En el mismo día de la Purificación, se os incitó a meditar este misterio, pero me parece que podemos hacerlo de nuevo. Entonces se os habló de la humildad de María y también podría verse en la purificación la fiesta de la luz, mostrar la relación que la Iglesia ha querido establecer entre las palabras de Simeón y la bendición del fuego.
Hoy queremos recordar un misterio más profundo y ver en la Purificación la fiesta del sacerdocio de la Santísima Virgen.
Consideremos en primer lugar lo que sabemos por la Escritura de las actitudes de María en aquel día. Es una joven madre de dieciséis años apenas; llega ante el templo, envuelta en sus velos, con los que cubre al Niño Jesús. San josé, su esposo y su guardián, la acompaña, llevando en una jaula las dos tórtolas y en una bolsa las cinco monedas de plata.
¡Ojalá podamos initar su recogimiento de entonces y adivinar sus pensamientos! Ante el atrio del templo entrega una tórtola al sacerdote, y este la rocía con el agua lustral. En seguida sube los escalones para ofrecer las cinco monedas de plata y la segunda tórtola. Al fin, entra en el templo y hela aquí en presencia del Padre, hacia el cual tiende a su Hijo - el Hijo de Dios y su Hijo -. Y sabe que en este pequeño ser toda la Humanidad está contenida: todos los esfuerzos, todos los sufrimientos y todas las alegrías de los critianos están ya en el corazón de Jesús, y María ofrece al Padre todos los hijos que van a ser suyos. Piensa en ello sin duda; sabe que su gesto tiene un valor, un alcance infinito. En este instante ya nos amaba con su corazón virginal, nos ofrecía al Padre.
En verdad, toda nuestra vida debe consistir en prepararnos para ser ofrecidos así. Todas nuestras acciones y nuestros pensamientos deben ser tales que la Santísima Virgen pueda presentarlos a Dios.
La primera condición para llegar a esta ofrenda sublime es, por consiguiente, llevar una vida pura y recta. Para nosotros, cartujos, la rectitud está evidentemente en el camino trazado por la regla. Es una gran ventaja llevar una vida tan simple como la nuestra, donde no hay lugar para esas dificultades, intregas, ambiciones que turban el corazón de las gentes del mundo. Nuestra vida es como el pan ácimo, puro y blanco, que el sacerdote va a consagrar. Un cartujo que simplemente cumple con su deber está ya pronto para esta ofrenda y esta consagración.
La segunda condición es la soledad del corazón. Nuestro corazón es un templo más grande que el de Jesrusalén. En este templo hemos de estar solos con Dios y la Santísima Virgen, porque ésta no turba la soledad con Dios, sino la asegura. En él ha de reinar un gran silencio y una gran calma: nada de ruido; sobre todo, ninguna discución. Si estamos descontentos de nuestros superiores y de nuestros hermanos, si los jugamos y si nos ocupamos interiormente en quejarnos, en comparar las situaciones y los hombres, entonces el templo de nuestro coraón no está tranquilo; no puede tener lugar la ofrenda de lo que hacemos y de lo que somos. Nada tampoco de curiosidad ni de impaciencia. No sólo no ha de ocupar nuestro corazón el cuidado de los otros, sino que ni siquiera ha de ocuparlo el cuidado de nosotros mismos. Claro está que debemos arrepentirnos de nuestros pecados y, sobre todo, hacer lo posible por ser cada día mejores; pero el pensamiento de nuestras imperfecciones no debe, de ningún modo, preocuparnos. En Dios es en quien debemos pensar, y no en nosotros mismos. felicitarnos de ser esto, inquietarnos por ser aquello; mientras tales cosas nos ocupen, María no puede ejercer en nosotros su sacerdocio virginal.
La soledad del corazón comprendida así está próxima al abandono, tercera condición para que el alma se convierta en ofrenda agradable a Dios en manos de María. Hemos de hacerle entrega de nuestros cuidados, remitirnos a ella para todo, llegar a la despreocupación del niño. El Evangelio nos invita a ello con tanta fuerza, que hace parecer tímidas en esto todas las palabras humanas. No os acongojéis por el cuidado del día de mañana - dice Nuestro Señor (Mt 6,4) -, ni de vuestros alimentos, ni de vuestros vestidos, ni de vuestra salud (Mt 5,28 y 31; Lc 12,22). Sed como los pájaros y las flores que están abandonados al solo cuidado de Dios y que Este conduce a la perfección (Mt 6,28). No volváis tampoco la vista atrás, no perdáis el tiempo en considerar vuestros actos pasados (Lc 9,62). Que vuestra mano derecha ignore lo que hace vuestra izquierda (Mt 6,3). En fin: San Pedro, en el capítulo 5 de su primera epístola, resume esta enseñana en una orden: "Descargad en Dios todas vuestras solicitudes", y el verbo del cual se sirve es aquel que designa propiamente la acción de arrojar al mar lo que estorba a un navío amenazado de naufragio.
Pongámonos, con los ojos cerrados, en manos de la Santísima Virgen, para que Ella cuide de nosotros y nos ofrezca a Dios. ¿Que tenemos gozo y dulzura espirituales?, cerremos los ojos, conduzcámonos como si lo ignorásemos; ¿que estamos tristes y abandonados?, cerrémoslos también y sepamos entregarnos. No nos preguntemos si se nos aprecia; eso no le importa al alma que tiene los ojos lúcidamente cerrados; no hagamos juicio alguno sobre la perfección o imperfección de nuestros hermanos: cosa es ésta tambien que haremos mejor en dejar a María.
¡Oh hermanos míos, puedo aseguraros que a aquel que se abandona de esta suerte, la Santísima Virgen no tarda en tomarlo en sus brazos, en elevarlo hacia el Padre! Todo el arte de pasar de este mundo a Dios consiste en saber cerrar los ojos y confiar su conducta a María.
Por otra parte, no hay que creer que el abandono se opone a la generosidad. Aquél que se abandona sinceramente es dócil a las inspiraciones de la gracia. Posee lo que el abad de San Cyran llama la flexibilidad entre las manos de Dios: es un don de la infancia. El niño se deja conducir fácilmente por su madre. Las tres condiciones del sacrificio mariano que hemos enumerado: recogimiento, abandono, generosidad, van siempre unidas y son, en verdad, inseparables.
He aquí, por consiguiente, cómo debemos ser para prepararnos a ser ofrecidos por María en el templo: fieles, tranquilos, sencillos y confiados, ciegos como a quien ciega un exceso de luz. Entonces ella nos llevará. Cada una de nuestras acciones ofrecida al Padre por ella tendrá un valor infinito. Ya no hay cosas pequeñas para un alma que así se abandona: cortar el pan, pelar patatas, barrer escaleras, entonar un cántico, toso es inmenso, puesto que está en manos de María. podemos decir tambien, sin contradecirnos, que para un alma que se abandona, ya no hay cosas grandes: lo que parece una montaña, obstáculo enorme a quien se guía por sí mismo y está pendiente de sí, es cosa insignificante para el alma que se abandona. ¡Que no se me estima, que conocen que soy un pobre hombre o me toman por infame! Al hombre que se pertenece, todo esto le trastorna. ¿Qué hacer para justificarse? Un nuevo celo de justicia y de vberdad - o de mentira - lo trabaja miserablemente al recibir semejante noticia. no es un negocio: mantiene los ojos cerrados, y con la mano en la de su madre se deja conducir adonde le plazca. Como, por otra parte, pronto nos levanta en sus brazos, ya no vemos lo que tan terrible parece a los demás. Estamos, en verdad, entre dos fuegos. Ya conocéis esta expresión, sacada del vocabulario militar, que designa la situacuón de un ejército atacado a la vez de frente y por detrás. pero, en nuestro caso, es el fuego del amor el que nos asedia por todos lados: ante nosotros el rostro del Padre, la Santísima Trinidad que nos espera, y detrás, el amor virginal de María que nos ofrece a Dios. La vida espiritual consiste precisamente en dejarse conducir, levantar y transportar por esas manos maternales para ser presentados al Altísimo.
¡Que dulce es sentirse abandonado en manos puras! ¡Que cierto se está de no extraviarse, qué seguridad da esta pureza misma! Y estas manos tienen también el poder de purificarnos. Ya se rpopuso esta interpretación de la solemnidad cuya octava celebramos: es la fiesta de la purificación de la Humanidad. María no tenía necesidad de purificarse, pero nosotros sí que lo necesitábamos todos para recibir a Jesús, la Luz del Padre. Sólo un cristal puro, en efecto, deja penetrar la claridad. Así maría fue al templo, no por ella misma, sino en nuestro lugar, en nuestro nombre, para comunicarnos su pureza virginal y que recibiésemos a Jesús. Por esto se vio a la Inmaculada arrodillarse humildemente en el atrio del templo; y el sacerdote que la rociaba conel agua lustral se asombraba, sin duda, de esta madre, casi una niña, cuyo rostro era más claro, más puro que la aurora. Debió pararse, dudoso, adivinando quizá que esta agua no estaba destinada a maría, sino que recaía sobre la humanidad entera, prosternada en la sombra, sedienta de perdón.
Así ha querido María comunicarnos algo de su gracia y hacer que recaigan en nosotros las ondas de su Corazón Inmaculado.
En fin, nos eleva en sus brazos, y henos aquí cara a cara con el Padre. Nos mira sin cesar y nosotros a Él. Este estar cara a cara es la forma más alta de la vida interior; San Pablo definía así el cielo: "Ya no lo veremos - dice - en el espejo de las criaturas, sino cara a cara."
Cuando vivimos bajo su mirada, todo lo que hacemos se ilumina, todo se vuelve más claro y transparente. Tan pronto como nos viene un mal pensamiento, por ejemplo, de cólera, de rencor, de venganza, se extiende una sombra, ya no estamos bajo la mirada de Dios. La Escritura emplea frecuentemente esta expresión: Ambulavit coram Deo: Camino siempre bajo la mirada del Altísimo, para hacer sentir la claridad y la belleza de una vida verdaderamente ofrecida a Dios.
Pero nosotros también le miramos: nos revela su faz verdadera, que es la del amor. Ya no tenemos miedo, ya no tenemos que volver los ojos como lo hacíamos antes de que la Santísima Virgen nos hubiera purificado del temor y afirmado en la confianza. Miramos a Dios de frente. La mirada de Dios y la mirada del alma se cruzan y se funden en la Unidad eterna.