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María en los
escritos de Santos y Beatos
En los Santos y Padres de la Iglesia
Visitas a María Santísima
Del libro "Visítas al Santísimo Sacramento y a María Santísima".
Inmaculada Virgen y Madre mía, María Santísima! A Vos, que sois la Madre de mi Señor, la Reina del mundo, la Abogada, la Esperanza y el Refugio de los pecadores, recurro en este día yo, que soy el más miserable de todos. Os venero, Oh gran Reina, y os agradezco todas las gracias que hasta ahora me habéis hecho, especialmente la de haberme librado del infierno, que tantas 10 veces he merecido. Os amo, Señora amabilísima, y por el amor que os tengo, os prometo serviros siempre y hacer todo lo posible para que de los demás seáis también amada. En Vos pongo todas mis esperanzas, toda mi salvación. Oh, Madre de misericordia, aceptadme por vuestro siervo, y acogedme bajo vuestro manto. Y ya que sois tan poderosa para con Dios, libradme de todas las tentaciones o, al menos, alcanzadme fuerza para vencerlas hasta la muerte. Os pido el verdadero amor a Jesucristo, y de Vos espero la gracia de una buena muerte. ¡Oh, Madre mía! Por el amor que tenéis a Dios, os ruego que siempre me ayudéis; pero mucho más en el último instante de mi vida. No me desamparéis, mientras no me veáis salvo en el cielo, bendiciéndoos y cantando vuestras misericordias por toda la eternidad. Amén. Así lo espero, así sea.
Sus lazos son ligaduras de salvación. Dice el devoto Pelbarto que la devoción a María es una cadena de predestinación. Roguemos a nuestra Señora que nos afiance siempre, y cada vez más fuertemente, con amorosas cadenas en la confianza de su protección. ¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María!
Bienaventurado el que vela ante mis puertas todos los días y aguarda a los umbrales de mi casa...¡Dichoso el que, como los pobres que están a las puertas de los ricos, pide solícito limosna ante las puertas de la misericordia de María; y más dichoso aún el que procura imitar las virtudes que en María considera, y especialmente su pureza y humildad. Socórreme esperanza mía.
Dulcísima Señora y Madre mía, soy un vil rebelde a vuestro excelso Hijo; pero acudo arrepentido a vuestra piedad para que me alcancéis perdón. No me digáis que no podéis, pues San Bernardo os llama la Dispensadora del perdón. A Vos toca también ayudar a los que en peligro se hallan; que por eso os denomina San Efrén, Auxilio de los que peligran. ¿Y quién, Señora mía, peligra más que yo? Perdí a mi Dios y he estado ciertamente condenado al infierno; no sé todavía si Dios me habrá perdonado; puedo perderle aún. Pero de Vos, que podéis alcanzarlo todo, espero todo bien: el perdón, la perseverancia, la gloria. Espero ser, en el reino de los bienaventurados, uno de los que más ensalcen vuestras misericordias, ¡oh, María!, salvándome por vuestra intercesión. Las misericordias de María cantaré eternamente. Eternamente las alabaré.
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