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Es,
por tanto, justo y necesario repetir con los santos: DE MARIA
NUNQUAM SATIS: maría no ha sido aún alabada, ensalzada, honrada y
servida como se debe. Merece aún mejores alabanzas, respeto, amor y
servicio.
Debemos decir también con el Espíritu Santo: Toda la gloria de la
Hija del rey está en su interior (Sal. 45, 14). Como si toda la
gloria exterior que el cielo y la tierra le rinden a porfía, fuera
nada en comparación con la que recibe interiormente de su Creador y
que es desconocida a criaturas insignificantes, incapaces de
penetrar el secreto de los secretos del Rey.
Debemos también exclamar con el Apóstol: El ojo no ha visto, el oído
no ha oído, a nadie se le ocurrió pensar... (1 Cor. 2, 9) las
bellezas, grandezas y excelencias de María, milagro de los milagros
de la gracia, de la naturaleza y de la gloria. “Si quieres
comprender a la Madre –dice un santo– trata de comprender al Hijo.
Pues Ella es digna Madre de Dios”.
¡Enmudezca aquí toda lengua!
San Luis María
Grignion de Montfort |