jesucristo y de la completa economía divina de la Redención. Por parte de la Virgen María, no cabe olvidar, como quedó dicho, que Ella concibió a Cristo antes en su mente que en su seno. «La virginidad perpetua de María - fielmente correspondida por San José, su virginal esposo - expresa esa prioridad de Dios: Cristo, como hombre, será concebido sin concurso de varón. Pero esa misma virginidad que perdurará en el parto y después del parto, es también expresión de la absoluta disponibilidad de María a los planes de Dios.»[48]
Significado antropológico y escatológico de la virginidad
La maternidad virginal es ciertamente una revelación sobre el valor que tiene a los ojos de Dios la virginidad de alma y cuerpo, objetivamente superior incluso a la del gran sacramento del matrimonio, al que están llamados, con vocación verdaderamente divina, la gran mayoría de los fieles. Lejos de dejar incompleta a la persona, la virginidad asumida como entrega y dedicación total, en cuerpo y alma, a Jesucristo, la perfecciona con una amplitud de corazón y fecundidad insospechadas. «Aun habiendo renunciado a la fecundidad física -dice Juan Pablo II-, la persona virgen se hace espiritualmente fecunda, padre y madre de muchos, cooperando a la realización de la familia según el designio de Dios»[49]. La virginidad perpetua hace de María el símbolo vivo del orden nuevo instaurado por el Espíritu Santo, el símbolo excelso del Reino de Dios y de la existencia escatológica, «pues en la resurrección, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en el cielo»[50]. Ciertamente, «no todos entienden este lenguaje -dice el Señor-, sino aquellos a quienes se les ha concedido (...) Quien pueda entender, que entienda»[51]. (¿No bastará un poco de buena voluntad para recibir esa luz de Dios?).
Concluyamos este capítulo con otras palabras de Juan Pablo II:
También en nuestro mundo, aunque esté tan distraído por la fascinación de una cultura a menudo superficial y consumista, muchos adolescentes aceptan la invitación que proviene del ejemplo de María y consagran su juventud al Señor y al servicio de sus hermanos.
Esta decisión, más que renuncia a valores humanos, es elección de valores más grandes. A este respecto, mi venerado predecesor Pablo VI, en la exhortación apostólica Marialis cultus, subrayaba cómo quien mira con espíritu abierto el testimonio del Evangelio "se dará cuenta de que la opción del estado virginal por parte de María (...) no fue un acto de cerrarse a algunos de los valores del estado matrimonial, sino que constituyó una opción valiente, llevada a cabo para consagrarse totalmente al amor de Dios" (n. 37).
En definitiva, la elección del estado virginal está motivada por la plena adhesión a Cristo. Esto es particularmente evidente en María. Aunque antes de la Anunciación no era consciente de ella, el Espíritu Santo le inspira su consagración virginal con vistas a Cristo: permanece virgen para acoger con todo su ser al Mesías Salvador. La virginidad comenzada en María muestra así su propia dimensión cristocéntrica, esencial también para la virginidad vivida en la Iglesia, que halla en la Madre de Cristo su modelo sublime. Aunque su virginidad personal, vinculada a la maternidad divina, es un hecho excepcional, ilumina y da sentido a todo don virginal.[52]
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BIBLIOGRAFÍA
Catecismo de la Iglesia Católica, Asociación de Editores del Catecismo, Nueva edición conforme al texto latino oficial.
Juan Pablo II, La Virgen María, Libros Palabra, Madrid 1998.
Juan Luis Bastero de Eleizalde, Virgen Singular, Rialp, Madrid 2000.
Ignace de la Potterie, María en el misterio de la Alianza, BAC, Madrid 1993.
Gregorio Alastruey, Tratado de la Virgen Santísima, BAC, 2 ed. 1957.
[33] San Atanasio, La Encarnación del Verbo, Ed. Ciudad Nueva, Madrid 1989, p. 61.
[34] San Atanasio, La Encarnación del Verbo, Ed. Ciudad Nueva, Madrid 1989, p. 61.
[35] S. Th. III, q. 28, a. 1-3; Contra Gentes IV, 45.
[36] El Concilio de Letrán en el Canon 3 es también muy explícito: «Si alguno, según los Santos Padres, no confiesa que propia y verdaderamente es Madre de Dios la santa y siempre virgen e inmaculada María, ya que concibió en los últimos tiempos sin semen, del Espíritu Santo, al mismo Dios-Verbo propia y verdaderamente, que antes de todos los siglos nació de Dios Padre, y que dio a luz sin corrupción, permaneciendo indisoluble su virginidad aún después del parto, sea condenado»; Pablo IV, en la Const. Cum quorumdam (a. 1555); y DS 504; 1880. Aunque las definiciones del Magisterio, con excepción del concilio de Letrán del año 649, convocado por el Papa Martín I, no precisan el sentido del apelativo "virgen", se ve claramente que este término se usa en su sentido habitual: la abstención voluntaria de los actos sexuales y la preservación de la integridad corporal. En todo caso, la integridad física se considera esencial para la verdad de fe de la concepción virginal de Jesús (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 496)» (Juan Pablo II, Aud. Gen., 10-VII-1996)
[42] Cfr. Ignacio de la Potterie, María en el misterio de la Alianza, BAC, 1993, p. 150, 132-151
[43] Juan Pablo II, Aud. Gen., Miércoles 31 de julio de 1996.
[44] Juan Pablo II, Aud. Gen., Miércoles 31 de julio de 1996
[45] Esto ayuda a vislumbrar lo que dice Juan Pablo II: «La generación virginal permite la extensión de la paternidad divina: a los hombres se les hace hijos adoptivos de Dios en aquel que es Hijo de la Virgen y del Padre… […] la contemplación del misterio de la generación virginal nos permite intuir que Dios ha elegido para su Hijo una Madre virgen, para dar más ampliamente a la humanidad su amor de Padre» (Juan Pablo II, Aud. Gen., 31-VII-1966).
[46] Juan Pablo II, Homilía del 24-V-1992, en Juan Luis Bastero, Virgen singular, Ed. Rialp, 2001, p. 81.
[47] Juan Pablo II, Homilía del 24-V-1992, en Juan Luis Bastero, Virgen singular, Ed. Rialp, 2001, p. 81.
[48] Juan Pablo II, Homilía, Guayaquil (Perú), 31-I- 1985
[49] Juan Pablo II, Familiaris consortio, 22-XII-1981, 16.