" “Recuerda que eres cosa exclusiva incondicional, absoluta, irrevocable de la Inmaculada... todo es tuyo oh virgen Inmaculada. Haz de mí lo que es de tu agrado” " ( San Maximiliano Maria Kolbe )

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María en los escritos de los Padres de la Iglesia

 

En los Santos y Padres de la Iglesia

 

María embellece los cielos e ilumina la tierra

 

 San Germán de Constantinopla - (m. 733)

Obispo. Contemporaneo de San Juan Damasceno. Defendió el culto de las imagenes contra el emperador León el Isaurico, que lo habia prohibido. Tuvo que renunciar al episcopado y, retirado en su casa paterna, vivió dedicado a la oración. Escribió obras dogmáticas, discursos, etc. y compuso himnos. La Iglesia honra su memoria el 12 de mayo.

  ( Leer historia de San Germán de Constantinopla  )

 

 

De la homilía II sobre la dormición de la Santa Madre de Dios

En todo tiempo el deudor canta a su benefactor, el que es salvado reconoce la protección de su salvador, y si no puede testimoniarle su gratitud por medio de actos, procura al menos tributarle el homenaje de su palabra. Por eso, me atrevo a cantar tus alabanzas, Madre de Dios, a quien la posesión de las más asombrosas maravillas coloca por encima de toda expresión, de toda inteligencia; también yo, en gozosa alabanza, audazmente te devuelvo tus mismas palabras: considera la pequeñez de tu servidor, exalta la boca del humilde, y a mí, que tengo hambre ardiente de alabarte, sáciame con tus beneficios, y que mi espíritu, guiado por ti, pueda glorificarte sin desfallecer, ¡Oh Reina mía!

Tuviste razón de decir que todas las generaciones te proclamarám feliz a ti, a quien nadie puede alabar como corresponde, tú que siempre te apiadas de la debilidad, de la miseria de los que cantan tus alabanzas, postrados a tus pies. ¿Por dónde debo comenzar? ¿Qué debo reservar para más adelante? ¿Cantaré primero las alabanzas de tu vida corporal entre nosotros, aplaudiré la gloria de tu paso espiritual a la Vida en el sueño de la muerte? Ambas llenan de temor, cada una de ellas hace temblar.

Cuando dejaste la tierra, evidentemente subiste al cielo; pero debo decir que antes no estabas excluida de los cielos, y que después, al elevarte por encima de los coros celestiales, mostrándote muy superior a las creaturas terrestres, no dejaste la tierra; en verdad, al mismo tiempo embelleciste los cielos e iluminaste la tierra con una granclaridad, ¡oh Madre de Dios! Tu vida en este mundo no te tornó extraña a la vida celestial; tu tránsito tampoco ha modificado tus relaciones espirituales con los hombres. Te has manifestado como el cielo, capaz de contener al Dios altísimo, ya que pudiste ofrecerle tu seno para llevarlo. Más aún, tomaste el nombre de tierra espiritual de Dios, puesto que tu carne ha colaborado en esta inhabitación.

Por eso, podemos estar bien seguros de que así como durante tu estadía en este mundo permanecías siempre con Dios, tu cambio respecto de la condición humana no ha sido motivo para que abandones a los que están en el mundo. En efecto, así como fuiste conciudadana de nuestros antepasados, así habitas espiritualmente entre nosotros, y la generosa protección que extiendes sobre nosotros es la prueba de esta comunidad de vida. Todos oímos tu voz, y todas nuestras voces llegan a tus oídos atentos; tú nos conoces cuando nos socorres y nosotros reconocemos tu auxilio siempre magnifico, ya que nada -hablo de tu uerte- ha podido constituir un obstáculo para el conocimiento mutuo entre tú y tus servidores. A los que has salvado no los has abandonado, ni has dejado a los que has reunido, porque tu alma está siempre viva y tu carne no conoció la corrupción del sepulcro.

Tú cuidas de cada uno de nosotros, ¡oh Madre de Dios! y nadie escapa a tu mirada misericordiosa. nuestros ojos, es verdad, no pueden verte, ¡oh Santísima! no obstante tú permaneces con amor en medio de todos, manifestándote de diferentes maneras a los que juzgas dignos de ello.

 

 

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