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" La última palabra de nuestros labios será tu dulce nombre, Oh Reina del Rosario, Oh queridísima Madre" ( Beato Bartolo Longo )

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Georgio Sernani

Los Dogmas de María

Publicación de la

Orden de María Reina

Buenos Aires - 2002

Los dogmas de María

Nihil obstat
+ Alfredo Mario Espósito Castro CMF
Obispo emérito de Zárate-Campana (Argentina)
8 de diciembre del Año Santo 2000

Imprimatur
+ Antonio Juan Baseotto
Obispo de Añatuya (Argentina)
8 de diciembre del 2001

Este libro, publicado en internet, se ofrece a todos para mayor gloria de la Santísima Virgen María con la particular intención de sumarlo a la súplica por su quinto dogma.

Para que cumpla con su cometido se ruegan muchas oraciones y se permite su reproducción total o parcial, respetando el contexto y citando la fuente.

Prohibida su comercialización – Todos los derechos reservados

Los envíos voluntarios en concepto de contribución a la obra pueden

dirigirse a:

Giorgio Sernani

Casilla de Correo 2777

(1000) Correo Central

Buenos Aires – Argentina.

Para comunicarse electrónicamente con el autor, escriba a:

giorgiosernani@speedy.com.ar


 

Parte 1 de 7

 


ÍNDICE

Prólogo

Un jarrón de flores para la Reina del Cielo

Credo Mariano

I - La Corona de María

II - Dogmas

III - Madre de Dios

IV - Virgen de las vírgenes

V - Inmaculada

VI - Asunta

VII - Corredentora, Medianera y Abogada

· La Señora de Todos los Pueblos – Doctrina de Pío XII – Súplica actual

– Acción de la Señora de Todos los Pueblos – Vox Populi Mariae Mediatrici

· Corredentora

· Medianera

· Abogada

· María Corredentora, Medianera y Abogada

en las Glorias de María de San Alfonso María de Ligorio

· La Mediación de San Luis María Grignión de Montfort

· María Mediadora, un gran paso adelante

· La joya que falta en su Corona

VIII - Desagravio

IX - Los dogmas de María en la Divina Comedia

Agradecimiento

Bibliografía

La Orden de María Reina

El autor

 

Al glorioso Padre Pío de Pietralcina,

en el día de su elevación a los altares.

Roma, 2 de mayo de 1999.


 

Prólogo

Este libro que con toda humildad llega a los fieles es un fruto más del año bimilenario que hizo vibrar los corazones de los hijos de la Iglesia, ya fuesen eruditos teólogos o simples creyentes, y quiere ser una voz más que prolongue el espíritu del Jubileo.

Es un testigo del amor del pueblo cristiano para con su Madre la Santísima Virgen María. El autor no trata grandes novedades ni pretende hacer solemnes discursos. Antes bien, rescata muchos textos brillantes del Magisterio y magníficas afirmaciones de los Padres y Doctores de la Iglesia, que son parte del tesoro de la misma, que va descubriendo poco a poco los distintos matices del gran dogma mariano.

Y esto es algo así como el gozo que provoca en una familia el descubrimiento de antiguas fotografías que hacen recordar las verdades más íntimas de la familia, y pone ante los ojos de los jóvenes las grandes riquezas que posee.

Por eso los lectores agradecerán al autor su constancia en buscar esas joyas de nuestra doctrina y tantos hechos y anécdotas que hacen a los dogmas marianos con el fin de vivirlos más intensamente, sobre todo en lo que se refiere a la proclamación que se suplica: María Corredentora, Medianera de todas las gracias y Abogada del Pueblo de Dios.

Ojalá que la lectura de esta obra haga más fácil y asequible para todo el Pueblo de Dios los grandes misterios de todo el dogma mariano, y así crecerá la santidad del mismo. El aumento de la Fe, la Esperanza, y la Caridad ha sido una finalidad del año jubilar, y el crecimiento del amor e imitación de la Virgen una exigencia de esta hora de la Iglesia. Y eso persigue este libro.

Que María Santísima, Madre de Dios y Reina del Cielo y de la tierra bendiga a sus hijos que lo lean con la ternura de su Corazón Inmaculado.

Buenos Aires, 8 de diciembre del Año Santo 2000, Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima.

Alfredo Mario Espósito Castro CMF

Obispo emérito de Zárate-Campana

Argentina.

 


Un jarrón de flores para la Reina del Cielo

A mediados de 1998 una gran confusión se produjo en torno a la súplica al Santo Padre para que definiera dogmáticamente que María Santísima es Corredentora, Medianera y Abogada. Los medios de difusión hacían confundir la autoridad del Santo Pontífice como Maestro de Fe con el Vaticano, las reuniones de teólogos eran presentadas como una especie de “parlamento” de la Iglesia, que situaban sobre los obispos... No se hablaba del Magisterio de la Iglesia, etc, etc... Y esto se sumaba a la ignorancia de los dogmas de María, y a todo lo referente a Ella, se discutía sobre la Corredentora sin conocer el significado de la palabra; lo mismo ocurrió con la Mediación y hasta con la Intercesión. Se argumentaba sobre el ecumenismo oponiéndolo a la Virgen. Ella, la Madre de la Iglesia, quiere la unión más que todos los teólogos de la historia... Entonces surgió la idea de hacer un folleto para explicar brevemente el significado de un dogma, pero luego, por la confusión mencionada, se vio la conveniencia de exponer los dogmas marianos definidos y las enseñanzas de la Iglesia que se refieren al que se pide; y hacerlo con palabras que lleguen a todos los hijos de María, subrayando la significación de esos dogmas en la vida de los cristianos. Porque el cristianismo es mucho más que una doctrina, el cristianismo es vida. Para este cometido, que nos asustaba un poco, los Santos Ángeles del Señor hicieron que se encontraran datos de numerosos hechos, pequeños o grandes, en torno a la maduración y proclamación de los mismos. Y también muchos textos de los Papas y de los Santos. Así se transcribieron enseñanzas del gran Doctor Mariano San Alfonso María de Ligorio, y del maestro de la Consagración a la Santísima Virgen, San Luis María Grignion de Montfort. Todo se reunió en este libro, como se arma un jarrón con ramas y flores, de muchas clases. Y así se lo pretende ahora ofrecer a la Dulcísima Reina y Señora de todo lo Creado, la Excelsa Madre de Dios y nuestra. El autor

 

Credo Mariano

¡María, Madre de Dios y Madre nuestra amabilísima!

Creo en tu Maternidad divina, en tu perpetua Virginidad,

en tu Inmaculada Concepción,

en tu misión de Corredentora junto a tu Hijo Jesús.

Creo en tu Asunción y glorificación celestial en cuerpo y alma

porque eres la Madre del Resucitado

 e imagen de la Iglesia que tendrá su cumplimiento

en el retorno glorioso de Cristo.

Creo en tu Maternidad espiritual que, donando a Jesús,

nos engendra a la vida divina, en tu Maternidad eclesial,

porque precedes y acompañas a la Iglesia en el camino de la fe y del amor.

Creo en tu Realeza universal,

en tu misión de mediadora y dispensadora de toda gracia y don que viene de Dios,

en tu presencia de amor junto a cada una de las criaturas

como Madre, Auxiliadora, Consoladora.

 ¡Venga pronto “tu hora” oh María,

por el triunfo sobre toda la tierra del Reino de tu Hijo,

que es Reino de santidad, de justicia, de amor y de paz!

 

Marcelo Morgante Obispo de Ascoli-Piceno Las Marcas – Italia

 

La muy venerada imagen de Nuestra Señora de Fátima que se venera en la Capelinha de su Santuario de Portugal, viajó dos veces a Roma por voluntad del Papa Juan Pablo II. En esta foto la vemos entronizada en la Basílica de San Pedro; corazón de la cristiandad, en ocasión del Jubileo del Año Santo 2000, desde allí fue llevada a la plaza donde recibió el ofrecimiento del tercer milenio. En la tapa la vemos llevada en andas por la multitud, en 1984, para la consagración del mundo y Rusia a su Inmaculado Corazón.

 

María Reina

 

Cantaré un himno a la Reina Madre

y me acercaré gozoso a celebrar sus glorias

cantando alegre sus maravillas...

¡Oh Señora!

nuestra lengua es incapaz de alabarte dignamente

pues Tú, que engendraste a Cristo Rey,

has sido elevada sobre los Serafines...

Dios te salve, ¡Oh Reina del mundo!

¡Oh María! Reina de todos nosotros

Himno Akathistos

 

María es Reina; Reina y Señora de todo lo creado. A través de los siglos los cristianos así

la reconocieron en Oriente y Occidente. Al Papa Pío XII correspondió el honor de fundamentar la

doctrina sobre la Realeza de María e instituir su fiesta, en su magna encíclica “Ad Coeli

Reginam”, uno de los hechos dominantes del primer Año Mariano Universal. En ella nos dice:

 

“Hemos recogido de los monumentos de la antigüedad cristiana, de las

oraciones de la liturgia, de la innata devoción del pueblo cristiano, de las obras de

arte, de todas partes, expresiones y acentos según los cuales la Virgen Madre de

Dios está dotada de la dignidad real, y hemos demostrado también que las razones

sacadas por la Sagrada Teología del tesoro de la fe divina, confirman plenamente

esta verdad. De tantos testimonios aportados se forma un concierto, cuyo eco llega

a espacios extensísimos, para celebrar la suma alteza de la dignidad de la Madre

de Dios y de los hombres, la cual ha sido exaltada a los reinos celestiales por

encima de los coros angélicos”.

(Pío XII, Encíclica “Ad Coeli Reginam”,

11 de octubre de 1954)

 

El 1º de noviembre del mismo año, en la Basílica Santa María la Mayor, ante 450

delegaciones de los santuarios marianos más importantes del mundo, que llevaban sus estandartes

con las Imágenes de sus advocaciones, el Papa Pío XII proclamó la Realeza de María, y coronó a

la Virgen como Reina del Mundo en su Icono Salus Populi Romani, y explicó el sentido de esa

Realeza:

 

“La realeza de María es una realeza ultraterrena, la cual, sin embargo, al mismo

tiempo penetra hasta lo más íntimo de los corazones y los toca en su profunda

esencia, en aquello que tienen de espiritual y de inmortal. El origen de las glorias

de María, en el momento culmen que ilumina toda su persona y su misión, es

aquél en que, llena de gracia, dirigió al arcángel Gabriel el Fiat que manifestaba su

consentimiento a la divina disposición, de tal forma que Ella se convertía en

Madre de Dios y Reina, y recibía el oficio real de velar por la unidad y la paz del

género humano”.

(Pío XII, Alocución “Le testimonianze”,

1º de noviembre de 1954)

 

María es coronada como Reina en el Cielo, por la Santísima Trinidad. Su corona es el

Amor de las tres Divinas Personas.

Su corona son las doce estrellas que nos muestra el Apocalipsis, que simbolizan las doce

tribus de Israel y los doce Apóstoles, con todos nosotros, sus hijos.

Su corona es también el conjunto de dones, privilegios y glorias que le ha regalado el

Creador, sólo concedidos a Ella, su obra perfectísima.

La Virgen Santísima también es coronada en la tierra por nuestro amor de hijos, cada vez

que le rezamos el Rosario. Continuamente, en todo el mundo, se ofrecen a María infinidad de

Rosarios, coronas de amor que el mismo Dios nos da para que coronemos a Su Madre.

La Iglesia en su Liturgia también corona a María, y lo hace con solemnidad en las

imágenes más veneradas, las que más vivamente han reflejado a la Virgen, siendo causa de

conversiones o centro de comunidades que no pocas veces se suscitaron y conformaron en torno

a ellas.

El Ritual de la coronación de una imagen de la Santísima Virgen” explica la “naturaleza y

significado del rito: (1)

 

“La veneración de las imágenes de la Santísima Virgen María

frecuentemente se manifiesta adornando su cabeza con una corona real. Y, cuando

la imagen de la Santa Madre de Dios lleva en sus brazos a Su Divino Hijo, se

coronan ambas imágenes (...).

La costumbre de representar a Santa María Virgen ceñida con corona regia

data ya de los tiempos del Concilio de Efeso (431) lo mismo en Oriente que en

Occidente. Los artistas cristianos pintaron frecuentemente a la gloriosa Madre de

Dios sentada en solio real, adornada con regias insignias y rodeada de una corte de

ángeles y santos del cielo. En esas imágenes no pocas veces se representa al

divino Redentor ciñendo a su Madre con una refulgente corona” (Pío XII, “Ad

Coeli Reginam”, 11 de octubre de 1954).

 

La costumbre de coronar las imágenes de Santa María Virgen fue

propagada en Occidente por los fieles, religiosos o laicos, sobre todo desde finales

del siglo XVI. Los Romanos Pontífices no sólo secundaron esta forma de piedad

popular, sino que además, “muchas veces, personalmente con sus propias manos,

o por medio de obispos por ellos delegados, coronaron imágenes de la Virgen

Madre de Dios ya insignes por la veneración pública”. (Pío XII, “Ad Coeli

Reginam, 11 de octubre de 1954”).

 

Y, al generalizarse esta costumbre, se fue organizando el rito para la

coronación de las imágenes de Santa María Virgen ...(se incluyó en el Pontifical

Romano el Ordo impuesto en el siglo XVII...). Con este rito reafirma la Iglesia

que Santa María con razón es tenida e invocada como Reina, ya que es: Madre del

Hijo de Dios y Rey mesiánico, colaboradora augusta del Redentor, Perfecta

discípula de Cristo, miembro supereminente de la Iglesia.”

 

Por eso el pueblo de Dios tiene innumerables imágenes, en todas las latitudes, de muy

diversas hechuras, con mayor o menor valor artístico, que los pastores coronaron reconociendo la

realeza siempre maternal, y siempre dulcemente amorosa, sobre ese pueblo. Y en muchos casos,

el propio Sumo Pontífice es quien las coronó. Así fueron honradas las más célebres imágenes del

mundo, entre las que se cuentan muchas nuestras.2

El Papa –o el obispo- al coronar la Imagen eleva una plegaria en la que reconoce la

realeza de Jesucristo y María:

 

“Bendito eres, Señor,

Dios del Cielo y de la Tierra,

que con tu misericordia y tu justicia

dispersas a los soberbios y enalteces a los humildes;

de este admirable designio de tu providencia

nos has dejado un ejemplo sublime

en el Verbo Encarnado y en Su Virgen Madre:

Tu Hijo, que voluntariamente se rebajó

hasta la muerte de cruz, y ahora

resplandece de gloria eterna y está sentado a tu derecha

como Rey de reyes y Señor de señores;

y la Virgen, que quiso llamarse tu esclava,

fue elegida Madre del Redentor

y verdadera Madre de los que viven,

y ahora, exaltada sobre los coros de los ángeles,

reina gloriosamente con Tu Hijo

intercediendo por todos los hombres

como Abogada de la gracia y Reina de misericordia.

Mira Señor, benignamente, a éstos tus siervos

que al ceñir con una corona visible

la imagen de la Madre de Tu Hijo

reconocen en Tu Hijo al Rey del universo

e invoca como Reina a la Virgen María...” 3

 

Cuando las realezas de la tierra llegan a su decadencia más triste, la realeza de María,

celestial y maternal a la vez, brilla más que nunca, y a ella claman y por ella suspiran sus hijos:

 

A ti clamamos, a ti suspiramos los desterrados hijos de Eva”.

 

Por eso Juan Pablo II, en su recorrido por el mundo, no se cansa de coronar a María

Santísima en las imágenes veneradas en cada pueblo.

Son incontables las imágenes que recibieron la coronación pontifica, sin embargo sólo dos

lo fueron con el título de “Reina del Mundo”; en forma expresa y con trascendencia universal: el

icono de María Salus Populi Romani, que se venera en la Basílica Santa María la Mayor de

Roma, y aún antes, la imagen de la Virgen de Fátima en su Capelinha de la Cova de Iría, ésta con

un agregado singular: “Reina del Mundo y de la Paz”. La primera oriental y muy antigua; la

segunda occidental y de estos tiempos. Una permanece en la urbe, la otra peregrinando en sus

innumerables copias por el orbe.

La imagen de la Virgen de Fátima representa y recuerda sus apariciones maravillosas y su

mensaje dramático, del cual acabamos de conocer la última parte. Este mensaje se centra en una

frase que, lamentablemente, no es suficientemente conocida y meditada: “Dios quiere establecer

en el mundo la devoción a Mi Corazón Inmaculado”. El Papa Pío XII que la coronó, fue quien

consagró el mundo al Inmaculado Corazón de María, y pidió que esta consagración fuera

ratificada en todas las diócesis, parroquias, comunidades y familias, y que la realice cada

cristiano. Y también consagró a Rusia, cumpliendo –en parte- el pedido de Dios.4

En los tiempos controvertidos del Concilio Vaticano II, Paulo VI proclamó, en la clausura

de la tercera sesión, a María como Madre de la Iglesia. Los Padres Conciliares se despojaron de

sus mitras y de pie se unieron en el más atronador y prolongado aplauso del Concilio.

Fue en ese momento cuando renovó la consagración del mundo al Inmaculado Corazón de

María y anunció el envío de la Rosa de Oro a la Virgen de Fátima.

 

Si Pío XII tenía una relación con la Virgen de Fátima por haber sido consagrado obispo el

mismo día en que Ella se apareció a los pastorcitos, Juan Pablo II tiene otra mayor, ya que en su

día, el 13 de mayo de 1981, salvó milagrosamente su vida “una mano materna que desvió la

bala”5. En acción de gracias peregrinó también a Fátima y repitió su visita el 13 de mayo del

2000, en un acto oficial del Gran Jubileo, ocasión en la que beatificó a Jacinta y a Francisco.

Juan Pablo II no sólo renovó la consagración del mundo –y de Rusia- al Inmaculado

Corazón de María, sino que completó este acto según el pedido de la Virgen, haciéndolo con el

episcopado mundial el 25 de marzo de 1984. En esa ocasión hizo llevar la imagen de Fátima a

Roma para hacer ante ella la trascendental ofrenda.

 

En el Año Santo 2000, Bimilenario del Señor, quiso el Papa otra vez en Roma a la “Reina

del mundo y de la Paz” porque quiso confiar a María Santísima el tercer milenio, con todos los

obispos unidos a él, ante esa imagen. Así lo hizo el 8 de octubre. El gran homenaje a María

comenzó el día anterior, fiesta de Nuestra Señora del Rosario, con el rezo mundial del Rosario,

presidido por el Papa, acompañado por los obispos, participando todos los continentes y con la

voz de Sor Lucía que dirigió el último misterio desde su monasterio carmelita de Coimbra.

Esta imagen, singular e histórica, honrada por los Papas y las multitudes, recibió la

coronación pontificia el 13 de mayo de 1946. Aquel día decía Pío XII a los peregrinos:6

“El amor ardiente y agradecido os ha conducido allí; y vosotros quisisteis darle

una expresión sencilla condensándolo y simbolizándolo en esa corona preciosa,

fruto de tanta generosidad y de tanto sacrificio, que por manos de nuestro Legado

acabamos de coronar la imagen milagrosa”.

 

La corona puesta en las sienes de la Virgen tiene 950 brillantes de 76 quilates, 1400 rosas,

313 perlas, una esmeralda grande y 13 pequeñas, 33 zafiros, 7 rubíes y 26 turquesas. En total

2963 piedras preciosas . Pero hoy la Virgen luce en su corona una gema más preciosa: la bala que

no pudo matar a Juan Pablo II, y que él quiso ofrecerle, colocándola allí, en acción de gracias.

Al abocarnos a este trabajo sobre los dogmas de María Santísima encontramos que varios

obispos y teólogos decían que el dogma de María Corredentora, Medianera y Abogada, que en

estos años se suplica insistentemente, es la “piedra que falta en su corona” (o perla, o joya). Uno

de ellos fue el Cardenal Luigi Ciappi OP recientemente fallecido, teólogo papal de los cinco

últimos pontífices. Otro, el obispo Paolo María Hnilica SJ, Presidente del Movimiento “Pro Deo

et Fratribus –Familia de María Corredentora”.

El propio Pío XII, en la “Munificentissimus Deus” decía que se gozaba de haber podido

adornar la frente de la Virgen Madre de Dios, con esta fúlgida perla, el dogma de la Asunción.

Gustando estas expresiones, surgió la idea de introducir nuestro trabajo con reflexiones sobre la

realeza de María y la coronación de sus imágenes.

No hay duda de que es una forma bella y acertada de figurar lo que estamos pidiendo: La

Virgen Santísima tiene una corona que Dios le ha dado, como decíamos, formada por sus

prerrogativas y dones, que bien podemos simbolizar como piedras y perlas preciosas. Y entre

ellas los dogmas, las piedras más preciosas de esa corona, que la Iglesia en la tierra fue colocando

a través de los tiempos, según las iba contemplando en la corona del Cielo: María Madre de Dios,

Virgen Perpetua, Inmaculada, Asunta en Cuerpo y Alma al Cielo... .Estos dogmas ya definidos se

refieren al ser de María; el que falta proclamar concierne a su función para con la Iglesia y la

humanidad: María Corredentora, Medianera y Abogada. Unidos todos forman como un solo y

gran dogma, al decir del Cardenal Ciappi, toda la verdad sobre María.

 

Y si todos los dogmas deben reflejarse en la vida cristiana e influir en ella, éste lo hace de

una manera muy especial. El dogma de la Corredentora supone vivir lo de San Pablo: debemos

“completar” en nosotros “lo que falta” a la Pasión de Cristo. Los cristianos, los marianos,

debemos ser un poco corredentores. Claro está que jamás lo seremos en la forma y en el grado

que lo fue María Santísima, pero podemos, como nuestro Santo Padre el Papa, ser totalmente

suyos y entregarle nuestros sufrimientos.

 

La bala de la corona de la Virgen de Fátima simboliza todos los sufrimientos de este gran

Papa, que él siempre quiso unir a los de María. De alguna manera podemos decir que en la

corona de esta bendita imagen está puesta la piedra que representa el dogma de la Corredentora.

Falta ahora que sea colocada solemnemente en la mística corona que le ofrece toda la Iglesia

militante, como la ofrecida por el mismo Dios en el Cielo para el gozo inefable de los Coros

Angélicos y de los Bienaventurados.

 

Pongamos nosotros en la corona de la imagen nuestra devoción, nuestras penas y

sufrimientos, consagrándonos a Su Inmaculado Corazón con incesante oración, y apresuraremos

la gloria de la proclamación del último dogma de la Virgen. Entonces se colocará la piedra

preciosa que falta en su corona de la tierra, y la tierra se unirá al Cielo para contemplar con gozo

de eternidad a María Santísima en toda su gloria.

 

La era de María

“¿Podemos llamar de otra manera al tiempo, a la

época en que vivimos, que tiempo y época de la

Virgen Nuestra Señora? ¿No veis en el mundo

entero qué lección de amor, de fervor

extraordinario, íbamos a decir de santa locura, por

la Madre de Dios, por la Medianera de Todas las

Gracias, por la Corredentora del género humano,

por la divina gobernadora, por la que tiene las llaves

de toda gracia, de todo don perfecto, de todo bien

que desciende del cielo? Lo que siempre ha sido

verdad, lo que siempre ha sido un dogma católico,

se vive ahora más que nunca; es la palpitación de

millones de hijos de la Virgen María que la aman,

que la veneran, es el triunfo en todas las naciones de

Nuestra Señora de Fátima... porque Ella ha querido

aparecerse recientemente; es Nuestra Señora de

Fátima y Nuestra Señora de Guadalupe, Nuestra

Señora de Lourdes, y Nuestra Señora del Pilar; es la

Virgen María, es la Madre de Dios, sea cual sea el

título con que se la invoque; es aquella a quién

aman los cristianos, a quien se encomiendan los

católicos, a quien aclaman hasta el delirio las

muchedumbres de cristianos del mundo entero. ¡Es

la era de la Virgen María!

Pío XII, 1949, al Director del Secretariado General

de las Congregaciones Marianas.

 

Qué es un Dogma?

Desde siempre las verdades de la Fe reveladas por nuestro Divino Salvador Jesucristo,

fueron enseñadas y transmitidas por Su Iglesia.

De los primeros tiempos del cristianismo nos queda el testimonio de los “símbolos”.

Símbolo es lo que hoy llamamos Credo, conjunto de las principales verdades que se enseñaban a

los fieles, que según los tiempos se completaron o explicaron mejor para dar más luz sobre ellas.

El Credo que hoy rezamos nos llega desde el tiempo de los Apóstoles.

Con el correr del tiempo aparecieron necesidades, desviaciones, errores; y por lo mismo la

Iglesia debió exponer, rectificar, aclarar. Y para ello debió expresar con palabras muy exactas que

no fueran susceptibles de cambios ni de diversas interpretaciones, porque son reveladas, vienen

directamente de Dios.

La Iglesia, que es Madre, las custodia, cuidando que sean bien entendidas, para que con la

gracia de Dios sean creídas y vividas por sus hijos.

 

Origen y significado de la palabra dogma

La palabra griega dogma, desde antes de Cristo y hasta el siglo IV significaba ley,

decreto, prescripción, tanto en lo autores profanos y filosóficos como también en la versión de los

Setenta del Antiguo Testamento, en los escritores del Nuevo y en la primitiva literatura griega.

Al llegar el siglo IV algunos autores como San Cirilo de Jerusalén y San Gregorio de

Nicea dan el nombre de dogma solamente para las verdades reveladas. En el siglo V este sentido

específico fue adoptado por casi todos los autores cristianos y es el que ha tenido desde entonces

y tiene ahora. Así incorporado a la literatura cristiana tanto en latín como en las lenguas

vernáculas, dogma es una verdad revelada por Dios y enseñada por el Magisterio infalible

de la Iglesia.

 

Verdad contenida en el depósito de la Fe

“Una verdad revelada por Dios”. El dogma es una verdad que pertenece a la revelación

cristiana, que ha de encontrarse por consiguiente en la Sagrada Tradición o en la Sagrada

Escritura, las que tomadas en conjunto constituyen el depositum fidei –depósito de la fe- que

contiene todas las verdades comprendidas en la revelación cristiana.

Los dogmas son verdades recibidas de Dios - no doctrinas humanas - que se exponen en

palabras adecuadas y precisas –se definen- en el momento oportuno de la historia, según los

designios de Dios que guía y gobierna a la Iglesia.

Leemos en la “Constitución Dogmática I sobre la Iglesia de Cristo”, documento del

Concilio Vaticano I:

 

“Los Romanos Pontífices, según lo persuadía la condición de los tiempos y de las

circunstancias, ora por la convocación de los Concilios universales, o explorando

el sentir de la Iglesia dispersa por el orbe, ora por sínodos particulares, ora

empleando los medios que la divina Providencia deparaba, definieron que habían

de mantenerse aquellas cosas que, con la ayuda de Dios habían reconocido ser

conformes a las Sagradas Escrituras y a las tradiciones Apostólicas; pues no fue

prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya

manifestaran una nueva doctrina, sino para que con su asistencia, santamente

custodiaran y fielmente expusieran la revelación transmitida por los Apóstoles, es

decir, el depósito de la fe”.

 

Magisterio de la Iglesia – Infalibilidad

“Enseñada por el magisterio infalible de la Iglesia”. Jesucristo vino al mundo como

Maestro, Sacerdote y Rey. De allí que haya dado a la Iglesia el triple mandato de enseñar,

santificar y gobernar. Al magisterio corresponde el derecho y el deber que tiene la Iglesia de

enseñar.

Cuando se trata de verdades religiosas contenidas en la Revelación y aquellas

implícitamente conexas, el magisterio goza de la infalibilidad, prerrogativa concedida por

Nuestro Señor Jesucristo para continuar su misión custodiando y defendiendo esas verdades de

toda falsificación y disminución. El magisterio pues, enseña exponiendo la doctrina verdadera y

condenando las que se le oponen. Por medio del “sentido sobrenatural de la fe” el pueblo de Dios

“se une indefectiblemente a la fe” bajo el magisterio vivo de la Iglesia, con el carisma de la

infalibilidad en materia de fe y costumbres, dice el Catecismo de la Iglesia Católica citando la

Constitución “Dei Verbum” del Concilio Vaticano II.

 

Magisterio ordinario

El magisterio es ordinario cuando el Sumo Pontífice y los obispos enseñan una doctrina

reconocida por toda la Iglesia como revelada. Así ocurre, por ejemplo, con la defensa de la vida y

la condenación del aborto y de la eutanasia, o con la indisolubilidad y santidad del matrimonio y

la condenación del divorcio.

 

Magisterio extraordinario

El magisterio es extraordinario cuando el Sumo Pontífice, personalmente, en calidad de

Supremo Maestro de la Cristiandad define “ex cathedra” una verdad que concierne a la fe y a las

costumbres y que obliga a todos los fieles, según lo definió el Concilio Vaticano I:

“Que el Romano Pontífice cuando habla “ex cathedra” esto es, cuando

cumpliendo con su cargo de pastor de todos los cristianos, define por su

suprema autoridad apostólica, que una doctrina sobre la fe y costumbres

debe ser sostenida por la Iglesia Universal, por la asistencia divina que le fue

prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella

infalibilidad de que el Redentor Divino quiso que estuviera provista su Iglesia

en la definición de la doctrina sobre la fe y las costumbres y por lo tanto, que

las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no

por el consentimiento de la Iglesia. Y si alguno tiene la osadía, lo que Dios no

permita, de contradecir ésta, nuestra definición, sea anatema”.

(Concilio Vaticano I – Constitución Dogmática I

sobre la Iglesia de Cristo, 18 de julio de 1870).

 

Todas las definiciones dogmáticas terminan con una expresión como ésta para significar

que lo dicho es verdad revelada –“verdad de fe”- y que quien no la acepte queda separado de la

Iglesia, depositaria de la verdadera Fe Católica.

 

Ejemplos de definiciones “ex cathedra”: La Inmaculada Concepción de María (Pío IX,

1854); su Asunción en Cuerpo y Alma a los Cielos (Pío XII, 1950).

Al proclamar Pío IX el dogma de la Inmaculada, aún no se había definido la infalibilidad,

pero dice nuestro Santo Padre Juan Pablo II:

“Mi venerado predecesor era conciente de que estaba ejerciendo su poder de

enseñanza infalible como Pastor universal de la Iglesia, que algunos años después

sería solemnemente definido durante el Concilio Vaticano I. Así realizaba su

magisterio infalible como servicio a la fe del pueblo de Dios; y es significativo

que ello haya sucedido al definir un privilegio de María”.

(Juan Pablo II, 19 de junio de 1996,

catequesis de la audiencia general).

 

Juan Pablo II hace notar aquí dos cosas muy importantes; que el magisterio infalible es un

“servicio de fe”, y que cuando lo ejerció Pío IX, antes de ser definido, lo hizo por un “privilegio

de María”, y subraya este hecho como “significativo”.

 

La infalibilidad papal es una realidad inmersa en otra más grande y consoladora aún:

“El Romano Pontífice es el sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los

Apóstoles, verdadero vicario de Cristo y cabeza de toda la Iglesia, y padre y

maestro de todos los cristianos; al mismo, en la persona del bienaventurado

Pedro, le fue entregada por Nuestro Señor Jesucristo, plena potestad para

apacentar, regir y gobernar a la Iglesia universal, como se contiene hasta en

las actas de los Concilios ecuménicos y en los sagrados cánones”.

(Definición del Concilio Florencia,

Bula “Laetentur Coeli”, 6 de julio de 1439).

 

El magisterio extraordinario también lo ejerce el Papa con un Concilio Ecuménico como

precisamente ocurrió en las dos definiciones que se han trascripto, Pío IX con el Vaticano I y

Eugenio IV con el de Florencia.

Un concilio sin el Papa, porque esté separado de él, o porque hubiese muerto, no sería tal,

ni aún podría sesionar, sería un conciliábulo.

Juan XXIII convocó y guió el Vaticano II, al morir él en plena tarea conciliar, quedó

automáticamente disuelto. El nuevo Papa, Pablo VI, lo volvió a convocar.

Precisamente este Concilio, que tuvo la misión de profundizar la doctrina sobre la Iglesia,

desarrolló todo lo concerniente a la colegialidad de los obispos, pero enfatizando siempre en la

autoridad del Papa.

 

En la constitución Lumen Gentium leemos:

“El Colegio o cuerpo episcopal (...) por su parte, no tiene autoridad si no se

considera incluido el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, como Cabeza del

mismo, quedando siempre a salvo el poder primacial de éste, tanto sobre los

pastores como sobre los fieles. Porque el Pontífice Romano tiene, en virtud de su

cargo de Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, potestad plena, suprema y

universal sobre la Iglesia...”

(Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 22).

y también:

“No puede haber concilio ecuménico que no sea aprobado o al menos

aceptado como tal, por el sucesor de Pedro. Y es prerrogativa del Romano

Pontífice convocar estos concilios ecuménicos, presidirlos y confirmarlos”

(Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 22).

 

Y es que la Iglesia tiene tres realidades que son a la vez fundamentales y maravillosas: La

Sagrada Eucaristía, la Santísima Virgen y el Papa. Si se reúne un concilio lo hará en torno al altar

de la misa, junto a María, intercesora ante el Espíritu Santo como en el Cenáculo de Jerusalén, y

en plena comunión y sumisión al Papa. El Vaticano II lo había proclamado desde su comienzo:

“...todos nosotros, sucesores de los Apóstoles, que formamos un solo

cuerpo apostólico cuya cabeza es el sucesor de Pedro, nos hemos reunido aquí en

oración unánime con María, Madre de Jesús, por mandato del Padre Santo

Juan XXIII”.

(21 de Octubre de 1962, “Mensaje de los Padres

del Concilio Vaticano II a todos los hombres).

 

Los Concilios Ecuménicos pueden o no definir cuestiones dogmáticas, siempre unidos al

Papa que promulga sus decisiones. Así por ejemplo el Vaticano I con Pío IX definió el dogma de

la infalibilidad papal. El Vaticano II con Juan XXIII y Paulo VI no hizo ninguna definición

dogmática.

 

Verdad y fórmula con que el dogma es expuesto a la Iglesia

En el dogma distinguimos dos partes: la verdad y la fórmula con que esta verdad es

propuesta. La fórmula es evidentemente susceptible de evolución, pero no la verdad en ella

contenida; por lo tanto erraron los modernistas cuando afirmaron que también la verdad

expresada en la fórmula era susceptible de evolución. También erraron los pragmáticos al afirmar

que los dogmas no son más que una serie de recetas prácticas para dar normas al creyente hacia la

salvación.

La Iglesia nos enseña que el dogma puede variar en cuanto a la forma, teniendo ella una

perfección relativa, pero no en cuanto a la sustancia, porque la misma es, siendo verdad, absoluta

e inmutable. Únicamente en este sentido debe entenderse la frase “evolución del dogma”.

El dogma de la Inmaculada se proclamó en el siglo pasado, pero ya estaba contenido en

las Sagradas Escrituras y en la Tradición. La Iglesia no hizo otra cosa que sacarlo de allí para

definirlo en forma simple.

 

El proceso que lleva a la definición de un dogma

A veces los dogmas son definidos y proclamados en razón de existir doctrinas que niegan

la verdad de Fe o parte de ella. En otros casos el influjo del Espíritu Santo obra por las

investigaciones teológicas, la devoción del pueblo, la atención de los obispos, y así la Iglesia es

movida a profundizar de una manera especial una verdad de fe hasta que se llega a una definición

dogmática. Pero en todos los casos hay que saber ver el obrar de la Providencia divina y su

infinita Misericordia, respondiendo a la oración de la Iglesia, pues cada dogma es una gracia

concedida por Dios en un momento determinado de la historia. Y esto hay que resaltarlo y

repetirlo: el dogma es una gracia, por lo tanto para que Dios la conceda es necesaria y decisiva la

oración del pueblo fiel.

Los teólogos suelen distinguir tres etapas en la maduración de una definición dogmática.

La primera, desde los primeros siglos del cristianismo una verdad fue creída y vivida por el

pueblo de Dios con total paz sin discusiones ni disensiones, y tal verdad aún podía ser objeto de

culto litúrgico como por ejemplo, las antiquísimas fiestas de la Asunción de María y de su

Inmaculada Concepción.

De esta etapa de mayor o menor duración nos queda el Magisterio de los Papas y Obispos,

y la Tradición testimoniada por los Santos y Padres de la Iglesia.

Una segunda fase es la profundización teológica de los fundamentos de esa verdad, sea

por interés de su estudio o por la urgencia ante posibles objeciones o errores. En esta etapa

aparecen casi siempre las controversias o dificultades de la época, o bien abiertas herejías, y así

se llega a la etapa de decidir una definición y proclamarlo, a veces con mucha urgencia como en

el Concilio de Éfeso, y así lo hace, con la gracia especial del Espíritu Santo, el Sumo Pontífice

solo o con un Concilio Ecuménico.

Siempre la exposición de una verdad trae paz y regocijo al pueblo fiel y a cada alma

dispuesta a escuchar a su Dios a través de quien lo represente.

 

La singular magnitud de una proclamación dogmática

 

Es necesario tener en cuenta que la definición y proclamación de un dogma tiene una

profunda significación para la Iglesia y para el mundo. Por eso en estas notas se intenta destacar

que un dogma no sólo tiene un desarrollo de maduración teológica, sino que conlleva un proceso

vital de la Iglesia toda. Y es que la verdad que se está estudiando concierne a la Fe, y por lo tanto

a toda la vida cristiana, como afirma el P. Demetrio Licciardo SDB: “todos los dogmas católicos

trascienden el marco de la especulación pura, y tienen profundas y extensas consecuencias en la

vida práctica y social: si así no fuera, sería tan sólo doctrina y no vida el cristianismo”.

Para ayudarnos a comprender esta realidad, agregamos las vehementes palabras de San

Antonio María Claret en Concilio Vaticano I, en apoyo de la infalibilidad papal.

El apóstol del Corazón de María hace ver cuánto se pone en juego cuando una verdad revelada se

define como dogma, y cuántas gracias trae consigo de manifestación pública y solemne.

 

La infalibilidad del Papa

Discurso pronunciado por San Antonio María Claret en el Concilio Vaticano I,

el 31 de mayo de 1870:

Eminentísimos presidentes,

Eminentísimos y reverendísimos padres:

Habiendo oído un día de éstos ciertas palabras que me disgustaron en extremo,

resolví en mi corazón que en conciencia debía hablar, temiendo aquel vae del profeta

Isaías que dice: ¡Ay de mí que he callado!.

Y así hablaré del Sumo Romano Pontífice y su infalibilidad según el esquema que

tenemos entre manos.

Y digo que, leídas las Sagradas Escrituras explicadas por los expositores católicos,

considerando la tradición jamás interrumpida, después de la más profunda meditación de

las palabras de los Santos Padres de la Iglesia, de los sagrados concilios y de las razones

de los teólogos, que en obsequio de la brevedad no referiré, digo: Que estoy sumamente

convencido, y, llevado por este convencimiento, aseguro que el Sumo Romano Pontífice

es infalible en aquel sentido y modo que es tenido en Iglesia Católica, Apostólica,

Romana.

Esta es mi creencia, y con toda ansia deseo que ésta mi fe sea la fe de todos. No

temamos a aquellos hombres que no tienen otro apoyo que la prudencia de este mundo;

prudencia que, a la verdad, es enemiga de Dios; ésta es aquella prudencia con la que

satanás se transfigura en ángel de luz; esta prudencia es perjudicial a la autoridad de la

Santa Romana Iglesia.

Finalmente, digo que esa prudencia es la auxiliadora de la soberbia de aquellos

hombres que aborrecen a Dios, soberbia, que como dice el profeta David, cada día crece y

continuamente sube arriba.

No lo dudo, Eminentísimos y Reverendísimos Padres, que ésta Declaración

dogmática de la infalibilidad del Sumo Romano Pontífice será el bieldo o ventilabro7 con

que Nuestro Señor Jesucristo limpiará su era8, y reunirá el trigo en el troje o granero y

quemará con fuego inextinguible la paja. Esta declaración separará la luz de las tinieblas.

¡Ojalá pudiese yo en la confesión de esta verdad derramar toda mi sangre y sufrir

la misma muerte!

¡Ojalá pudiese yo consumar el sacrificio que se empezó en el año 1836 bajando

del púlpito después de haber predicado de la fe y de las buenas costumbres el día 1 de

febrero, vigilia de la Purificación de María Santísima!

Y traigo las estigmas o las cicatrices9 de Nuestro Señor Jesucristo en mi cuerpo,

como lo veis en la cara y en el brazo.

¡Ojalá pudiese yo consumar mi carrera confesando y diciendo de la abundancia de

mi corazón esta grande verdad: Creo que el Sumo Pontífice Romano es infalible!

Sumamente deseo, Eminentísimos y Reverendísimos Padres, que todos

conozcamos y confesemos esta verdad.

En la Vida de Santa Teresa se lee que Nuestro Señor Jesucristo se le apareció y le

dijo: “Hija mía, todos los males de este mundo provienen de que los hombres no

entienden las Sagradas Escrituras”.

A la verdad, si los hombres entendieran las Sagradas Escrituras claramente vieran

esta verdad, que el Sumo Pontífice Romano es infalible, pues que esta verdad

claramente está contenida en las Sagradas Escrituras.

Pero ¿cuál es la causa de que no entiendan las Sagradas Escrituras?

Tres son las causas:

1º Porque los hombres no tienen amor a Dios, como dijo el mismo Jesús a Santa

Teresa.

2º Porque no tienen humildad, como dice el Evangelio: “Te confieso Padre,

Señor del Cielo y de la Tierra, porque has escondido estas verdades a los sabios y

prudentes según el mundo, y las ha revelado a los humildes”.

3º Finalmente, porque hay algunos que no quieren entenderlas, porque no quieren

obrar el bien.

Oigamos pues, como dice David:

Dios se digne compadecerse de nosotros y bendecirnos, haga resplandecer su

rostro santísimo sobre nosotros y se compadezca de nosotros.

He dicho en el día treinta y uno de mayo de 1870.

 

El depósito de la Fe

Tradicionalmente los Papas denominan sus documentos con las primeras palabras del

texto latino, elegidas de modo tal que expresen el punto de partida del pensamiento contenido en

él. Juan Pablo II inició la Constitución Apostólica para la promulgación del Catecismo de la

Iglesia Católica con las palabras Fidei depositum –El depósito de la fe- , para que con ese título

se la reconociera: (“Fideis depositum custodiendum Dominus Ecclesiae suae dedit, quod quidem

munus Ipsa idesinenter explet”...-“Conservar el depósito de la fe es la misión que el Señor

encomendó a su Iglesia y que ella realiza en todo tiempo...”).

Como dijimos, el depósito de la fe contiene todas las verdades de la revelación cristiana

contenidas en las Sagradas Escrituras y la Tradición. El cristianismo consiste en creer y vivir

estas verdades. Ellas constituyen una sola y armoniosa unidad. Cuando se ataca a una, se ataca al

conjunto de la doctrina católica, y todo el cristianismo es iluminado cuando la Iglesia expone

alguna de estas verdades; toda nuestra vida de cristianos recibe luz, una luz que se irradia a todo

el mundo.

 

Multitud de gracias que atraen los dogmas marianos

Si entendemos esto, comprenderemos que una multitud de gracias para la Iglesia y para el

mundo fueron atraídas por la proclamación de los dogmas marianos, esas verdades

fundamentales que conciernen a la Madre de Dios y nuestra, y las que atraerá la proclamación del

dogma que ahora suplicamos.

Por cierto que esa compresión es imposible sin la ayuda de Dios, que como nunca hoy

necesitamos, en estos tiempos de materialismo y de pecado que nos envuelven en una confusión

y que originaron la desgraciada “cultura de la muerte”.

Pero al mismo tiempo, por la infinita Misericordia de Dios, en medio de esos males del

siglo que dejamos atrás, llega a su plenitud la Era Mariana: “Una gran señal apareció en el

cielo: Una mujer vestida del sol y la luna debajo de sus pies, y en su cabeza una corona de

doce estrellas” (Ap. 12,1). Esa Mujer es María, la que por designio misericordioso de Dios, pone

luz en las tinieblas en que vivimos. Y han hecho eclosión, por así decirlo, las gracias de su

Corazón Inmaculado; nos encaminamos ya hacia su Triunfo, prometido en el Mensaje de Fátima.

Hoy más que nunca se hace necesario conocer, aunque no esté a nuestro alcance medirlas,

las grandezas con que el Señor ha privilegiado a María Santísima de modo tan sublime y excelso,

para así amarlas, reverenciarlas y cantarlas.

Muchas de ellas se rezan en las Letanías Lauretanas: “Sede de la Sabiduría, Causa de

nuestra alegría...”, “Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, Consuelo de los afligidos,

Auxilio de los cristianos...”.

Como ya vimos, Pío XII, la proclamó su Realeza: Reina de los Ángeles, de los Patriarcas,

de los Profetas, de los Apóstoles... y Paulo VI la proclamó Madre de la Iglesia. Títulos que se

unen a tantísimos otros. El último, el que le diera recientemente Juan Pablo II: Reina de la

Familia.

Y entre esos títulos, que hablan de sus grandezas, prerrogativas y glorias, están los cuatro

dogmas ya definidos: el primero y central, su Maternidad Divina del cual devienen todas aquéllas

y también los otros dogmas: su Virginidad Perpetua, su Inmaculada Concepción y su Gloriosa

Asunción en Cuerpo y Alma a los Cielos. Este pequeño trabajo es para hablar de ellos pero sin la

pretensión de exponer detalladamente la doctrina de los mismos. Se trata aquí de mencionarlos,

con un tímido resumen doctrinal e histórico, agregando algunas referencias y textos que la

Providencia puso a nuestro alcance, para tratar de descubrir un poco las circunstancias de esas

proclamaciones marianas y la participación en ellas del pueblo fiel, como también dar una idea de

la gloria que dieron a Dios y a María, y el gozo que llevaron a las almas, cómo influyen en la

vida de los cristianos, qué mensaje llevan al mundo entero...

Y en cuanto al dogma que se pide: María Corredentora, Medianera de todas las gracias y

Abogada del Pueblo de Dios, nos extendemos más, sobre todo transcribiendo la doctrina de San

Alfonso María de Ligorio y San Luis María Grignion de Montfort, los dos grandes Doctores

marianos de la Iglesia.

 

Debemos profundizar todo el gran Dogma Mariano

Y también se trata de despertar la inquietud por el estudio de la doctrina mariana, y

hacerlo sin separar los dogmas, antes bien profundizar todo el gran Dogma Mariano, toda la

verdad de las maravillas que el Señor hizo en María (Lc. 1,46) incluyendo otros privilegios y

glorias, expresadas en títulos y advocaciones que aquí no podemos abarcar. Y para ello debemos

acercarnos con profunda humildad, en la oración, para ver –con la Iglesia- lo que Dios quiso e

hizo en la Virgen, su Santísima Madre, las muy sublimes gracias con que la colmó, el lugar que

le dio en la Creación y en la Redención, en la adquisición y distribución de sus tesoros.

La invitación sugiere también estudiar la presencia de María en la historia de la Salvación

desde el Antiguo Testamento que anuncia y prepara la venida del Mesías y de su Madre, y luego

recorre los 2000 años de cristianismo, tratando de advertir su intervención maternal en cada

época, y la correspondencia que tuvo para con Ella el pueblo de Dios –su pueblo- por las gracias

del Espíritu Santo.

Y en ese contexto descubrir la relación de cada proclamación con las circunstancias

históricas del momento en que se realizaron, con la repercusión e influencia que tuvieron en la

vida de la Iglesia y del mundo.

Y así llegar a entender por qué Dios pide, eso creemos firmemente, el Dogma de la

Corredención, Mediación e Intercesión de María.

 

El misterio de María compromete a todo cristiano

Nuestro Santo Padre Juan Pablo II nos dice:

“... han sido necesarios muchos siglos para llegar a la definición explícita

de verdades reveladas referentes a María. Casos típicos de este camino de fe para

descubrir de forma cada vez más profunda el papel de María en la historia de la

salvación, son los dogmas de la Inmaculada Concepción y de la Asunción,

proclamados, como es bien sabido, por dos venerados predecesores míos,

respectivamente por el siervo de Dios Pío IX en 1854, y por el siervo de Dios

Pío XII 10 durante el jubileo del año 1950.

La mariología es un campo de investigación teológica particular: en ella el

amor del pueblo cristiano a María ha intuido a menudo con anticipación algunos

aspectos del misterio de la Virgen, atrayendo hacia ellos la atención de los

teólogos y de los pastores.

El Espíritu Santo guía el esfuerzo de la Iglesia, comprometiéndola a tomar

las mismas actitudes de María. En el relato del nacimiento de Jesús, Lucas afirma

que su Madre conservaba todas las cosas “meditándolas en su corazón” (Lc.

2,19), es decir, esforzándose por ponderar con una mirada más profunda todos los

acontecimientos de los que había sido testigo privilegiada.

De forma análoga, también el pueblo de Dios es impulsado por el mismo

Espíritu a comprender en profundidad todo lo que se ha dicho de María, para

progresar en la inteligencia de su misión, íntimamente vinculada al misterio de

Cristo.

En el desarrollo de la mariología, el pueblo cristiano desempeña un papel

particular: con la afirmación y el testimonio de su fe, contribuye al progreso de la

doctrina mariana, que normalmente no es sólo obra de los teólogos, aunque su

tarea sigue siendo indispensable para la profundización y la exposición clara del

dato de fe y de la misma experiencia cristiana.

La fe de los sencillos es admirada y alabada por Jesús, que reconoce en ella

una manifestación maravillosa de la benevolencia del Padre (Mt. 1; Lc. 10,21).

Esa fe sigue proclamando en el decurso de los siglos, las maravillas de la historia

de la Salvación, ocultas a los sabios. Esa fe en armonía con la fe de la Virgen, ha

hecho progresar el reconocimiento de su santidad personal y del valor

trascendente de su maternidad. El misterio de María compromete a todo cristiano,

en comunión con la Iglesia, a meditar en su corazón lo que la revelación

evangélica afirma de la Madre de Cristo”.

(Juan Pablo II, 8 de noviembre de 1995,

Catequesis en la audiencia general).

 

Conocerla, honrarla y rogar por su quinto dogma

En estos tiempos son incontables los corazones que han sido tocados por la Virgen y que

se han decidido por el camino de la conversión a Dios: son los tiempos de María. Muchos se

muestran activos en el apostolado. A todos, especialmente a estos últimos va dirigida esta

invitación de profundizar las verdades marianas para conocer a la Toda Santa a la luz de las

enseñanzas de la Iglesia, en fuentes de sana doctrina.

Así harán que se la ame y honre más, como el mismo Dios lo hizo, según le cantamos:

Queremos hoy honrarte

como el mismo Dios te honró

y queremos amarte

como Jesús te amó

Sobre todo, a quienes pueda llegar este libro, queremos invitarlos a rogar para que María

Santísima sea proclamada Corredentora, Medianera de todas las gracias y Abogada nuestra;

porque al dogma sólo se llegará por el camino de la oración humilde, confiada y perseverante.

.......................................

Notas

1 Promulgado por la Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, por mandato de SS. Juan Pablo II, el 25 de marzo de 1981.

2 De Luján, del Valle, del Milagro, de Itatí, del Rosario en su ciudad, del Rosario de Nueva Pompeya, del Rosario

del Milagro, del Rosario de Paraná...

3 Oración del Ritual promulgado por S.S Juan Pablo II en 1981.

4 La Virgen Santísima pedía en su mensaje en nombre de Dios la consagración de Rusia a su Inmaculado Corazón,

realizada por el Papa y todos los obispos del mundo conjuntamente y en el mismo acto; y esto, junto con la devoción

de los primeros sábados es la condición para la paz.

5 Expresión del propio Juan Pablo II.

6 Radiomensaje que el Papa llamó “de la realeza de María”.

7 Bieldo: Instrumento..., que se usa para “beldar”, es decir aventar con él las mieses, legumbres, etc. Trilladas,

para separar el grano de la paja. (Diccionario Esposa Calpe). Ventilabro está usado como sinónimo.

8 Era: Espacio de tierra limpia y firme, algunas veces empedrado, donde se trillan las mieses// Cuadro pequeño de

tierra destinado al cultivo y hortalizas. (Diccionario Esposa Calpe).

9 Cicatrices de las gravísimas heridas sufridas el día que menciona, cuando fue atacado brutalmente en Holguín donde se encontraba en visita pastoral como obispo de Cuba.

10 Beatificado por el propio Juan Pablo II el 2 de septiembre del Año Jubilar 2000.

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