" La última palabra de nuestros labios será tu dulce nombre, Oh Reina del Rosario, Oh queridísima Madre" ( Beato Bartolo Longo )

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La Maternidad Divina de María

 

En el Magisterio de la Iglesia

 

Pidamos con María el don de la unidad

 

 Papa Juan Pablo II - (1920 - 2005)

Su Santidad Juan Pablo II ocupó el sillón de Pedro más de 26 años y 5 meses, el tercer pontificado más largo en los alrededor de 2.000 años de historia de la Iglesia Católica Romana.

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Durante el Angelus del domingo 17 de noviembre 1996

1. Durante los meses pasados, en los domingos mis reflexiones se han referido repetidamente a nuestros hermanos cristianos de Oriente. Al querer abarcar hoy con una sola mirada su rica tradición de fe, me complace referirme una vez más al sentido del misterio que manifiestan sus iconos. Oriente y Occidente se esfuerzan por poner el arte al servicio de la fe. Pero desde Oriente, donde hubo que defender con la sangre los iconos durante la crisis iconoclasta de los siglos VIII y IX, llega una particular invitación a conservar celosamente el carácter religioso especifico de este arte. Su fundamento es el misterio de la Encarnación, en el que Dios quiso asumir el rostro del hombre. En ultimo análisis, el arte sagrado procura expresar algo del misterio de ese rostro. Por eso Oriente insiste con fuerza en las cualidades espirituales que deben caracterizar al artista, a quien Simeón de Tesalónica, el gran defensor de la Tradición, dirige esta significativa exhortación: «Enseña con las palabras, escribe con las letras pinta con los colores, conforme a la Tradición; la pintura es verdadera, como la escritura de los libros; la gracia de Dios esta presente en ella, puesto que lo que se representa es santo» (Dialogo contra las herejías, 23: PG 155, 113). A través de la contemplación de los iconos, insertada en el conjunto de la vida litúrgica y eclesial, la comunidad cristiana esta llamada a crecer en su experiencia de Dios, transformándose cada vez más en un icono vivo de la comunión de vida entre las tres Personas divinas.
Hacia este objetivo quieren caminar Oriente y Occidente. Mirando hacia el próximo jubileo, he escrito en la carta apostó1ica Orientale lumen: «No podemos presentarnos ante Cristo, Señor de la historia, tan divididos como, por desgracia, nos hemos hallado durante el segundo milenio. Esas divisiones deben dar paso al acercamiento y a la concordia» (n. 4).

2. Mi misión como Obispo de Roma consiste en «buscar constantemente las vías que sirvan al mantenimiento de la unidad» (ib., 20). A nuestros hermanos ortodoxos, a los que me unen, también personalmente, particulares vínculos de afecto, quisiera manifestarles mi intenso deseo de recorrer juntos, con renovada confianza el camino de la unidad. Sé que también ellos sienten profundamente la misma necesidad. En la historia del segundo milenio no han faltado nobles esfuerzos en esta dirección, según la sensibilidad del tiempo. Pienso en la unidad restablecida en el concilio de Lyon, el año 1274, que dio grandes frutos para la conciencia cristiana, aunque por desgracia, su efecto no fue duradero. Otro momento de esperanza fue el compromiso de reconciliación que se asumió en el concilio de Florencia, el año 1439. Las uniones particulares que se llevaron a cabo más tarde fueron vistas, por lo general, con perspectivas diversas por Oriente y Occidente. Pero ha llegado la hora de acoger la voz del Espíritu, que hace resonar con nueva fuerza en nuestro corazón la invocación de Cristo: «Padre, que ellos también sean uno en nosotros» (cf. Jn 17, 21). Sin este testimonio de plena reconciliación las riquezas espirituales de la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente, no podrán brillar en todo su esplendor ante los ojos del hombre de hoy.

3. Encomendemos esta gran causa a la intercesión de la Madre de Dios. Pidámosle que implore, ante el trono de misericordia de su Hijo amado, esta gracia de las gracias, que es el don de la unidad. Cristo nos señaló el secreto de un testimonio eficaz, cuando dijo: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13, 35). Quiera Dios que brille este amor, testimoniado por discípulos que de nuevo sean plenamente, como la Iglesia primitiva de Jerusalén, «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4, 32).

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