uchos, en este mundo y en esta Argentina del comienzo del tercer
milenio, se entregan al servicio del poder, la lujuria, el dinero.
Y, desgraciadamente, terminan teniendo por “dioses” a esos ídolos de
barro y a otros tal vez más pequeños pero no menos tiranos, que
esclavizan no sólo a sus “fieles”, sino a los temerarios que no se
esfuerzan por apartarse, y también a los desprevenidos, que no han
atinado a hacerlo. Esos tres ídolos, con sus cortejos, dominan el
mundo con el común lenguaje de la mentira. Y ya sabemos quién es el
padre de todo engaño y mentira.
Nosotros, católicos, seguidores de Cristo y miembros de su Iglesia,
amantes fervorosos de una Patria cuyo sólo nombre nos llena el
corazón de gozo, fundada por Aquella a la que el Creador quiso
Inmaculada antes de todos los siglos, rechazamos terminantemente las
cadenas de esas idolatrías.
¿Quién es nuestro Dios? Nuestro Dios es el Dios Altísimo, Uno en
tres personas. La segunda de ellas se encarnó de María, Virgen
Perfecta y Perpetua, y se hizo nuestro Emmanuel, Dios con nosotros,
vivo y verdadero en el Sacrificio de la Misa, que se da a los suyos
como alimento “Mi cuerpo es verdadera comida, mi Sangre es verdadera
bebida…” y que se queda en medio de nosotros en los Sagrarios de
toda la tierra.
¿Quién es su dios? Es una pregunta que está, generalmente
inadvertida, en aquellos que nos observan y no tienen fe, porque no
les ha llegado, o la dejaron morir en su interior. Y nos miran
desconcertados. Si nos la formularan, nosotros deberíamos
contestarles: Nuestro Dios es el Soberano Rey del Universo, que
quiere tener su trono en nuestros corazones. Porque su Reino no es
de este mundo, su Reino es eterno, y comienza en nuestro interior:
Nuestro Dios es el Dios de los corazones.
Ese
Dios tuvo un triunfo sin precedentes en el Congreso Eucarístico más
grande y más fervoroso de la Historia de la Iglesia, que por
designio inmerecido se celebró en nuestra Patria, cuando las
multitudes le cantaban: “¡Dios de los corazones, sublime Redentor,
domina las naciones, y enséñales tu amor…!”
Ése
es el triunfo que quisieron y lograron nuestros mayores: el triunfo
del Dios, “enseñándoles su amor”. No querían un triunfo político, ni
económico, ni militar. Querían un triunfo del amor, del amor de
Cristo, del amor de Dios. Pero, cuando el fundamento de ese Reino
se olvidó, o se ocultó, fuimos sumidos en la división, el rencor, el
enfrentamiento.
Conocer lo que se vivió en Buenos Aires en octubre de 1934 y tratar
de volver a ese espíritu es el único remedio contra los males que
tratan de envenenar nuestros corazones. Espíritu que se resume en
pocas palabras: Buscar el Reino de Cristo en sus Mandamientos, en su
Evangelio. Aceptarlo, proclamarlo y amarlo como Rey, junto a su
Madre, a quien quiso Reina, siempre a su lado: Cristo es Dios del
amor y de la paz, ese amor que ya casi no conoce el mundo, esa paz
por la que clama sin alcanzarla, porque no tiene fuerza para
destruir las cadenas de los ídolos de barro.
María, la Virgen poderosa, puede, y lo hará: “Su Corazón Inmaculado
triunfará” –si obedecemos a sus pedidos- y nos llevara de la mano
hacia su Hijo Jesucristo, el Dios de los corazones.
El Himno Eucarístico de los argentinos
l Congreso Eucarístico de Buenos Aires tuvo su Himno propio,
oficial. Se trata de una composición hermosísima, que nos queda como
expresión imborrable de aquel acontecimiento de gracia.
Para su letra, el Comité Ejecutivo había abierto un concurso, en el
que podían intervenir todos los poetas de habla castellana, con
bases estudiadas de acuerdo al espíritu del Congreso. Su jurado lo
integraban cinco prestigiosos literatos argentinos: Gustavo Martínez
Zuviría, Juan B. Terán, Manuel Gálvez, Arturo Jiménez Pastor, y el
R.P. José María Blanco S.J. Actuaba en representación del Comité
Ejecutivo el entonces Pbro. Antonio Caggiano. Sin duda no era fácil
el cometido, más aún cuando el Congreso ya se vislumbraba como
grandioso.
El jurado recibió ciento ochenta proposiciones, que estudió
detenidamente, resolviendo por unanimidad elegir la poesía firmada
con el lema “Ignis”, que era el de la Señora Sara Montes de Oca de
Cárdenas.
Entonces se llamó a otro concurso para la música, eligiéndose la
composición presentada por el Maestro José Gil. El Himno se publicó
inmediatamente y se divulgó con rapidez, cantándose en todas las
ceremonias religiosas y peregrinaciones, en los colegios, hospitales
y asilos, en las audiciones radiales del Congreso. Todo el país lo
cantó suplicando por el Congreso.
Hermosísimo, pero, obra humana al fin, estaba incompleto. Faltaba en
él la Virgen, la Madre del Dios de los corazones. La autora lo
completó maravillosamente, y quedó para siempre como canto y
plegaria por excelencia de nuestra Nación.
Si Don Orione afirmaba reiteradamente que el Congreso fue un
verdadero milagro, podemos creer que todo lo importante que se
preparó para él, es parte de ese milagro. Y entre esas cosas está
este himno, que expresa la esencia eucarística y mariana de la
argentinidad
Hoy,
a 75 años del Congreso, recordamos con inmensa gratitud a Doña Sara
Montes de Oca de Cárdenas, alma de profunda fe y delicada piedad,
que supo evocar en él, con el raro encanto de sus estrofas, la
tradición que nos llega desde nuestros ancestros patrios, de modo
que aliente a no desfallecer en esa bendita tradición. No hemos
encontrado nada - ni cántico sagrado, ni página literaria que se
pueda comparar a las pinceladas de este cuadro que muestra nuestras
raíces, ésas que hoy es imperioso recordar.
Creemos firmemente que este himno le fue inspirado por la Virgen
nuestra Madre, para que permanezca como ayuda en los humanos
olvidos, y que se ha convertido, en verdad, como el Himno
Eucarístico de los argentinos, que recuerda y de alguna manera
prolonga la página más gloriosa de nuestra historia nacional, “el
Congreso Eucarístico del 34”.
Este libro lleva su nombre, para que ya desde su portada invite a
todos, comenzando por nuestros sacerdotes, a cantarlo con unción
cristiana: Para que en lo más profundo de nuestra alma se vivan “los
dos grandes amores de toda alma noble: Dios y Patria”, como gustó
expresarlo el Papa Pío XII, evocando el Congreso, y para que nadie
pueda destruir esa verdad manifestada en el editorial de La Nación
en su edición del día de su inicio: “La Patria y la religión están
siempre profundamente unidas en el corazón de este pueblo”
Entonémoslo como alabanza, acción de gracias, reparación y súplica
por esta Argentina noble, hoy tan atacada. Y hagámoslo en unión con
el Purísimo Corazón de nuestra Inmaculada Madre, quien, a su vez,
nos llevará a la Hostia Santa –Sacrificio, Comunión y Presencia-
para que de allí recibamos las luces de una sabiduría que no es de
este mundo, y que encontraremos solamente en el Divino Corazón
Eucarístico de Jesucristo. No lo dudamos, la Virgen se unirá a
nuestro canto:
Conocen tu nombre,
la urbe y el río,
la línea que es Pampa
y el germen que es
trigo...
y cálidas notas
de timbre argentino
saludan tu hechura
de Dios escondido.
Fe y patriotismo
l
XXXII Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires, fue
presidido por el Cardenal Eugenio Pacelli, Secretario de Estado del
Papa Pío XI, en carácter de Legado Papal a latere. Posteriormente,
el piadoso y prestigioso Cardenal llegó al Supremo Pontificado en
1939, con el nombre de Pío XII. Desde su visita a nuestro país, tuvo
amor de predilección por la Argentina y no dejó nunca de ponderar
el memorable Congreso. El mismo día de su clausura decía:
“El Congreso Eucarístico ha sido una cosa estupenda, indescriptible,
superior a cualquier expectativa, a toda imaginación. No tengo
bastantes palabras para expresar el consuelo de mi espíritu por
haber asistido a tan altos espectáculos de fe y de piedad, que
quedarán entre los hechos más hondamente grabados en mi memoria”
(Cardenal Pacelli,
La Nación, 15 de octubre de 1934, recuadro).
Diez años después, ya siendo Papa, en un mensaje al Congreso
Eucarístico Nacional celebrado en conmemoración de aquél, decía:
“Vuestro inolvidable Congreso, arrastrando a todo un pueblo fundido
en un solo afecto, ante un altar; haciendo hincar las rodillas,
movidos por un idéntico espíritu, a representantes de casi todo el
mundo, fue antes que nada eso: El triunfo mundial de Jesucristo, Rey
de la paz”. (Pío XII, Radiomensaje del 15 de octubre de 1944)
Los más ilustres visitantes expresaron conceptos muy similares:
El Patriarca de Lisboa, Cardenal Cerejeira, a quien llamaban “el
Cardenal de la Eucaristía”, expresó:
“El espectáculo dado por Buenos Aires en oportunidad del XXXII
Congreso Eucarístico Internacional, es maravilloso. Difícilmente
podría asistirse en Europa a uno semejante. De los numerosos actos a
los cuales he asistido fue la extraordinaria concentración nocturna
de hombres en la Plaza de Mayo el que más me impresionó. Por
instantes, escenas como las de las confesiones al aire libre, bajo
la sombra espesa de los árboles, traían a mi memoria los relatos de
la vida de las catacumbas, y durante los primeros siglos de la
Iglesia cristiana.” (La
Nación, 15 de octubre de 1934)
El Cardenal Verdier, Arzobispo de París, quiso elogiarlo “con toda
su voz”:
“Llevo en mi alma la emoción sentida por los millares de católicos
reunidos en la magna manifestación eucarística de Buenos Aires”.
“Este Congreso nos ha revelado una Argentina más bella aún que la
que conocíamos. Deseo elogiar con toda mi voz el impulso y el
espíritu de fe sincera con que ha ofrecido a nuestro Dios un triunfo
aún inigualado.” (La
Nación, 15 de octubre de 1934)
El Primado de Polonia dejó un pensamiento sobre la “fuerza
espiritual” de nuestro país:
“El pueblo argentino ha dejado ver uno de los pliegues más
encantadores y significativos de su espíritu: Se ha manifestado con
una fuerza espiritual y conducta de primer orden en ocasión del
XXXII Congreso Eucarístico Internacional. Cardenal Augusto Hlond,
Primado de Polonia” (Nota al periodismo, Bs. As., 14 de octubre
de 1934)
El Cardenal Leme, Arzobispo de Río de Janeiro, ponderó la
participación ejemplar del Presidente de la Nación y su oración ante
el Santísimo Sacramento:
“Pocas veces en mi vida observé tanta devoción. Pocas ciudades como
Buenos Aires pueden dar el magnífico espectáculo que hemos
presenciado. Es un triunfo, pero es un triunfo de Nuestro Señor
Jesucristo. Bastaría el espectáculo de la Comunión en las calles y
en Plaza de Mayo para que el viaje realizado estuviera más que
compensado. Valía la pena venir, aunque más no fuera para ver tomar
parte en dichas ceremonias en forma pública y oficial al primer
mandatario de esta Nación. Bastaba su discurso en el banquete del
Señor Cardenal Legado para sentirnos orgullosos, ya que podría
figurar en la página más brillante del derecho eclesiástico”. (13
de octubre. Última sesión de
la Sección Brasileña, en el Colegio San José)
Monseñor Isidro Gomá
y Tomás, Arzobispo de Toledo y Primado de España consideró el
congreso como “una explosión de fe y de piedad”:
“…este magno
Congreso, como esta inmensa Cruz -decía- no se improvisa sin base;
esta explosión de fe y de piedad exige un alma nacional católica, y
no se concibe sino como una floración de un árbol robusto, cuya
raigambre se ha nutrido secularmente de la savia del pensamiento y
del amor a Jesucristo” (La
Nación, 15 de octubre de 1934).
Nuestro periodismo
constató y documentó esas magníficas realidades vividas en el
Congreso¨:
“El XXXII Congreso Eucarístico Internacional habría de constituir la
más extraordinaria apoteosis que la fe cristiana que un pueblo pudo
ofrecer al mundo”. (La
Nación lunes 15 de octubre de 1934, página 6 1ª columna).
Y en la misma
edición iniciaba su crónica de las ceremonias de clausuras así:
“Intentamos
describir el maravilloso espectáculo ofrecido por la muchedumbre
durante la misa pontifical de ayer, y la frágil retórica humana se
deshace en vano balbuceo. Inútilmente buscamos, en la historia de
los pueblos un acontecimiento comparable. Jamás el triunfo de la
Iglesia de Cristo ha sido llevado a tan alta cumbre. (La
Nación, 15 de octubre de 1934, pag.3, primera columna)
Todos tuvieron una
misma impresión y un mismo sentir al ponderar el Congreso, pero hay
alguien, que por su carisma profético ya lo había anunciado viajando
en el Conte Grande. Fue Don Orione, con la anécdota que consignamos
en nuestra primera página. Él, ya considerado un santo en aquel
entonces, sintetizaba en una palabra su impresión del congreso:
“¡Fue un Milagro!”
Nuestra generación ha recibido
testimonios similares de nuestros mayores que vivieron ese
Pentecostés de Buenos Aires. Nos quedan esos recuerdos
transmitidos de padres a hijos y a nietos, nos quedan las crónicas
periodísticas y algunas piezas literarias, pero lamentablemente no
se ha hecho mucho para perpetuar el acontecimiento más grande de
nuestra tradición patria. Sin embargo, lo que tenemos es
suficientemente elocuente como para no dudar de su inmenso valor
para la Iglesia, sino también, y eso es lo que nos mueve a este
trabajo, el constatar esa apoteosis nacional ofrecida al Señor de la
Patria, un hecho de suavísimas notas de cielo y de abundantes frutos
para nuestra vida cotidiana en la tierra.
Gracia de la Pura y Limpia Concepción del río Luján, Patrona de la
Nación que también lo fue del Congreso. A Ella se habían elevado
fervorosas y perseverantes plegarias durante dos años de intensa
preparación. El Legado, ya siendo Papa, recordaba que apenas
clausurado el Congreso en Buenos Aires, peregrinó presuroso a dar
gracias a la Virgen “por el triunfo sin precedentes, que se debía,
después de a Dios a la Pura y Limpia Concepción del Río Luján, ante
cuya imagen se había orado sin interrupción” por la Magna Asamblea.
(Pío XII, 12 de oct de 1947, radiomensaje al 1er Congreso Mariano
Nacional de Luján).
Este
trabajo se propone
recordar, ratificar, y proclamar, que nuestra Nación tiene una
vocación católica tan sublime como inexcusable. Vocación que cuando
fue seguida fielmente, atrajo bendiciones sin medida, y cuando fue
olvidada o despreciada, tropezó, o se detuvo en callejones sin
salida. Argentina es de Cristo en la Eucaristía y de la Virgen de
Luján, como lo proclaman todas las banderas en silencioso flamear a
lo largo y a lo ancho de nuestro país, y también en el mundo: “El
sol de la Eucaristía sobre los colores de la Inmaculada”.
Precisamente para insistir en su condición de Madre, Reina y Patrona
de la Patria, publicamos recientemente “María de Luján, Reina de la
Argentina”, donde junto con algunas reflexiones, recopilamos una
gran cantidad de textos para acercarlos a nuestros compatriotas de
todas las edades, y que comprendan el tesoro que tenemos en Luján.
Ahora, de forma similar, queremos evocar el gran Congreso con una
crónica retrospectiva, que incluye discursos, homilías, hechos y
dichos, que muestran lo mejor de nuestra tradición cristiana.
Testimonio irrefutable de nuestra vocación eucarística y mariana ha
sido el Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires.
Fue
un
gran triunfo de Jesucristo en el Sacramento del amor, lo confirman
todos los relatos y testimonios que nos han llegado en 75 años. En
esos días de cielo, la Argentina sintió, en lo más profundo de su
ser nacional, un llamado irrecusable a luchar por el Reino
Eucarístico de Nuestro Señor.
Hoy, cuando las tinieblas en la que nos sumergen nuestros propios
pecados y el olvido de Dios “fuente de toda razón y justicia”, de su
ley, de sus mandamientos, hace que se siembre por doquier el rencor
que lleva al enfrentamiento, y que la corrupción pretenda ahogarnos.
Sin embargo, es precisamente hoy cuando muchos compatriotas
ignorados, están reviviendo la adoración, que deseamos continuada,
organizada, fervorosa ¡perpetua! al Dios de los corazones, para que
desde el silencio de los soles de miles de Custodias ilumine toda la
Argentina y disipe esas tinieblas.
La Virgen de Luján, como Madre y como Reina, nos está repitiendo:
“Id a adorarlo, amarlo y escucharlo humildemente en la adoración, y
luego haced lo que Él os diga”, Ella como Madre y Señora Nuestra,
está concediendo la grande y suprema gracia de la vida eucarística
en muchos lugares del país.
Meditaciones para el Himno
¡Dios de los corazones
sublime Redentor,
domina las naciones
y enséñales tu amor!
uya
es, Señor, la magnificencia, el poder, la gloria y la victoria. A Ti
se debe la alabanza, porque todas las cosas que hay en el cielo y en
la tierra tuyas son. (1Cr 29, 11) El Congreso Eucarístico de
Buenos Aires fue un inolvidable espectáculo y goce infinito del
alma, que pudo ampliamente gustar durante breves días toda la
suavidad de aquel gran don de Dios, que se llama la paz. «Traéis a
todos los hombres —Nos había dicho ya en el puerto vuestro ilustre
Intendente Municipal— un mensaje de paz». A lo que Nos, rebosando
sinceridad, inmediatamente respondíamos: «Nos consideramos como
mensajeros de la paz de Dios». Porque vuestro inolvidable Congreso,
arrastrando a todo un pueblo fundido en un solo afecto, ante un
altar; haciendo hincar las rodillas, movidos por un idéntico
espíritu, a representantes de casi todo el mundo, fue antes que nada
eso: «El triunfo mundial de Jesucristo, Rey de la paz».
Pío
XII,
15 de octubre de
1944,
radiomensaje al IV Congreso
Eucarístico Nacional.
Señor Jesucristo
que en la última
Pascua,
tu Sangre divina
diste antes de
darla:
tu Cuerpo y tu
Sangre
deseamos con
ansias...
¡En donde está el
cuerpo
se juntan las
águilas!
l
Señor Jesús, en la noche en que había de ser entregado, tomó el pan,
y dando gracias, lo partió y dijo: Tomad, esto es mi Cuerpo, que por
vosotros será entregado. Haced esto en memoria mía. De la misma
manera tomó el cáliz después de haber cenado, diciendo: Este cáliz
es el nuevo testamento en mi sangre. Haced esto, cuantas veces lo
bebieres, en memoria mía. Pues todas las veces que comieres este
pan, y bebieres este cáliz anunciaréis la muerte del Señor hasta que
él vuelva.
I
Cor 23-26
Es tuyo este pueblo
de muchas estirpes,
pues Tú renovaste
sus fuerzas viriles:
Es de Ella y es
tuyo,
lo guarda la Virgen,
llegada en carreta
por campos humildes.
ra el 15 de octubre de 1934. Vibraban todavía en el aire los gritos
de júbilo y los cánticos entusiastas de las imponentes solemnidades
de la víspera. Latían aún fuertemente los corazones, acelerados por
el fervor: se agolpaban en nuestra retina las recentísimas imágenes
de aquel XXXII Congreso Eucarístico Internacional, que el día antes
habíamos clausurado; cuando, dejando atrás la encantadora metrópoli,
escenario de tantas maravillas, íbamos a cumplir con un amable
deber. La magna asamblea había sido un triunfo sin precedentes, y
este éxito se lo debía después de a Dios, a la Patrona oficial del
Congreso, a la pura y limpia Concepción del río Luján. Ante su
imagen se había orado sin interrupción, para que la patria, como
alguien dijo, cuya bandera tiene los colores de su manto, fuera
digna de su tradición.
En la calma del paisaje, las dos torres del Santuario nos saludaban
ya desde el horizonte como dos gritos de triunfo elevados al cielo.
Fue Ella la que quiso quedarse allí, pero el alma argentina había
querido comprender que allí tenía su centro natural. Y al entrar en
aquellas espaciosas naves, al ver las banderas que Belgrano ganó en
Salta o la espada que San Martín blandió en el Perú, al leer los
mármoles que recuerdan la solemne coronación de 1887 –la primera en
América- o el reconocimiento de su patrocinio sobre las tierras del
Plata, de 1930; al subir a aquel camarín, tan rico como devoto,
entonces, sólo entonces, nos pareció que habíamos llegado al fondo
del alma grande del pueblo argentino.
Pío XII,
12 de octubre de 1947,
radiomensaje al 1er Congreso Mariano Nacional.
Conocen tu nombre,
la urbe y el río,
la línea que es
Pampa
y el germen que es
trigo...
y cálidas notas
de timbre argentino
saludan tu hechura
de Dios escondido.
odéis justamente conservar en vuestro corazón un sentimiento de
emoción y de gratitud profunda. Vuestro Congreso ha superado las
previsiones más optimistas. Ha sido un himno tan sublime a
Jesucristo que ha henchido el mundo entero con acentos eucarísticos.
Ha
sido como una sublime catedral gótica, levantada en suelo argentino,
que elevando sus preces al cielo llamando a los pueblos de todos los
rincones de la tierra para adorar la Víctima divina del Sagrario.
Ha
realzado el esplendor de estas fiestas la piedad del jefe supremo
del estado, el excelentísimo señor Presidente de la República. Con
esto ha dado a su pueblo y al mundo ejemplo luminoso de fe,
desbordante y ferviente, y en esta hora ha coronado la participación
oficial con la consagración de su patria al Rey de la Eucaristía.
Cardenal Pacelli,
Legado Papal
el 14 de octubre de 1934,
en la clausura del congreso Eucarístico Internacional,
luego de la solemne Procesión y la Bendición con el Santísimo
Sacramento.
Pasearon el Corpus
por nuestros solares
los hombres que
luego
fundaron ciudades.
Y abrieron los
surcos
para los trigales...
(Espigas dan hostias
y leños altares).
osotros no sois un
pueblo neófito, habéis vivido cuatro siglos de cristianismo, y esos
siglos están repletos de hazañas eucarísticas.
Todos hemos leído
entre dulces lágrimas de emoción, las narraciones de aquellas
sencillas fiestas eucarísticas, sobre todo de las fiestas del
Corpus, que se celebraban en las antiguas reducciones.
Cantan y bailan los
naturales de ellas con inocencia de paraíso y con ritmo bíblico en
torno al arca de la Nueva Ley; los bosques dan sus ramas y sus
pájaros, la tierra sus flores y sus frutos; hasta los ríos dan sus
peces para simbolizar de un modo a la vez primitivo y sublime que es
del Señor la tierra y su plenitud; Jesús, desde la Hostia Santa se
siente rodeado de corazones coronados con macisas virtudes
evangélicas, como si hubiera bajado a su huerto y le acariciara el
perfume de las más bellas flores. Allí se veía realizada, como quizá
no se ha realizado jamás en la historia, la idea central del
presente congreso, el Reinado de Jesucristo en lo que tiene de
íntimo para el alma y en lo que tiene de majestuoso para los
pueblos. Ni una sola alma, ni una sola institución, podían esquivar
los rayos del sol de la Eucaristía.
Cardenal Pacelli,
Legado Papal,
el 10 de octubre de 1934,
discurso en la asamblea inaugural del Congreso.
Antes que el arado
rompiera la costra
de la tierra virgen
se elevó la Forma...
¡Bandera tu Cuerpo
fue en la azul
atmósfera!
¡Y el cáliz dorado
fue el sol de la
gloria!
l
día siguiente de la llegada a San Julián, 1 de abril y Domingo de
Ramos, Magallanes quiso conmemorar la escena de Jerusalén, queriendo
significar que el rey pacífico tomaba posesión para siempre de las
tierras descubiertas; ordenó que todos bajaran a tierra y,
capitanes, oficiales, pilotos y marinos de todas las naves, oyeron
la Misa que fue celebrada por el Padre Pedro de Valderrama. En San
Julián, pues, en nuestra Patagonia, se ofreció por vez primera el
santo Sacrificio de la Misa en tierra argentina.
…La
realeza de Cristo, sólo fue proclamada en aquellos lugares agrestes
por los soldados al elevarse la Forma sagrada en la azul atmósfera,
y al quebrarse en el cáliz dorado los rayos del sol de la gloria.
Y
fueron los fulgores de esa Forma blanca y de ese cáliz dorado, los
que encendieron las primeras palpitaciones de la fe en el alma
atónita de los indígenas que contemplaban maravillados desde los
barrancos cercanos, el ritmo majestuoso del espectáculo embargador.
Y fue la blancura de esa Forma, la que puso en su fiero semblante
la primera sonrisa del Dios hecho Hombre para redimirnos. Y ¿Por qué
no decirlo? ¿No fue acaso en esa mañana, cuando al elevarse la
Hostia, su blancura atrajo irresistiblemente la inmensidad azul para
darnos junto al primer altar la primera bandera de la patria, y para
fundir en uno solo los dos sentimientos que habrían de ser el
patrimonio de todos los argentinos…Dios en la Hostia y la Patria en
la Bandera y en su sol de la gloria, que no otra cosa dicen los
versos del Himno.
P.
Lorenzo Massa S.S.
La
Razón,
Magallanes, 26 de julio de 1934.
Manso Rey que sellas
la tierra argentina
con el sello blanco
de la Eucaristía:
La Patria se aroma
de incienso de Misa,
tú rozas los labios
y alientas las
vidas.
iríamos que aún resuenan en Nuestros oídos vuestros vítores y
vuestras ovaciones, el fervoroso rumor de vuestras plegarias y las
armonías ardientes de vuestros himnos; en Nuestra retina parece que
no se ha borrado la imagen de aquella Cruz monumental —blanca,
poderosa, armónica, como el alma nacional argentina— y ante ella la
cándida masa, dilatada como un mar, de los inocentes que corrían al
dulce abrazo del Maestro de Galilea; las graves y varoniles falanges
masculinas, que, en compactas y a veces marciales y rítmicas
formaciones, acudían a nutrirse —Autoridades y Jefes a la cabeza—
con el Pan de los fuertes; los numerosos coros, llenos de gracia y
devoción, de vuestras jóvenes, de vuestras mujeres, que iban a beber
a la fuente del Cordero que se apacienta entre lirios. ¡Doquiera
grandiosidad y entusiasmo, doquiera magnificencia y fervor! Y en el
aire, en los anuncios luminosos, en los vehículos y en las fachadas,
sobre los vestidos y dentro de los pechos la Hostia santa,
recibiendo uno de los más grandes homenajes públicos y sociales que
hasta entonces recordaba la historia.
Pío
XII,
15 de octubre de
1944,
radiomensaje al IV Congreso Eucarístico
Nacional,
a diez años del Congreso Eucarístico Internacional.
En torno a tu mesa
cien pueblos y
razas,
nutrió de infinitos
tu oculta
sustancia...
Pequeñez inmensa
que multiplicada
es pan para el
hambre
de todas las razas.
e dónde ha venido
esta incontable muchedumbre? De todos los confines de la patria
amada, que hoy viste sus mejores galas, desde los Andes majestuosos
hasta las pampas llenas de encantos, de misterio; de todos los
estados de América, de la del Norte, fuerte y poderosa; de la del
Centro, cuidadosa como pocas de sus tradiciones de gloria; de la que
libertó nuestro inmortal San Martín, que hacía surgir a su paso
naciones con abnegación no igualada; de la que bañan los ríos que
fertilizan nuestras costas y que son rutas de fraternidad y de
progreso.
De la hidalga España,
que nos descubrió en arriesgada y colosal empresa, que nos dio las
armonías del idioma y las esperanzas inmortales de la fe. De la
noble Italia, que más que ninguno se asimiló a nuestro pueblo, que
abrió el surco, tendió el riel y construyó ciudades, de la ilustre
Francia, que inspiró a nuestros sabios, que fue maestra y difundió
cultura, a la que hoy acompañamos en su dolor y sus plegarias. De
todas las naciones de Europa y de la tierra, que mezclaron su sangre
con nuestra sangre en el inmenso crisol de nuestro suelo.
Monseñor Santiago Luis
Copello,
Arzobispo de Buenos Aires,
discurso inaugural del Congreso, 10 de octubre de 1934.