Mi
intención aquí es ofrecer algunas reflexiones, a la luz de los Padres,
relativas a la asociación única y privilegiada de la Virgen María a la obra
redentora de su Hijo, y demostrar cómo los Padres, sin los ajustes actuales de
la teología que se ha vuelto más técnica, han preparado, a pesar de haber
vivido hace mucho tiempo (en la historia) pero cerca de nuestro pensamiento, la
doctrina actual de la Iglesia Católica según ha surgido durante el Concilio
Vaticano II.
Ya
he presentado, en varios artículos [1] y libros, [2] el tema de la cooperación de María en el
misterio de la Redención, en un enfoque ligeramente diferente ---el de la
maternidad espiritual--- pero idéntico en esencia. Voy a utilizar aquí, pero de modo más
sintético, estos trabajos previos, mientras que al mismo tiempo trataré de
iluminarlos de otras formas, antiguas y nuevas.
A excepción de algunas referencias ocasionales al rol de María en la
distribución de los dones del Redentor, me concentraré principalmente en la
participación privilegiada de la nueva Eva en el sacrificio del Redentor, el
nuevo Adán.
Aquí
está el itinerario que planeo seguir:
---En
primer lugar, evocaré testigos cercanos a la Tradición Apostólica, para quienes
María, redimida, nos salva como ella misma se salva, con el fin de ayudarnos a
convertirnos en una Iglesia cada vez más corredentora.
---En
segundo lugar, evocaré los testigos más remotos, después de Nicea, de este
mismo misterio, sobre todo en la oración litúrgica de las diversas Iglesias
dentro de la Iglesia, sin dejar de mencionar algunas referencias medievales o
modernas.
---Por
último, me ocuparé de las relaciones entre estos testimonios recientes y
antiguos por un lado, y la Tradición Apostólica por otro.
Por
lo tanto, se demostrará que la muy antigua, pero siempre nueva, doctrina actual
de la Iglesia sobre la Virgen, la preeminente asociada del Redentor, podría
contribuir, por medio de nuevas aclaraciones homogéneas, a una renovación de
toda la Iglesia y cada uno de sus miembros al servicio de su vocación
fundamental: la actividad corredentora en vista del triunfo cada vez mayor del
único acto redentor de Cristo, hasta su regreso. La estrella de María corredentora brillará
aún más por lo que será mejor vista, desde su misma primera aparición, en
dependencia del único Redentor, instando constantemente a todos los demás
corredentores en su dependencia de Él:
“Virgo corredemptrix corredemptorum omnium ad majorem gloriam unici
Redemptoris”. Los Padres nos ayudarán a
reaccionar en contra de un aislamiento desastroso de la Virgen en la economía
de la salvación.
Para
los Padres, si la Virgen es Corredentora en una manera única y poderosa debido
a que sólo ella es la Madre de Dios, María no es la única, sino la primera
corredentora, para que todos puedan ser fieles a una similar vocación de
corredentores, aunque inferior en dignidad.
Sin
embargo, esta vocación corredentora trasciende, en el orden sobrenatural, la
vocación de la persona humana en el orden natural y pone de relieve la sublime
dignidad del destino eclesiástico y sobrenatural de todos los seres
humanos.
Testigos
cercanos a la Tradición Apostólica:
Los
Padres del siglo II hablan inseparablemente de la Encarnación y de la Pasión
del Hijo de Dios. De esta opinión
resultan importantes consecuencias a fin de entender correctamente, sin
disminución o reducción, su presentación del misterio de María y su cooperación
en nuestra salvación.
Así,
la afirmación de Ignacio de Antioquía a los efesios (XIX, 1) está de hecho
cargada de significado: "El príncipe de este mundo ignoró la virginidad de
María, su parto y la muerte del Señor, tres misterios resonantes que se
realizaron en el silencio de Dios."
Como
dice muy bien el Padre Camelot: el diablo "no pudo haber ignorado los
hechos de la vida de Jesús," pero su significado soteriológico
"permaneció oculto para él" [3].
San Ignacio sostiene este significado a partir de San Pablo [4]. Nuestro texto constituye no sólo "el
primer testimonio de la fe cristiana de la maternidad virginal de María,"
[5] después de San Lucas, sino también una insinuación clara de la relación
entre esta virginidad y la Cruz de Jesús.
La virginidad, el nacimiento y la muerte de nuestro Señor se presentan
como tres misterios relacionados entre sí, tres misterios que, en cierto
sentido, no son más que uno. El vínculo
parece ser, no sólo el de la orientación de la Encarnación del Hijo de Dios
hacia su muerte en la cruz por nuestra salvación, sino también la de una
participación privilegiada a esta muerte salvífica por parte de su Madre, la
Virgen María, por su propia virginidad.
El Señor agonizante, actuando en el silencio del Padre, es el Hijo que
causó la virginidad de María. El
misterio resonante, "proclamado por todas partes" [6] de la
maternidad virginal de María, parece ser no sólo una condición deseada por el
Padre y el Hijo, de la muerte salvador del Señor en la Cruz, sino también una
cooperación libre con ella, e incluso una cooperación única y privilegiada en
su muerte redentora.
Esta
interpretación del pasaje citado es tanto más convincente, ya que siguió
inmediatamente a esta otra afirmación (XVIII, 2): "Jesucristo, llevado en
el vientre de María, ha nacido... para purificar el agua por su Pasión":
en otras palabras, nace para morir en vista de nuestro bautismo, con miras a
constituir su Iglesia como sacramento de salvación. Estamos aquí muy cerca del texto paulino en
el que, sin duda, Ignacio está pensando: ¡Jesús ha nacido de una mujer para
permitirnos ser adoptados como hijos (Gál. 4,4). Por lo tanto para el obispo de Antioquía todo
indica que la maternidad virginal con relación al Señor crucificado era equivalente
a una cooperación muy íntima y única en su acción salvífica. Única, ya que la existencia humana del Señor,
implicada por su muerte, estaba condicionada en sí misma por la maternidad
virginal y libre de María. Al llevar a
Jesucristo en su vientre, María ya llevaba, de alguna manera, su Pasión y
Muerte en su corazón.
Uno
de los hermosos textos de San Melitón de Sardes nos lleva a un concepto
similar: "Él mismo es el cordero sin voz, el cordero que fue inmolado,
nacido de María, la bondadosa cordera,... Él resucitó de entre los muertos y
sacó al hombre del fondo de la tumba" (On Easter, 71, 11.513-520).
Como
señala O. Perler, "La metáfora del cordero implica la doble idea de
sacrificio y pureza virginal" [7].
Vamos a desarrollar la cita con más precisión: al renunciar a la práctica lícita de la
sexualidad, la virginidad en sí misma implica sacrificio. Aquí, el paralelo entre María y Jesús, el
Cordero, es evidente. Así como fue el
caso de Ignacio de Antioquía, el pensamiento de Melito parece ser: la generosa
y (buena) cordera dio a luz al cordero a fin de que Él pueda elevarnos
espiritualmente al levantarnos corporalmente de la tumba. Para poder dar a luz al Cordero, María
escogió conservar su virginidad. Ella es
la cordera precisamente porque ella quiere ser virgen con el fin de dar a luz
al Cordero, Él mismo virgen, a favor de la humanidad. En el maravilloso poema de Melito, María es
la única llamada cordera, y por una buena razón: ella, sola, dio a luz al
Cordero de Dios. También en este caso el
texto es explícito: "Él es el Cordero inmolado, nacido de María, la
bondadosa cordera". Él solo
"levantó el hombre desde el fondo de la tumba."
Así
podemos ver que en estas pocas palabras Melitón de Sardes reunió una rica
doctrina que involucra la cooperación única y privilegiada de María en la
economía de la salvación.
Siguiendo
a Ignacio de Antioquía y a Melitón de Sardes viene el testimonio de un obispo,
un contemporáneo más o menos de este último: San Ireneo de Lyon. Ahora examinaremos sus pensamientos en
detalle. Si entendemos en qué medida,
con él, el misterio de la Cruz está ya incluido en el de la Encarnación ---como
pronto se mostrará--- vamos a discernir con mayor precisión que muchos autores
la dimensión corredentora de sus afirmaciones marianas.
Para
Ireneo, la Encarnación sin la Pasión no habría salvado a la humanidad. Él es muy explícito en esto: “Abraham era un profeta. Vio por el Espíritu
el día de la venida del Señor y la economía de su Pasión por medio de la cual
él mismo y todos los que, como él, creían en Dios serían salvados” (AH IV, 5,
5). Ireneo se expresa aún más claramente
en otras partes de sus escritos.
"Por su Pasión, el Señor destruyó la muerte, disipó el error,
aniquiló la corrupción, erradicó la ignorancia" (II, 20,3). "El
poderoso Verbo y verdadero hombre", este Hijo, "nos redimió con su
propia sangre" (V.1.1).
Con
estas declaraciones como telón de fondo, podemos entender mejor la relación
entre Jesucristo y su Madre que nos presenta el obispo de Lyon (en III, 22. y
V.19, 1 y 2).
Para Ireneo, María no es de ninguna manera
excluida de los que creen en el Verbo encarnado, de los que son redimidos por
su sangre y salvados por Él. Dice
claramente que María, no menos que Abraham, es una profetisa (AH III, 10, 2), y
lo que dice acerca de Abraham ilumina lo que escribe sobre María en la misma
obra: “Los que tenemos fe en Abraham,
tomamos nuestra cruz, justo como Isaac tomó la leña, y seguimos al Verbo. Pues en Abraham el hombre había aprendido de
antemano y se había acostumbrado a seguir al Verbo de Dios: Abraham, de hecho,
siguió por fe el mandato del Verbo de Dios, renunciando de veras a su único y
querido hijo en sacrificio a Dios, de modo que Dios también aceptó, en nombre
de todos sus descendientes, a renunciar a su amado y único hijo en sacrificio
por nuestra redención” (AH IV, 5, 4).
Entre
los que "aprendieron de antemano, en Abraham, a seguir al Verbo de Dios,
"debemos obviamente considerar, en primer lugar, a la Virgen María. Mucho más que Abraham, cuyo hijo Isaac
finalmente no murió, María ha "renunciado seriamente a su único y amado
Hijo en sacrificio a Dios... por nuestra redención." Si, a los ojos de Ireneo, "Abraham era
un profeta y vio por el Espíritu la economía de la Pasión del Señor," (AH
IV, 5, 5), se permite inferir que él atribuyó la misma visión anticipada ---en
la fe--- a la Virgen María, profetisa también a sus ojos.
Por
lo tanto, no sería apropiado ignorar el pensamiento de Ireneo sobre Abraham al
interpretar los famosos pasajes sobre la recapitulación de Eva por María: AH III, 22, 4 y V, 19, 1 y 2. Lo que se expresa acerca del nacimiento
virginal del nuevo Adán y la obediencia de María no debe ser separado de la
idea constante de Ireneo sobre el sacrificio de Jesús para la redención del
mundo. Las innumerables citas del
Evangelio de San Juan (incluido el Cap. XIX) en los escritos de Ireneo afirman
que el obispo de Lyon, al referirse a la escena de la Anunciación, no podía
ignorar ni olvidar la presencia de María al pie de la Cruz. Es, precisamente,
lo que nos dice acerca de Abraham e Isaac lo que nos permite echar un vistazo a
sus pensamientos sobre la relación entre la Virgen de los Dolores, su Hijo
crucificado y el Padre misericordioso.
Para
Ireneo, la nueva Eva es "la criatura humana del Verbo" (AH III, 19,
3); la que se convirtió en "causa de salvación para ella misma y para toda
la raza humana" es inseparable de la que fue salvada por Cristo y, más
precisamente, por su Pasión, como Abraham (AH IV, 5,4-5). Puesto que
"Aquél que salvaría existía entonces" ---antes y por toda la
eternidad--- "lo que iba a ser salvado" (María incluida) "tuvo
que venir a la existencia y, de modo que el Salvador no careciese de una razón
de ser" (AH III, 22, 3). Incluso
es apropiado decir que, considerando el papel que Ireneo le atribuye a María y
a su obediencia en la realización efectiva de la salvación del género humano
(AH III, 22, 4), la salvación de María constituyó, a sus ojos, la principal
razón para la venida del Salvador.
Salvada por su Hijo y debido a Él, María fue capaz, por su obediencia,
de cooperar en su propia salvación y en la de toda la raza humana: "Virgo
obaudiens et sibi et universo generi humano causa facta est salutis "(AH III, 22, 4).
Aquí
debemos destacar la importancia del pasaje de la Epístola a los Hebreos (5,9)
al que alude Ireneo, un pasaje que ha sido universalmente reconocido. Para Ireneo el mismo significa que María
participa en la obediencia salvífica de Cristo en la Cruz y ha participado en
ella desde la Anunciación, recibiendo de su Hijo la gracia de la obediencia
---obediencia a Él--- en vista de la salvación de la raza humana. Recordemos el texto: "…con lo que
padeció experimentó la obediencia… se convirtió en causa de salvación eterna
para todos los que le obedecen."
La cita de Ireneo, ya mencionada en III, 22, 4, vincula, por lo tanto,
la salvación de la raza humana no sólo a la obediencia de Cristo en la cruz,
sino también a la de María a Cristo su Salvador. Redimida por Cristo, recibió
de Él el poder de contribuir, de una manera única, ---por su consentimiento
para ser su madre--- a la salvación de todo el género humano.
Pues
el objeto de la obediencia salvífica de María ---y debemos insistir en esto---
fue la aceptación (virginal) de la maternidad divina. A pesar de que esta expresión no aparece
explícitamente en los escritos de Ireneo, se pueden establecer los elementos
que la componen: Para él, María es sin duda la Madre de Aquel de cuya divinidad
da fe [8] y ella sola es esa madre; ella
es, por lo tanto, de un modo único, la causa de la salvación de toda la raza
humana, puesto que su propia salvación, no menos singular, resulta precisamente
de su consentimiento a ser Madre de Cristo.
Notemos, por cierto, cómo Ireneo muy probablemente recibió de Pablo,
"…la mujer que, seducida, incurrió en la transgresión. Con todo, se
salvará por su maternidad" (1 Tim 2,14-15), el origen del contraste entre
Eva y María, como la idea de afirmar que María fue salvada por aceptar una
maternidad, no totalmente humana, sino teándrica.
Ireneo
presenta esta contribución decisiva de la Virgen a la salvación de toda la raza
humana no ---como un gran número de teólogos modernos podrían sentirse
inclinados a expresar--- como un simple consentimiento, sino más bien como un
acto de obediencia virginal, paralelo al acto de obediencia de Cristo en la
Cruz (AH V, 19,1); en este párrafo solamente se menciona dos veces la
obediencia de María; al volver a situar este acto de obediencia de la Virgen en
la total soteriología de Ireneo, vemos que, para el obispo de Lyon, María por
su obediencia al Verbo a través del Ángel se unió a la obediencia del Verbo a
su Padre; ella participa así en la
obediencia de Jesús incluso hasta la muerte.
Podemos entonces decir que, para Ireneo, la obediencia de María no sólo
es salvífica, sino también corredentora en unión con la futura obediencia del
Redentor y, en dependencia de su obediencia, reparadora de la desobediencia a
la que Eva ---a través de Adán--- había arrastrado a la raza humana (cf. Rom.
5,19).
Así,
el verdadero significado de esta sorprendente expresión aparece una vez más:
"María, la defensora de Eva" (AH V, 19,1): significa, más allá de una
posible intercesión de la segunda Eva a favor de la primera ---incluida en la
aceptación orante de la Encarnación a través de la respuesta dada al ángel---
[9] una contribución, por obediencia a Dios, a la eterna salvación de Eva
(negada por Tatien como la de Adán) como se desprende de la grandiosa
afirmación: "universo generi humano causa facta est salutis"; pues de
esta universalidad no se excluye, obviamente, a la Eva misma.
De
cara a la extraordinaria riqueza de estos textos muy densos, podemos, por
tanto, con Ireneo, hablar de "dispensatio Virginis", de una economía
de la Virgen dentro de una dispensa y la economía del misterio de Cristo (AH V,
19,2 y 232). En el mismo párrafo (AH V,
19,2), vemos que la "economía de la Virgen" manifiesta "la
economía de Dios." Desde este punto
de vista, una imagen mucho más tardía no es en absoluto ajena a "la
profundidad de pensamiento de Ireneo: Con el fin de salvar al mundo, Cristo ha
querido asociar las lágrimas de su madre al derramamiento de su Sangre. Ireneo, una vez más, ha tomado de Pablo (Gál.
4,4), esta suma luminosa de su cristo-mariología redentora y corredentora:
"El que es nacido de María también ha sufrido la Pasión" (AH III,
16,5).
"El
que es nacido de María": esta expresión es claramente una referencia a
Gál. 4,4 sobre todo si tenemos en cuenta que Ireneo cita cinco veces este
versículo de Pablo en su “Adversus haereses”, es decir, más a menudo que la
mayoría de otros versos .
Entre
estas cinco citas, dos de ellas enlazan el verso paulino al Protoevangelio. Así Ireneo piensa que
la asociación de la nueva Eva con el nuevo Adán, tan esencial a sus ojos para
la salvación del mundo, ya fue profetizada y anunciada a nuestros primeros
padres (AH V, 21, 1 y 2) [10].
Es,
por tanto, a través del apóstol Pablo que Ireneo relaciona su doctrina de la
nueva Eva, abogada de la primera Eva, a la promesa inicial de salvación
contenida en el Génesis. Él ofrece, por
lo tanto, el testimonio apostólico sobre la asociación privilegiada de María a
la obra redentora de Cristo en su relación con el cumplimiento de una promesa:
la promesa de Dios, el Salvador de la raza humana.
Podemos
entonces concluir. El testimonio de
Ireneo a favor de una corredención mariana privilegiada, e incluso única,
podría aparecer (y ha aparecido) [11]
más implícito que explícito, si fuésemos a aislar, en lo que respecta a
la totalidad de su obra, sus afirmaciones más sorprendentes (AH III, 22, 4, V,
19,1). Si, por el otro lado las
clarificamos por el contexto total de sus afirmaciones "Contra las
herejías," sin duda es posible más allá que los pensamientos mismos del
obispo de Lyon: en total dependencia de Cristo, María, por su obediencia, fue
la causa de la salvación de todo el género humano al efectuar su propia
salvación; el acto mismo por el que colaboró en su propia salvación es también
el mismo acto por el cual ella cooperó a la salvación de todos nosotros.
Corredención
mariana privilegiada: Esta expresión implica que todavía podemos encontrar en
Ireneo los elementos ---al menos algunos de ellos--- de una misión corredentora
del cristiano común y más aún de la
Iglesia como tal, en dependencia de su muy explícita doctrina sobre Cristo el
Salvador de María, su asociada en una forma única en su misión de salvación de
toda la raza humana.
Ireneo,
por un lado, afirma que "habiendo desobedecido a Dios, hemos sido
reconciliados con Él en el segundo Adán, haciéndose obediente hasta la
muerte" (AH V, 16,3). La referencia
a los mártires es bastante obvia.
Por
otro lado, la Iglesia está presente, activa y amorosa en el sufrimiento y el
testimonio de los mártires: "La Iglesia en todas partes, debido a su amor
a Dios, está constantemente enviando por delante de ella a una multitud de
mártires al Padre... La Iglesia, sal de
la tierra, sigue siendo la defensora de la fe, la que confirma a sus hijos y
los envía por delante de ella a su Padre "(AH IV, 33,9 y 31,3).
En
otras palabras, la comunidad eclesial, por su fe y el amor, es en sí misma la
corredentora de la Iglesia [12]. Al
enviar a sus hijos al Padre, está contribuyendo a su salvación. Sin embargo, Ireneo no especifica qué diferencia
este rol de la Iglesia de los roles, ya diferentes entre sí, de Jesús y María
en la salvación de la raza humana; tendremos que esperar, sin duda, por los
desarrollos técnicos de la teología moderna (en particular, la distinción entre
redención objetiva y subjetiva) para esbozar una respuesta más precisa. Si examinamos su trabajo con cuidado,
podríamos, sin embargo, echar un vistazo a cómo el obispo de Lyon, al presidir
las asambleas eucarísticas, habría expresado sus pensamientos con precisión: la
oración de la Iglesia, principalmente la oración Eucarística, procura para los
fieles las gracias de la fe y la caridad, que los llevará al martirio y al
cielo: la Eucaristía es "oblación y sacrificio puro" (AH IV, 18, 4). Es, sobre todo, el sacrificio de todos
aquellos que desean ser "obedientes hasta la muerte."
Concluyendo
nuestro breve estudio sobre el pensamiento de Ireneo, podemos resumirlo de esta
manera: El obispo de Lyon, sin la intención de decir cosas nuevas, mediante el
desarrollo de la doctrina del Apóstol, transmitió la fe de la Iglesia, y cree
con ella que Cristo, el Creador y Redentor, ha querido llevar a cabo la
salvación de la raza humana con la singular y privilegiada cooperación de
María, su Madre, a quien Él creó y redimió.
Cada aspecto de esta afirmación global puede ser justificado por sus
escritos explícitos. En una manera más
implícita, Ireneo presenta a la Iglesia como corredentora de los cristianos, lo
que implica que los bautizados son corredentores el uno del otro. Bajo esta luz, la Virgen aparece ya como la
corredentora de los corredentores, para la gloria del único Redentor de
todos.
Es
de esta manera que Ireneo, después de Ignacio de Antioquía y en el mismo
período de Melitón de Sardes, prepara los testimonios más precisos de otros
sucesores de los Apóstoles, que los siguen más adelante en el tiempo.
Testigos
más remotos (pero más precisos) de la Tradición Apostólica:
Consideraremos
aquí, en primer lugar, el testimonio colectivo de los Padres reunidos en los
concilios, luego sus testimonios individuales, en Oriente así como en
Occidente, y sobre todo las convicciones de sus Iglesias, que se manifiestan en
sus liturgias.
Somos
conscientes del rol decisivo que desempeñó San Cirilo de Alejandría en el
Concilio Ecuménico de Éfeso en el año 431. En este contexto, la oración de
Cirilo en presencia del Concilio podría ser considerada como un reflejo de los
pensamientos de los obispos presentes.
La misma es una invocación que expresa su convicción sobre el papel
salvífico de María en lo que respecta a la raza humana: "Ave María, Madre
de Dios... por quien la raza humana llega al conocimiento de la verdad.”
Este
texto, así como las otras alabanzas de la Virgen que aparecen en la misma
oración, se refieren a la Iglesia presente y a la distribución de las gracias
de las cuales María es vista como la Mediadora; sin embargo, esta mediación en
sí misma se basa en la maternidad divina.
El "por quién" (di ès) que sigue inmediatamente a la mención
de la Madre de Dios enfatiza la profundamente arraigada mediación de María en
el misterio de la Encarnación. En otra
homilía pronunciada en el mismo contexto del Concilio de Éfeso, Cirilo insiste,
más concretamente aún, sobre la función salvífica de María: "Dios te
salve, María, Madre de Dios, por quien todas las almas fieles se salvan"
(sozetai). En estas dos homilías [13]
este rol se vincula al privilegio único de la maternidad divina; así Cirilo
señala al carácter singular de la cooperación de la Virgen en la economía de la
salvación.
Unos
años más tarde, San León Magno prepara, con su predicación, la definición
cristológica del Concilio de Calcedonia.
En el marco de una hermosa explicación sobre el misterio de nuestra
salvación, León le escribe (13 de junio de 449) a Flaviano, patriarca de
Constantinopla: "una virginidad intacta le proveyó carne (al Salvador):
"inviolata virginitas carnis materiam ministravit" (cap. 4, DS
294). Entendemos por esto que María, por
la aceptación voluntaria de su virginidad física, se ha colocado, como
ministro, al servicio del designio salvífico de la Encarnación del Redentor,
cumpliendo así un ministerio salvífico. El vigésimo segundo sermón del mismo Papa declaró precisamente en una forma
magnífica: "Nativitas nativitate reparatur", es decir: el nacimiento
en pecado (del hombre común) es reparado por el nacimiento extraordinario de
Dios hecho hombre, "nacido humano según su voluntad y poder "(Ch. IV
y II: ML 54, 197. C y 195 B).
Vemos
aquí un reflejo de la visión habitual de los Padres: al aceptar voluntariamente
su virginidad, María estaba dispuesta a aceptar también su maternidad
voluntaria, y es por su virginidad y maternidad que ella cooperó libremente en
la Encarnación del Verbo; lejos de ser un instrumento puramente pasivo ---según
la interpretación gnóstica--- María quiso ser y de hecho fue la activa
colaboradora con el Creador en el misterio de la salvación de la raza
humana. Este es, precisamente, el punto
de vista al que se adhirió e hizo propio el Concilio de Calcedonia; recordemos
la famosa definición: “Siguiendo a los
Santos Padres, enseñamos unánimemente que confesamos a uno y el mismo Hijo,
nuestro Señor Jesucristo, nacido por nosotros y por nuestra salvación, según la
carne, de la Virgen María, Madre de Dios.”
We
understand by this that: Mary, by the willing acceptance of her physical
virginity, has placed herself, as a minister, in the service of the saving
design of the Incarnation of the Redeemer, fulfilling thus a salvific ministry . The twenty-second sermon of
the same Pope stated precisely in a magnificent way: " nativitas nativitate reparatur "
that is to say: the birth in sinfulness (of the ordinary man) is repaired by
the extraordinary birth of God becoming man, "born human according to his
will and power” (Ch, IV and II: ML 54,197 C and 195 B).Si esta definición no se separa del
contexto patrístico que la precede, nos damos cuenta que la libertad de María y
su voluntad para nuestra salvación está íntimamente relacionada con el
nacimiento humano del Salvador. The affirmation
of Marian coredemption is as inherent in this dogmatic definition as it is in
the Pauline text of Gal 4,4. La afirmación de la corredención mariana es
tan inherente en esta definición dogmática como lo es en el texto paulino de
Gál. 4,4. The Redeemer has willed to come into this world, being freely
willed as Redeemer by Mary his Mother; because He is the Word, He has, by and
with his Spirit, created this will in his Mother.El Redentor ha querido
entrar en este mundo, pues María, su Madre, lo deseó libremente como Redentor;
porque Él es la Palabra, Él, por y con su Espíritu, ha creado este deseo en su
Madre. Obviously, the
individual writings of the Latin and Greek Fathers are much more explicit.
Obviamente, los
escritos individuales de los Padres latinos y griegos son mucho más explícitos. Intentaremos aquí examinarlos en función de la
perspectiva general de este estudio. María,
redimida por Cristo, se ha asociado con Él, de una manera única, en la
salvación de la raza humana, hasta el punto de avivar en cada uno de nosotros una actividad
corredentora a favor del otro.
San
Ambrosio de Milán nos presenta claramente a María como redimida por Cristo en
vista de su cooperación en la salvación de todos.
Por un lado, dice San
Ambrosio: "No nos sorprendamos que el Señor, quien vino a salvar el mundo,
comenzara su obra en María, de modo que ella, por la cual se estaba preparando
la salvación de todos, fuese la primera en recibir sus frutos de su propio
hijo" (En Lc. II, 17 ML 15, 559). Ambrose is, therefore, presenting Mary as the
first of all the redeemed. Por lo tanto, Ambrosio
presenta a María como la primera de todos los redimidos. The New Adam is, then,
not only the Creator but also the Savior of the New Eve. El Nuevo Adán es, entonces, no sólo el Creador
sino también el Salvador de la Nueva Eva. Better still: Mary is redeemed to prepare the
salvation of all! Mejor aún: ¡María es redimida para preparar
la salvación de todos!
Por
otra parte, San Ambrosio escribe: “María
estaba sola cuando el Espíritu Santo descendió sobre ella y la cubrió con su
sombra. Estaba sola cuando salvó el mundo ---operata est mundi salutem--- y
cuando concibió la redención de todos ---concepit redemptionem universorum---"
(Epist. 49, 2; ML l6, 1154). También escribe" Ella engendró la redención
para la humanidad; llevaba en su vientre la remisión de los pecados "(De
Mysteriis III, 13; ML l6, 393; De instit.Virginis 13,81; ML 16,325).
Al
igual que anteriormente a los ojos de Ireneo, la Encarnación es, para Ambrosio,
de acuerdo con la fórmula auspiciosa de E. Druwé, "la redención misma
intrínsecamente comenzada. Esta carne que la Palabra recibe de María es en sí
misma la hostia de su sacrificio, dada por la raza humana para este fin... Era
necesario que una virgen lo hiciese posible a nombre de toda la humanidad"
[14]. Este comentario evoca el hermoso
pensamiento en la liturgia latina: "ad Crucem e Virginis sacrario intacta
prodit victima" (desde el santuario de la Virgen brota intacta, hacia la
Cruz, la víctima de nuestra redención).
Estos
diversos textos de Ambrosio sobre cómo María le dio la bienvenida a la
redención significan lo siguiente: al dar a luz al Redentor como tal, debido a
un consentimiento libre y meritorio, la Virgen consintió implícitamente para
verlo dar su vida por su propia salvación y la de toda la humanidad; incluso
aceptó, implícitamente, morir por Él y con Él, por la misma intención de la
redención universal [15].
En
el pensamiento del Doctor de Milán, sin embargo, la Virgen Madre no es la única
Corredentora; el obispo, que insiste tanto en el hecho de que Cristo es el
único Redentor, [16] no excluye en
absoluto, sino que afirma la corredención de todos por todos en la Iglesia, y
la corredención de cada individuo por la Iglesia universal. Esto es lo que emana de la visión ambrosiano
de la penitencia. El penitente es
"redimido del pecado, bañado por las lágrimas y el llanto de todo el
pueblo (fletibus plebis redimitur a peccato) pues Cristo le dio a su Iglesia el
poder de redimir a uno por todos, a esta Iglesia que obtuvo la venida del Señor
Jesús para que todos pudieran ser redimidos por uno" Citemos el original en latín, su laconismo lo
hace casi imposible de traducir: "Donavit
Christus Ecclesiae suae ut unum per omnes redimeret, quae Domini Jesu meruit
adventum, ut per unum omnes redimerentur" [17].
Ambrosio
no trata explícitamente la cuestión de cómo distinguir entre los dos roles de
María y de la Iglesia, roles subordinados ambos en relación con la única misión
de Cristo; ni de cómo evitar traer la corredención mariana al nivel de la
corredención eclesiástica. Sin embargo,
el doctor latino nos provee la respuesta de manera implícita: María ---a
diferencia de la Iglesia--- colabora en la salvación de la raza humana al colaborar
en la generación misma del Verbo encarnado; ella humaniza la eterna salvación;
ella colabora en lo que algunos hoy día llaman la redención objetiva, mientras
que la Iglesia colabora sólo en la redención subjetiva, en la distribución de
las gracias que Cristo adquirió para nosotros.
Sin embargo, María misma no colabora con Cristo en pie de igualdad, ya
que ella misma ha sido redimida por él.
Ella ha sido salvada de una manera única para que pueda desempeñar un
papel excepcional: ser la única madre del único Redentor.
De la misma manera, el
obispo de Milán no se limita en la invocación de la Iglesia corredentora de
cada cristiano; él también nos muestra la función corredentora de todos los
bautizadoswithin the Church (and with
her help) in relation to the other members: "the penitent is redeemed by
the tears of all the people of God" and thus by each member. dentro de la Iglesia (y con su ayuda) en relación
con los otros miembros: "el penitente es redimido por las lágrimas de todo
el pueblo de Dios" y por lo tanto por cada miembro. Mary's unique
contribution to the salvation of all is itself therefore finalized by the
individual role of each one in the mystery of universal salvation. La contribución única de María a la salvación de
todos es en sí misma, por tanto, finalizada por el rol individual de cada uno
en el misterio de la salvación universal. Mary places herself at the service of the
coredemptive vocation of each human being. María
se pone al servicio de la vocación corredentora de cada ser humano.
De hecho, cada persona
humana, al preocuparse por la salvación de los demás, realiza su propia
salvación; decir que María concibió, dio a luz y ocasionó la salvación de todos
---y eso es lo que nos dice Ambrosio--- es decir, igualmente, que al dar a luz
a Cristo le ofreció a cada ser humano la posibilidad concreta de contribuir a
la salvación de los demás, convirtiéndose así en la mediadora de la actividad
corredentora de la Iglesia universal y de cada uno de sus miembros. The transcendent Mother
of the Lord was transformed into the servant of the coredemptive vocation of
every human being. La trascendente Madre del Señor se
transformó en la sierva de la vocación corredentora de todo ser humano.
Ampliando las
opiniones de Ambrosio, su hijo espiritual de San Agustín de Hipona a su vez
declara: "Cristo nos recibió de
nosotros su carne en la que se entregó a sí mismo como sacrificio" (Enarr,
in Ps. 129,7; ML 37, 1701). All his theology
on the article of the creed: " natus
ex Maria Virgine " can be summarized as follows: In the name of us all
Mary gave from her flesh the host for the sacrifice that regenerates us (Sermon
ined.5, nn.5 and 6; ML 46, 832-833). Toda su teología sobre
el artículo del credo: "natus ex
Maria Virgine" se puede resumir de la siguiente manera: En el nombre
de todos nosotros, María dio de su carne la hostia para el sacrificio que nos
regenera (Sermon
ined.5, nn.5 y 6; ML 46, 832-833).
Unas
décadas más tarde, el obispo de Rávena, San Pedro Crisólogo, también doctor de
la Iglesia, expresará elocuentemente su firme creencia en el rol salvífico de
María: "Dios te salve, llena de gracia";... el Ángel le ofreció esta gracia. La Virgen recibió la salvación para poder
devolverla a los siglos: “accepit Virgo salutem saeculis redditura”. Mayor que el mundo, recibió ella sola a un
Dios que el mundo no puede contener... Ella dio a luz a Aquél cuya hija ella
misma era" (Sermón 140).
El
teólogo alemán Otto Semmelroth tiene un excelente comentario sobre este texto:
"María es la causa de la salvación a través de una bienvenida receptiva
que comprendía una fe activa... María, cumbre personal de la humanidad, por su
sí, la transformó en la Iglesia: recibió al Redentor y su obra con sus frutos y
los transmitió a la Iglesia contenida de antemano en ella: “accepit Virgo salutem
saeculis redditura" [18].
En
otras palabras, la Virgen recibió la salvación de todos los hombres como un
precioso depósito de confianza; lo recibió en su nombre para poder devolverlo a
cada uno. El obispo de Rávena, en otra
parte (Sermón 140,6), especifica que la salvación del mundo es un premio
otorgado a María: "una joven recibe como recompensa del vientre (Sal 126)
la salvación para aquellos que estaban perdidos: “salutem perditis pro ipsius uteri
mercede." Aquí se alude más
firmemente al concepto de mérito corredentor, ya que esta "joven doncella
única" se contrapone a la impotencia de toda la creación ("una puella…
creatura non sustinet").
El
cardenal Newman enfatizó este punto cuanto citó este texto: “es difícil establecer de manera más
explícita, aunque retóricamente, que la Santísima Virgen ha cumplido una cooperación
realmente meritoria, una participación con la reversión de la caída como su
precio" [19].
A
los ojos de este doctor que influyó en el Concilio de Calcedonia, esta
meritoria cooperación tuvo consecuencias retroactivas en la semejanza de los del
sacrificio del Redentor mismo: "¿cuándo no engendró ella, que llevaba al
autor de los siglos (genitrix quando non quae saeculorum generavit auctorem)"? (Sermón 146).
Aquí nos encontramos, de otra manera, situados en presencia de la
causalidad universal y la mediación salvífica de María a favor de toda la raza
humana, ya afirmada por Ireneo.
San
Pedro Crisólogo, mientras que exalta la cooperación de María en la redención,
de ninguna manera olvida que ella es una criatura pura de su Hijo, redimida por
Él: "Dios viene a la virgen, es decir: el operador hacia su obra, el
Creador hacia su criatura" (venit ad Virginem Deus, hoc est ad opus suum
opifex, creator ad creaturam suam: Sermón 143)," Oh, Virgen, tan pronto
como le des a luz, llama e invoca al Salvador": Mox ut genueris, invoca
salvatorem (cf. Lc. 1:31; Sermon 142).
Estas
son algunas de las consideraciones por las que los Padres Occidentales
subrayaron el rol creado, dependiente así como único, de la Madre del Señor en
la economía de la redención.
Padres Orientales:
Pasemos
ahora a Oriente, donde nos enfocaremos especialmente en las enseñanzas dadas
por los Padres de los siglos IV y V.
El
doctor sirio, Efrén, combina dos puntos convincentes: María es la única virgen
escogida para ser el instrumento de nuestra salvación; [20] y, en uno de sus
himnos, el diácono de Edesa oye esta reflexión de María sobre la
Encarnación: “Soy doncella e hija debido
a la sangre y al agua, puesto que me has redimido y bautizado” [21].
De
los griegos del mismo periodo podemos retener en particular las afirmaciones de
San Gregorio de Nisa y San Juan Crisóstomo.
Para
el primero, como con Ireneo, [22] “Eva trajo el pecado por medio de un árbol;
María, por el contrario, trajo el bien por medio del árbol de la Cruz” [23]. Esta afirmación se halla en una homilía,
probablemente auténtica, de Gregorio [24].
Señala lo que ya hemos dicho: para los Padres, María, al aceptar la
Encarnación, también aceptó la Cruz. La
una incluyó a la otra, puesto que la Encarnación ya era vista como una
Encarnación pascual. En una homilía para
la Pascua, Crisóstomo ofrece una afirmación muy similar: la virgen, la madera y
la muerte son símbolos tanto de nuestra ruina como de nuestra resurrección
[25].
Pasemos ahora al siglo
V, el de Éfeso y Calcedonia.
Proclo, arzobispo de
Constantinopla, escribe durante el período comprendido entre los dos concilios:
"Él, que en el seno de la Virgen, me había condenado, me asumió, yo que
estoy sujeto a la condenación."
[26] También en este caso,
aunque no parece enfatizar el papel de la Virgen y de su consentimiento libre,
sí enfatiza la orientación pascual y redentora de la Encarnación.
Proclo
es más específico en una homilía recién descubierta: comentando sobre Isaías 45,8, el predicador ve
la justicia en la tierra, pues María ha liberado a Eva al convertirse en la
ayuda que, en su plan original, Dios designó para el hombre, mientras que el
Emmanuel, bajó del cielo a la tierra, al abolir el imperio del diablo, salvó a
Adán.
El
patrólogo colombiano Roberto Caro señala:
“La primera transgresión ha sido reparada por la acción tanto de María
como de Cristo; es una causalidad verdaderamente activa, pero diferenciada;
María y Cristo no son dos redentores independientes que podrían haberse puesto
de acuerdo para realizar una obra común; los dos verbos diferentes usados por
el orador indican la distinción: por un
lado el pecado de Eva se desvanece (aneklithè) por la acción de María; por el
otro lado este pecado es sólo reparado (sesôstai) por la acción de Cristo solo”
[27].
De acuerdo con Caro,
tenemos aquí la doble afirmación de la colaboración de María con Cristo y de la
trascendencia de Cristo sobre María dentro de esta misma colaboración. Proclo, sin embargo, no indica precisamente
en qué consiste la ayuda de María; sin embargo, su texto en su conjunto pone de
manifiesto que el obispo tiene a la vista la colaboración de la nueva Eva con
el Nuevo Adán en la obra de la salvación del mundo.
Más tarde, Basilio de
Seleucia exclama: "¡Oh vientre tan santo que dio la bienvenida a Dios, la
matriz en la que se rompió el decreto del pecado." Aquí también, aunque vagamente, se muestra a María
ejerciendo un consentimiento libre y voluntario a favor de Dios, el Salvador;
esta aceptación, sobre todo, establece la cancelación de todos los registros de
la deuda que teníamos que pagar y que fue clavada en la Cruz (Col 2,14). El autor implica así que María recibe al
Señor en su misma actividad de Redentor, Reparador del pecado [28].
Hace
más de un siglo, J. H. Newman ya se dio cuenta de este pensamiento
impresionante de Basilio: "María brilla por encima de los mártires como el
sol sobre las estrellas y ella es Mediadora entre Dios y los hombres"
[29]. Para Basilio, la mediación de
María es el resultado de la Maternidad divina, un privilegio único que la
establece como Mediadora entre Dios y los hombres. Basilio justifica este punto de vista con un
razonamiento bíblico sugerente: si Pedro fue proclamado "bendecido"
por haber confesado a Cristo, si Pablo ha sido calificado por él como
"instrumento escogido" por haber predicado su nombre a las naciones,
¿qué no pensar del gran poder de María, ella, que le dio un cuerpo humano? [30]
Caro
señala: “así encontramos formulado, por primera vez en el siglo V, con Basilio
de Seleucia, uno de los más fecundos principios de la mariología: la estrecha
relación entre la maternidad de María y el Verbo determina en ella una plenitud
de gracia por la que trasciende en mérito a todas las demás criaturas. Estar
convencido del poder de María sugiere que podemos recurrir a su ayuda y a su
intercesión privilegiada [31].
Por
lo tanto, podemos ver en el razonamiento de Basilio de Seleucia un primer
esbozo de la contemplación de la Iglesia de las tres etapas del misterio de la
corredención mariana: el consentimiento a la Encarnación ya visto como pascual,
en previsión de la muerte de Jesús en la cruz, y que explica el poder de María
en la distribución de las gracias, base de nuestro recurso a su intercesión.
De este modo podemos
decir que, desde el siglo IV y sobre todo desde el V, los Padres griegos,
exponiendo los puntos de vista de Ireneo, se han convertido en los más activos
y más claros testigos del misterio insondable que constituye la misión única y
privilegiada de la Virgen Madre en la economía de la Redención. Los
Padres del siglo V resumieron magníficamente este rol en estas declaraciones:
María es la Madre de la Economía (Teodocio de Ancira, MG 77, 393 C), la Madre
de Salvación (Severiano de Gábala, MG 56,4) y la que da a luz al misterio (Proclo de Constantinopla, MG 65, 792 C).
Todas estas
expresiones significan que María, en dependencia del único Salvador y Redentor,
fue una causa activa de nuestra redención.
En los siglos VIII y IX el abundante testimonio de los Padres griegos no
añade nada esencial. Será suficiente
aquí citar a San Andrés de Creta: María
es “la primera reparación [32] de la primera caída de los primeros padres” (MG
97, 879).
No será suficiente,
sin embargo, considerar los testimonios individuales de los Padres durante el
primer milenio con el fin de obtener una idea clara de las doctrinas
reconocidas y sostenidas como ciertas por sus Iglesias; también debemos, de
hecho, especialmente, examinar los testimonios colectivos de sus Iglesias en
las oraciones litúrgicas. Esto es lo que
trataré de hacer en la siguiente sección.
Testimonios
litúrgicos de las Iglesias durante el primer milenio
Numerosas oraciones
litúrgicas que se remontan al primer milenio, tanto en Oriente como en Occidente,
revelan la asociación privilegiada de la Virgen María con Cristo el
Redentor. Este es un hecho normal, es
decir, un hecho conforme a la norma doctrinal: si, ya en el siglo II, Justino,
Ireneo, Tertuliano, Melitón de Sardes reconocer y aceptan a María como la Nueva
Eva, la abogada de la raza humana, la delegada del Redentor en su obra de
salvación, ¿no debe esta convicción doctrinal estar obligada a expresarse,
durante la celebración eucarística, en el reconocimiento de su papel
privilegiado? ¿No debería la regla de fe
influir en la regla de oración?
[33]
La venida del Verbo en
la humanidad y su victoria de la Cruz se perpetúan en la Misa: ¿cómo podría la
Iglesia no asociar, durante la celebración del acto central de su vida, la
mención, memoria y veneración del nombre de María, asociada con Jesús en el
pesebre de Belén y en el altar de la Cruz?
De hecho, desde el
siglo III, los textos litúrgicos actualmente conocidos conmemoran a María. En el siglo V se siguió una etapa primitiva
de conmemoración sin invocación en el Canon Romano mediante el recurso a su
intercesión. Podemos decir que a partir
del siglo V ni la Iglesia Católica, ni las Iglesias separadas durante los
períodos de cismas, han celebrado nunca la Misa sin invocar o mencionar el nombre
de la Madre de Dios.
La Iglesia en la
tierra sabe que le debe el sacrificio de Jesús, que perpetúa, al consentimiento
libre y obediente de María. Desde el siglo III, la Iglesia Romana, en el canon de
Hipólito (entonces todavía opcional), menciona a la Madre de Jesús ("Tu
inseparable Palabra... a quien has enviado desde el cielo al vientre de la
Virgen... nacido del Espíritu Santo y de la Virgen"). El contexto total (cf. Martimort, L'Eglise en
prière, Tournai, 1965, p.276), constituye una afirmación del carácter
soteriológico de esta maternidad de la Virgen; por lo tanto, podemos reconocer
en esta referencia permanente al nombre de la Virgen (nombre repetido) una
proclamación, aunque todavía oculta pero ya real, de su papel privilegiado en
el misterio de la redención.
Entonces, tan pronto
como la Iglesia ha determinado sus anáforas, procede a una conmemoración más
explícita de su abogada, la madre de su Supremo Sacerdote. La Iglesia conoce más claramente el vínculo
estrecho e indisoluble que une a María al Salvador y que será más tarde evocado
por el Concilio Vaticano II (LG 53); este vínculo es el mismo vínculo que une
la Iglesia a la Virgen, es el vínculo de la maternidad divina. Por lo tanto, todo indica que para la
Iglesia, a partir de ahora, sería inconcebible celebrar la Eucaristía del Hijo
sin desear, amar, reconocer, verbalizar e invocar la presencia de la
Madre. Sería imposible celebrar el
memorial del Hijo sin exaltar la memoria de la Madre. Al tener a su madre como invitada a las bodas
de Caná, el Verbo quiso decir que no podemos excluirla de sus nupcias con la
Iglesia consumada en la Eucaristía.
Examinaremos ahora en
una forma detallada pero breve algunos testimonios de las liturgias romana,
mozárabe, bizantina y etíope, con la ayuda de la tradición divino-apostólica en
lo que respecta a la participación privilegiada de María en la misión redentora
de su Hijo único.
Le debemos a Dom Botte
y al señor Chavasse, [34] el conocimiento de la existencia, en Roma en el siglo
VI, de los mismos textos de una Misa mariana celebrada el 1 de enero. La oración “super sindonem” proclama que
los méritos de María "rompieron el decreto donde estaban registrados nuestros
pecados": "ex cujus meritis
deleantur nostra chyrographa peccatorum."
Palabras atrevidas, dice Don G.
Frénaud: Por medio de una expresión paulina
(cf. Ef. 2,14), se afirma la corredención mariana en términos de mérito ---ya
en el siglo VI. Podemos entender el
significado de esta oración de esta manera: al consentir la Encarnación, María
ha merecido a los ojos del Padre, en dependencia de la venida de Cristo y por
Él, los frutos de su sacrificio, la finalidad y la razón misma de su Encarnación,
que comenzó con ella. También podemos
entender: merecedora por un mérito
condigno, la propia Encarnación, al mismo tiempo María obtuvo sus frutos salvíficos
para toda la raza humana (cf. San Pío X, Ad Diem Illum, DS 3370).
El
Prefacio de esta Misa canta el asombro de María: "Ella disfruta de una gracia
doble: se siente abrumada por haber
concebido siendo virgen, y se alegra por haber dado a luz a un Redentor ("laetatur
quod dedit Redemptorem")".
Frénaud señala que
María, por su misma maternidad, se considera a sí misma unida íntimamente a la
obra de salvación realizada por su Hijo.
El prefacio proclama a María corredentora por su concepción virginal y
porque dio a luz al Redentor. El monje
benedictino añade: "La maternidad divina y virginal, la intercesión, la
mediación y el mérito corredentor constituyen los temas fundamentales de esta
primera liturgia mariana" de la Iglesia Romana, de esta primera Misa
romana del 1 de enero.
En otras palabras, la
Maternidad divina exaltada desde los inicios de la Iglesia romana es claramente
una maternidad salvífica. La Misa romana
del 1 de enero parece confirmar lo que ya habíamos visto con Ireneo, Ambrosio y
Agustín: La tradición y las liturgias (el plural aquí anticipa nuestras
observaciones respecto a las liturgias bizantina y etíope) vieron en el consentimiento
a la Encarnación y en la maternidad divina una aceptación implícita y
corredentora del Sacrificio de la Cruz y de la compasión al pie de la Cruz.
En la misma época o
poco después la liturgia mozárabe [35] de España solía celebrar una fiesta de
la "gloriosa y santa María Virgen".
Esta fiesta, establecida en 656 para ser celebrada el 18 de diciembre,
estaba destinada a exaltar la Encarnación del Verbo en el seno de la Virgen
María para la salvación del mundo. Esta
fiesta celebraba, al menos tanto como liturgia romana, la maternidad espiritual,
mediadora y corredentora de la Virgen, con la diferencia particular que las
oraciones mozárabes se dirigen directamente a la Virgen. He aquí la primera oración de esta fiesta: "Virgo genetrix et humani generis
reparatrix; implorantium preces auribus offer divinis" ("Virgen, que
engendraste a Cristo, reparadora de la raza humana, presente a la atención (oídos)
divina nuestras oraciones de súplica" ).
Dom Frénaud,
precisamente, señala en relación con este texto: "La expresión “humani
generis reparatrix” es evocativa; sin embargo, debemos guardarnos de prestarle
a los cristianos del siglo VII todas las ideas que somos capaces de descubrir
hoy día, ocultas en estas palabras."
Sin lugar a dudas. Y, sin
embargo, al recordar a Ireneo, esta expresión parece reclamar como real la
creencia en una participación privilegiada en la reparación de Cristo.
Esta interpretación se
confirma en otra oración mozárabe que destaca el rol de los méritos de María
respecto a nuestra salvación: "Que sus méritos nos lleven a la
salvación" (“nos ejus merita provehant ad salutem”). Una tercera oración insiste: "Que tu
Hijo nos libre de nuestros pecados por tu mérito." Un examen más profundo mostraría
indudablemente que la liturgia mozárabe, al mencionar los méritos de todos los
demás santos, subraya, sin embargo, el carácter único de los méritos de María y
su eficacia única. Pues ellos solos son
los méritos de la Madre de Dios.
Aquí debemos subrayar
el hecho de que estas oraciones se encuentran todavía en uso hoy día. La liturgia latina de España manifestó ya en
el siglo VII y continúa expresando la intercesión mediadora y los méritos
corredentores de la Virgen Madre con tal énfasis que alentó el perfecto amor
filial de los cristianos hacia María: el de la esclavitud mariana, que se
indica claramente en una oración de la fiesta del 18 de diciembre: "¡Oh santísima sierva y Madre del Verbo…
honra (nos) con el homenaje de ser tus esclavos... estamos contentos de
disfrutar de la dulce carga de ser tus esclavos… Que todos podamos vivir
siempre como tus esclavos." Por
cierto, de acuerdo con Don L. Brou, OSB,
esta oración es la composición personal de San Idelfonso de Toledo (murió en
669).
Pasemos ahora a
examinar dos liturgias muy antiguas, la copta y la etíope, todavía en uso en
las iglesias monofisitas de Egipto y Etiopía, así como en los ritos
correspondientes de la Iglesia Católica.
La
liturgia copta [36] comprende treinta y dos fiestas en honor a María, todavía
invocada en cada ceremonia, cada oficio y cada hora canónica. A la hora de nona, el oficio comparte las
penas y el sufrimiento de la Virgen al pie de la Cruz: “Cuando la madre del
Cordero y Buen Pastor vio al Redentor del mundo colgado en la cruz, en medio de
lágrimas dijo: el mundo se alegra porque ha sido salvado, pero mi corazón está
roto, ya que considero la crucifixión que sufriste por toda la raza humana,
hijo mío y Dios mío.”
Un
texto conmovedor, pero menos afirmativo, sin embargo, que este otro: María es
"la causa de nuestra salvación."
Ambos textos deben ser interpretados a la luz de nuestras conclusiones
anteriores: María es la causa de nuestra salvación porque ella fue el origen
humano de nuestro Salvador, cuya Encarnación, desde el principio, fue
redentora, ya que estaba orientada hacia la Cruz.
La liturgia copta en
el Prefacio aún implora: "Por la intercesión de la Virgen María, que nos
dio al Salvador del mundo, danos, Señor, el perdón de nuestros pecados."
En
lo que respecta a la intercesión corredentora y mediadora de María, los
testimonios de la liturgia de Alejandría son bastante elocuentes y al mismo
tiempo muy similares a los que ya hemos visto y luego veremos en otras
liturgias.
Las
Iglesias separadas de Etiopía [37]
---nacidas de la Iglesia Copta--- han sumado a las treinta y dos fiestas
marianas en la liturgia copta una original, que glorifica la mediación
misericordiosa de María: la fiesta del Pacto Misericordioso concluido entre
María y el Salvador. La liturgia etíope
manifiesta, más magníficamente que cualquier otra liturgia, la presencia de
María durante la Misa y su asociación maternal con el sacrificio de su
Hijo. Dos anáforas tienen un carácter
mariano más acentuado. En uno de ellos,
la Misa de Nuestra Señora llamada "el olor agradable de la santidad",
que fue compuesto en el siglo XV por un etíope, Giyorgis, María es llamada
"fundación del mundo, salvación de Adán, corredentora del mundo
entero.” En este canon mariano, el
celebrante se dirige a María, antes y después de la consagración: "Has
dado a luz a la víctima de nuestra religión." Este canon fue para celebrar el sacrificio de
la Nueva Alianza, con María, en María.
Estos avances,
obviamente, ocurrieron mucho después del primer milenio, que es el alcance de
nuestro examen de los testimonios patrísticos y litúrgicos sobre María
corredentora y mediadora. Sin embargo,
nos muestran una gran convergencia entre las Iglesias separadas de Oriente y la
Iglesia de Roma en relación con el misterio de María en la economía de la
salvación. Algunas declaraciones de
doctrina parecen incluso excesivas: María no es redentora, sino corredentora
---un punto que será establecido con más precisión en la conclusión y que
parece resumir favorablemente la tradición patrística.
Vamos
a completar nuestro curso de liturgia mediante el examen de los testimonios de
Bizancio. Estamos casi sumergidos por la
riqueza de los textos a favor de la mediación maternal de María, basada en su
maternidad divina.
J.
Ledit, en su libro “Marie dans la Liturgie de Byzance” [38], nos ofrece un
inventario. La comunidad le dice a la
Virgen “la única mediadora de las riquezas eternas”: “tú eres la salvación de
todos los hombres.” Numerosos textos
afirman que María diviniza al ser humano.
La liturgia bizantina posee
un rico vocabulario de mediación mariana, cuya frase parece a menudo significar
oración (de intercesión). ¿Acaso esta
liturgia destaca suficientemente la mediación de Cristo, el sacerdocio de
Cristo Hombre? De todos modos, enfatiza
magníficamente la asociación de María a la Pasión de Jesús. Citemos:
“Parada al pie de la cruz, sabiendo que tú eres Dios y que
voluntariamente soportaste la muerte en la carne por la raza humana, el corazón
de tu madre fue atravesado por la espada y fue crucificado por el tormento y
los sufrimientos, pero, deseando la salvación de la raza humana y la redención
del mundo, te canta, ora y dice en medio de lágrimas: Levántate y salva a los
que, en la fe, glorifican tus sufrimientos, Oh, Hijo que has derramado tu
Preciosa Sangre por todos.”
Vemos
aquí como se ponen de relieve claramente la naturaleza y el sufrimiento
humano.
También debemos
señalar, con el Padre C. Dumont, O.P., [39] un rasgo característico de la
liturgia bizantina: no duda en a implorar a la Virgen misma por la salvación. La siguiente expresión se repite a menudo en
la liturgia: "Santísima Madre de Dios, sálvanos." Sin duda, ---numerosos textos lo expresan---
si María nos puede salvar, es debido a su intervención con su Hijo, el único
Salvador. Pero, precisamente, a
diferencia de la intercesión de los santos, el fundamento de la eficaz
intervención de María es el privilegio de su Maternidad Divina, la verdad
enfatizada numerosas veces en la liturgia bizantina. Incluso si esta liturgia les suplica también
a otros santos que nos salven, es obvio que no les pediría que lo hagan
invocando las mismas razones. Esto es
suficiente para darnos el derecho a afirmar el carácter único de esta petición,
cuando se dirige a María, y a ver en esa oración una glorificación de su papel
único en la economía de la salvación, así como su mediación privilegiada con Cristo
y el Padre. De hecho, señala el padre
Dumont, jamás se ha hecho ninguna mención de la salvación en la oración
litúrgica sin invocar la intercesión de la Virgen. Dichas frecuencia e insistencia no se
encuentran en el mismo grado en el curso de la Misa en las liturgias
occidentales. Por lo tanto, hay una
atmósfera espiritual y doctrinal que marca al fiel bizantino con una profunda
impresión.
Sergio
Bulgákov [40] ha resumido perfectamente la teología bizantina de la intercesión
de María: "A pesar de que está en los cielos, en su estado glorificado, la
Virgen sigue siendo la madre de la raza humana por quien ora e intercede. Es
por eso que la Iglesia le presenta sus súplicas e implora su ayuda. Ella
envuelve el mundo dentro de su velo, rezando y llorando por los pecados del
mundo".
En
la liturgia bizantina, el recurso a la intercesión mediadora de María pone de
manifiesto la fe de la Iglesia en su participación única en el misterio de la
Redención, a través de la maternidad divina.
Si
bien exalta la poderosa intercesión de la Madre de Cristo, la liturgia
bizantina no ignora la finitud creada de la Virgen. Como prueba está la sorprendente oración de
la Iglesia Bizantina por María; [41] vinculada, además, al recurso de su
intercesión. “Te ofrecemos este
sacrificio razonable por los que duermen en la fe... en particular por la
santísima, inmaculada, bendita sobre todas las demás y nuestra gloriosa Reina,
María, Madre de Dios, siempre Virgen, y por todos los santos: por sus
oraciones, oh Dios, protégenos.
Un
texto impresionante, recitado por el sacerdote inmediatamente después de la
consagración, que une armoniosamente la oración a María y a los santos en
recurso a su intercesión.
San Epifanio, en el
siglo IV, explica de esta manera el propósito de esta oración: "Es separar
al Señor Jesucristo de entre el resto de la humanidad; el Señor no puede ser
comparado con cualquier hombre; Cristo Dios está en los cielos, pero el hombre
está en la tierra por lo que ha dejado atrás." [42]
Al orar por los
santos, la Iglesia no sólo reza por ellos, en relación con ellos (como Jungmann
solía pensar), sino más bien, como lo vieron algunos teólogos armenios del
siglo XIV [43], ya que los ángeles y los santos (cf. Lc. 15,7.10) se regocijan
en la conversión de los pecadores, al orar por los santos les pedimos la gracia
de contribuir a su bienaventuranza accidental por la obtención de nuestra
salvación y por ser colocados con ellos en el cielo. La oración de la Iglesia terrestre por María
y los santos se reúne con su oración como lo leemos en el Libro de Apocalipsis
(8,3-4; 6:9-11).
La
liturgia bizantina, al orar a María y a los santos, nos hace partícipes de su
oración por nuestra salvación y la del mundo, con el fin de traer su alegría a
su plenitud. Es decir, su alegría, no la alegría esencial (la que proviene de
la posesión del Creador), sino la accidental, como resultado de otras
criaturas.
En
el contexto de nuestro estudio, el interés de esta oración a María consiste en
subrayar que la Virgen ---exaltada hasta tal punto por la liturgia bizantina---
permanece a su vista como puramente una criatura, un ser humano que necesita
ser colmada, de alguna manera, por la Iglesia universal, de la cuales ella
nunca dejó de ser misteriosamente la hija y la madre.
Para
decirlo con mayor precisión, ya que la Iglesia reza a María, es obvio que no es
adorada. María no es una diosa, sino una
mera criatura. Para justificar esta
oración, Epifanio de Salamina estuvo, por lo tanto, correcto al rechazar
cualquier idea de un sacrificio ofrecido a María. La Misa no es un sacrificio ofrecido a la
Virgen, sino sólo a Dios, en honor de María.
Por
otra parte, la oración a María demuestra que la liturgia bizantina no cayó en
la tentación monofisita, ni ha deshumanizado a la Santísima Virgen. Incluso ha favorecido la compasión hacia la
Virgen y aún más ha exaltado su compasión hacia su Hijo, al pie de la Cruz,
como ya se ha dicho. Al orar a la
Virgen, no importa cómo pueda ella ser glorificada, la Iglesia afirma que María
sigue siendo tan humana que necesita siempre nuestra felicidad, para que la de
ella puede ser completa.
María,
el más glorioso miembro del cuerpo de Cristo, sigue necesitando a los demás
miembros. Agustín lo dijo con precisión:
María es un miembro excelente y super-eminente
de la Iglesia; sin embargo, ella es un miembro de todo el cuerpo (Sermo 25,7-8;
ML 46,937; LG 53). Si Agustín hubiese
pensado en las implicaciones de este punto, podría haber evitado considerar las
oraciones de los mártires como un insulto a ellos (Sermo 159,1).
Lejos de ser el
"colmo de lo absurdo", ---como pensaba Renaudot, liturgista del siglo
XVIII--- la oración de María no quiere decir, en lo más mínimo, que la Iglesia
universal ha pensado alguna vez que la Madre del Señor todavía no había entrado
a la plenitud de su bienaventuranza final y esencial; lo que significa, más
bien, es que la Iglesia es consciente de ser capaz de contribuir a la Parusía
de María y de su Hijo en ella, a la perfección de su bienaventuranza accidental
hasta el final de los tiempos [44]. La mediación de la Virgen a favor de la
Iglesia no excluye una cierta mediación ---mucho más inferior en valor--- de la
Iglesia a favor de María. Decimos
inferior, ya que si la Virgen le da a la Iglesia, por su mediación, al Mediador
único y perfecto, la Iglesia no se lo está dando a la Virgen, sino que está
ayudando a María a glorificarlo.
A partir de este
estudio muy incompleto de las liturgias de las Iglesias orientales y occidentales
podemos sacar algunas conclusiones. La Iglesia siempre ha entendido que es
imposible celebrar la Última cena de su boda sacrificial con el Cordero sin
invitar a su sierva y Madre, sin honrar su nombre, su presencia y su acción,
sin ofrecerle veneración por encima de todas las demás criaturas. El decreto
dogmático del Segundo Concilio Ecuménico de Nicea, en 787, sólo establecería
más precisamente y proclamaría lo que la Iglesia durante siglos habían vivido y
creído en todas sus celebraciones eucarísticas: "El Señor, los apóstoles y
los profetas nos han enseñado que debemos venerar en primer lugar a la Santa
Madre de Dios, que está por encima de todos los poderes celestiales." Esta declaración terminaba con un
anatema: “"Si alguno no confiesa
que la santa, siempre Virgen María, real y verdaderamente la Madre de Dios, es
superior a todas las criaturas visibles e invisibles, y no implora su
intercesión con una fe sincera, habida cuenta de su acceso de gran alcance
(parrhésia) a nuestro Dios nacido de ella, sea anatema "(Sesión IV; Mansi
XIII, 346; J. E. Bifet, De primordiis cultus mariani, Roma, 1970, t.II, pp
360-361 ).
Esta importante, y sin
duda poco conocida, declaración de un concilio ecuménico supone, implícita ero
seguramente, el reconocimiento de una participación privilegiada de María, como
Madre de Dios encarnado, en la obra de nuestra salvación: si María no hubiese
sido su eminente colaboradora por su consentimiento obediente a los designios
de Dios y a la Encarnación sacrificial, puesto que la aceptó en la Anunciación,
las afirmaciones del concilio no se justificarían.
Esta referencia del
Segundo Concilio de Nicea a los Apóstoles y a los profetas nos remonta
probablemente tanto a Pablo (Gál. 4,4), cuyo discípulo es Lucas, y a Isaías 7 y
al Protoevangelio, así como al capítulo 12 de Apocalipsis. La liturgia lleva a cabo esta enseñanza del
Señor y los Apóstoles de acuerdo a tres tipos o modelos: romano, bizantino y
etíope.
El tipo romano (en
lugar del latino) exalta a la Madre de Dios en el canon u oración eucarística,
invocando su intercesión sin orar en su nombre.
No se la invoca directamente durante la Misa (con excepción) y nunca
durante el Canon, y nunca se le ofrece incienso a su imagen.
El
tipo bizantino une armoniosamente, durante la anáfora, la alabanza a la Madre
de Dios, la oración a ella y la invocación por su intercesión; se dirige a ella directamente (justo como lo
hace el rito mozárabe latino, quizás influenciado por el rito bizantino)
incluso durante la anáfora; le suplica que nos salve y se le ofrece incienso a
sus íconos.
El
tipo etíope acentúa aún más el tipo bizantino mediante la multiplicación de las
oraciones y alabanzas dirigidas a María, Madre de Dios, en la anáfora, sin
perjuicio, no obstante, al hecho de que la anáfora es siempre dirigida al Padre
o (más raramente) a Cristo.
En cada uno de estos
tres tipos las oraciones de la Iglesia denotan que ella cree en y conoce que la
conmemoración de la Virgen, Madre de Dios encarnado, es inseparable de la
anamnesis de su Hijo y de su misterio pascual.
La práctica de tales oraciones de la Iglesia indica que cree que es
imposible obedecer los mandamientos de Jesús: "Haced esto en memoria de
mí", celebrar mi propio rito de conmemoración (Lc. 22,19), sin exaltar la
memoria de su madre y asociada, la incomparable Virgen.
Por diferentes que
sean estos tres tipos o modelos, manifiestan, sin embargo, una convergencia
doctrinal impresionante, pues todos los ritos hacen hincapié tanto en la
maternidad divina como en la santa virginidad de María. Louis Bouyer ha ofrecido una hermosa y
profunda explicación sobre estas dos verdades unificadas: "María fue
venerada tanto por su maternidad divina, el don objetivo supremo que Dios le
había concedido en Cristo, y por su virginidad cristiana y contemplativa, tan
totalmente dedicada a la comprensión del misterio por tal fe amorosa que toda
su vida fue un martirio incruento perfecto" [45].
En otras palabras, las
Iglesias del primer milenio cristiano vieron la virginidad de María no sólo
como una disposición preliminar y concomitante a la maternidad divina, sino
también como la respuesta humana perfecta (influida por la gracia) subsecuente
a este don. Las liturgias de la época de
los Padres entendieron la virginidad de María en el contexto de su punto de
vista general: el celibato consagrado les apareció como un símbolo incruento
del martirio cruento, como un testimonio de fe, esperanza y amor respecto a
Cristo el Redentor. Volvemos a encontramos aquí con un nuevo
enfoque, lo que ya hemos dicho: la proclamación de la virginidad de María
antes, durante y después de la concepción y nacimiento del Redentor fue
confesar su asociación privilegiada y su indisoluble unión con Cristo el
Salvador de la raza humana. Tal es uno
de los significados ---y no el menos profundo--- de la virginidad perpetua de
la Madre de Dios.
Desde este punto de
vista, dicho sea de paso, la posible profundización doctrinal, por el
Magisterio vivo, de la corredención virginal mariana sería una buena
oportunidad para poner de manifiesto, frente a un mundo cada vez más sensual,
el alcance corredentor universal de la virginidad cristiana vivida en unión con
la Virgen de las Vírgenes. También
tendría otras consecuencias en términos de pastorado litúrgico y ecuménico.
Por
un lado ---en la medida en que la ley de la fe dirige la regla de oración--- esta
profundización del conocimiento doctrinal facilitaría una evolución de la
liturgia latina hacia una respuesta más ritualmente adecuada a la Mediación
corredentora de la Virgen, por medio de una más frecuencia, directa e inmediata,
invocación de la Madre del único Mediador (¿solemos dirigirnos a su Madre sólo en
forma indirecta?), durante la celebración de la Última Cena del Señor. No habría necesidad de modificar los textos
actuales; bastaría, como se hace a menudo hoy día en el Santo, insertar entre
ellos las invocaciones a la Santísima Virgen; se presentaría incienso a sus
imágenes. En la medida en que es cierto
que las fiestas marianas actuales, en el rito latino, cuando caen en días de
semana, no tienen influencia profunda en los grupos católicos, las adaptaciones
propuestas (bajo la influencia de los ritos orientales) permitiría a las masas
del pueblo de Dios ser más profundamente penetrado por el culto a María, del mismo
modo en que esto se logra en los ritos orientales. La Santa Sede ha concedido recientemente unas
cincuenta misas votivas ---con hermosos prefacios doctrinales--- en honor a
María. Tales adaptaciones son ya un paso
en la dirección correcta, sin embargo, no traen ningún cambio en la situación
actual respecto a las celebraciones dominicales.
Por otra parte, medios
similares podrían ayudar a las Iglesias Orientales a expresar mejor, en su
oración litúrgica, la convicción de que la mediación de María es totalmente
dependiente de la mediación de Jesucristo, su Creador, Salvador y Redentor.
Si
se prefiere, se puede decir que el testimonio certero que dan las liturgias
orientales y occidentales a la verdad de la maternidad orante de la Virgen
María está, en ambos casos, abierto a la mejoría y al progreso a la vista de la
consecución de un mayor grado de exactitud, de profundidad y de
equilibrio. Pero, si estamos dispuestos
a considerar especialmente su fundamento doctrinal, estas liturgias, en
conjunto, ofrecen un testimonio de esta verdad fundamental: María es la
colaboradora privilegiada de Cristo en la obra de la salvación del mundo. Ella es su colaboradora, inseparablemente,
tanto como su madre y como su criatura a quien Él redimido para este fin.
Después
de dar este inventario limitado de estas liturgias patrísticas durante el
primer milenio, en lo que respecta a María Corredentora y Mediadora, en este
punto es apropiado preguntarse sobre el valor doctrinal que ofrecen estas
liturgias.
Recordemos
primero las famosas palabras de Pío XI [46]:
“La liturgia es el instrumento más importante del magisterio ordinario
de la Iglesia.” Al reflejar el “sensus
fidelium” del pueblo de Dios, la liturgia es al mismo tiempo una obra
jerárquica eminente por medio de la cual la Iglesia docente, sucesora de los
Doce Apóstoles bajo la guía de Pedro, levanta su voz indefectible en una
catequesis permanente. Es especialmente
a través de la liturgia que la Tradición divino-apostólica está presente y
activa en la Iglesia.
Debido
a que es una profesión de fe católica, la liturgia es una fuente
teológica. No tiene otra autoridad que
la del magisterio pontificio o episcopal que la aprobó. Esto es bastante normal: la oración de la
Iglesia expresa su fe y la interpretación auténtica del sagrado depósito de la
Revelación que se le ha confiado exclusivamente al Romano Pontífice y a los
obispos que están en plena comunión con él: a los sucesores de los Doce
Apóstoles (Dei Verbum, 90-10).
A
partir de estos principios, se deduce que el valor teológico más débil es el de
las liturgias monásticas y liturgias de diócesis particulares. Las
liturgias formadas con la participación de varias diócesis o las de los patriarcados
orientales son, si están aprobadas por la Santa Sede, del mayor valor doctrinal. La liturgia romana ofrece una garantía
especial, no como resultado de ser latina, sino por el hecho de que expresa la
creencia de la Madre y Autoridad de todas las Iglesias, y que se organiza bajo
la responsabilidad inmediata de los Sumos Pontífices, aunque que no siempre
involucra al Papa como jefe supremo e infalible de la Iglesia Universal.
Las oraciones
litúrgicas se llevan a cabo, con razón, en nombre de toda la Iglesia. Por otra parte, si esta profesión de fe es,
por tradición, repetida hasta el grado de convertirse en permanente, entonces ofrece
todas las características que le aseguran una infalibilidad total al Magisterio
ordinario que las controla. Tal garantía
pertenece, no sólo a los símbolos de la fe recitados durante la Misa, incluso
si nunca han sido oficialmente promulgados, sino también a los contenidos
doctrinales comunes a todas las anáforas eucarísticas. Así, pues, se consuma la infalibilidad misma
de la Iglesia.
La
mayoría de las liturgias en algunas localidades no comprometen esta
infalibilidad. Durante demasiado tiempo
han estado en desarrollo sin control efectivo, en todos sus detalles, por el
Magisterio supremo. Aun cuando este
control es, hoy, como un efecto posterior al Concilio de Trento, llevado a cabo
por los instrumentos romanos del Magisterio ordinario, sólo constituye una
acción en relación con una determinada Iglesia. Por lo tanto, no posee en sí
misma esta universalidad de carácter que podría suponer la infalibilidad.
La Iglesia de Roma,
cuya liturgia romana contiene la profesión de fe, se considera así que se
protege, por derecho especial, de cualquier desviación doctrinal debido a las
prerrogativas de su obispo. Por otra
parte, la liturgia romana posee de hecho, en la Iglesia, una extensión moralmente
universal. Estas condiciones excluyen,
al menos moralmente, todas las posibilidades de error en la fe.
El
testimonio doctrinal de las liturgias no es entonces el de los teólogos
individuales, incluso si ellos fuesen grandes doctores de la Iglesia, sino el
testimonio de las Iglesias, o de la Iglesia universal. Si todas las liturgias, ya sean orientales u
occidentales, ortodoxas o heterodoxas, dan testimonio unánime respecto a la
doctrina, se ha probado que tal doctrina es de origen apostólico. Así, la
unanimidad ---de acuerdo con la observación de Dom Cabrol--- tiene el mismo valor que la unanimidad de
los Padres que enseñan la misma doctrina.
Pues, en caso de error, toda la Iglesia estaría errónea, y eso es
imposible: los poderes del infierno no
prevalecerán contra ella. La
universalidad es uno de los tres criterios (con la antigüedad y la
uniformidad), que, ya en el siglo V, Próspero de Aquitania estableció sobre la
ley de la oración válida como ley de fe.
(De Vocatione Gentium, I, 12; ML 51, 664).
A
partir de estos principios se derivan los siguientes corolarios:
La
incesante y privilegiada intercesión de la Madre de Dios, al menos
implícitamente (para la salvación eterna de toda la humanidad "peregrina"),
se afirma con el acuerdo por las anáforas y las Iglesias todavía separadas
parcialmente de la primera Sede, y las Iglesias de todos los ritos orientales y
occidentales de la Iglesia universal [47].
La infalibilidad de la Iglesia está por tanto involucrada en esta
afirmación. La afirmación de esta
intercesión, singularmente privilegiada, corresponde en substancia y de hecho a
la de la mediación privilegiada de la Virgen orante, en la distribución de las
gracias. La Virgen y Madre orante es la abogada,
no sólo de Adán y Eva, "la restauración de la caída de Adán, el secado de
las lágrimas de Eva" (himno acatisto), sino también de todos los hombres y
todas las mujeres de todos los tiempos, en el esplendor de su Asunción, y en el
marco de todas las liturgias de todos los tiempos hasta el regreso de Cristo y
su propia parusía maternal.
Aquí estamos
interesados en un dogma que no está aún definido, pero que podría estarlo; esta
intercesión no podría afirmarse como lo ha sido si no hubiese sido revelada divinamente
y contenida, al menos implícitamente [48] ya sea en la Escritura o en la
Tradición Apostólica, o en ambas; un dogma no definido, sin embargo, puesto que
su afirmación no va más allá del nivel del magisterio ordinario y universal
para llegar al del magisterio extraordinario.
En efecto, al afirmar la necesidad de recurrir a la intercesión de
María, el Segundo Concilio de Nicea no proclamó la invariabilidad y la
universalidad de esta intercesión perpetua para todos los hombres de todos los
tiempos.
De
hecho, esta intercesión de alcance universal es una misión íntimamente ligada a
la de una maternidad divina salvífica y orante.
Se debe a que María recibió la misión de engendrar, según la carne, al
Hijo de Dios para la salvación de todo el mundo y dio su consentimiento piadoso
(ya mencionado), que ella también recibió la misión de orar con él para que su
salvación pudiese ser aceptada por cada uno de los redimidos, y así que cada
uno pueda ser salvado eficazmente. Al ser
ella misma salvada por su maternidad respecto al Salvador, ella guarda a todos los
que recurren a su intercesión, mucho más que Timoteo pudo haber salvado a los
que a través de él oyeron la palabra de Cristo (cf. 1 Tim 2,15 y 4,16); pues,
mucho antes de la Encarnación y desde que su Inmaculada entró a este mundo pecador,
María, más que Pablo, intercede sin cesar para que todos los hombres se salven
y lleguen al conocimiento de la verdad, el Verbo (cf. 1 Tim 2,1-4).
Por
su énfasis en la constante y universal intercesión de María, las liturgias nos remontan
a sus otras afirmaciones, aún más claras y fuertes, en relación con el carácter
salvífico de la Maternidad de la Virgen María.
Un estudio comparativo de las diversas liturgias de la Anunciación, a
partir de los textos, sería indispensable en este momento. Sin embargo, incluso antes de emprender este
estudio, y en base a los puntos que hemos evocado aquí, podemos decir que hasta
el momento presente que: la doctrina litúrgica, según la cual María cooperó en
una manera única y privilegiada, como la nueva Eva, con el nuevo Adán, en la
regeneración espiritual de la raza humana, es de origen apostólico (cf. Gál.
4,4). Todos estos pensamientos se
resumen en esta frase de la liturgia armenia: "Madre de la salvación de la
raza humana", exaltando a la "abogada del mundo" [49].
Relación
entre los testimonios y la Tradición Divino-Apostólica
El
gran interés en el recurso a las liturgias y su afirmación de la maternidad
divina, virginidad y mediación universal de María, consiste en facilitar la
percepción del origen divino-apostólico de las verdades en cuestión. En
efecto, como el cardenal Newman agudamente observó, "en una cuestión de
doctrina, debemos recurrir a la gran fuente doctrinal, la Tradición Apostólica...
una tradición ininterrumpida desde los Apóstoles." Precisamente, la tradición litúrgica ha sido
ininterrumpida, nos remonta a los primeros siglos y a lo largo de ellos al
testimonio de los Padres que fueron los sucesores inmediatos de los Apóstoles:
Ireneo y Policarpo.
Newman
añade que hay tradiciones explícitas e implícitas. "Una tradición explícita en materia
doctrinal descansa en la letra de una proposición transmitida" [50]. Por ejemplo: la Tradición divino-apostólica
revela explícitamente que María es la Virgen Madre de Jesús que dio a luz
virginalmente al Salvador del mundo.
"Una tradición se encuentra implícita en la fuerza y virtud, no en
la letra de la proposición." Por
ejemplo: María es la siempre Virgen Madre de Dios el Salvador y ella intercede
por la salvación del mundo. Esta
proposición está implícitamente contenida en la proposición explícita anterior.
Podríamos profundizar
aún más en el razonamiento del cardenal británico mediante la observación de
que la presencia implícita de la cooperación privilegiada de María, Virgen y
Madre, en la obra de la salvación, en la Tradición apostólica debe ser
reconocida mucho más en la medid en que esta misma tradición afirma la libertad
humana: ella, a quien Lucas, discípulo de Pablo, declara: "llena de
gracia" estuvo totalmente libre en cuanto al pecado, y por lo tanto capaz
de aceptar con plenitud sin igual la alianza divina en nombre de la raza
humana. Para captar plenamente la
Tradición apostólica sobre María, no debemos separar Gál. 4,4 de Lc. 1-2: Ella,
de quien nació el Salvador, es precisamente esa única persona a quien la
Escritura reconoce como la única favorecida de Dios (kekaritôménè).
Para entender
correctamente el origen apostólico de la afirmación de la asociación
privilegiada de María con la obra de nuestra salvación, debemos también recordar
la importancia, para Pablo y para la primera generación de cristianos, de la
Tradición, la Paradosis (1 Cor. 15,3 – 8; 11,2): la proclamación, por los Apóstoles, del
Misterio de Cristo y de su acción presente; esta institución y tradición fundamental
se ocupa sólo de lo que la Iglesia siempre ha creído y practicado, sin excluir
un desarrollo, un pasaje a partir de lo implícito a lo explícito [51]; es perfectamente obvio que desde los tiempos
apostólicos la comunidad cristiana siempre ha proclamado el rol único y sin
precedentes de María en la venida de Cristo a este mundo; siempre ha
reconocido, en consecuencia, que es imposible separar la obra salvífica de
Cristo y el ejercicio de nuestras libertades, y sobre todo la de la Virgen, y
que el ejercicio salvífico de María de su libertad merece nuestra singular gratitud. Dicho
reconocimiento y gratitud fueron expresados no sólo en las palabras de los
sucesores de los Doce Apóstoles, sino también por medio de una oración
constante, pública y oficial de todas las comunidades que ellos han fundado.
La mención explícita
de María en la oración eucarística de todas las Misas de todos los ritos de la
Iglesia universal constituye un hecho doctrinal de la mayor importancia. La Iglesia nos asegura que la santísima
asociada del Hijo de Dios durante su vida terrenal es también su asociada
privilegiada en su vida eclesial, en su acto sacrificial y eucarístico. El milagro de la Transubstanciación, renovado
cada día, insinuado en Caná, aparece claramente como la razón y el despliegue
en el espacio y el tiempo del único milagro de la fecunda virginidad de María. A través de las liturgias, muchas de las
cuales se remontan a la época patrística, los Padres continúan dando testimonio
de esta verdad fundamental: María participó y continúa participando, de modo
único y privilegiado, en el sacrificio de la Redención. Ahora es oportuno preguntarse cómo pueden
ayudarnos hoy día a proyectar y desarrollar con mayor precisión esta misma
verdad.
Cómo presentar a
nuestra época el misterio de la corredención mariana en armonía con los Padres
de la Iglesia
Nos gustaría concluir
nuestro estudio estableciendo más precisamente, por medio de una serie de
anotaciones sintéticas, la dirección que tomaría una definición dogmática eventual
de la misión privilegiada de María al servicio de la redención, si tuviésemos
que dejarnos guiar por las amplias líneas de fuerza del pensamiento patrístico.
A pesar de que esta
expresión ha sido utilizada a veces durante el período patrístico, evitaremos cuidadosamente
decir que María es redentora o redención.
¿Por qué? El Cardenal Journet lo
dijo muy bien en 1950: Sólo la mediación de Cristo es redentora. Sólo ella es teándrica, sólo infinita
estrictamente hablando, sólo merecedora en justicia de condigno la salvación de
toda la raza humana. La mediación de los
cristianos y de la Iglesia sólo puede ser corredentora". Lo mismo ocurre, pero en un grado superior, con
la mediación de la Virgen: ella obtiene para todos los hombres las gracias
derivadas del único Redentor y Mediador, Cristo. "La Virgen es Corredentora para la
fundación de la Iglesia" [52].
Muchos teólogos
contemporáneos dicen adecuadamente: "No tenemos un corredentor y una corredentora,
sino un Redentor y una corredentora" [53].
Esta corredentora ella misma ha
sido redimida y salvada por su Hijo: "A través de la persona de Jesucristo
la abundancia de la gracia y el don de la justificación causó que todo el
mundo" ---pero sobre todo María--- "fuese hecho justo",
"por la obediencia de uno solo todos (y sobre todo María) serán
constituidos justos" (Rm. 5:18-19).
Entonces
sería adecuado decir que María es Corredentora en la medida en que es
pre-redimida, de una más sublime redención, ella fue corredimida para
convertirse en corredentora, de una manera privilegiada en ambos casos.
Es por toda su vida meritoria,
desde su primer hasta su último acto libre de su vida terrena, que María,
actuando siempre con la gracia del Espíritu Santo, participa en el Sacrificio
de la Redención, especialmente por su matrimonio virginal y su virginidad
perpetua. Siempre y en todas partes que ella es la Virgen asociada a la misión
del único Redentor, de una manera única.
Esta
asociación no puede ni debe ser expresada solamente por medio del término corredentora,
sino también por una serie de otras palabras: por ejemplo, mediante la adopción
y actualización de una expresión paulina, podemos decir que María es
colaboradora de Dios, colaboradora de la Palabra encarnada, la asociada y (en
un sentido muy real) la Esposa del Redentor (lenguaje ya utilizado por los
Padres). Por su misión única, María
trasciende a todos los demás corredentores, tal como ella es trascendida por su
único Redentor y el nuestro, y en dependencia de él en su propia actividad como
corredentora.
María es corredentora,
no sólo de cada uno de los otros corredentores, sino también de la Iglesia que
es corredentora también. Por su
corredención ascendente, María hace suyo el sacrificio de su Hijo por nosotros;
por su corredención descendente Ella intercede por nosotros para que nos
alcancen los frutos de la Redención. Ella
los ha co-merecido para nosotros, según se pone de relieve en la liturgia de la
época patrística, y ella se une a la satisfacción de su Hijo, que expía
nuestros pecados; por lo que se ha convertido en la reparadora de la raza
humana.
Su constante
participación en la misión única del único Redentor está totalmente orientada
hacia la plena realización de su misión corredentora de la única y universal
Iglesia y de cada uno de sus miembros. María
es corredentora de modo que cada uno de nosotros, debido a sus méritos e
intercesión, transformemos nuestra vida en una ofrenda de nuestro estado de
vida (ya sea célibe o casado) y todas nuestras actividades a la gloria del
único Redentor. Es por ello que el Verbo eterno le comunica a
María una participación perpetua en su misión: en todas las etapas de su vida
consciente y voluntaria María ha sido, es, sigue siendo y será hasta el último
día de la historia la asociada preeminente del Salvador.
Psicológicamente
hablando, el término Corredentora evoca sobre todo, para la imaginación y la
sensibilidad de las masas cristianas, a la afligida María parada al pie de la
Cruz, sus lágrimas de compasión, en lugar del consentimiento que ya había dado
en la Anunciación a la Encarnación pascual de su único Hijo. Del mismo modo, el término Redentor nos remonta
sobre todo a la Cruz de Jesús. También
hemos visto que la presencia de María al pie de la Cruz es también objeto de
una serie de referencias litúrgicas y patrísticas durante el primer
milenio. Nada impediría a la Iglesia, en
una definición eventual, afirmar que la riqueza doctrinal del primer milenio,
en su contemplación de la Anunciación, no es menos presente en el Corazón
traspasado de María al pie de la Cruz.
La
contemplación agustiniana del misterio de la moralidad de María [54]
facilitaría una visión más profunda del aspecto corredentor de la presencia de
María al pie de la Cruz. Agustín nos
presenta a la Virgen “mortalis, moritura, moriens” [55]: mortal, destinada a
morir, muriendo. Porque María es mortal
puede dar a Cristo una naturaleza capaz de morir. Mediadora de la mortalidad de Cristo, María,
de acuerdo con el razonamiento de Agustín, falleció a causa del pecado de Adán;
su muerte es un término medio entre la muerte del pecador Adán y la muerte
redentora de Cristo. La mortalidad santa y santificadora de María
constituye el alcance de la percepción en la que se inscribe la muerte
redentora de su Hijo, alejando la creación pecadora del poder del que San
Agustín llama el mediador de la muerte [56],
Satanás. Al ser una madre mortal, María transmite a
Cristo su mortalidad a fin de que Él pueda expiar el pecado de Adán; María es
mortal, de modo que el Hijo de Dios podría morir por todos los hombres y
especialmente por ella en vista de la abolición de la muerte. La realidad de la muerte de Jesús está
vinculada a su generación a través de María. San Agustín dice en términos
similares: "vera mater vere mortua, vera caro et vera mors Filii, vera vulnera
verae liberationis nostrae".
Debido a su polémica
contra los maniqueos, San Agustín nos enseña mejor que nadie hasta qué punto la
muerte redentora del Hijo está ya inscrita en la carne de su concepción y de su
nacimiento de María: "la madre de su humanidad, ella es la madre de la
debilidad que asumió por nosotros" (mater humanitatis, mater infirmitatis)
[57]. Así él capta lo que luego expresó
Éfeso: la maternidad divina es maternidad según la carne, que vincula a la
humanidad a Dios mediante la vinculación de Dios a la debilidad asumida
voluntariamente por el Todopoderoso. Una
palabra brillante resume el pensamiento del obispo de Hipona: Dios se vistió de
muerte en la virginidad de María ("se induit morte in virginitate matrix”)
[58].
En términos agustinianos
(enraizados en el pensamiento del Apóstol: Rom 8,29), la muerte predestinada de
María se asocia a la muerte de su predestinador y Salvador, su Hijo. La Virgen María preparándose para morir, sobre
todo a los pies de la Cruz, creyó que su hijo la salvó con su propia muerte.
Toda la vida de María
es un sacrificio ofrecido a Cristo por toda la humanidad. A los pies de la Cruz, en unión con la muerte
amorosa de su único Hijo, María ofrece, de antemano, su muerte futura que será
el resultado de la contemplación permanente de la muerte de Jesús en la Cruz [59]. Esta ofrenda de su muerte futura, en
dependencia sobre el sacrificio de su Hijo, en una ofrenda de amor ascendente, es
el punto supremo de la compasión activa y corredentora de la Virgen Madre y de
su participación en la redención objetiva de la raza humana. “Mors Mariae, in Christo et cum Christo, vita
mundi.”
Podríamos
sintetizar una teología agustiniana totalmente elaborada de la muerte corredentora
y sacrificial de María en estos términos: “Virgo mortalis, mortua ex Adam
(propter peccatum Adae) et moriens ex caritate propter delenda peccata aliorum,
ut nasceretur Ecclesia [60], sic fit mater
unitatis” [61].
En
otras palabras, debemos distinguir, pero no separar, el hecho histórico y el
misterio revelado de la muerte de María, el hecho físico y la ofrenda moral. Fue libremente que Cristo quiso asociar a su
Madre a la ofrenda de su propia muerte: al igual que el Señor quiso libremente
tener necesidad de María para nacer, Él no menos libremente quiso recibir el
consentimiento de ella para morir, y quiso que el consentimiento de María a su
muerte como único Redentor fuese inseparable de la inclusión, en Él, de una
aceptación de su muerte como Madre.
¿Cómo podía ella haber aceptado y ofrecido la muerte de su propio Hijo
sin querer morir con Él, como Él, por Él, y para completar en su propia muerte [62]
lo que "le faltaba a la muerte de su Hijo?" (Col. 1,23)? Y ¿cómo no podrían esta aceptación y ofrenda
ser el primero de todos los dones del Hijo?
Todo indica hasta
ahora, que una eventual definición de la corredención mariana inevitablemente reiniciará
en la Iglesia la consideración de la muerte moralmente anticipada de María en
la Cruz y el papel de esa misión de morir una muerte de amor en y para la
salvación del mundo.
Pero también hay
indicios de que esta misma eventualidad, al invitar a la Iglesia a establecer
el principio de asociación libre y moral (en ambos lados) de la Madre de Jesús
con su Hijo en la obra de la salvación universal, sería considerada –aquí también
con los Padres de la Iglesia--- dentro del principio fundamental de la total
dependencia de la criatura María en su Hijo Creador (DS 536). En
este sentido, todas las corredenciones serán sólo “subredenciones”, incluyendo
el caso de María. Madre y Asociada del
Redentor, María no deja de ser su esclava, su adoradora que se une a Su Hijo
para adorar, en Espíritu y en Verdad, el designio del Padre: redimir a la raza
humana hasta el punto de vincular a cada ser humano a la redención de los
demás.
Sin embargo, la
analogía entre las misiones corredentoras de cada ser humano, de la Iglesia y
de la Virgen Madre de Dios, no es la única.
Al contemplar el misterio de la Santísima Trinidad nos vemos obligados a
reconocer la suprema y muy diferente actividad corredentora de cada una de las
tres Personas divinas.
La tradición de los
Padres no lo ignoraron. Reconoció que la
actividad de las tres Personas divinas en el mundo es una actividad única y
común causada por su naturaleza única. Cada uno de los tres es el Creador, los
tres son co-creadores, y sin embargo están juntos, como un solo Creador. Del mismo modo los tres Corredentores Divinos
no son sino un solo Dios Redentor: El Padre es el Redentor no engendrado, el
Hijo es el Redentor engendrado y el Espíritu el Redentor espirado. Tales fórmulas [63] se basan en los análisis
profundos de San Agustín (cf. De Trinitate, V.10.11). El símbolo de Atanasio (en realidad
occidental) habla de tres personas y co-iguales y co-eternas: el autor del
texto no habría visto ninguna razón para retractarse de la expresión de los tres
corredentores increados, un solo Creador (cf. DS 21).
Es
importante hacer hincapié en el hecho de que María es una corredentora creada,
finita, dependiente, cuya actividad es una participación en la corredención
trinitaria, lo que significa que ella es profundamente distinta a ella. Toda la Trinidad le inspira a María sus
lágrimas por el pecado del mundo y su consentimiento [64] creado por la
iniciativa redentora trascendente que es la Trinidad misma. María es creada sin cesar en vista de la
redención universal, por el Padre Redentor no engendrado, por el Verbo Redentor
engendrado a quien el Padre le comunica constantemente la voluntad de salvar al
mundo, y por la procesión del Espíritu Redentor. La Trinidad hace de María una participante en
su voluntad salvífica y redentora. Padre,
Hijo y Espíritu Santo son los tres corredentores infinitos que hacen de María
una corredentora creada y finita. El Espíritu
Redentor, vínculo eterno entre el Redentor no engendrado y el Redentor
engendrado, reúne todas las actividades corredentoras de los cristianos, de la
Iglesia y de la Madre del Hijo único, para gloria del único Padre. Al totalizar y unificar todas estas
actividades, él hace de ellas, en cierto sentido, una única redención total,
idéntica al Cristo total, cabeza y miembros, que Agustín celebra.
La
iniciativa de la redención reconciliadora viene del Padre (2 Cor. 5,18); la
voluntad común y única del Padre y el Hijo es la causa del rol reconciliador de
María; Jesús y María, por la voluntad del Padre y por los dones que recibieron
de Él, nos obtienen el don del Espíritu reconciliador, de acuerdo a las
palabras de Odo de Morimon, cisterciense (1116-1161), "el Espíritu, que en
Nazaret le permite a María concebir al Hijo, la llena de fuerza en el Calvario,
y en el cielo forma el vínculo que la une a su Hijo,” de modo que el Espíritu
le inspira las oraciones que le dirige a su Hijo (y por Él al Padre). La devoción a María reconciliadora y corredentora
nos lleva por el Espíritu al Hijo y al Padre [65].
Seamos más precisos
todavía. María Corredentora nos conduce
a Cristo, Redentor y al mismo tiempo corredentor: Redentor en la medida en que
Él es el Verbo encarnado, que ofrece al Padre su sangre como precio de nuestra
redención (Mc. 10,45); corredentor en la medida en que Él es la Palabra, con el
Padre y el Espíritu igual corredentores, ya que los tres juntos inspiran al
corazón del Cordero esta ofrenda. Pero
María recibe de los Tres Divinos Corredentores, a través de la mediación de
Jesús el Hombre, el rescate por todos (1 Timoteo 2,2-4), la posibilidad misma y
la voluntad de ser asociada al sacrificio redentor.
En cada Misa, María
renueva la ofrenda de su compasión corredentora, sus méritos y satisfacciones
como Madre de Dios, primera asociada en el misterio de la Redención. Así ella perpetúa su ofrenda y su estancia al
pie de la Cruz, para nuestra liberación total.
Sus méritos y
satisfacciones, su sacrificio como corredentora, son nuestros y, de hecho nos
pertenecen. Mucho más aún que los
cristianos del Imperio Romano durante los siglos de persecución, que se
acercaban a los confesores y mártires a tomar como propios sus méritos para ser
reconciliados con la Divina Misericordia, nos corresponde acercarnos a la Madre
de los Dolores y aceptar con gratitud los dones que ella nos ofrece sin cesar
de sus propios méritos y satisfacciones como corredentora, creada, única y
privilegiada, de modo que podamos ejercer plenamente nuestra misión y vocación
de corredentores al servicio del único Redentor y de la Trinidad
Redentora. Los méritos de María son, de
hecho, después de los méritos de Cristo y en dependencia de los de Él, la parte
principal del tesoro de la Iglesia.
Debido
a la Virgen María, Mediadora de nuestra vocación como corredentores, somos
capaces de hacer justicia plenamente justicia y una justicia amante a Dios el
Salvador, a favor de las almas en el Purgatorio y la conversión de un mundo
secularizado.
Ampliando el
pensamiento patrístico, con el mismo cuidado en la contemplación de la justicia
y misericordia del Creador, San Buenaventura parece ser el Doctor que, en el
pasado, ha presentado mejor el misterio de la corredención mariana, de un modo
muy adaptado a una visión equilibrada de toda la Revelación y a las necesidades
conocidas de nuestro tiempo y a las necesidades previstas de la futura
Iglesia. En conclusión, le citaremos
por extenso: También será una manera de sintetizar numerosos elementos evocados
hasta ahora.
“A partir de esta
Virgen”, dice el doctor seráfico, “sale el precio que nos permite obtener el
Reino de los cielos. Él es de ella, se
extrae de ella, pagado y poseído por ella.
Tomado de ella en la Encarnación, pagó por ella en la redención de la
raza humana, y poseído por ella en la gloria del cielo. Este precio, que pagó por ella como la mujer
fuerte y dedicada cuando Cristo sufría en la Cruz... le placía a la Virgen que
el precio extraído de su vientre se ofreciese en la Cruz por nosotros. Nadie, excepto Cristo, puede brindar a Dios
el honor que se le quitó. Pero la Virgen
participó en este acto de reparación, al consentir como madre que Cristo se
ofreciese como rescate” [66].
El
sacrificio de María tiene valor sólo al pasar por las manos de Cristo. Ella, por sí misma, no puede merecer en justicia la salvación de
la humanidad. Pero sería poco decir que
ella merece su salvación por mérito congruente, ella se la merece como lo exige
su dignidad (de Madre de Dios), por un título de excelencia: meritan digna
[67].
Como
madre del Redentor, María es la corredentora, privilegiada entre todos los
corredentores, para la gloria del único Redentor y, en Él, de los
corredentores, el Padre y el Espíritu.
NOTAS:
[1] Vea
B. de Margerie, Eph.Mariologicae, Madrid, 1975, págs. 51-96 y 245
(siglum = EM) "La doctrine de la Maternité spirituelle de Marie et les liturgies
de l'Eglise Catholique"; también del mismo autor "l'Eglise peut-elle définir
dogmatiquement la Maternité spirituelle de Marie? Objections et réponses", Marianum 43 (1981) 394-418; por
el mismo: Le Coeur de Marie, Coeur de l'Eglise, Téqui, París, 1993 2 (publicado por primera vez en forma de artículo);
también por el mismo autor: Le mystère de la mort de Marie dans l'économie du salut, Marian Library
Studies, 9 (1977) 189-235; (siglum = MLS).
[2] B. de Margerie, Le Christ pour le monde,
ch.XI: Le Christ Redempteur d'une Eglise corédemptrice, París, 1971; Vers la
Plénitude de la Communion, París, 1980,
págs.133-146.
[3] Th. Camelot, O.P., en su edición (SC 103)
de las cartas de San Ignacio de Antioquía, p.88.
[4] ibid;
cf. 1 Cor 2,7-8; Rom. 16,25; Ef. 3,9-10; Col. 1,26.
[5] ibid.
[6] Así es como J. Rivière traduce el texto
de Ignacio de Antioquía, en su artículo sobre "Le dogme de l'économie
rédemptrice d'après Saint Ignace d'Antioche", Revue des Sc. Religieuses
3 (1922) 13-25.
[7] O.Perler, notas sobre Melitón, Sur la
Pâque, SC 123, p.176; Sin duda Melitón está pensando en los textos del Antiguo
Testamento sobre la cordera: Lev. 5,6; Núm. 6,14; 7,17. Cada uno de estos textos trata sobre una
cordera ofrecida en sacrificio. Por lo
tanto, es cierto que al cualificar a María como la cordera, Melitón denotó su
participación en el sacrificio del Cordero de Dios: cf. L.Legrand (La Virginité dans la Bible, París,
1964), quien confirma esta exégesis.
[8] Cf. AH III, 16,2 "de la Virgen ha
nacido el Hijo de Dios".
[9] De hecho, por un lado, el texto griego de
Lc. 1,38 utiliza un optativo de deseo (genoito); por otro lado, la tradición
católica ha visto en la respuesta de María al Ángel no sólo una decisión, sino
también un deseo y una oración: “volo, opto, peto”: tal es el comentario de San
Roberto Belarmino en sus sermones del 28 de diciembre de 1572, 17 de diciembre
de 1600 y 14 de agosto de 1599 (cf. B. de Margerie, La mariologie
"existentielle" de Saint Robert Bellarmin, Marianum, 26, 1964, 344-389 especialmente
págs. 356 y 370-372.
[10] Vea J.M.Bover, S.J., Teologia de S. Pablo,
BAC, Madrid, 1952, págs. 443-444 y 502-503; cf. págs. 515 ss:
"Interpretación de San Ireneo".
[11] Al mismo efecto vea varios autores (Cartmell
y L.Leloir) menciondos por J. B. Carol,
De Corredemptione B.V.Mariae, Vatican, 1950, págs. 148-149.
[12] Cf. R.Laurentin, Le titre de Corédemptrice,
Etude historique, Marianum, 13 (1951)
págs. 422-423.
[13] San
Cirilo de Alejandría, MG 77, 992 y 1033.
[14] E. Druwé, S.J., La Médiation Universelle de
Marie, Maria, t.I, Paris, 1949, p. 483;
cf. San Ambrosio, De Incarnationis Dominicae Sacramento, VI, 53-54: "Él ha recibido de nosotros
lo que iba a ofrecer por nosotros de modo que nos redimiera de nosotros”; para
Ambrosio ex te ("el hijo nacido de ti será santo y será llamado Hijo de
Dios": Lc. 1,35) anunciado a María por el Ángel es equivalente a un “ex
nobis” y por lo tanto, para él María reprsenta a toda la humanidad. (ibid.,
p.485).
[15] Cf. mi libro sobre la muerte de María (mencionado
en la nota 2) págs. 191-208
especialmente p. 204.
[16] San Ambrosio, Epist.63, 109-110; ML 16,
1218.
[17] San Ambrosio, De paenitentia, I.15.80; ML
16,490.
[18]
O.Semmelroth, Marie, archétype de l'Eglise, París, 1965, p.79.
[19]
J. H. Newman, Carta a Pusey en ocasión de su Irenikon, Dificultades de los
Anglicanos, II, págs. 42 y 43, Londres, 1900.
[20] San Efrén, Sermón III.
[21] San Efrén, Hymnes sur la Nativité, XVI, 10;
CSCO, 186, 83-86.
[22] Ireneo, AH V.17.3 y Démonstration de la
Prédication Apostolique, 33- 34. También vea AH III, 18,2. Según escribe E.Druwé:
"para Ireneo la redención de la raza humana comienza en la
Encarnación… Es virtualmente allí,
totalmente, porque la Encarnación está dirigida intrínsecamente al sacrificio
de la Cruz, el cual es su consumación.” (María,
París, 1949, t.I p. 464).
[23] Gregorio de Nisa, Sermón (de acuerdo a F. Mateo-Seco,
probablemente es auténtico) para la Natividad de Cristo, MG 46, 1148 A,B.
[24] F.Mateo-Seco, Estudios Marianus, 50 (1985)
61-63.
[25] San Juan Crisóstomo, Homilía para la Pascua,
MG 52,768.
[26] Proclo de Constantinopla, Homilía I,
Alabanza a María, Madre de Dios, MG, 65, 687-690; es apropiado colocar una vez
más la declaración mencionada en la homilía, como muy bien lo hace Roberto
Caro, S.J., Proclo de Constantinopla, Marianum 29 (1967), 380-395; manifestado
en el contexto del Concilio de Éfeso, apuntaba directamente a Nestorio, la
homilía de Proclo presenta el misterio de la Encarnación: “El que nació de María es Dios y hombre, y
fue en el vientre de María que el Verbo se convirtió en Pontífice y Sacerdote,
de modo que pudiese interceder por nuestra salvación”; Proclo estaba tomando
posición contra la enseñanza explícita de Nestorio, dada anteriormente (cf.A.
d'Alès, Maria, t.VI, París, 1961, págs. 261-263). A fin de poder captar el pleno significado de la
declaración citada arriba, uno debe leer la tercera parte de la homilía I de
Proclo (MG 65,685 B-689 D). Proclo es más preciso en la homilía (MG 65,712 A
7-8) que exalta la obediencia reparadora de María en el misterio de la
Encarnación: cf. Caro, loc.cit., p.428.
[27] R. Caro, op.cit., p. 415.
[28] R. Caro, ibid., pp.84-85, comentando sobre
la homilía 39 sobre la Anunciación por Basilio de Seleucia (MG 85,425-452); su
autenticidad ha sido disputada desde varias partes; Caro examina el asunto en
detalle y concluye a favor de su autenticidad (ibid.,64-82).
[29] Newman (vea nota 20) p. 66; el autor se
refiere a la homilía 39 de Basilio de Seleucia, MG 85,442 C y 444 A 14, B 1.
[30] Basilio de Seleucia, homilía 39, MG 85,
448-449.
[31] R. Caro, op. cit., p.85.
[32] Nótese que San Andrés de Creta usó un
sustantivo (anaklèsis) de la misma familia que palabras que el verbo utilizado
por Basilio (anaklinein): cf. texto mencionado en la nota 28.
[33] Mi obra en E M se vuelve a utilizar aquí en
un orden diferente: vea págs. 222 ss. (vea
la nota 2).
[34] Ibid., p. 84, § 46. Cf.H. du Manoir, Maria,
t. VII París, 1961, 159-162.
[35] EM, pp.86 ss, § 49; Ildefonso, bajo el
nombre de Daqseyos, es muy honrado en Etiopía (EM, n. 128, cf. Maria, t.I, p. 385).
[36] EM pp.78
ss, § 40. El
actual arzobispo de Addis Ababa, Cardenal P.Tzadua, publicó una Misa mariana en
italiano y etíope: Marianum 1954,
367-373.
[37] ibid.,
págs. 80-84, § 43; cf. Nollet, Maria,
t.I págs. 371 ss.
[38] J. Ledit, Marie dans la Liturgie Byzantine,
París, 1976, 363 págs. Vea particularmente las págs. 274 y 285.
[39] C. Dumont, O.P., Supplément
de la Vie Spirituelle, 1939; EM, § 35, págs. 74 ss.
[40] S. Boulgakov, Orthodoxie, París, 1932, p.67;
EM,§ 39 p.78.
[41] EM, págs.
208 ss. § 78 ss.
[42] J.
Jungmann, The place of Christian Liturgical Prayers, NY, 1965, p. 265.
[43] Cf. M. Jugie, Purgatoire chez les Nestoriens
et les Monophysites, DTC XIII -1(1936) 1355; el autor cita a Mansi 35, 1004; además,
podemos reconocer que esta oración a los santos originada en la oración por los
difuntos de las Iglesias locales durante
un período ciertas Iglesias todavía oraban por las almas de los difuntos sin
distinción, sin poner aparte a los que ya habían alcanzado la visión de Dios y
sin encomendarse ellos mismos a su intercesión; el Padre Séjorné señaló (DTC
XIV. 1, 1939, col.) que el libro “Constituciones Apostólicas” ora por los
mártires y por los justos sin invocar a los santos mismos. La oración a los
santos podría ser un rastro dejado permanentemente en la liturgia por un estado
de cosas todavía vacilante respecto a la escatología intermedia en los siglos III
y IV. Sin embargo, la subsistencia y resistencia de esta oración presentan un
profundo significado, que hemos tratado de analizar, y que aún perdura. Para
más información sobre este tema, vea el estudio del obispo ortodoxo, monseñor
Jorge Wagner, "La commémoraison des saints dans la prière
eucharistique", Irenikon 45 (1972) que incluye una bibliografía.
[44] Sobre el tema de la oración a María, vea EM
§ 88, p. 215, que amplia el texto indicado arriba (en nota 9).
[45] L. Bouyer, Pidad Litúrgica, Notre Dame
Press, USA, 1955, p.225.
[46] Testimonio respecto a Dom Capelle, en
"Le Saint-Siège et le mouvement
liturgique", Lovaina, 1936, p. 22; vea también Dom Frénaud, Portée
doctrinale de la Liturgie mariale, Cahiers Marials, 2, 1958, págs. 306-307; y
H. I. Dalmais, La Liturgie et le depôt de la foi, en L'Eglise en prière, París, 19653; págs. 228-231,
incluye una bibliografía.
[47] Cf. J.
Galot, Maria, t.VI, p.256.
[48] Cf. Lucas
1-2, Rv 12; Galot, Maria, t.VI, págs. 531 ss.
[49] Vea Vartan Tekeyan, María , t.I,París, 1949,
p. 359.
[50] Newman, Carta
a Pusey, en 1864, Difficulties of Anglicans, vol.II, Londres, 1900, págs.
137-139.
[51] Juan Pablo II, Carta “Duodecimum Saeculum” de
4 de diciembre de 1987, para el aniversario número 1200 del Segundo Concilio de
Nicea.
[52] C. Cardenal Journet, Nova et vetera, 25
(1950) 19-96,en particular 53-59; del mismo autor, L'Eglise du Verbe Incarné,
Brujas, 1951, t.III, págs. 323-329, especialmente p. 411; sin embargo, pudimos demostrar
que las palabras "el único que merece en justicia de condigno la salvación
de todos los hombres" no excluye, si entendemos por mérito una fuente de
mérito radical de un mérito análogo en María, la participación de la Virgen en
esta actividad meritoria de Cristo respecto a la redención objetiva, en la
medida en que ella es la Madre de Dios, el Salvador. Me parece que esto es lo
que resulta de la enseñanza del Papa Pablo VI en “Signum Magnum” en 1967: vea
mi artículo sobre la posibilidad de la definición dogmática de la maternidad
espiritual (Marianum 1981, págs. 399 a 402). Más que cualquier otra criatura,
María, al ofrecer la muerte de su Hijo, se apropió para sí el mérito de
condigno de la actividad redentora y así participó en ella sin añadirle nada.
[53] Cf. C. Dillenschneider, Marie au service de
notre Rédemption, Haguenau, 1947, págs. 365-368.
[54] MLS, 208-227.
[55] Agustín, Contra Julianum 15,54 (Mortalis); en
Jo Ev., tr. 8,9 (Moritura); De catechizandis rudibus, 22,40 (Moriens).
[56] Agustín, Enarr. en Ps 34, 13; MLS 209-210.
[57] MLS 217; cf. Agustín en Jo Ev. tr. 8,10; y
8,9.
[58] Agustín, Enarr. en Ps. 148, 8.
[59] Cf. San Francisco de Sales, Sermón en 1602 para
la Asunción, Oeuvres, t.VII, 443-451; y E. Sauras, O.P., Estudios Marianos IX, 1950, 109-212; del
mismo autor, La Asuncion, Valencia, 1950, págs. 262-264.
[60] Agustín, De Sancta Virginitate, 6; vea en
detalle el comentario sobre este pasaje en I.M.Dietz, Maria et Ecclesia, t.III,
201-239, Roma, 1959.
[61] Agustín, Sermo
192,2,2.
[62] Cf. Ambrosio,
De institutione Virginis VII, 49; MLS, 190 ss.
[63] Vea sus fuentes en Santo tomás de Aquino en B.
de Margerie, La Trinité Chrétienne dans l'histoire, París,
1975, p. 256 (Summ. Theo., I.34.3; 45.6.2).
[64] Santo Tomás de Aquino, Summa Theo., III.
30.1.
[65] Cf. J. Stern, Marie dans le mystère de notre
réconciliation, Nouvelle Revue
Théologique 97, 1975, págs. 3-23 y especialmente pags. 22-23.
[66] San Buenaventura, De septem donis Spiritu
Sancti, VI, 5 y 15-17; Opera omnia, Quaracci, t.V, págs. 484 ss; Trad por E.Druwé, Maria, t.I, págs. 514-515.
[67] San Buenaventura, Sent.III, d.4, a.2, q.2;
3,107; cf. San Juan de Dios, O.F.M., Cap, Maria, t.II, París, 1952, p. 0.
Traducido
del inglés por Luz María Hernández Medina.