Sección IV
OBSEQUIOS Y PLEGARIAS A MARÍA
Es tan generosa y agradecida la reina del cielo, que a los pequeños obsequios de sus siervos corresponde con grandes mercedes. Siendo munificentísima, dice san Andrés Cretense, suele premiar con gracias excelentes a cambio de pequeñeces.
Mas para esto se necesitan dos cosas: la primera, que le ofrezcamos nuestros obsequios con el alma limpia de pecado; de otra manera, María dirá lo que dijo a un soldado vicioso, el cual, como refiere san Pedro Celestino, todos los días le ofrecía algún obsequio a la Virgen. Un día que se encontraba muy hambriento, se le apareció nuestra Señora y le ofreció una exquisita vianda, pero en una vasija tan sucia que el hombre no se atrevía a comerla. “Soy la Madre de Dios que ha venido a remediar tu hambre”. “Pero en este plato no puedo comer”. Y respondió María: “¿Cómo quieres que acepte tus devociones ofreciéndomelas con alma tan sucia?”. El soldados se convirtió, se hizo ermitaño, vivió treinta años en el desierto y en la hora de la muerte se le apareció de nuevo la Virgen para llevarlo al cielo.
Decíamos en la primera parte que es moralmente imposible que se condene un devoto de la Virgen María. Pero esto ha de entenderse con la condición de que éste o viva sin pecados o al menos tenga deseos de salir de ellos, porque en ese caso nuestra Señora lo ayudará. Pero si alguno pretendiera seguir en sus pecados con la presunción de que nuestra Señora lo había de salvar, por su culpa se haría indigno de la protección de María.
La segunda condición es que persevere en la devoción a María. Sólo la perseverancia merece la corona, dice san Bernardo. Tomás de Kempis, siendo joven, recurría todos los días a la Virgen con ciertas oraciones. Un día las dejó; luego las abandonó durante una semana, y al fin del todo. Una noche, en sueños, vio cómo la Virgen abrazaba a todos sus compañeros, pero al llegar a él le dijo: ¿Qué esperas tú que has abandonado tus devociones? Vete, que eres indigno de mis abrazos. Tomás despertó despavorido y reanudó las oraciones que acostumbraba. Bien dice Ricardo de San Lorenzo: El que persevera en la devoción a María no verá defraudada su esperanza, porque todo lo que desea se cumplirá.
Pero como nadie puede estar seguro de perseverar, por eso nadie está seguro de su salvación hasta la muerte. Memorable fue el testimonio que san Juan Berchmans, religioso jesuita, dejó al morir. Al preguntarle qué obsequio sería el mejor hacia la Señora para conseguir su protección, respondió: cualquiera, por pequeño que sea, pero constante.
Por eso voy a enumerar simple y sucintamente algunos obsequios que podemos ofrecer a nuestra Madre para merecer que nos obtenga las gracias. Esto lo considero lo más provechoso de toda esta obra. No recomiendo a mi querido lector que los practique todos, sino que practique los que elija con perseverancia y con temor de perder la protección de la Madre de Dios si se descuida en continuarlos. ¡Cuántos, tal vez, que ahora están en el infierno se habrían salvado si no hubieran abandonado los obsequios a María que un tiempo practicaron!
OBSEQUIO 1º
El Ave María
La Santísima Virgen agradece muchísimo este saludo, porque al oírlo se le renueva el gozo que sintió cuando el arcángel san Gabriel le anunció que iba a ser la Madre de Dios. Nosotros debemos saludarla con el Ave María con esta misma intención. Dice Tomás de Kempis: Saludadla con la salutación angélica, porque este saludo lo escucha muy complacida. Dijo la Virgen a santa Matilde que nadie puede saludarla mejor que con el Ave María. El que saluda a María, será saludado por ella. San Bernardo oyó cómo una vez la Virgen lo saludaba desde una imagen, y le decía: Dios te salve, Bernardo. El saludo de María consistirá en alguna gracia con que corresponde siempre al que la saluda. Añade Ricardo de San Lorenzo: Si uno se acerca a la Madre del Señor diciéndole Ave María, ¿acaso ella le podrá negar la gracia? La Virgen María le prometió a santa Gertrudis tantos auxilios en la hora de la muerte cuantas fuesen las avemarías que le había rezado. Afirma el beato Alano que al rezar el Ave María, así como goza todo el cielo, así tiembla y huye el demonio. Esto lo confirmó con su experiencia Tomás de Kempis, quien al decir Ave María puso en fuga al demonio que se le había aparecido.
Este obsequio lo podemos practicar así:
I. Rezando por la mañana y por la noche tres avemarías con el rostro en tierra o al menos de rodillas, añadiendo después de cada avemaría la oración: Oh María, por tu pura e inmaculada concepción, haz casto mi cuerpo y santa mi alma. Luego pedirle la bendición a María como nuestra Madre que es. Así lo hacía san Estanislao. Después colocarse bajo el manto protector de nuestra Señora, pidiéndole que nos libre durante el día o la noche sin pecado. A conseguir esto ayuda tener una imagen de la Virgen cerca del lecho.
II. Rezando el Ángelus con las tres avemarías acostumbradas al amanecer, al mediodía y al caer la tarde. En tiempo de pascua se reza la antífona Regina caeli.
III. Saludando a la Madre de Dios con el Ave María al oír el reloj. San Alonso Rodríguez saludaba a María cada hora. De noche, los ángeles le despertaban para que no interrumpiese esta devoción.
IV. Saludando a la Virgen al salir de casa o al entrar, para que dentro o fuera nos libre del pecado.
V. Saludando con el Ave María a toda imagen de la Virgen que encontremos. Con esta intención es bueno que haya imágenes devotas de María en las puertas o en los muros de las casas para dar ocasión de reverenciarla a los que pasan. En Nápoles, y más en Roma, se encuentran por las calles hermosísimas imágenes de nuestra Señora colocadas por sus devotos.
VI. Será cosa muy saludable rezar un Ave María al principio o al fin de las acciones, ya sean éstas espirituales, como la oración, la confesión, la comunión, la lectura espiritual, oír la predicación, etc., ya sean temporales, como estudiar, dar buenos consejos, trabajar, sentarse a la mesa, acostarse y otras semejantes. ¡Dichosas las acciones que van enmarcadas entre dos avemarías! Y así, al levantarse por la mañana o al cerrar los ojos para dormir, en toda tentación, en todo peligro, en todo impulso de cólera y cosas similares, rezar siempre el Ave María. Hazlo así, mi querido lector, y verás el gran provecho que de esta práctica sacarás. Refiere el P. Auriema que la Santísima Virgen prometió a santa Matilde la gracia de una santa muerte si le recitaba todos los días tres veces el Ave María en honor de su sabiduría, potencia y bondad.
OBSEQUIO 2º
Las novenas
Los devotos de María ponen gran empeño en celebrar con fervor las novenas que preceden a sus festividades; y en éstas, la Virgen es todo amor al otorgar innumerables y muy especiales gracias. Vio santa Gertrudis una multitud que la reina del cielo cobijaba y a la que miraba con inefable ternura, y entendió que eran fieles que se habían preparado con ejercicios devotos a la fiesta de la Asunción. En las novenas se pueden practicar ejercicios como éstos:
I. Hacer oración mental por la mañana y por la tarde, con la visita al Santísimo Sacramento y rezar nueve veces el Padrenuestro, Ave María y Gloria.
II. Visitar alguna imagen de María, agradeciendo al Señor las gracias concedidas a ella, pidiéndole a la Virgen cada vez alguna gracia especial. En alguna de estas visitas rezar la oración propia de la novena o de la fiesta.
III. Hacer muchos actos de amor a Jesús y a María, cien o cincuenta al menos, ya que no podemos hacer cosa que más le agrade que amar a su Hijo, como ella lo manifestó a santa Brígida: Si quieres tenerme favorable, ama a mi Hijo Jesús.
IV. Leer durante un cuarto de hora, dentro de la novena, un libro que trate de sus glorias.
V. Hacer alguna mortificación corporal, como abstenerse de algún manjar más delicado, ayuno o abstinencia en las vigilias de las fiestas. Pero lo mejor de todo son las mortificaciones internas, como abstenerse de miradas curiosas, estar retirado, no hablar innecesariamente, obedecer y no responder con impaciencia, soportar las contrariedades y cosas semejantes. Todo esto se puede hacer sin peligro de vanagloria, con mayor mérito y sin tener que andar pidiendo permiso al Director espiritual.
Todavía será más útil proponerse al principio de cada novena luchar contra algún defecto en que se cae con más frecuencia. Será de mucho provecho, en las visitas de que hemos hablado, pedir perdón por las pasadas caídas, renovando la resolución de no volver a caer, implorando para todo el auxilio de María.
Pero el obsequio más agradable a la Virgen será imitar sus virtudes. Y para esto, proponerse en cada novena la práctica de alguna virtud especial de María más adaptada al misterio que se celebra, como, por ejemplo, en la fiesta de la Inmaculada Concepción, la pureza de intención; en la de la Presentación, el despego de alguna cosa a la que nos sintamos más apegados; en la de la Anunciación, la humildad al soportar los desprecios, u otras; en la Visitación, la caridad con el prójimo, dando limosnas, rogando por los pecadores; en la Purificación, la obediencia a los superiores y finalmente, en la de la Asunción, ejercitarse en el desprendimiento de las cosas de la tierra y prepararse para una santa muerte, acostumbrándose a vivir como si cada día fuera el último de la vida. Así, las novenas resultarán provechosas.
VI. Además de asistir a la santa Misa y comulgar el día de la fiesta, hacerlo también durante los días de la novena. Decía el P. Segneri que la mejor manera de honrar a María es uniéndose a Jesús. No se le puede ofrecer nada más santo que la santa comunión. En ella Jesús recoge el fruto de su sagrada Pasión. La Virgen María está deseando que sus hijos comulguen, diciéndoles: “Venid, comed mi pan y bebed el vino que he preparado para vosotros” (Pr 9, 5).
VII. Por último, el día de la fiesta, después de la comunión, ofrecerse a servir a esta Madre de Dios, pidiéndole la gracia y virtud que se había propuesto en la novena u otra gracia especial. Y estaría bien destinar cada año, entre las fiestas de la Virgen, aquélla a la que tengamos más tierna devoción, para dedicarnos y consagrarnos a ella de manera muy especial a su servicio, reiterándola que la tenemos por nuestra Señora, Abogada y Madre. A la vez le pediremos perdón por nuestros descuidos en servirla durante el año transcurrido y le pediremos, en fin, que nos tenga bajo su protección y nos obtenga una santa muerte.
OBSEQUIO 3º
El rosario y otras plegarias a María
La devoción al santo rosario fue revelada a santo Domingo por la Madre de Dios cuando, afligido el santo y lamentándose con nuestra Señora del gran daño que hacían a la Iglesia los herejes albigenses, le dijo la Virgen: Esta tierra será siempre estéril si no le cae la lluvia. Entendió santo Domingo que esta lluvia era la devoción del rosario que él debía propagar. El santo lo predicó por todas partes. De hecho, esta devoción fue abrazada por todos los católicos, de manera que no hay otra que más practiquen los cristianos de todas las clases sociales como ésta del santo rosario. ¿Qué no han intentado los herejes modernos, Calvino, Bucero y otros, para desacreditar la devoción del rosario? Pero es notorio el gran fruto que ha traído a la tierra esta nobilísima devoción. ¡Cuántos por medio de él se han librado de los pecados! ¡Cuántos han llegado a tener vida santa! ¡Cuántos han logrado una buena muerte y se han salvado! Hay muchos libros que tratan de esto.
Basta saber que esta devoción ha sido aprobada por la santa Iglesia y los sumos pontífices la han enriquecido con indulgencias. Para ganarlas es menester que mientras se reza se mediten los misterios correspondientes. Si alguno no los supiera, bastará con que medite algún paso de la vida o de la pasión del Señor. Es necesario también rezar el rosario con devoción. Dijo la Virgen a la beata Eulalia que le agradaba más una parte rezada con pausa y devoción, que los quince misterios con precipitación y sin fervor. Por eso está muy bien rezarlo de rodillas y ante alguna imagen de María, y al principio hacer un acto de amor a Jesús y María pidiéndoles alguna gracia. Y es mejor rezarlo acompañado de otros que solo.
El Oficio Parvo de la Virgen dicen que lo compuso san Pedro Damiano. La Virgen ha demostrado en diversas ocasiones cuánto le agrada esta devoción. Mucho agradece también las letanías. El Ave Maris stella cada día lo rezaba santa Brígida por orden de la Virgen. Sobre todo es bueno rezar el canto del Magnificat puesto que al rezarlo alabamos a Dios con las mismas palabras que ella empleó para glorificarlo.
Todas estas plegarias nos ayudan a alcanzar el favor de María y los dones e indulgencia de Dios.
OBSEQUIO 4º
El ayuno
Hay devotos que suelen ayunar en honor de la Virgen los sábados y las vigilias de las fiestas principales. El sábado es día dedicado por la Iglesia a la Santísima Virgen, porque –al decir de san Bernardo– en ese día ella mantuvo constante y viva la fe, después de la muerte de su Hijo, durante todo aquel triste sábado. Por eso, con toda propiedad, la Iglesia acostumbró a celebrar el día del sábado en todo el mundo. Por eso los devotos de María le ofrecen en este día algún obsequio especial, y en concreto el ayuno. San Carlos Borromeo, el cardenal Toledo y tantos otros practicaban el ayuno a pan y agua.
Quien practica esta devoción, seguro que no se condenará, no porque al llegar la muerte en pecado mortal la Virgen tenga que librarlo milagrosamente, sino porque la Madre de Dios le obtendrá seguramente la perseverancia en la gracia de Dios y una buena muerte. Si no se ayuna de esa manera, al menos guardar en su honor un ayuno normal o abstenerse de alguna vianda o de alguna fruta o algo que agrade de modo particular.
A estos ayunos convendría añadir los sábados algunos obsequios especiales para la Señora, como oír la santa Misa y comulgar, visitar alguna imagen de la Virgen y cosas semejantes. Y en las vigilias de las principales fiestas de la Virgen, ofrecerle alguna de las formas de ayuno descritas.
OBSEQUIO 5º
Visitar las imágenes de María
Dice el P. Segneri que el demonio, para compensarse de lo que pierde con la destrucción de los ídolos, trata de perseguir el culto de las sagradas imágenes por medio de los herejes. Pero la Iglesia las ha defendido hasta con la sangre de sus mártires. Y la Madre de Dios ha demostrado hasta con milagros cuánto agradece las visitas a sus imágenes.
A san Juan Damasceno le cortaron la mano por haber defendido con sus escritos las imágenes de María, pero la Virgen, milagrosamente, se la restituyó. Narra el P. Spinelli que en Constantinopla todos los viernes, después de las vísperas, se descorría espontáneamente un velo que cubría una imagen de María, y al acabar de rezarse las vísperas del sábado, se volvía a cubrir. Ante san Juan de Dios se descorrió también el velo que cubría una imagen de la Virgen que estaba venerando. El sacristán, tomándolo por un ladrón, le dio una patada, pero el pie se le quedó paralizado.
Todos los devotos de María suelen visitar con gran afecto y con frecuencia las imágenes de la Virgen en las iglesias a ella dedicadas. Éstas son precisamente, dice san Juan Damasceno, las ciudades de refugio donde encontramos amparo contra las tentaciones y los castigos merecidos por las culpas cometidas. El emperador san Enrique, al entrar en una ciudad lo primero que hacía era visitar una iglesia dedicada a nuestra Señora. El P. Tomás Sánchez no volvía a casa si antes no visitaba alguna iglesia dedicada a María.
Que no nos sea trabajoso visitar a diario a nuestra Reina en alguna iglesia o capilla o en nuestra propia casa, donde estaría bien tener en un lugar retirado un pequeño oratorio con su imagen adornada con luces y flores y rezar ante ella el rosario y las letanías, entre otras preces. Para esto he compuesto el libro de las visitas al Santísimo y a la Santísima Virgen, para todos los días del mes. El devoto de la Virgen podría encargar celebrar en alguna iglesia o capilla alguna de sus solemnidades, precedida de la novena, si es posible con la exposición del Santísimo.
Suplico con mucho encarecimiento a los devotos de María que se abstengan de ir ellos y procuren que no vayan otros a santuarios de la Virgen en tiempo de romerías, donde se sabe que hay muchos escándalos; porque más fruto consigue el infierno que honra la Madre de Dios.
OBSEQUIO 6º
El escapulario
Así como los grandes del mundo tienen a honor que otros hombres lleven su librea, así María Santísima agradece que sus devotos lleven su escapulario para dar testimonio de que están consagrados a su servicio y que pertenecen a la familia de la Madre de Dios. Los herejes modernos se burlan, como es costumbre en ellos, de esta devoción, pero la santa Iglesia la ha bendecido con bulas e indulgencias. Refieren los PP. Crasset y Lezzana hablando del escapulario, que hacia el año 1251 se apareció la Santísima Virgen a san Simón Stock, inglés, y dándole su escapulario le dijo que quienes lo llevaran se librarían de la eterna condenación. “Recibe, hijo amadísimo, este escapulario de tu Orden, signo de mi confraternidad, privilegio para ti y todos los carmelitas. El que muera con él no padecerá el infierno”. Cuenta demás el P. Crasset que María, apareciéndose al Papa Juan XXII, le ordenó hacer saber a los que llevaran el escapulario que serían librados del purgatorio el sábado siguiente al día de su muerte. Así lo declaró el mismo pontífice en la bula confirmada expresamente por los papas Alejandro V, Clemente VII y otros varios, como refiere el P. Crasset.
OBSEQUIO 7º
Pertenecer a las cofradías de María
Algunos desaprueban las cofradías diciendo que, a veces, son ocasión de discordias y que muchos entran a ellas por miras humanas. Pero como no condena la Iglesia la recepción de los sacramentos porque haya quienes abusan de ellos, así tampoco han de condenarse las congregaciones y cofradías. Los sumos pontífices, en vez de eso, las han colmado de alabanzas y las han enriquecido con indulgencias.
San Francisco de Sales exhortaba a los seglares con mucho encarecimiento a que se inscribiesen en las cofradías. ¿Qué no hizo san Carlos Borromeo por instalar y multiplicar estas congregaciones? En sus sínodos, precisamente insinúa a los confesores que procuren que los penitentes entren en ellas: El confesor, conforme a sus posibilidades, trate de persuadir a los penitentes a que se adscriban a alguna asociación piadosa. Y con toda razón, porque estas congregaciones, especialmente las de nuestra Señora, son otras tantas arcas de Noé en que encuentran refugio los seglares contra el diluvio de las tentaciones y de los pecados que inundan el mundo. Nosotros, al dar las misiones, hemos comprobado muy bien lo útiles que son las congregaciones. Normalmente, es mucho más virtuoso un hombre que va a las congregaciones que veinte que no pertenecen a ninguna. La hermandad o cofradía puede llamarse la “torre de David de la que cuelgan mil escudos, todos armaduras de valientes” (Ct 4, 4). La razón del gran provecho que causan las cofradías es que en ellas se adquieren muchas defensas contra el infierno y se practican los medios para conservarse en la gracia de Dios, medios que fuera de las congregaciones difícilmente usan los seglares.
I. Uno de los medios para salvarse es pensar en las máximas eternas: “Acuérdate de tus postrimerías y nunca jamás pecarás” (Ecclo 7, 11). Los que van a la Congregación se recogen con frecuencia a pensar con tantas meditaciones y lecturas y sermones que allí se tienen. “Mis ovejas oyen mi voz” (Jn 10, 27).
II. Para salvarse es necesario encomendarse a Dios: “Pedid y recibiréis” (Jn 16, 24), y en la cofradía los hermanos hacen esto constantemente. Y Dios los oye, tanto más cuanto él mismo ha dicho que concede sus gracias con mucho gusto a las plegarias hechas en común. “Si dos de vosotros se unen en la tierra, todo lo que pidan se lo concederá mi Padre” (Mt 17, 19). A lo que añade san Ambrosio: “Muchos pequeños cuando se congregan en uno se hacen grandes, y las preces de muchos es imposible que no sean oídas”.
III. En la cofradía más fácilmente se frecuentan los sacramentos, tanto por las normas de las mismas como por los ejemplos de los otros cofrades. Con esto fácilmente se obtiene la perseverancia en la gracia de Dios, habiendo declarado el sagrado Concilio de Trento que la comunión es como el contraveneno que libra de las culpas cotidianas y preserva de los pecados mortales.
IV. Además de los sacramentos, en las congregaciones se realizan muchos ejercicios de mortificación, de humildad y de caridad hacia los hermanos enfermos y pobres. Y estaría muy bien que en cada hermandad se estableciese la costumbre de visitar y atender a los enfermos pobres.
V. Ya hemos dicho cuánto ayuda para salvarse servir a la Madre de Dios; ¿y qué otra cosa hacen los hermanos cofrades sino servirla? ¡Cuánto la alaban! ¡Cuántas oraciones le dirigen! Allí se consagran desde el principio a su servicio eligiéndola de modo especial por su Señora y Madre, y se inscriben en el libro de los hijos de María. Por lo que, como son devotos e hijos distinguidos de la Virgen, ella los trata con predilecciones y los protege en la vida y en la muerte, de modo que quien pertenece a una Congregación de María puede decir que con esa pertenencia le han venido multitud de bienes.
Dos cosas debe cuidar el congregante; lo primero, ir a la Congregación para servir a Dios, a su santa Madre y para salvar su alma; lo segundo, no dejar por nada del mundo de asistir a la hermandad en los días establecidos, pues allí va a tratar el negocio más importante que tiene, que es el de la salvación eterna. Y procure atraer a cuantos pueda a la Congregación y especialmente procure hacer volver a los que se alejaron.
OBSEQUIO 8º
Las limosnas en honor de María
Los devotos de la Virgen suelen dar limosnas en honor de la Madre de Dios, especialmente los sábados. Refiere san Gregorio en sus Diálogos que un santo zapatero llamado Deusdedit distribuía los sábados entre los pobres lo que le sobraba de las ganancias de la semana. Y se le mostró a un alma santa como un suntuoso palacio que Dios tenía preparado en el cielo para este siervo de María y que se iba construyendo los sábados. San Gerardo no negaba a la puerta del templo ninguna limosna que se le pidiera en nombre de María. Lo mismo hacía el P. Martín Gutiérrez, jesuita; y una vez confesó que no había gracia que le hubiera pedido a María que no la hubiera conseguido. Habiendo muerto este siervo de Dios a manos de los hugonotes, se le apareció la Madre de Dios a sus compañeros acompañada de vírgenes, que envolvieron en lienzos el santo cuerpo y se lo llevaron.
Lo mismo practicaba san Everardo, obispo de Salzburgo. Y un santo monje lo vio a guisa de un niño en brazos de María, que decía: Éste es mi hijo Everardo que nunca me ha negado nada. De igual modo procedía Alejandro de Alés, el cual, requerido por un lego a que se hiciera franciscano en nombre de María, dejó el mundo y entró en la Orden. El que se sienta verdadero devoto de la Virgen no se niegue a dar cada día alguna limosna en su honor, y más crecida los sábados. Y si no puede otra cosa, al menos por amor de María haga cualquier otra obra de caridad, como asistir a los enfermos, rezar por los pecadores y por las almas del purgatorio y muchas más que se pueden hacer. Las obras de misericordia agradan muchísimo a esta Madre de misericordia.
OBSEQUIO 9º
Acudir con frecuencia a María
Entre todos los obsequios que podemos ofrecerle, le agrada extraordinariamente a nuestra Madre el que recurramos con frecuencia a su intercesión y le pidamos su ayuda en todas nuestras necesidades particulares, como cuando se trata de recibir o de dar consejos, en los peligros, en las penas y en las tentaciones, especialmente en las que son contra la castidad. La Madre de Dios nos librará ciertamente si recurrimos a ella con confianza, ya sea que acudamos a ella con el rezo de la oración, “bajo tu amparo nos acogemos”, o con el Ave María, o sólo con invocar el santísimo nombre de María, que tiene un poder especial para ahuyentar a los demonios.
El P. Santi, franciscano, acudió a María en una tentación impura, y se le apareció al instante la Virgen, le pudo la mano en el pecho y se vio libre de todo peligro. En semejantes casos es buena industria besar el escapulario o el rosario, o tenerlos en la mano, o mirar y besar alguna imagen de la Virgen.
OBSEQUIO 10º
Otras prácticas en honor de María
I. Celebrar, hacer celebrar y participar en la santa Misa en honor de la Santísima Virgen. El santo sacrificio de la Misa siempre se ofrece a Dios en reconocimiento de su supremo dominio, pero esto no impide, dice el sagrado Concilio de Trento, que pueda ofrecerse a la vez a Dios en agradecimiento por las gracias concedidas a los santos y a su Santísima Madre y para que haciendo memoria de ellos se dignen interceder por nosotros. Por eso se dice en la Misa: “Para que a ellos les sirva de honor y a nosotros de salvación”. La Santísima Virgen reveló a un alma piadosa que le es muy agradable este ofrecimiento de la Misa, así como rezar el Padrenuestro, Ave María o Gloria a la Santísima Trinidad en agradecimiento por las gracias concedidas a María. Ya que no puede la Virgen agradecer por completo al Señor por todos los privilegios que le ha concedido, goza mucho con que sus hijos se le asocien en esta gratitud.
II. Reverenciar a los santos más unidos a María, como san José, san Joaquín y santa Ana. La Virgen recomendó a un noble la devoción a santa Ana, su madre. Honrar también a los santos más devotos de la Madre de Dios, como san Juan evangelista, san Juan Bautista, san Juan Damasceno, defensor de sus imágenes; san Ildefonso, defensor de su virginidad; san Bernardo y otros.
III. Leer diariamente algún libro que trate de las glorias de María. Predicar o al menos insinuar a todos, especialmente a familiares y amigos, la devoción a la Madre de Dios. Dijo un día la Virgen a santa Brígida: Haz que tus hijos sean mis hijos. Rezar todos los días por los vivos y difuntos más devotos de María.
Termino con estas hermosas palabras de san Bernardino: Oh Señora bendita entre todas las mujeres, tú eres el honor de todo el género humano, la salvación de nuestro pueblo. Tú tienes méritos sin límites y entera potestad sobre todas las criaturas. Eres la Madre de Dios, la Señora del mundo, la Reina del cielo; eres la dispensadora de todas las gracias, el ornamento de la Iglesia. Eres el ejemplo de los justos, el consuelo de los santos y la raíz de nuestra salvación. Eres la alegría del paraíso, la puerta del cielo, la gloria de Dios. Mira, Señora, que hemos anunciado tus alabanzas. Te suplicamos, por tanto, Madre de bondad, que suplas nuestra debilidad, excuses nuestro atrevimiento, agradezcas nuestro servicio y bendigas nuestras fatigas imprimiendo en el corazón de todos tu amor a fin de que después de haber honrado y amado en la tierra a tu Hijo podamos alabarlo y bendecirlo en el cielo. Amén.
CONCLUSIÓN DE LA OBRA
Y con esto me despido de ti, querido lector y hermano que amas a nuestra Madre María, diciéndote: Prosigue dichoso honrando y amando a esta excelente Señora, procurando también, cuanto más puedas, que la amen todos los demás. No dudes, confía seguro de que si perseveras en la verdadera devoción a María hasta la hora de tu muerte, tu salvación está asegurada. Yo termino, no porque no tenga más que decir sobre las glorias de esta gran Reina, sino por no cansarte más. Lo poco que dejo escrito es suficiente para que te enamores de este gran tesoro de la devoción a la Madre de Dios, al que ella corresponderá con su poderosa protección.
Agradece el deseo que he tenido en esta mi obra de ver que te has salvado como santo, al verte convertido en hijo amante y apasionado de esta amabilísima Reina. Y si reconoces que este libro te ha servido de alguna utilidad, por caridad te ruego que me encomiendes y le pidas a esta Madre la gracia que yo le pido para ti: la de que nos veamos un día en el paraíso en unión de todos sus amados hijos.
Y vuelto hacia ti, Madre de mi Señor y Madre mía María, te ruego que premies estas mis pobres fatigas y el deseo que he tenido de acabar esta obrita sobre tus glorias antes de concluir mi vida, que ya se va acercando al fin. Ahora ya muero contento, dejando en la tierra éste mi libro que continuará alabándote y predicándote conforme he procurado hacer siempre durante estos años desde el día de mi conversión que por tu medio Dios me concedió.
Madre inmaculada, te encomiendo a todos aquellos que te aman y especialmente a aquellos que lean este libro; y de modo más especial a los que tengan la caridad de encomendarme a ti. Señora, dales la perseverancia, hazlos del todo santos y llévalos así seguros a alabarte todos juntos en el cielo. Madre mía, es verdad que soy un pobre pecador, pero me glorío de amarte y espero de ti grandes favores, sobre todo el de morir amándote. Espero que en las angustias de mi agonía, cuando el demonio intente poner ante los ojos mis pecados, me habrán de confortar para salir de esta vida en gracia de Dios, en primer lugar, la pasión de Jesús, y, luego, tu intercesión para llegar a amarlo y a darte gracias, Madre mía, por los siglos de los siglos. Así lo espero. Así sea.
¡Vivan Jesús, María, José y Teresa!