Fundamentos y
Práctica de la Vida Mariana
Con confianza presentamos al público piadoso y serio este
quinto volumen de la Serie Immaculata, lanzada durante el
Año Mariano 1953-1954.
Con confianza…
No
a causa del valor intrínseco y objetivo de este trabajo,
sino a causa del interés de la materia tratada en estas
páginas. La vida mariana, tal como la propone San Luis María
de Montfort, atrae incontestablemente cada vez más a las
almas, especialmente a aquellas que sienten una vocación
especial en este campo. La materia tratada en este quinto
pequeño volumen es particularmente atractiva, y asimismo
importante para completar en nuestra vida el lugar que le
corresponde a la inseparable Socia de Cristo en los
designios y obras de Dios.
Con confianza…
Porque esta Mediadora incomparable de todas las gracias
quiso impregnar de luz, de fortaleza y de unción al menos
algunas de las páginas de los volúmenes precedentes, y eso
nos hace esperar y augurar humildemente los mismos
beneficios para las páginas siguientes.
Con confianza…
Porque, desde muchas partes nos han alentado en nuestro
trabajo por medio de testimonios reconfortantes: un eminente
mariólogo de Roma, consultor de congregaciones romanas; el
redactor jefe de una de nuestras grandes revistas
mariológicas; un profesor jubilado de universidad,
domiciliado en Budapest, que espera la victoria de la
Patrona de Hungría; un joven sacerdote indígena, que lucha
en Vietnam por el triunfo de la causa de Dios; al igual que
muchas almas sencillas, a menudo gente del pueblo, que se
esfuerzan por releer estos artículos tres y cuatro veces
para comprenderlos mejor…
¡Sea bendita nuestra divina Madre mil veces por ello, y
dígnese aceptar ahora, en su infinita bondad, este humilde
regalo «jubilar» que le ofrecemos durante el año
preparatorio al gran jubileo de Lourdes, para el 40º
aniversario de sus apariciones en Fátima y para el cercano
25º aniversario de sus apariciones en Beauraing y en Banneux!
Lovaina, Convento de María Mediadora,
a 25 de marzo de 1957.
Debemos abordar ahora el
estudio de un aspecto nuevo y especial de la vida mariana:
vivir para la Santísima Virgen. San Luis María de Montfort
hizo con todas las manifestaciones más hermosas e
importantes de la piedad mariana un todo sólidamente
construido, con partes íntimamente trabadas entre sí. Hemos
estudiado ya sucesivamente la mayoría de estas partes.
El fundamento práctico de
una vida mariana ideal consiste en la Consagración total y
definitiva a la Santísima Virgen, tal como Montfort la
expone. Esta vida mariana ha de componerse de una
dependencia habitual y de una obediencia total para con
Nuestra Señora, de una confianza absoluta que nos haga
recurrir a Ella en toda dificultad, de la imitación fiel de
sus virtudes, y de una unión habitual con Ella en todas
nuestras acciones. Todas estas formas de la vida mariana han
sido expuestas precedentemente.
Este rápido vistazo de
conjunto nos hace constatar de nuevo qué rica y completa es
la devoción mariana, tal como la propone nuestro Padre de
Montfort; cómo correspondemos así a todos los aspectos de la
misión de la Santísima Virgen hacia nosotros; cómo
marializamos con ella todas las formas principales de la
vida cristiana, y cómo en todas nuestras relaciones con Dios
reconocemos prácticamente a la Madre de Jesús una Mediación,
adaptada a estas distintas relaciones.
Llegamos ahora a la
exposición del último gran aspecto de la vida mariana: vivir
y obrar para María.
También para este trabajo
imploramos humildemente, por la intercesión de nuestro Padre
de Montfort, la bendición materna de la Llena de gracia.
Aspecto
importante
La finalidad es un aspecto
importantísimo de nuestra vida moral. Los filósofos y los
teólogos lo han constatado: de todas las causas que influyen
en nuestras acciones, la causa final o meta que perseguimos
es la más importante. Y es que ella pone en movimiento todas
las demás energías, y les impone su dirección. Por el fin
perseguimos y sobre todo damos valor a nuestros actos, que
aunque en sí mismos puedan ya ser dignos de alabanza o de
reprensión, reciben de modo principal su valor, tanto para
el bien como para el mal, del fin hacia el cual los
orientamos. Quien roba para cometer un pecado de impureza es
más impúdico que ladrón, y quien vive pobremente para poder
hacer buenas obras practica más la caridad que la pobreza.
Por eso no hay que
extrañarse de que los autores de la vida espiritual hayan
concedido una importancia tan grande a este punto,
recomendando con tanta insistencia lo que llaman la pureza
de intención, y volviendo sin cesar sobre esto, que todas
nuestras acciones han de estar orientadas hacia Dios como
hacia nuestro fin último y supremo, y que todas ellas, tanto
exteriores como interiores, deben ser realizadas únicamente
para mayor gloria de Dios. Por otra parte, este precepto nos
ha sido inculcado repetidas veces por el Espíritu Santo
mismo: «Ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra
cosa, hacedlo todo para gloria de Dios»
[1].
Marializado por
Montfort
En la edificación de su
sistema de espiritualidad mariana, Montfort no descuidó
este importante punto de vista de la vida cristiana.
Mientras que la mayor parte de los devotos de la Santísima
Virgen, incluso los mayores y más conocidos, dejan este
aspecto en la sombra y no lo mencionan, el gran Apóstol de
María reconoce a la Virgen la parte que le corresponde en el
orden de la finalidad, y nos pide también que hagamos todas
nuestras acciones para María, para su provecho y gloria, y
que por consiguiente la tomemos como fin subordinado de toda
nuestra vida.
En el
«Tratado de la Verdadera Devoción» escribe: «En fin, es
menester realizar todas las acciones para María.
Pues, como uno se ha entregado totalmente a su servicio, es
justo que se haga todo para Ella, como un criado, un siervo
y un esclavo; no que se la tome por el fin último de
nuestros servicios, que es Jesucristo solo, sino por el fin
próximo, el centro misterioso y el medio fácil para ir a El»
[2].
Y en «El Secreto de María» podemos leer: «Es menester
hacer todas las propias acciones para María, es
decir, que siendo esclavo de esta augusta Princesa, es
menester que no se trabaje más que para Ella, para su
provecho y para su gloria como fin próximo, y para la gloria
de Dios como fin último. En todo lo que se hace, hay que
renunciar al amor propio, que se toma casi siempre por fin
de manera imperceptible, y repetir frecuentemente desde el
fondo del corazón: ¡Soberana querida, por amor vuestro voy
aquí o allá, hago esto o aquello, sufro esta pena o esta
injuria!»
[3].
El hombre conoce
y determina su fin
Todos
sabemos lo que quiere decir hacer una cosa por un fin
determinado. A diferencia de los seres inferiores, somos,
como hombres, conscientes del fin que perseguimos en
nuestras acciones. Tenemos incluso el poder de determinar el
fin que vamos a alcanzar por nuestros actos. Un animal obra
por puro instinto, come porque tiene hambre y se siente
atraído por la comida, sin ser consciente del fin que
persigue por esta acción, a saber, la conservación y el
desarrollo de su vida. El hombre, también en esto, es muy
superior a la bestia. No sólo es consciente del fin
inmediato y más remoto a que apunta por sus actos, sino que
también puede determinar y cambiar libremente la orientación
de sus actos. Un hombre puede comer por gula, únicamente por
el placer inherente a esta acción. Pero también puede
hacerlo explícitamente para mantener su vida, reparar sus
fuerzas y estar así en condiciones de cumplir bien su deber
de cada día. Esta misma acción puede realizarla por un fin
superior: por amor a Dios, a fin de ser capaz de trabajar
para gloria de Dios y salvación de las almas, o
sencillamente para glorificar a Dios y servirlo por medio de
esta misma acción. Desde este punto de vista, es
perfectamente normal que se nos pida hacer todas nuestras
acciones para gloria y provecho de la Santísima Virgen.
También es conforme a la línea de nuestra naturaleza humana
que, en el orden de la finalidad, demos a nuestras acciones
una orientación determinada.
Dios, fin último;
María, fin subordinado
También debemos recordar
que en una misma acción podemos perseguir varios fines a la
vez, y que incluso podemos hacerlo sin disminuir la
intensidad de nuestra tendencia a cada uno de estos fines,
cuando están subordinados entre sí y uno de ellos puede ser
considerado como medio para alcanzar el otro a modo de fin.
Nuestro Padre de Montfort sugiere aquí la comparación muy
justa de un viaje. Por ejemplo, quiero ir en bicicleta, en
auto o a pie desde Lovaina hasta Bruselas; el camino de
Bruselas pasa por Kortenberg. En este caso, es cierto que en
la primera parte del viaje podré decir con verdad que voy a
Kortenberg, aunque mi viaje apunte más bien a Bruselas,
término de mi desplazamiento, que a Kortenberg, que sólo es
una pausa intermedia para llegar a la capital.
San Luis María de Montfort
nos pide que realicemos nuestras acciones a la vez para
gloria de Dios y de su divina Madre; para Ella como fin
inmediato y subordinado, y para Jesús y Dios como fin último
y supremo.
El obrar para María como
fin inmediato y secundario no me impide de ningún modo
desear la mayor gloria de Dios y tender a ella por mi
acción. En efecto, yo apunto a la glorificación y a las
intenciones de la Santísima Virgen únicamente porque pueden
favorecer y realizar la glorificación de Dios.
Podemos ir más lejos. Con
nuestro Padre debemos mantenernos persuadidos de que el
mejor medio, el más perfecto, el único en cierto sentido, de
procurar la mayor gloria de Dios, es precisamente
vivir y obrar para Nuestra Señora, por sus intenciones y
para su provecho. Pues la Santísima Virgen sabe siempre cómo
puede realizarse y obtenerse esta mayor gloria de Dios.
Nosotros, en nuestras
oraciones, formulamos intenciones particulares. Las
ofrecemos para lograr esta curación, esta conversión, esta
gracia. Incluso cuando sabemos elevarnos por encima del
círculo de nuestros intereses personales y de nuestro
entorno, cuando formulamos intenciones «[A1] apostólicas»
y por lo tanto ciertamente buenas, no estamos nunca seguros
de que estas intenciones sean de hecho las mejores, las más
urgentes, las más eficaces para promover el reino y la
gloria de Dios.
Nuestra Señora, al contrario, conoce todo lo que sucede en
el reino de Dios. Ella sabe dónde nuestras oraciones y
sacrificios serán más útiles, dónde una decena del Rosario,
o un simple Avemaría, o la menor buena acción, producirá los
frutos más ricos para la salvación y santificación de las
almas, y por ende para el reino y la gloria de Dios. Si le
dejamos entera libertad de disponer de nuestros bienes
espirituales, y si rezamos, trabajamos, sufrimos y vivimos
fielmente por sus intenciones, podremos mantenernos
tranquilamente seguros de que Ella sacará de nuestra pobre
vida absolutamente todo lo que ella puede producir para
gloria de Dios, para mayor gloria de Dios, fin último de la
creación y de todas las obras divinas.
En el capítulo precedente
hemos visto que San Luis María de Montfort también introduce
a Nuestra Señora en el orden de la finalidad de nuestra
vida, y nos pide que lo hagamos todo para Ella como fin
próximo y para gloria de Dios como fin supremo. Nada nos
impide perseguir a la vez este doble fin. Vivir para la
glorificación de la Santísima Virgen y por sus intenciones
nos hará conseguir perfectísimamente la mayor gloria de
Dios.
A ciertas personas este
aspecto de la vida mariana podrá parecerles insólito e
injustificado. Por eso vamos a contestar a la siguiente
pregunta: ¿Por qué motivos puedo o debo, en cierta medida,
tomar a María como fin subordinado de mi vida, y realizar
todas mis acciones por Ella?
Nuestro amor por Ella
Ante todo, vivir,
trabajar, rezar, sufrir, luchar y morir por Nuestra Señora
es algo totalmente normal cuando se la ama con un amor
grande; y todos nosotros queremos tender al amor más puro y
elevado hacia la Santísima Virgen María.
Ahora
bien el amor, además de la unión con el ser amado, ¿no
siente la necesidad imperiosa, como sueño acariciado
incesantemente, de hacerlo todo por aquel o por aquella que
es objeto de este afecto? Cierto es que para el amor humano
ordinario este sueño es en gran parte irrealizable y
quimérico. ¿Qué provecho puede encontrar un hombre, en el
plano natural, en que otra persona oriente hacia él toda su
actividad exterior e interior, salvo esta, que dicho trabajo
satisfaga las necesidades de sus seres queridos? Pero es
evidente que, a pesar de eso, la necesidad de vivir por el
ser amado es uno de los instintos más profundos y asimismo
más elevados del amor. Y lo que parcialmente no es más que
un sueño irrealizable para el amor humano, se convierte en
una pura y preciosa realidad en nuestro amor por Dios y por
la Santísima Virgen. Ya es en sí mismo una glorificación
para Ella, que en todas mis acciones la tenga ante mis ojos
como fin subordinado de mi vida. Añádase a esto que cada
acción hecha en estado de gracia, o incluso solamente bajo
el impulso de la gracia actual, aumenta realmente la gloria
de Nuestra Señora y enriquece el gozo accidental de su alma.
Pues esta acción es hecha bajo el influjo de la gracia, que
después de Dios y de Jesús viene siempre de María. Toda
buena acción es un gozo para la Madre de Jesús y la Madre de
las almas; todo acto virtuoso es un fruto de su Corredención,
un efecto de su Mediación de gracia; significa una victoria,
por pequeña que sea, de la Adversaria personal de Satán, y
forma parte en definitiva de su triunfo final y total contra
el gran Enemigo de Dios y de las almas. Por eso, de ningún
modo es poco razonable tomar como intención «el provecho
y la gloria» de María, como lo aconseja Montfort: pues
este fin es realmente logrado y realizado.
Los derechos de
la Santísima Virgen
Además, nos parece incontestable que la Santísima Virgen
tiene algunos derechos que hacer valer aquí, y que por más
de un motivo es altamente conveniente realizar nuestras
acciones por su honor y por su gloria.
Se es
fin del mismo modo que se es principio. Lo que fabricamos y
producimos es nuestro y para nosotros. Un obrero puede
disponer a su gusto, por derecho natural, del fruto de su
trabajo. Dios es el fin último y supremo de todo ser y de
toda operación, porque es también su primer Principio y su
Causa suprema. Ahora bien, la Santísima Virgen es principio
y causa, ciertamente subordinada pero real, de todo lo que
hacemos en estado de gracia, y asimismo de todo lo que
realizamos bajo la inspiración y con la ayuda de la gracia,
porque Ella es la Mediadora y Distribuidora de todas las
gracias. Por lo tanto, es justo que todas nuestras acciones
sobrenaturales —y es sobrenatural todo lo que hacemos en
estado de gracia, y también en cierto sentido todo lo que
hacemos al menos bajo el impulso de la gracia actual— sean
destinadas y realizadas para su glorificación.
En un texto célebre San
Pablo establece el siguiente orden de pertenencia, y por lo
tanto de finalidad: «Todo es vuestro; y vosotros, de
Cristo; y Cristo, de Dios»
[4].
Es indudable que podemos intercalar aquí el nombre de la
Santísima Virgen, que en cuanto nueva Eva es inseparable de
su Hijo y Esposo divino, y completar así esta gran fórmula:
«Todo es vuestro y para vosotros; y vosotros, de Cristo y
de María, y para Ellos también; y Cristo y María, de Dios y
para Dios». Con muchos teólogos y santos podemos creer que
todo el universo y todos los seres espirituales y
materiales, provistos o no de razón, fueron creados y son
mantenidos en la existencia para gloria de Cristo, pero
también para gloria de María; que, por lo tanto, la
Santísima Virgen es, después de Cristo, el fin de toda la
creación, hombres y ángeles incluidos. Conviene que
aceptemos, respetemos y realicemos prácticamente, en cuanto
de nosotros depende, este orden establecido por Dios, y que
por consiguiente empleemos toda nuestra vida y realicemos
todas nuestras acciones para gloria de Dios como fin último,
y para glorificación de María como fin secundario y medio
perfectísimo de contribuir al honor supremo de Dios.
El deber del esclavo
de amor
En
tercer lugar, esta vida para María, como muy justamente lo
hace observar nuestro Padre, se impone como un deber a
quienes se han entregado totalmente a Ella por la santa
esclavitud de amor. El esclavo, incluso el que se ha
establecido voluntariamente en esta condición, pertenece a
su dueño con todo lo que tiene y todo lo que es. Todos los
frutos de esta vida y de su actividad pertenecen, de
derecho, al dueño de quien es propiedad. Sus acciones deben
estar orientadas al beneficio de su amo, y tender a su
provecho. De este modo nosotros nos hemos consagrado
totalmente, como esclavos de amor, a nuestra Madre
amadísima. Notemos solamente que nuestra pertenencia a María
es mucho más entera y radical que la de un esclavo ordinario
respecto de su señor o de su señora. Nos hemos entregado a
Ella con todo lo que somos y todo lo que poseemos, nuestro
cuerpo y nuestra alma, nuestros bienes de naturaleza y de
gracia, en el tiempo y para la eternidad. Inútilmente
buscaríamos en el orden humano un ejemplo de semejante
pertenencia, pues el esclavo pertenecía a su señor sólo en
cuanto al cuerpo, en el orden puramente natural y como
máximo hasta la muerte. Por lo tanto, si somos de la
Santísima Virgen de manera tan profunda, universal y
duradera, es muy justo que todas nuestras acciones, todas
las manifestaciones de nuestra actividad espiritual y
corporal, natural y sobrenatural, estén orientadas hacia
Ella, sean realizadas y ofrecidas para su honor y gloria,
para su provecho y beneficio. Y así es muy normal que San
Luis María de Montfort consigne en su Acto de Consagración
esta práctica y esta conclusión: «Protesto que en
adelante quiero, como verdadero esclavo vuestro, procurar
vuestro honor y obedeceros en todas las cosas». El
producto de un campo pertenece a su poseedor, y los frutos
del árbol pertenecen de derecho a su propietario.
Así,
pues, nuestro Padre de Montfort saca muy legítimamente esta
conclusión de nuestra santa esclavitud para con la Madre de
Dios. San Pablo ya lo había dicho mucho antes que él,
refiriéndose a su esclavitud respecto de Cristo. Razona así:
«¿Busco yo ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿O
es que intento agradar a los hombres? Si todavía tratara de
agradar a los hombres, ya no sería siervo de Cristo»
[5].
Si hacemos nuestras acciones para los hombres, o para el
hombre que somos nosotros mismos; en otras palabras, si en
nuestras acciones nos buscamos a nosotros mismos o a otras
creaturas, no seremos los dignos esclavos de Jesús y de
María. Nuestros actos sólo deben perseguir su honor y su
provecho. Esta es la esclavitud de amor bien comprendida.
Para
nosotros será una excelente práctica, examinar a menudo
nuestra conciencia, como San Pablo, y preguntarnos en el
curso de nuestras acciones si estamos intentando agradar con
ellas a Dios y a su dulce Madre, o a los hombres y a
nosotros mismos; y, si es preciso, corregir y rectificar
valientemente nuestras intenciones.
Después de algunas consideraciones generales, entre otras
sobre la importancia del punto de vista de la finalidad en
nuestra vida espiritual, hemos hablado hasta ahora de los
motivos que deben hacernos aceptable, deseable y casi
obligatoria la vida «para María». Llegamos ahora a la
exposición de la práctica en sí misma. Querríamos
desarrollar un tanto los consejos de San Luis María de
Montfort sobre este tema.
Hay
dos modos de vivir y de obrar por la Santísima Virgen: ante
todo, hacerlo todo sencillamente por amor a Ella, para su
provecho y su gloria; y luego, orientar toda la vida a la
glorificación de Nuestra Señora por las almas, a su reino en
el mundo, y por lo tanto obrar más bien con un espíritu
apostólico. Por el momento trataremos de la vida para María
enfocada del primer modo.
Lo que debemos
evitar
El
primer consejo de nuestro Padre de Montfort es negativo. No
por eso es menos importante. «Esta alma debe renunciar,
en todo lo que hace, a su amor propio, que se toma casi
siempre como fin de manera imperceptible»
[6].
Tenemos, pues, ante todo,
esta observación severa —¡pero qué justa por desgracia!— de
un gran conocedor de las almas: que, si no tenemos cuidado y
no reaccionamos constantemente, nos tomamos casi siempre a
nosotros mismos, de manera desordenada, como fin de nuestras
acciones. Desgraciadamente mucha gente no se da cuenta de
ello. Incluso muchas «personas piadosas» viven en la ilusión
a este respecto. Pero un examen de conciencia serio y
habitual, especialmente sobre el móvil secreto y último de
nuestros actos, nos llevará a la triste comprobación de que
la sensualidad, el amor de nuestras comodidades, la vanidad,
el orgullo, el deseo de agradar, etc., es lo que nos hace
obrar muy a menudo, y lo que, como un gusano escondido, roe
nuestras mejores acciones y las arruina totalmente o casi.
Por eso, debemos estar convencidos desde el comienzo de que
se impone aquí una extrema vigilancia, si no queremos echar
a perder una gran parte de nuestras acciones y de nuestra
vida.
En este consejo se incluye
también, evidentemente, que debemos saber renunciar al deseo
de agradar a otras creaturas. En efecto, cuando tomamos a
una creatura cualquiera como fin de nuestras acciones, no
hacemos más que tratar de satisfacernos a nosotros mismos;
pues en estas creaturas buscamos, en definitiva, nuestra
propia satisfacción sensible o espiritual.
Después de habernos
convencido del gran peligro en que nos encontramos de
realizar nuestras acciones casi imperceptiblemente por amor
propio, por búsqueda de nosotros mismos, debemos ejercernos
en sustraernos a estas preocupaciones miserables. No hagamos
ninguna acción única o principalmente para satisfacer
nuestros sentidos, por ejemplo en el comer o en el beber.
Tampoco renunciemos jamás a ninguna acción por el solo
motivo de que molesta y crucifica nuestros sentidos, como
sería, por ejemplo, la visita de los pobres y de los
enfermos. No hablemos ni obremos para ser vistos y alabados
por los hombres, para recoger sus aprobaciones y alabanzas.
No trabajemos para ganar dinero, al menos no sin referir
este fin poco noble a un fin superior, como por ejemplo el
mantenimiento de nuestra familia según las miras de Dios. En
la oración no busquemos nuestra propia satisfacción, ni
siquiera por medio de las consolaciones espirituales. No nos
aventuremos en el laberinto de los mil senderos, en que
nuestro amor propio quiere meternos. Tampoco es exigir
demasiado, desde el punto de vista cristiano en general,
pedir que antes de cada acción más importante renunciemos a
toda intención menos noble, a la búsqueda inconsiderada de
nosotros mismos, bajo cualquier forma que se pueda
presentar. Este consejo de San Luis María de Montfort es,
por lo tanto, de gran importancia.
Esto es lo que en
espiritualidad se llama «pureza de intención». Ella exige
que, incluso cuando nuestra intención predominante sea buena
y recta, no nos dejemos influenciar por todo un tropel de
intenciones secundarias poco loables. Podemos comulgar
principalmente por amor a Jesús, para agradar a la Santísima
Virgen y alimentar espiritualmente nuestra alma, pero a la
vez también un poco para ser vistos y estimados por los
hombres, o por tal o cual persona en particular. Podemos ir
a la mesa teniendo como intención principal la gloria de
Dios, pero también un poco para satisfacer nuestra gula.
Nuestra divina Madre deberá despertar aquí nuestra atención
y ayudarnos a renunciar a todo fin poco noble que podríamos
estar persiguiendo en nuestras acciones, incluso en un orden
secundario, para llevarnos poco a poco a una pureza de
intención total y perfecta en todas nuestras acciones.
Lo que debemos
hacer
Esta
práctica, considerada bajo su aspecto positivo y más
elevado, es muy sencilla y a la vez muy hermosa y atractiva.
Nuestro Padre no podría habérnosla propuesto de manera más
clara y simple: «[Esta alma debe]… repetir frecuentemente
desde el fondo del corazón: ¡Amada Soberana, por amor
vuestro voy aquí o allá, hago esto o aquello, sufro esta
pena o esta injuria!»
[7].
La
campana, o tu despertador, o un toque fuerte a la puerta de
tu habitación, te saca de un profundo sueño: «¡Mi buena
Madre, por Ti, por Jesús y por Ti ofrezco este primer
sacrificio!», e inmediatamente te pones de pie.
Por
Ella y bajo su mirada materna le darás luego a tu cuerpo los
primeros cuidados.
«Por
Ti, divina Madre, asisto al Sacrificio de Jesús, al que me
asocio contigo y por Ti, y en el que, unido a Jesús y a Ti,
puedo ser víctima espiritual, ofrecida e inmolada para mayor
gloria de Dios».
«Por
Ti voy a la mesa, comienzo mis quehaceres, realizo mi
jornada de trabajo, ofrezco cada hora y cada minuto de esta
jornada; de vez en cuando renovaré esta intención, sobre
todo cuando tenga que cambiar de ocupación».
«También por Ti, buena Madre, me entrego a esta hora de
descanso, a este pequeño trabajo de recreación, a esta
lectura atractiva, a estos momentos de agradable
conversación».
Y
cuando tengas que sobrellevar contratiempos, sufrir tedio o
fatiga, soportar caracteres difíciles, aceptar
humillaciones, reconocer un fracaso, preséntale todo eso a
María, deposítalo en el incensario de oro de su Corazón
Inmaculado, para que todo eso suba hacia el Señor como un
sacrificio de agradable olor.
De
este modo cada una de tus acciones, incluso las más mínimas
y humildes, y realmente cada instante de tu vida, será como
un canto de amor y alabanza que, captado y reforzado por el
altavoz precioso del Corazón de tu Madre, subirá como
melodía encantadora hasta el trono de Dios.
Así
hemos de vivir, así nos hemos de esforzar por vivir sin
cesar, al menos habitualmente, y renovar a menudo esta
preciosa intención. Hagámoslo especialmente, como ya hemos
dicho, cuando se nos ofrezca la cruz, cuando se nos presente
una dificultad, cuando la tentación, tal vez dura y tenaz,
nos asalte, cuando se nos pida un sacrificio y tengamos que
practicar la renuncia exigida por Jesús y tan difícil para
nosotros. Todo eso quedará suavizado, facilitado y
transfigurado por esta práctica.
Nuestro Padre de Montfort no ha sido el único, ciertamente,
en aconsejar y en practicar esto. Cuando el joven Gabriel de
la Dolorosa tenía que vencerse, y le costaba hacerlo, se
decía a sí mismo: «¿Cómo? ¿Dices que amas a la Madona y no
serás capaz de hacer este sacrificio por amor a Ella?». Y
así siempre lograba la victoria deseada.
En la
vida del santo Cura de Ars, que también era esclavo de la
Santísima Virgen, se cuenta un pequeño episodio típico del
mismo género. Tenía quince o dieciséis años y trabajaba aún
en la granja paterna. Tenía que layar el viñedo para
eliminar las malas hierbas. Al parecer era un trabajo
penoso. Para estimularse a ello, Juan María colocaba una
estatuilla de la Santísima Virgen a unos veinte metros
delante suyo. Para llegar más pronto junto a la imagen de su
Madre, a la que tanto amaba, trabajaba entonces con
redoblado ardor.
De un
modo u otro hagamos lo que hicieron los santos. Empleemos
también estas piadosas estratagemas, recurramos a nuestro
amor filial por María, a fin de superar nuestra debilidad.
La experiencia demuestra que esta práctica encierra una
grandísima energía para hacer el bien.
En
los capítulos precedentes sobre la vida «para María» hemos
constatado que San Luis María de Montfort, por medio de
ella, reconoce a la Santísima Virgen el lugar que le
corresponde en el orden tan importante de la finalidad.
Decíamos que podemos hacerlo de dos modos: ante todo —y este
aspecto ya lo hemos expuesto— realizando sencillamente las
acciones para honra y gloria de la Santísima Virgen como fin
próximo —siendo Dios nuestro fin superior y último—, por sus
intenciones, por amor a Ella, para agradarla, etc.
Pero
hay otro modo de vivir para la Santísima Virgen, tal vez más
elevado y atractivo aún, y es realizar las acciones con un
espíritu apostólico, por el reino de la Santísima Virgen
[8],
a fin de llegar así al reino de Cristo y al reino de Dios;
pues, también en este orden, la Santísima Virgen está
subordinada a Cristo y totalmente orientada a El. La
aspiración de nuestro Padre de Montfort no tardará en
convertirse en una de las súplicas clásicas de la piedad
cristiana:
Ut adveniat
regnum tuum, adveniat regnum Mariæ!
¡Para que venga a nosotros tu reino, venga el
reino de María!
El
consejo y la palabra de Montfort sobre este punto es claro y
límpido. Totalmente en concordancia con el punto de vista
inicial que él adopta en dos de sus obras marianas
[9],
a lo que había escrito sobre el «para María» en «El Secreto
de María», y que retoma en su «Tratado de la Verdadera
Devoción», añade en este último el aspecto del apostolado,
el pensamiento del reino de la Santísima Virgen. En el fondo
no hay tanta diferencia entre los dos aspectos, puesto que
el reino de Cristo, en definitiva, se logra por la
santificación de las almas. Pero el punto de vista del reino
de Cristo, directamente mencionado, y que se debe alcanzar
por el reino de su divina Madre, es en sí mismo más hermoso,
más elevado, más rico, más desinteresado.
El
texto «apostólico» de Montfort sobre la vida «para María» es
el siguiente: «Es menester realizar todas las acciones
para María. Pues, como uno se ha entregado totalmente a
su servicio, es justo que se haga todo para Ella, como un
criado, un siervo y un esclavo; no que se la tome por el fin
último de nuestros servicios, que es Jesucristo solo, sino
por el fin próximo, el centro misterioso y el medio fácil
para ir a El. Tal como un buen siervo y esclavo, no se debe
permanecer ocioso; sino que es preciso, apoyados en su
protección, emprender y realizar grandes cosas para esta
augusta Soberana. Es menester defender sus privilegios
cuando se los disputa; es necesario sostener su gloria
cuando se la ataca; es preciso atraer a todo el mundo, si
fuera posible, a su servicio y a esta verdadera y sólida
devoción; es menester hablar y clamar contra los que abusan
de su devoción para ultrajar a su Hijo, y al mismo tiempo
establecer esta verdadera devoción; no debe pretenderse de
Ella, como recompensa de los pequeños servicios, sino el
honor de pertenecer a una tan amable Princesa, y la dicha de
estar unido por Ella a Jesús, su Hijo, con vínculo
indisoluble, en el tiempo y en la eternidad.
¡Gloria a Jesús en María!
Gloria a María en Jesús!
¡Gloria a Dios solo!»
[10].
Pero ¿por qué
«emprender y realizar grandes cosas para esta augusta
Soberana»? ¿Por qué tratar de «atraer a todo el mundo
a esta verdadera y sólida devoción»? Aquí también nos
hacen falta sólidas convicciones para decidirnos a adoptar
esta forma preciosa de devoción mariana. Sin duda, la estima
y el amor que tenemos a nuestra divina Madre podrían bastar
para decidirnos a este apostolado mariano. Pero hay mucho
más que eso. Para comprenderlo, debemos convencernos de la
importancia, sí, de la necesidad de este «regnum Mariæ»,
de este reino de María de que tan a menudo habla Montfort. A
esta convicción querríamos llevar a nuestros lectores. De
este modo habríamos contribuido a que nuestro Padre realice
la misión principal que Dios le asignó para el mundo entero.
Estamos persuadidos, y los hechos confirman sin cesar esta
persuasión, de que Montfort es ante todo en la Iglesia de
Dios, sin excluir a otros, el profeta y el apóstol del reino
de María, y por medio de él, del reino de Cristo.
Por eso, en los artículos
siguientes, comenzaremos por exponer las afirmaciones de
nuestro Padre de Montfort sobre este reino de la Santísima
Virgen en sí mismo y en sus relaciones con el reino de
Cristo, afirmaciones que en su mayor parte son profecías.
Luego nos esforzaremos por demostrar la verdad de estas
afirmaciones y la probabilidad de la realización de estas
profecías, que por otra parte ya se han cumplido
parcialmente. Finalmente determinaremos la actitud que
debemos tomar como consecuencia de estas consideraciones.
Entonces estaremos sin duda firmemente decididos a vivir por
el reino de María del modo más perfecto y completo.
El deber del
apostolado
Todos podrán darse cuenta
de que adoptamos así una de las actitudes más
características de la vida cristiana en nuestra época: la
orientación apostólica, la necesidad y el deber del
apostolado. Esto está hoy en el aire. Vivimos en la época de
la Acción Católica, que es esencialmente un movimiento de
apostolado. Queda claro que el espíritu apostólico
constituye una parte integrante de la vida cristiana, y
existió siempre en la Iglesia, incluso entre los seglares.
Pero la novedad hoy es la integración oficial en la vida de
la Iglesia, bajo la acción inmediata de la Jerarquía, de
estos esfuerzos de apostolado y de conquista por parte del
laicado. Es una de las «cosas nuevas» que en el momento
oportuno, al lado de las «cosas antiguas», el Padre de
familia sabe sacar de su tesoro.
El apostolado seglar
organizado es una verdadera necesidad para la Iglesia de
hoy; pues en el estado actual de las cosas, el clero sería
incapaz por sí solo de mantener las posiciones de la Iglesia
en el mundo, y aún más de conquistar nuevas. Los Papas y los
Obispos no dejan de decirlo en nuestros días: ¡el apostolado
es un deber para todos los cristianos! Debemos convencernos
a fondo de esta verdad, para que, después de haber
comprendido ciertas verdades importantísimas en este campo,
nos decidamos también a practicar generosamente el
apostolado mariano.
La caridad hace
del apostolado un deber
Amamos a Dios sobre todas las cosas, con toda nuestra
alma, con todo nuestro corazón, con todas nuestras fuerzas.
Ahora bien, amar es «velle bonum», desear y querer el
bien para el ser amado. Por eso querríamos engrandecer y
enriquecer a Dios, hacerlo más dichoso. Afortunadamente eso
es imposible, puesto que El, en Sí mismo, ya es
infinitamente bueno, rico, grande y dichoso. Sólo
podemos aumentar su «gloria exterior», esto es,
hacerlo conocer, amar, honrar y servir mejor por otros
seres… Hacia esta meta han de tender todos nuestros
esfuerzos, y esto es, a toda evidencia, hacer apostolado.
Con
toda nuestra alma amamos también a Cristo, el
Hombre-Dios. Como Dios es infinito en toda perfección; como
Hombre está lleno de verdad y de gracia, y es perfectamente
dichoso. Pero tiene derecho, también como Hombre, a ser
conocido y glorificado. A causa de sus humillaciones y de su
obediencia hasta la muerte, se le ha dado un Nombre, dice
San Pablo, que está por encima de todo otro nombre; y a este
Nombre toda rodilla debe doblarse en el cielo, y asimismo en
la tierra y hasta en los infiernos. Todo nuestro apostolado
lleno de amor debe contribuir a realizar este programa
divino.
Además de esto, hemos de acordarnos que El vino para traer
la luz, la verdad, la paz y la vida a las almas, y así
glorificar a su Padre. Para eso vivió, y para eso quiso
morir. Ahora bien, los hombres permanecen fuera de la
influencia de Jesús por millones. Son casi innumerables
quienes lo ignoran, quienes por consiguiente no lo aman y no
se sirven de su vida llena de trabajos y sufrimientos, y
viven por eso en las tinieblas y en el pecado, y son así
desdichados en este mundo y se pierden por la eternidad. La
obra de Cristo está inacabada, parece incluso un fracaso.
Por lo tanto, nuestro amor por el Hombre-Dios debe
decidirnos a darlo todo, a sacrificarlo todo por medio del
apostolado, para suplir así a lo que en cierto sentido falta
a la vida y pasión de Cristo.
Amamos a la Santísima Virgen con gran amor. Por
consiguiente, debemos desear con toda nuestra alma que le
sea atribuido todo lo que importa y conviene atribuirle. Y
la obra de Jesús es la suya. Ella comparte, como nueva Eva,
toda la obra redentora de Jesús. Los triunfos de Jesús son
triunfo de Ella, los fracasos de Jesús son también fracaso
de María. Las almas también son suyas, las almas que Ella
redimió con Jesús, las almas de que Ella es realmente Madre.
Y así, nuestro amor por Ella no podría sufrir que, si
tenemos la oportunidad de conjurar esta desgracia, las almas
se vean privadas de la vida divina, o no alcancen en esta
vida el grado a que estaban llamadas. También por amor a la
Santísima Virgen, queremos ser apóstoles.
Y el
amor del prójimo, este amor que Cristo nos impone con
asombrosa insistencia, nos hace del apostolado un deber.
Esta caridad exige de nosotros que asistamos efectivamente
al prójimo; debemos vestir a los desnudos, socorrer a los
enfermos, alimentar a los hambrientos, dar de beber a los
que tienen sed… Multitudes de hombres sufren de todo eso,
mucho más en el plano espiritual que en el plano material.
Por eso es para nosotros un deber elemental que, dondequiera
nos sea posible, ayudemos espiritualmente a los ciegos a
ver, a los sordos a oír; que tratemos de curar a los
enfermos, de saciar a quienes tienen hambre y sed, de
purificar a los leprosos y resucitar a quienes duermen el
sueño de la muerte. Todo eso, en cierta medida, lo
podemos: y por lo tanto lo debemos hacer.
Lo
repetimos una vez más: por todos estos motivos, el
apostolado es para nosotros un deber. Y a cada uno de
nosotros se aplica en cierto sentido la palabra de San
Pablo: «Væ mihi nisi evangelizavero!: ¡Ay de mí si no
predicara el Evangelio!»
[11].
Todo
esto lo haremos de manera excelente por y con María. Vivir
en la santa esclavitud de María ya es una buenísima manera
de ejercer el apostolado. Pues de este modo le damos todo a
la Santísima Virgen, para que Ella disponga libremente de
todos los valores comunicables de nuestras acciones para la
conversión, santificación y felicidad de nuestro prójimo.
Todo
esto lo haremos de manera más perfecta aún, si nuestra vida
entera se impregna de este pensamiento del apostolado, si
entregamos nuestros humildes tesoros a Nuestra Señora con
una intención apostólica explícita, y si de todos los modos
posibles intentamos conducir las almas a Nuestra Señora, a
fin de darlas por Ella infaliblemente a Cristo; si, en otras
palabras, nos esforzamos por establecer el reino de María en
las almas, para edificar en ellas el reino glorioso de
Cristo.
V
El reino de Cristo por el
reino de María
La tesis
Hay una convicción que, en
estos últimos años, se difundió rápidamente por el mundo y
se arraigó profundamente en las almas: y es que vivimos «la
hora de María», «la era de María», «el siglo de María». El
mismo Sumo Pontífice lo constató más de una vez, entre otras
en las primeras líneas de la Constitución Apostólica
Munificentissimus Deus: «Para Nos es un gran consuelo ver…
la piedad a la Virgen María, Madre de Dios, en pleno
florecimiento y crecer cada día más, y ofrecer casi en todas
partes presagios de una vida mejor y más santa». La
Consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María, la
definición dogmática de la gloriosa Asunción de Nuestra
Señora, los estudios casi obstinados de los Mariólogos para
elucidar cada vez más «el misterio de María», el movimiento
de vida mariana intensa inspirado sobre todo en la doctrina
de San Luis María de Montfort, recientemente canonizado, la
«Gran Vuelta», el viaje triunfal de Nuestra Señora de Fátima
a través del mundo, la Peregrinatio Mariæ que se
organiza en todas partes con gran entusiasmo y con
resultados humanamente inexplicables, el Año Mariano que
acabamos de vivir para celebrar el centenario de la
definición dogmática de la Inmaculada Concepción, el
establecimiento en el mundo entero de la fiesta de la
Realeza universal de María, los acontecimientos de Siracusa:
estas son algunas de las manifestaciones de este reino de
María, que Montfort anunciaba hace más de doscientos años.
Todo esto pone a la orden
del día, como una actualidad candente, la tesis del gran
Apóstol de María sobre el reino de Cristo por el reino de su
santa Madre. Creemos que es de utilidad general para el
mundo cristiano que sean conocidas un poco más. En ninguna
parte, que sepamos, se ha estudiado de cerca estas tesis.
Querríamos nosotros hacerlo en este trabajo, porque podría
ser decisivo para hacernos practicar el apostolado mariano,
que es una segunda forma de la vida «para María», que
estamos tratando por el momento: primeramente exponerlas y
resaltar su significado y su alcance, y luego examinar los
fundamentos en que reposa su credibilidad. La autoridad de
Montfort como santo y como teólogo debería bastar, sin duda,
para hacernos aceptar razonablemente sus doctrinas. Pero
pensamos que nos será extremadamente útil y convincente
confrontar su tesis con la doctrina mariana de la Iglesia y
de los teólogos, y establecer otros fundamentos que parecen
conferir a estas afirmaciones, no sólo una seria
verosimilitud, sino también, a lo que parece, una verdadera
certeza moral.
¡Dígnese la Madre de la
Sabiduría y la Distribuidora de todas las gracias
concedernos sus luces abundantes para este estudio!
La tesis de San Luis María
de Montfort, medio dogmática y medio profética, se subdivide
en varias proposiciones, que vamos a formular y exponer
sucesivamente.
Primera Proposición
El reino de Cristo
vendrá.
«Si, pues, como es
cierto, el conocimiento y el reino de Jesucristo llegan al
mundo…»
[12],
escribe Montfort en una solemne declaración que concluye su
admirable Introducción al «Tratado de la Verdadera Devoción
a la Santísima Virgen». Es cierto que lo dice con pocas
palabras; pero esta afirmación, dado el énfasis con que la
profiere, es perfectamente clara y decisiva. En «El Secreto
de María» se lee también: «¿No se podrá decir también que
por María ha de venir Dios una segunda vez, como toda la
Iglesia lo espera, para reinar en todas partes…?». Y un
poco más lejos: «Se debe creer que hacia el fin de los
tiempos… Dios suscitará grandes hombres para destruir el
pecado [en el mundo] y establecer en él el reino de
Jesucristo, su Hijo, sobre el del reino corrompido»
[13].
Lo
que será
este reino
de Cristo,
Montfort lo
deja suponer más
que
describirlo. Son
alusiones a
cosas que
él
considera como
conocidas.
En todo
caso, se
trata de
una
aceptación
extraordinaria de la
realeza de
Cristo en
el mundo,
pues no
deja de
hablar de
que
entonces deben
realizarse
«maravillas de gracia»:
«Para
entonces acaecerán
cosas
maravillosas en
estos bajos
lugares… He
aquí
grandes hombres
que
vendrán, pero
que María
hará por
orden del
Altísimo,
para extender
su imperio
sobre los
impíos,
idólatras y
mahometanos»
[14].
En su «Oración Abrasada»
esta afirmación queda fuertemente confirmada bajo una forma
interrogativa: «¿No es preciso que vuestra voluntad se
haga en la tierra como en el cielo, y que venga vuestro
reino? ¿No habéis mostrado de antemano a algunos de vuestros
amigos una futura renovación de vuestra Iglesia? ¿No deben
los judíos convertirse a la verdad? ¿No es eso lo que la
Iglesia espera? ¿No os claman justicia todos los santos del
cielo: “Vindica”? ¿No os dicen todos los justos de la
tierra: “Amen, veni Domine”?»
[15].
En otro texto no menos
notable de la misma Oración sigue diciendo: «¿Cuándo
vendrá este diluvio de fuego del puro amor, que debéis
encender sobre toda la tierra de una manera tan dulce y tan
vehemente, que todas las naciones, los turcos, los
idólatras, los judíos mismos arderán en él y se
convertirán?».
Según las leyes de una
buena hermenéutica, hay que interpretar estos textos a la
luz del primer texto citado, en que Montfort, del modo más
neto y formal, afirma su convicción de que ciertamente
vendrá el reino de Cristo.
Segunda Proposición
El reino de Cristo sólo
vendrá por el reino de María.
Según Montfort, es una ley
que Dios mismo se ha impuesto: «Por la Santísima Virgen
Jesucristo ha venido al mundo, y también por Ella debe
reinar en él»: estas palabras resuenan como un oráculo
impresionante que sube desde los abismos de la eternidad.
Con ellas el santo misionero abre su Introducción al
«Tratado de la Verdadera Devoción»
[16].
Y
esta Introducción, después de la exposición entusiasta de
las glorias de María y de sus grandezas poco conocidas,
concluye con las siguientes palabras, que son tal vez las
más notables que jamás haya escrito Montfort: «Si, pues,
como es cierto, el conocimiento y el reino de Jesucristo
llegan al mundo, ello no será sino continuación necesaria
del conocimiento y del reino de la Santísima Virgen, que lo
dio a luz la primera vez y lo hará resplandecer la segunda»
[17].
Esta
tesis es múltiple y se subdivide en varias proposiciones.
1º El
reino de Cristo vendrá, vendrá ciertamente, como hemos
visto, pero vendrá de hecho como una consecuencia del
reino de su divina Madre.
2º Este reino de Jesucristo es una consecuencia infalible
y necesaria del reino de María. Si la dominación de la
Santísima Virgen se establece, se realizará también la
dominación de su Hijo.
3º Este reino de Cristo vendrá solamente como
consecuencia del reino mariano. Si el reino de María no se
realiza, Jesucristo tampoco triunfará. Nuestro santo autor
afirma esta exclusión de manera aún más explícita: «La
divina María ha sido desconocida hasta aquí, y esta es una
de las razones por las que Jesucristo no es conocido como
debe serlo»
[18].
En
el
pensamiento de
San Luis
María el
reino de
Nuestra
Señora es,
por lo
tanto, una
condición
indispensable para
el reino
de Nuestro
Señor, y
un medio
infalible
para asegurarlo.
Lo cual
no quiere
decir que
la
dominación
reconocida de
la Santísima Virgen
sea la
única condición requerida
para el
reino de
Cristo;
Montfort dice
claramente
que es
«una de
las razones
por las
que
Jesucristo no
es
conocido». Pero
si este
postulado se
realiza, las
demás
circunstancias se darán
también,
pues el
reino de
Cristo es
una
consecuencia necesaria del
reino de
su santísima
e
indisoluble Socia.
Y la
explicación
de todo
esto, sin
lugar a
dudas, es
la
siguiente: que
cuando se
conceda a
la Mediadora
de las gracias todo
lo que
le
corresponde, a
causa de
la
adaptación íntegra de
nuestra
parte al
plan de
Dios sobre
este punto,
se
concederán más
abundantemente
a la
humanidad
gracias de
toda clase,
y así
se elevará
rápidamente el glorioso
edificio del
reino de
Dios.
En
muchos otros lugares del «Tratado de la Verdadera Devoción»
[19]
Montfort repite que el reino de Nuestra Señora tiene por fin
y por consecuencia establecer el reino de su Hijo. Estos
textos vendrán más tarde. Hemos juzgado inútil citarlos
aquí, para no sobrecargar la exposición de esta proposición.
Tercera Proposición
Este reino de María
vendrá.
San Luis María de Montfort
no afirma solamente que el reino de María es una condición
necesaria y un medio infalible para establecer el reino de
Cristo, sino que con total seguridad anuncia este reino:
vendrá sin dudarlo, y «más pronto de lo que uno piensa».
Esta afirmación es tanto
más admirable cuanto que se remonta al comienzo del siglo
XVIII. Quienquiera esté un poco al corriente de la situación
religiosa de Francia en esta época, reconocerá al punto que
nadie, únicamente con datos humanos, podría haber predicho
un florecimiento del culto mariano desconocido hasta
entonces. El Jansenismo ejercía en esta época una grandísima
influencia, lo cual le valió a Montfort, dicho sea de paso,
vejaciones incesantes y verdaderas persecuciones. Bajo la
conducta de la Santísima Virgen el santo había sabido
preservarse totalmente de las doctrinas de la peligrosa
secta, que atacaba violentamente, entre otros, el uso
frecuente de los Sacramentos y una devoción mariana más
profunda.
El pensamiento de Montfort
sobre un siglo mariano futuro no deja ninguna duda. Varios
textos, incluso tomados separadamente, dan neto testimonio
de ello. Sin embargo, esta convicción se hace aún más
evidente cuando se estudian estos textos en su conjunto.
«María casi no ha
aparecido en el primer advenimiento de Jesucristo… Pero, en
el segundo advenimiento de Jesucristo, María debe ser
conocida y revelada mediante el Espíritu Santo, a fin de
hacer por Ella conocer, amar y servir a Jesucristo».
«Dios quiere, pues,
revelar y descubrir a María, la obra maestra de sus manos,
en estos últimos tiempos».
«Dios quiere que su
santa Madre sea al presente más conocida, más amada, más
honrada que nunca».
«Más que nunca me
siento animado a creer y a esperar todo lo que tengo
profundamente grabado en el corazón, y que pido a Dios desde
hace muchos años, a saber: que tarde o temprano la Santísima
Virgen tendrá más hijos, servidores y esclavos de amor que
nunca, y que por este medio Jesucristo, mi querido Dueño,
reinará en los corazones más que nunca»
[20].
Y
describe con términos encantadores este dichoso tiempo del
reino de María: «¡Ah!, ¿cuándo vendrá este tiempo feliz…,
en que la divina María será establecida Dueña y Soberana en
los corazones, para someterlos plenamente al imperio de su
grande y único Jesús? ¿Cuándo será que las almas respirarán
a María, tanto como los cuerpos respiran el aire? Para
entonces acaecerán cosas maravillosas en estos bajos lugares
en los que, encontrando el Espíritu Santo a su querida
Esposa como reproducida en las almas, sobrevendrá a ellas
abundantemente, y las llenará de sus dones, y
particularmente del don de su sabiduría, para obrar
maravillas de gracia. Mi querido hermano, ¿cuándo vendrá
este tiempo feliz y ese siglo de María, en el que muchas
almas elegidas y obtenidas por María del Altísimo,
sumergiéndose ellas mismas en el abismo de su interior,
llegarán a ser copias vivientes de María, para amar y
glorificar a Jesucristo?»
[21].
Aparentemente Montfort no duda de la venida de «este
tiempo feliz», sino que solamente se pregunta cuándo
será, y aspira ardientemente a este siglo bendito de Nuestra
Señora. Considerando el conjunto de los textos citados, no
cabe la menor duda al respecto.
Cuarta
Proposición
Este reino de María se establecerá por la práctica de la
Devoción mariana perfecta.
Esta
proposición, en definitiva, se deriva de la precedente y
podríamos adoptarla a priori. En efecto, en la precedente se
trata de un gran reino de María, de un siglo de María, en
que Ella será más conocida, amada y honrada que nunca.
Ahora bien, hay que reconocer que la vida mariana, tal como
la propone San Luis María de Montfort, es la fórmula más
pura, rica, elevada y comprehensiva de la vida mariana. Por
eso, difícilmente se podría hablar de siglo de María, de
reino de María, mientras esta forma más excelente del culto
mariano no sea conocida y practicada más que por un pequeño
número de cristianos.
Montfort, por su parte, afirma del modo más formal: «Dios
quiere que su santa Madre sea al presente más conocida, más
amada, más honrada que nunca, lo que sucederá, sin duda, si
los predestinados entran, con la luz y gracia del Espíritu
Santo, en la práctica interior y perfecta que yo les
descubriré en lo que sigue… Se consagrarán enteramente a su
servicio como sus súbditos y esclavos de amor…, y se
entregarán a Ella con cuerpo y alma, sin reparto, para ser
igualmente de Jesucristo»
[22].
En
otra parte afirma la cosa aún más formalmente. Después de
describir en magníficos términos ese tiempo feliz del reino
de María en un texto ya citado, concluye netamente: «Este
tiempo vendrá sólo cuando se conozca y se practique la
devoción que enseño»
[23].
Estos textos, además, se
verán confirmados por los que ilustran la proposición
siguiente.
Quinta
Proposición
Este reino de María será en gran parte realizado por «los
apóstoles de los últimos tiempos», los cuales, por la
perfecta Devoción a la Santísima Virgen, realizarán su
misión grandiosa.
Tranquilos: no vamos a adoptar ni defender la tesis de los
Adventistas. No tenemos ni siquiera la intención de atraer
especialmente la atención de los lectores sobre esta
cuestión de los últimos tiempos [24].
¡Es tan difícil establecer que en nuestra época se realizan
las señales evangélicas de estos tiempos tan graves y
peligrosos! Señalemos solamente como de paso que los tres
predecesores de Su Santidad Pío XII en la Sede de Pedro
parecieron indicar que estos tiempos ya han llegado.
Comoquiera que sea, recogemos aquí las indicaciones de
Montfort sobre el tema únicamente para realzar el papel que
el santo misionero atribuye a María y a su devoción más
perfecta, en estos tiempos de turbaciones y de terribles
combates, que deben llevar a la victoria de Cristo.
1º
Montfort
sitúa en
los últimos
tiempos la
difusión de
su perfecta
Devoción
mariana, y
por lo
tanto del
reino de
María.
«Todos los
ricos del
pueblo [los
mayores
santos] suplicarán
vuestro
rostro de
siglo en
siglo, y
particularmente al fin
del mundo…
He dicho
que esto
sucederá
particularmente al
fin del
mundo, y
pronto,
porque el
Altísimo
con su santa Madre
deben
formarse grandes
santos que
sobrepujarán tanto en
santidad a
la mayoría de
los otros
santos,
cuanto los
cedros del
Líbano
sobrepujan a
los
pequeños
arbustos».
«Dios quiere, pues,
revelar y descubrir a María, la obra maestra de sus manos,
en estos últimos tiempos».
«María debe
resplandecer, más que nunca, en misericordia, en fuerza y en
gracia en estos últimos tiempos: en misericordia, para
volver a traer y recibir amorosamente a los pobres pecadores
y descarriados que se convertirán y volverán a la Iglesia
Católica; en fuerza contra los enemigos de Dios, los
idólatras, cismáticos, mahometanos, judíos e impíos
endurecidos, que se revolverán terriblemente para seducir y
hacer caer, con promesas y amenazas, a todos aquellos que
les sean contrarios; y, en fin, Ella debe resplandecer en
gracia, para animar y sostener a los valientes soldados y
fieles servidores de Jesucristo que combatirán por sus
intereses»
[25].
2º Montfort hace suya la
convicción que la Iglesia tiene desde hace siglos, a saber,
que en estos tiempos se levantarán santos extraordinarios,
apóstoles irresistibles, que conducirán y ganarán la gran
batalla por Cristo. Describe a estos «apóstoles de los
últimos tiempos» en páginas de una elevadísima inspiración,
que no podemos reproducir aquí
[26].
El gran apóstol y profeta del reino de María cumple también
aquí una misión especialísima. Determina de manera muy
precisa cuáles serán los lazos de estas grandes almas con la
Santísima Virgen María.
• María será la que
suscitará y formará a estos grandes hombres por orden del
Altísimo; Ella los iluminará, los sostendrá, los alentará y
los fortalecerá por la abundancia de las gracias divinas que
Ella les comunicará
[27].
• Por
su parte, estas almas serán «singularmente devotas de la
Santísima Virgen», serán los «servidores, esclavos e hijos
de María». Su grandísima Devoción mariana es descrita hasta
en sus detalles: «Ellos verán claramente, tanto como lo
permite la fe, a esta hermosa Estrella del mar, y llegarán a
buen puerto, a pesar de las tempestades y de los piratas,
siguiendo su guía; conocerán las grandezas de esta Soberana,
y se consagrarán enteramente a su servicio como sus súbditos
y esclavos de amor; experimentarán sus dulzuras y sus
bondades maternales, y la amarán tiernamente como hijos
suyos bienamados; conocerán las misericordias de que está
llena, y la necesidad en que están de su auxilio, y
recurrirán a Ella en todas las cosas como a su querida
Abogada y Mediadora ante Jesucristo; sabrán que Ella es el
medio más seguro, más fácil, más corto y más perfecto para
ir a Jesucristo, y se entregarán a Ella con cuerpo y alma,
sin reparto, para ser igualmente de Jesucristo»
[28].
• Serán también los apóstoles de Nuestra Señora y difundirán
con ardor su perfecta Devoción: «Con una mano [estas
almas] combatirán…; y con la otra mano edificarán el templo
del verdadero Salomón y la mística Ciudad de Dios, es decir,
la Santísima Virgen María… Llevarán a todo el mundo, por sus
palabras y por sus ejemplos, a su verdadera devoción, lo que
les atraerá muchos enemigos, pero también muchas victorias y
gloria para Dios solo»
[29].
• Todo esto ya es admirable. Pero más admirable es su
afirmación de que por medio de la perfecta Devoción a María
realizarán estos grandes hombres todas estas maravillas de
gracia.
Acabamos de ver que la difusión de la Devoción excelentísima
a María les hará lograr «muchas victorias y gloria para Dios
solo». En otro lugar Montfort afirma que «con la humildad
de su talón, en unión con María, aplastarán la cabeza del
diablo y harán triunfar a Jesucristo»
[30].
En la «Oración Abrasada» Montfort afirma igualmente que los
santos misioneros que él pide, «por medio de una
verdadera devoción a María, aplastarán en dondequiera que
vayan, la cabeza de la antigua Serpiente».
Está
claro que Montfort considera a estos grandes apóstoles como
el «talón de la Mujer», por el que Ella vencerá y aplastará
a Satán, para hacer triunfar a Cristo.
Y
el
pensamiento total
de Montfort
se
encuentra en
un texto
sintético
de «El
Secreto de
María» para
el que
pedimos
toda la
atención
del lector:
«Como
por María
vino Dios
al mundo
la primera
vez en
la
humillación y
en el
anonadamiento,
¿no se
podrá decir
también que
por María vendrá
Dios una
segunda
vez, como
lo espera
toda la
Iglesia,
para reinar
en todas
partes y
para juzgar
a los
vivos y
a los
muertos?
¿Quién puede
saber cómo
y cuándo
sucederá
esto? Pero
sé bien
que Dios,
cuyos
pensamientos son
más
encumbrados que los
nuestros
tanto como
los cielos
lo son
sobre la
tierra,
vendrá en
el tiempo
y del
modo más
inesperado de los
hombres,
incluso los
más sabios
y versados
en la
Escritura
Sagrada, que
es muy
oscura
sobre este
punto. Se
debe creer
también que
hacia el
fin de
los
tiempos, y
tal vez más
pronto de
lo que
se piensa,
Dios
suscitará grandes
hombres,
llenos del
Espíritu
Santo y
del
espíritu de
María, por
los que
esta divina
Soberana
hará grandes
maravillas en el
mundo, para
destruir el
pecado en
él y
establecer
el reino
de
Jesucristo, su
Hijo, sobre
el del
mundo
corrompido; y estos
santos
personajes lo
lograrán
por medio
de esta
devoción a
la Santísima Virgen,
que no
hago más
que esbozar
y disminuir
por mis
debilidades»
[31].
Ciertamente que nadie se atreverá a poner en duda la inmensa
importancia de estas afirmaciones de San Luis María de
Montfort. Está en juego, en definitiva, lo único necesario,
está en juego todo: el reino de Cristo, el reino de
Dios. Este reino vendrá, vendrá indudablemente. Será una
consecuencia necesaria del reino de María, que también
vendrá, a su vez, por medio de la más amplia difusión de la
perfecta Devoción a la Santísima Virgen, con la cual se
identifica. Esta será asimismo el arma de los grandes
apóstoles que, al fin de los tiempos, llevarán a cabo la
lucha decisiva y conseguirán un glorioso triunfo para
Cristo. Así, pues, el reino de Dios sobre la tierra depende
del reino de María y de la Devoción mariana íntegra
practicada por el mundo cristiano. Tesis audaz, se podrá
decir; en todo caso, afirmación de primerísima importancia.
Si Montfort tiene razón, nunca se hará lo suficiente para
apresurar e intensificar este reino de María, y para
practicar y difundir la Devoción mariana perfecta, que
responda enteramente al plan de Dios.
Ya lo
hemos dicho: la persona de Montfort, su santidad heroica,
sus conocimientos teológicos profundos, los milagros que
realizó y que continúa realizando, su glorificación suprema
por la Iglesia: todo esto bastaría para aceptar su tesis sin
mayor demostración.
Sin
embargo, creemos que se puede probar lo bien fundado de sus
afirmaciones, hasta llegar a la certeza moral, por una serie
de argumentos. Con la ayuda de Dios y el auxilio de su santa
Madre trataremos de establecerlos someramente.
En nuestros últimos
capítulos hemos hecho una exposición completa de las ideas
de San Luis María sobre el reino de Cristo por el reino de
María. Vamos a probar ahora, en cuanto se pueda, la verdad
de estas afirmaciones.
Sin embargo, no es nuestra
intención presentar una argumentación completa sobre cada
una de las proposiciones que acabamos de recordar,
particularmente por lo que se refiere al reino de Cristo en
este mundo. Se trata de una cuestión extremadamente
complicada, pues es uno de los aspectos de la famosa
Parusía, sobre la que no se acabará nunca de discutir. Vamos
a extraer de esta cuestión lo que nos parece indiscutible.
Además, no se trata aquí de una cuestión específicamente
montfortana, de un problema planteado sola o principalmente
por nuestro santo autor mariano. Finalmente, hagamos
observar también que, aun suponiendo que no tuviésemos
certeza de un brillante triunfo universal de Cristo, eso no
debería impedirnos tender con todas nuestras fuerzas hacia
este reino de Dios por su Cristo y por María. ¡Para pelear
con valentía, un valiente soldado no pide la certeza de la
victoria!
En las líneas que siguen
hacemos abstracción de las circunstancias de tiempo, de
duración, etc. del reino de Cristo. Lo que debemos admitir
como cierto, a lo que parece, juntamente con San Luis María,
es que habrá en la tierra un gran triunfo de la Iglesia, un
reino glorioso y universal de Cristo, sin que por eso este
triunfo y este reino deban englobar individualmente a todos
los hombres. Por lo que se refiere a todo lo demás decimos
con Montfort: «¿Cuándo y cómo sucederá esto? Sólo Dios lo
sabe: a nosotros nos toca callar, rezar, suspirar y
esperar».
«
Es
cierto que otros santos, además de Montfort, vivieron con
este deseo y esta espera. No mencionamos más que a San Juan
Eudes y a Santa Margarita María. Esta última afirmaba que el
divino Corazón de Jesús no cesaba de decirle: «Reinaré,
reinaré a pesar de mis enemigos».
En
nuestra época este pensamiento de un gran reino de Cristo en
preparación se impuso a nuestra atención. Estaba inscrito en
la divisa de Pío XI. La fiesta de Cristo Rey tiene por
fundamento esta esperanza. De esta expectativa nació también
la Acción Católica, como ejército mundial que, bajo la
conducta del Papa, de los Obispos y del clero, debe realizar
esta dominación de Cristo Rey.
Sin
ninguna duda la Revelación se encuentra a la base de estas
esperanzas. Numerosos textos del Antiguo Testamento,
especialmente en los Salmos, anunciaron y cantaron este
reino universal de Dios:
«Todos los reyes se postrarán ante El, todas las naciones le
servirán»
[32].
«Vendrán todas las naciones a postrarse ante Ti, Señor, y a
dar gloria a tu nombre; pues Tú eres grande y obras
maravillas, y sólo tú eres Dios»
[33].
«Se recordarán y volverán a Yahvéh todos los confines de la
tierra, ante El se postrarán todas las familias de las
gentes. Que es de Yahvéh el imperio, y El domina sobre las
naciones»
[34].
La
doctrina del reino de Dios vuelve sin cesar a los labios de
Jesús. Es preciso que este reino se extienda y sea predicado
en todas las naciones. Es también el objeto de su oración. Y
el fundamento más sólido, al parecer, de esta convicción de
un reino resplandeciente de Dios en el mundo es la oración
de Cristo, la que por El, por su divina Madre y por toda la
Iglesia fue y es dirigida a Dios millares de veces. Es
absolutamente imposible que esta oración no sea oída:
«Padre nuestro, que estás en los cielos: santificado sea tu
Nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad,
así en la tierra como en el cielo»: ¡triple fórmula
para pedir en definitiva una sola cosa, lo único necesario!
En un
tema de tanta importancia aspiramos a la certeza. Se podría
objetar que en muchos textos del Antiguo Testamento e
incluso del Nuevo parece tratarse del triunfo de Cristo y
del reino de Dios en el cielo después del juicio final.
Afortunadamente, tenemos en el Nuevo Testamento un gran
número de textos que predicen con toda evidencia un triunfo
magnífico y un reino de Cristo de cierta duración en la
tierra. A la luz de estos textos, y dada la unidad de la
Escritura, que no constituye en definitiva más que una sola
Biblia, esto es, un solo Libro, nos está permitido
interpretar en este sentido los pasajes menos claros del
Antiguo Testamento. Así, por ejemplo, tenemos el famoso
texto de San Pablo a los Romanos: «No quiero que
ignoréis, hermanos, este misterio…: el endurecimiento
parcial que sobrevino a Israel durará hasta que entre la
totalidad de los gentiles. Y así todo Israel será salvo»
[35].
Lo que quiere decir que todas las naciones paganas
reconocerán a Cristo y que también el conjunto de Israel
adherirá a su doctrina. Salta a la vista que esto es, con
otros términos, el anuncio de una dominación universal de
Cristo.
El
Apocalipsis es un libro profético y misterioso, y es muy
difícil aplicar sus diversas partes a acontecimientos
determinados. Pero o las palabras no tienen ningún sentido,
o hay que admitir que textos como los que siguen se refieren
a gloriosos triunfos de la Iglesia, y por lo tanto al reino
de Dios y a la dominación de Cristo.
«El séptimo Angel tocó la trompeta, y entonces sonaron en el
cielo fuertes voces que decían: “Ha llegado el reinado sobre
el mundo de nuestro Señor y de su Cristo; y reinará por los
siglos de los siglos”». Y los veinticuatro Ancianos
entonan entonces el cántico: «Te damos gracias, Señor
Dios Todopoderoso, Aquel que es y que era, porque te has
revestido de tu inmenso poder para establecer tu reinado»
[36].
Después de la victoria de la Mujer sobre el Dragón, resuena
un nuevo cántico: «Ahora ya ha llegado la salvación, el
poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su
Cristo»
[37].
El
triunfo de la Iglesia y el reino del Señor en tiempos que
precedan a la consumación de todas las cosas en este mundo
desencadena como una tempestad de aclamaciones:
«¡Aleluya! Porque ha establecido su reinado el Señor,
nuestro Dios Todopoderoso. Alegrémonos y regocijémonos y
démosle gloria»
[38].
La
visión bien conocida del Dragón encadenado y del Abismo
cerrado por una duración simbólica de mil años, no tiene
otro significado que el de una gran victoria de la Iglesia y
de Cristo, antes de un tiempo muy breve de una última lucha
terrible, que será ganada igualmente por Cristo y por su
Iglesia: «Luego vi a un Angel que bajaba del cielo y
tenía en su mano la llave del Abismo y una gran cadena.
Dominó al Dragón, la Serpiente antigua —que es el Diablo y
Satanás— y lo encadenó por mil años. Lo arrojó al Abismo, lo
encerró y puso encima los sellos, para que no seduzca más a
las naciones hasta que se cumplan los mil años. Después
tiene que ser soltado por poco tiempo»
[39].
A
pesar de todas las divergencias de interpretación de los
Libros Santos, en particular del Apocalipsis, parece que del
conjunto de estos textos se desprende la neta seguridad de
un gran triunfo y de un reino universal de Cristo en este
mundo. Por lo tanto, Montfort no edificó sobre la arena su
afirmación de que «es cierto [que] el conocimiento y el
reino de Jesucristo llegan a este mundo»
[40].
Vivimos en una época de luchas formidables, de esfuerzos
casi desesperados de la Iglesia para ganar esta batalla
mundial para Dios y para su Cristo.
Que
el Aleluya del Apocalipsis resuene anticipadamente en
nuestros corazones y alegre nuestras vidas. La victoria es
segura. Un último testigo, el sublime San Pablo, lo
proclama: «Es preciso que El reine, hasta que ponga a
todos sus enemigos bajo sus pies»
[41].
Cristo vencerá a todos sus enemigos sin excepción, y los
vencerá antes que a la muerte (por la resurrección), que
será el último enemigo vencido por El
[42].
La doctrina del reino de
Cristo en este mundo y los argumentos que lo apoyan son de
dominio común. No era preciso, pues, que lo expusiéramos y
demostrásemos ampliamente. Pero llegados ahora al
pensamiento central de Montfort en esta materia, debemos
presentar más detenidamente las pruebas de la objetividad de
su tesis: la conexión estrecha, libremente querida por Dios,
entre el reino de María y el de su Hijo adorable. Nadie, que
sepamos, afirmó tan netamente como Montfort, no sólo ya la
dependencia real, aunque oculta, de este reino respecto de
la intervención de María, sino también la conexión entre el
conocimiento y reino de María y el conocimiento y reino de
Cristo. Y es que esta dependencia es tan real como la
Mediación universal de María en relación a toda gracia; ya
que el establecimiento del reino de Dios es una gracia, o
mejor dicho una poderosa confluencia de gracias, y en
definitiva la gracia más preciosa que pueda concederse al
mundo.
Montfort
habla aquí,
al menos
en parte,
como profeta:
su
admirable doctrina
mariana —y
sus
previsiones sobre
el futuro
del reino
de Dios
por María
forman
incontestablemente parte de
ella— la
aprendió
por revelación:
«He aquí
un secreto
que el
Altísimo me
enseñó, y
que no
he podido
encontrar
en ningún
libro
antiguo ni
moderno»
[43].
Pero unas revelaciones
particulares, por muy seriamente que parezcan establecidas,
no pueden ser el fundamento principal de nuestras actitudes
sobrenaturales. Todo lo que es objeto de revelaciones
privadas, incluso y sobre todo lo que parece salir de los
límites de la doctrina comúnmente admitida y de las
prácticas ascéticas generalmente aceptadas, debe ser
confrontado con el dogma católico y la práctica de la
Iglesia. Una proposición, nueva en apariencia, sólo puede
ser aceptada si se manifiesta conforme a esta doctrina;
igualmente, sólo se impone a nuestro asentimiento si parece
derivarse naturalmente de ella.
Ahora bien, estamos
persuadidos de que la doctrina de Montfort sobre el reino de
María, y la conexión estrecha y necesaria de este reino con
el de su Hijo, no sólo no está en contradicción con la
doctrina cristiana generalmente admitida, sino que al
contrario se adapta a ella perfectamente; es más, se deriva
de ella, si no con plena certeza, sí al menos con una
grandísima verosimilitud.
La doctrina de Montfort a
este respecto es nueva en cierto sentido. Es una de estas
«novedades» que el Padre de familia, al lado de las cosas
antiguas, saca de vez en cuando de su tesoro. Es un ejemplo,
al lado de otros que se confirman en nuestros días, de esta
«evolución del dogma» sanamente comprendida, y que no es más
que la comprensión más neta y completa que la Iglesia va
teniendo, bajo la acción del Espíritu de Dios, de las
verdades contenidas en germen desde siempre en el tesoro de
la Revelación, y acompañada consiguientemente por una
adaptación práctica más completa a una verdad más claramente
comprendida.
La
conformidad de la doctrina de Montfort con las verdades
enseñadas comúnmente en la Iglesia debe manifestarse, ante
todo, por lo que se refiere al reino de María considerado en
sí mismo; y luego en su necesaria conexión con el reino de
Cristo.
«
Uno de los argumentos de
San Luis María de Montfort en favor del reino de María es el
siguiente:
María es la obra maestra
de Dios después de la santa Humanidad de Jesús, una obra
maestra de su Sabiduría, de su Amor y de su Omnipotencia.
Dios quiere que esta obra maestra sea conocida y que por
ella los hombres le tributen gloria y acción de gracias, no
sólo más tarde en el cielo, sino ya aquí en la tierra. Por
eso, Dios ha querido en estos últimos tiempos revelar y
descubrir a María, que anteriormente no había sido conocida
suficientemente.
El punto débil de esta
argumentación, para cierto número de cristianos y también de
sacerdotes, estaría en la afirmación de que María no es
suficientemente conocida, amada y honrada. Temerían más bien
que no haya exceso en la materia.
Esta
objeción
prueba
precisamente, por
parte de
quienes la
formulan,
un conocimiento
imperfecto del «misterio
de María»,
que tiene
como
consecuencia que
juzguen
ampliamente suficiente la
parte que
corrientemente se concede
a la
Madre de
Jesús en
la vida
cristiana.
A Montfort, por su parte,
le parecía en su tiempo «que la divina María ha sido
desconocida hasta aquí», lo que evidentemente debe
entenderse de un conocimiento insuficiente. El Padre Faber,
hablando —es cierto— de su época y de su país, constataba
que la devoción a la Santísima Virgen era débil, raquítica y
pobre; que particularmente su ignorancia de la teología le
quitaba toda vida y dignidad. Y atribuía a «esta sombra
indigna y miserable, a la que nos atrevemos aún a dar el
nombre de devoción a la Santísima Virgen», todas las
miserias, todas las tinieblas, todos los males y todas las
omisiones de que hablaba.
Sin ninguna duda tenemos
que reconocer que en estos últimos tiempos han habido
progresos inmensos en materia de mariología, como veremos
detalladamente más lejos. Pero si examinamos las cosas desde
más cerca, ¡cuántas lagunas quedan aún por colmar, para que
la Santísima Virgen —sin hablar de los mil quinientos
millones de no cristianos— ocupe íntegramente en el
conocimiento teórico y en la vida práctica de nuestros
cristianos el lugar que le corresponde según el plan divino!
Sólo entonces se podrá hablar del «reino de María».
No hace mucho tiempo nos
encontramos, en la diócesis del difunto Cardenal Mercier,
con cristianos practicantes y además muy instruidos, que nos
miraron con extrañeza cuando les hablamos de la Mediación
universal de María. ¿Cuántos fieles tienen una noción exacta
de la Corredención? ¿Cuántos cristianos se dan perfectamente
cuenta de que la Maternidad espiritual de Nuestra Señora es
una Maternidad real, verdadera, y no una maternidad en
sentido metafórico? ¿Qué se sabe, incluso en los medios
teológicos, de la realeza de María, o al menos del modo
concreto como se ejerce? Hemos tenido que dar a menudo,
delante de auditorios de sacerdotes, una síntesis del
misterio de María y de las consecuencias que comporta
lógicamente; y muchas veces hemos escuchado esta reflexión:
«Para nosotros es una revelación».
Cuando se estudia
atentamente el plan de Dios, cuando se está obligado a
comprobar que en este plan María está presente siempre y en
todas partes, que Dios la ha querido y colocado junto a
Cristo en todas las fases de su obra salvífica, en la
Encarnación, en la Redención, en la Santificación de las
almas, y eso no sólo en sus grandes líneas, sino también en
los más mínimos detalles de esta obra —por ejemplo en la
distribución actual de toda gracia—, uno siente que, a pesar
de todos los progresos realizados, aún estamos lejos del
ideal en este punto, lejos del «reino de María», que reclama
que por principio introduzcamos a María en todas las
manifestaciones y en todos los aspectos de la vida
cristiana.
Bajo la conducta suprema
del Espíritu de Dios, bajo la dirección e influencia del
Papa y de los Obispos, por el trabajo encarnizado de los
teólogos y sabios, por todo esto sostenido con la aportación
de inmensas energías de oraciones y sacrificios, el misterio
de María, poco a poco, debe ser plenamente destacado, y este
conocimiento debe ser llevado al pueblo cristiano por los
sacerdotes y por los apóstoles seglares. Y cuando el mundo
cristiano, por la gracia de Dios y bajo la conducta de la
Iglesia, haya adaptado plenamente su vida espiritual a este
conocimiento bendito, entonces se podrá decir: «Pervenit
in vos regnum Mariæ: ha llegado a vosotros el reino de
María».
«
Otra consideración, a
nuestro parecer, encuentra aquí su lugar.
La Iglesia es un organismo
vivo, y por consiguiente un organismo que crece y se
desarrolla, con un crecimiento que debe notarse, no sólo de
manera extensiva con la conquista para su doctrina y su vida
de masas humanas cada vez más numerosas, sino también por
una vida y actividad cada vez más rica, plena e intensa en
su propio seno. Hay progreso en las obras de Dios. Sus
empresas para la santificación de las almas, y por lo tanto
para su propia glorificación, se producen según una línea
ascendente. En la economía de la salvación, tal como la
vemos desarrollarse, hay algo que, con conmovido
agradecimiento, nos haría decir a Dios como el maestresala
de las bodas de Caná: «Tú has guardado el buen vino hasta
ahora». Parece que lo que la revelación cristiana
contiene de más hermoso, elevado y precioso, debe ser mejor
comprendido y vivido a medida que progresan los tiempos. ¿No
es este el caso de la vida de la gracia, de la santa Misa,
de la doctrina del Cuerpo místico, de la inhabitación de
Dios en nuestra alma, y asimismo de los misterios del amor
de Dios a nuestras almas por la devoción al Sagrado Corazón
de Jesús?
Ahora
bien, ¿no es una de las invenciones más sublimes y preciosas
de la Providencia paterna de Dios hacia nosotros —¡habría
podido ser de otro modo!— que también la Mujer tenga su
parte en la redención y santificación de las almas, que por
su influencia se obtenga un perfeccionamiento accidental de
las obras de Dios, al que Billot llama tan justamente el
«melius esse Redemptionis», una mejor realización de la
Redención, y por consiguiente una mejor realización de la
santificación y de toda la obra de salvación, una mejora
maravillosa de esta difícil empresa, un brillo precioso de
que se verá revestida, un atractivo especial de que estará
impregnada, la nota femenina y materna, tan dulce y
atractiva, de que se verá marcada toda la economía de
salvación, del mismo modo que el orden de la caída lleva tan
claramente la marca de Eva y de sus hijas?
¿No
parece aceptable y conforme a la línea de la Providencia
divina, que en este elemento tan dulce, atractivo, lenitivo
y encantador del cristianismo, se deje sentir un
crescendo poderoso querido por Dios, sobre todo en
tiempos de persecuciones y de pruebas; que entonces, para
suavizar los sufrimientos y las penalidades, la Mujer ideal,
la Madre bondadosísima, sea puesta de relieve más que nunca,
y que más que nunca María sea conocida, amada, honrada y
servida; lo que, en otras palabras, significa el reino de
Nuestra Señora?
«
Todas
estas consideraciones no carecen de fundamento. Se dirá tal
vez que son sólo argumentos de conveniencia. Tal vez. Pero,
una vez más, no hay que subestimar el valor de este tipo de
argumentos en el mundo sobrenatural. Nosotros mismos
hacemos ordinariamente, a no ser que estemos retorcidos, lo
que nos parece ser conveniente. ¿Que deberemos decir
entonces de Aquel que es la Santidad infinita, la misma
Bondad y el mismo Amor?
En
todo caso, hay que admitir que los argumentos expuestos
hasta aquí nos hacen aceptable el «regnum Mariæ». En
las siguientes consideraciones nos parece ver un verdadero
argumento, que confiere a esta tesis, si no la certeza, al
menos sí una seria posibilidad.
María
es para Cristo, el nuevo Adán, una nueva Eva: esto es, «adiutorium
simile sibi», una ayuda semejante a El. Este es uno de
los principios fundamentales de la Mariología, tal vez el
más rico de todos, pero en todo caso un principio aceptado
por todo el mundo y fuertemente resaltado en estos últimos
años. María, semejante a Cristo por su plenitud de gracia y
sus incomparables virtudes, y asimismo por la incomparable
grandeza de su Maternidad divina, debe ser su Colaboradora
universal en todas sus obras y en todos sus misterios. Los
teólogos concluyen de este principio que —en su modo
subordinado de nueva Eva, pero realmente— Ella debe
compartir con Cristo todo lo que El puede, hace o posee. Y
así, porque El es Redentor, Mediador y Rey, María ha de ser
Corredentora, Mediadora y Reina. Es una exigencia de esta
asociación indisoluble que Dios ha querido entre Cristo y
Ella. Este razonamiento no se encuentra sólo en los
Mariólogos, sino muy frecuentemente también en las
Encíclicas papales, e incluso muy recientemente en la
Constitución apostólica sobre la Asunción,
Munificentissimus Deus, y en la Encíclica sobre la
realeza de María, Ad cæli Reginam.
Ahora
bien, hemos visto que Cristo reinará en la tierra, sobre los
hombres viadores, y no solamente sobre los bienaventurados
del cielo. Por eso podemos concluir: tampoco en esto será
separada María de su Hijo y Esposo espiritual, y por eso
compartirá con El el amor, la sumisión y los homenajes de
los individuos y de las naciones: ¡juntamente con Cristo,
María reinará en el mundo!
Este
razonamiento se hace más apremiante aún, cuando se recuerda
que María compartió la vida oculta, pobre y sufriente de
Jesús; Ella tuvo parte en su Pasión y en su muerte. Con El,
Ella fue la «Ancilla Domini», la Esclava del Señor, y
como tal se hizo obediente con El hasta la muerte de cruz de
su Hijo, que le fue más dolorosa que si Ella misma hubiese
tenido que sufrir esos tormentos…
Y si,
a causa de esto, le ha sido dado a Cristo un Nombre que está
por encima de todo nombre, de suerte que toda rodilla debe
doblarse ante El en el cielo, en la tierra y hasta en los
infiernos, ¿podremos pensar que, al comenzar para El esta
glorificación, se rompa de repente la «asociación» de María
con El, de modo que Ella quede relegada en el silencio, en
el olvido…? ¡Mil veces no! ¡Sentimos enseguida que es algo
imposible!
[44].
María
está siempre y en todas partes junto a Jesús: ¡sí, en la
pobreza, en el anonadamiento y en el sufrimiento, y también
en el triunfo y en la gloria, sentándose a su derecha en la
eterna gloria del Padre, pero colocada asimismo como Reina
junto al Rey inmortal, para recibir los homenajes, el amor,
el agradecimiento y la sumisión de la humanidad sobre la
tierra! ¡El reino de María ha de llegar, porque la
dominación de Cristo es segura!
«Dios quiere revelar y descubrir a María», dice el Padre
de Montfort, «porque Ella se ocultó en este mundo y se
puso más abajo que el polvo por su profunda humildad»
[45].
Así se cumple una vez más la ley formulada por Jesús:
«Quien se humilla será ensalzado».
Hemos constatado hasta
aquí la certeza del reino de Jesús, y probado, al menos con
gran verosimilitud, que llegará igualmente el reino de
Nuestra Señora. Ahora hemos de controlar, a la luz de la
teología, las afirmaciones de Montfort sobre el lazo
necesario que él establece entre el reino de María y el de
su Hijo.
A nadie se le escapa la
importancia de esta cuestión, tanto desde el punto de vista
cristiano en general como desde el punto de vista
específicamente montfortano. En definitiva, es el punto
central de la doctrina y de la práctica montfortana. A causa
de esta conexión, que le parecía fuera de toda duda, San
Luis María se convirtió en el infatigable apóstol de María
por la palabra y por los escritos. ¿Acaso no llama a su
Tratado «una preparación al reino de Jesucristo»? Y
toda su actividad mariana se encuentra orientada finalmente
a la dominación de Jesucristo, como no deja de repetirlo.
Unidad del plan
divino
Dios
es adorablemente Uno en su Esencia, y por lo tanto
adorablemente simple y consecuente en sus obras. Maravillosa
es la armonía, la coordinación y la interdependencia de ser
y de operaciones que El hace reinar en el orden de la
naturaleza. Mucho más maravillosa aún es la armoniosa
unificación, que encontramos por todas partes, en sus obras
de gracia. Por ejemplo, ¿no podemos reducir toda la economía
de la salvación a la unión de la humanidad con Dios en
Cristo, esto es, primero la unión personal con la Humanidad
santa de Jesús, y luego la unión de gracia de toda la
humanidad con El en el Cuerpo místico de Cristo? Y ¿quién no
se admira de que la «divinización» del hombre por la gracia
se opere por los mismos órganos que la «humanización» de
Dios, especialmente por lo que se refiere al papel de la
Santísima Virgen?
¡Qué
verosímil es desde entonces que Jesús, que vino al mundo por
María, tenga también que reinar por Ella en el mundo!
¡Qué verosímil es que la
Santísima Virgen, que cumplió en su primera venida un papel
tan decisivo y múltiple de mérito, de oración, de
consentimiento y de cooperación física, tenga que cumplir,
en lo que llamamos su segunda venida para reinar sobre los
hombres, un papel importante, aunque sea de manera distinta!
¡Qué natural parece que
donde la salvación de los hombres comenzó por María, sea
también completada por su influencia!
El paralelismo sublime de
las obras de Dios, ¿no reclama que Aquella que nos dio al
Redentor, al dulce Salvador de Belén, nos traiga también al
Triunfador invencible, que debe pisotear a todos sus
enemigos y reinar sobre la humanidad en la caridad?
Sentimos espiritualmente
que María sigue siendo el Camino real, puro y
espléndidamente preparado, por el que Cristo vino a
nosotros, sigue viniendo y vendrá siempre en todas sus
venidas y en todos sus advenimientos.
María es siempre y en
todas partes la dulce y radiante Aurora, que precede,
anuncia e introduce al deslumbrador Sol de justicia…
Sabemos que todo esto son
argumentos de conveniencia… Pero el alma cristiana tiene la
intuición de que a todo esto hay que concederle gran
importancia, hasta el punto de persuadirse de que ha debido
hacerse más o menos así, y que, por decirlo así, no podía
ser de otro modo. ¿No es acaso un gran teólogo el que,
aunque fuese para otro punto de doctrina, se atrevió a
razonar así: «Potuit, decuit, ergo fecit…: Era
posible, era conveniente, luego Dios lo hizo»?
[46].
Repasa pausadamente el misterio de María en su conjunto…
Considera cómo en el pensamiento de Dios, en el plan de
Dios, en la predestinación de Dios, Ella no está separada de
Cristo; cómo Ella se encuentra unida a su prehistoria en las
figuras y profecías del Antiguo Testamento
[47],
en su historia en este mundo, en su Encarnación y en su
infancia, en su vida pública, en su muerte, en su
resurrección y en su ascensión a su Padre… Acuérdate cómo,
por su cooperación libremente pedida y libremente
consentida, todas las obras de gracia, la Encarnación, la
Redención, se cumplieron por Ella; cómo todas las
operaciones que son consecuencia de la Encarnación y de la
Redención se siguen cumpliendo por Ella a título de
Mediadora de todas las gracias; y cómo Dios le hace ejercer
aquí una actividad multiforme… Desde entonces, salta a la
vista que también para la consumación provisoria de todas
estas obras sin excepción, le concede a la Santísima Virgen
una influencia importante y múltiple, y que, de más de un
modo, Ella ayuda a realizar el reino de Dios; que Ella lo
realiza por la acción subjetiva de la gracia, que a Ella
está reservada; y que también su glorificación y el
irresistible atractivo que Ella ejerce sobre la humanidad
como Mujer y como Reina, conduce infaliblemente a la
elevación de su Hijo sobre el trono del corazón de los
hombres, y a su reino de caridad en el mundo…
Así
se puede seguir una sola y misma línea en toda la obra
maravillosa de Dios; así la divina sinfonía de la historia
humana queda construida sobre un mismo tema en dos
fragmentos, tema que encontraremos sin cesar en esta
composición maravillosa, retomada en todos los tonos,
desarrollada en todos los ritmos, para culminar finalmente
en un coro grandioso, deslumbrador…
Quien reflexiona y reza,
se dará cuenta de que la tesis del reino de Cristo por el
reino de María se adapta maravillosamente a todo lo que
sabemos sobre la economía divina de la salvación, y es un
postulado muy neto y exigente del corazón cristiano, del
alma cristiana, del sentido cristiano…
[48].
La ley de la
recirculación
Presentamos ahora un
argumento teológico, al que pensamos que nadie podrá negarle
un serio valor.
El plan de Satán, muy
logrado, fue el siguiente: perder al hombre por la mujer, y
por ellos a todo el género humano. El papel de la mujer es
de introducción, de preparación, y más tarde de cooperación;
el papel del hombre, por su parte, es decisivo y de
terminación.
Dios
sigue a
Satán, por
decirlo
así, en el terreno
elegido por
él, y lo
bate con
sus propias
armas.
Puesto que
en el
orden de
la caída
todo
comenzó por
la mujer, María
se
encontrará al
principio
del orden
de la
restauración y de
la
salvación. Todo
comienza
por Ella.
Ella
aparece la
primera en
este mundo,
Ella es
la primera
en triunfar
contra el
demonio por
su Concepción Inmaculada,
aunque lo
haga «in
virtute
Christi», en
virtud de
los méritos
previstos
del Hombre-Dios.
María nos
da a
Cristo, y
esto después de
su coloquio
con el
Angel, que
es el
equivalente encantador de
las
tratativas fatales
de Eva con el
ángel de
las
tinieblas. Todo,
pues,
comienza por
María, pero
se consuma
y se termina por
y en
Cristo.
María no
podía
salvarnos; la
vida y
la muerte
de Jesús
eran
indispensables para ello,
y en
esta vida
y muerte
salvadoras Ella tuvo
su parte
subordinada, pero real.
Y en
la
aplicación a
los hombres
de los frutos del
Sacrificio de Jesús,
al que
Ella
participó, Ella
es la
Colaboradora
de Cristo,
el Canal
por el
que los
torrentes
de gracias
del Corazón
de Jesús
llegan
hasta nosotros,
convirtiéndose
así
realmente en
la «Madre de
todos los
vivientes».
Este es el plan de Dios en
el orden de la gracia y de la vida, como respuesta a la
infernal astucia de Satán.
Pero démonos cuenta de
esto: la salvación y santificación de los hombres, incluso
su bienaventuranza, no es ni puede ser un fin último para
Dios. Son fines subordinados, y medios para asegurar su
gloria y su reino. Pues, en definitiva, Cristo no es para
nosotros, sino nosotros para Cristo: «Todo es vuestro; y
vosotros de Cristo»
[49].
Sin lugar a dudas, la glorificación de Dios y de su Cristo
es de suyo más importante que la salvación de todos los
hombres, considerada como tal. La gloria de Dios y el reino
de Cristo, que son en el fondo la misma cosa, es un fin
superior a la salvación, a la santificación e incluso a la
bienaventuranza eterna de los hombres. Y si miramos estas
cosas más de cerca, la salvación y santificación de las
almas se identifica con el reino de Dios y la dominación de
Cristo, considerados desde un ángulo especial, pues el reino
de Dios consiste en resumen en dar a Dios y a Cristo lo que
les corresponde, y en esto estriba la justicia y perfección
de los hombres.
Así, pues, tenemos dos
datos: por una parte sabemos que en la obra de la caída, y
por lo tanto también en el orden de la restauración o de la
salvación, todo comienza por la mujer y se termina por el
hombre; y, por otra parte, tenemos la certeza moral del
reino de Cristo, nuevo Adán, y de María, nueva Eva.
¿No se impone entonces la
conclusión: por lo tanto, el reino de Cristo debe llegar por
el reino de María, como la caída de Adán llegó por la caída
de Eva, y como la restauración de la humanidad es la obra de
Cristo consecuentemente a la operación de María? ¿Y podría
ser de otro modo? De no ser así, ¿no habría un hiato en el
encadenamiento de las obras divinas, un error en la
realización de los planes del divino Arquitecto, una ruptura
repentina en la admirable y sublime lógica de la economía de
la salvación, una excepción injustificada a las leyes que
Dios mismo se fijó y a las que, por otra parte, se ha
mantenido escrupulosamente fiel?
No, el reino de Cristo, al
establecerse en toda su extensión y en su pleno esplendor,
no será y no podrá ser más que una consecuencia de la
dominación de María reconocida casi universalmente. También
en esto el papel de la Mujer será un papel de preparación y
de introducción al triunfo del Hombre. «A Jesús por
María» no ha de aplicarse solamente en la historia
individual de las almas, sino que también debe realizarse en
el plano mundial y en la historia de toda la humanidad y del
reino de Dios. ¡A la realeza universal de Cristo por el
triunfo de María, por una devoción intensificada y perfecta
a Nuestra Señora! El reino de María, cuyos felices comienzos
y gloriosos progresos contemplamos, es la Aurora
infinitamente consoladora que anuncia infaliblemente los
esplendores del Astro real y divino… Y estaríamos tentados
de cantar desde ahora un Magnificat de júbilo por lo
que ya podemos ver que ha de realizarse en el futuro.
Triunfadora de todas
las batallas de Dios
[50]
He
aquí otra
consideración de orden
dogmático, que nos
parece de
gran valor
y de
considerable fuerza probadora.
La
dominación mundial
de Cristo
en la
caridad y
su reino en
el mundo
serán una
victoria, un triunfo
espléndido, obtenido a
costa de
luchas
terribles y
a través
de
espantosas persecuciones. Es
la doctrina
cristiana, netamente manifestada
en la
Escritura y
especialmente
en el
Evangelio, en las
Epístolas
apostólicas y
más
particularmente
aún en
el
Apocalipsis. Hacia
el fin
de los
tiempos
todas las
fuerzas de
ambas
partes se
comprometerán en la
lucha, de
modo
semejante a
como se
movilizan
todos los
recursos
combativos de
los
ejércitos para
la batalla
final de
una guerra.
Satán se
servirá de
su experiencia secular
en este
plano, y
«sabiendo que le
queda poco
tiempo»,
producirá su
obra
maestra de
orgullo, de
malicia, de
odio y
de poder,
el
Anticristo y sus
satélites, para intentar
aprovechar su oportunidad
suprema en
una lucha mundial,
que para
su
vergüenza y
confusión,
como ya
sabemos,
será su derrota aplastante
y un
triunfo
glorioso y
definitivo para Cristo
y su
Iglesia.
Ahora bien, María deberá
tener parte en esta lucha y jugar en ella un papel decisivo,
y por consiguiente manifestarse de manera totalmente
especial, lo que equivale a su reino en esta tierra. Ella
logrará esta victoria espléndida para Cristo, que se oculta
por decirlo así detrás de Ella, como la Serpiente, en el
caso de Adán, se había ocultado detrás de Eva. O, si se
quiere, Cristo conseguirá en Ella y por Ella este triunfo
que inaugura su reino, y realmente se identifica con él. Y
como todo entonces será llevado a su apogeo, el furor de los
ataques de Satán, el despliegue del poder invencible de
Cristo, y por consiguiente también la parte especial de
María en la lucha y en el triunfo, es evidente que María
será «más conocida, amada y honrada que nunca», lo
que equivale al reino de María. «María debe resplandecer
más que nunca en misericordia, en fuerza y en gracia en
estos últimos tiempos…: en fuerza contra los enemigos de
Dios…, que se revolverán terriblemente para seducir y hacer
caer, con promesas y amenazas, a todos aquellos que les sean
contrarios…; en gracia, para animar y sostener a los
valientes soldados y fieles servidores de Jesucristo, que
combatirán por sus intereses»
[51].
Todo esto puede deducirse
de la doctrina católica conocida.
La
Iglesia ve en María a la Adversaria personal de Satán, que
debe triunfar contra él por y para Cristo. Por eso instituyó
fiestas para conmemorar acontecimientos que prueban la
influencia decisiva de la Santísima Virgen en las grandes
luchas por el reino de Dios: la fiesta del santo Rosario, la
del santo Nombre de María, la de Nuestra Señora Auxilio de
los Cristianos… Expresa y canta su convicción y su alegre
agradecimiento en este punto con textos que nunca podrían
meditarse lo suficiente: «El Señor ha derramado sobre ti
bendiciones, comunicándote su poder: pues por medio de Ti ha
aniquilado a nuestros enemigos»
[52].
Afirmación aún más fuerte y universal: «¡Tú sola has
destruido todas las herejías en el mundo entero!».
Fuertísima afirmación, en efecto: Tú, Tú sola,
todas las herejías, en el mundo entero… Se diría
que la Iglesia teme no expresar su pensamiento con
suficiente claridad, ni con bastante fuerza. Es evidente que
aquí hay que ver, implícitamente expresada, una ordenación
divina. Siempre será así. Cada victoria, individual o
colectiva, lograda contra Satán por un pobre pecador o por
un santo religioso, por la Iglesia entera o por una u otra
nación cristiana, será siempre obra de Ella, después de
Cristo y de Dios
[53].
Los
Papas no se cansaron de repetir casi hasta la saciedad,
sobre todo en las horas de angustia, que sólo María puede
darnos la victoria. No es este el lugar para citar dichos
textos. Son realmente legión. Desde Pío IX hasta Pío XII,
todos los Papas insistieron en esto, y Pío XII no fue
ciertamente el que menos.
Y
también por eso, quien sigue atentamente la historia de la
Iglesia, verá desarrollarse la devoción mariana al mismo
tiempo y en la misma proporción que los ataques de Satán
contra la humanidad, cada vez más peligrosos y llenos de
odio.
Así, en el siglo XIX,
frente a la violencia creciente del infierno, que pone en
acción entre otros a la francmasonería, el naturalismo, el
racionalismo, el socialismo, el laicismo, el modernismo, el
espíritu revolucionario, etc., vemos también cómo María sube
cada vez más alto en el horizonte de la Iglesia: ¡María
bella como la luna, radiante como el sol, pero también María
terrible como todo un ejército en orden de batalla!
En nuestros días
En
nuestro tiempo se puede decir que la lucha alcanzó su
paroxismo. Satán movilizó contra la Iglesia el
nacional-socialismo, que, de haber triunfado, hubiese
tratado de aniquilar el cristianismo, y que, según Pío XII,
fue la amenaza más grave que hasta entonces hubiera pesado
sobre la Iglesia de Dios. Y ahora que el nazismo está
vencido, y que una de las cabezas del Dragón ha sido
abatida, se levanta otra, aún más peligrosa y más terrible:
el comunismo impío.
Pero
hemos de constatar que al paroxismo del odio contra Dios
corresponde un desarrollo inaudito del reino de María. Más
tarde daremos una descripción más detallada de este
crecimiento maravilloso de la piedad mariana. Será la
contraprueba de las afirmaciones y de las profecías de
Montfort. Piénsese solamente en el movimiento mundial de
consagración a la Santísima Virgen, coronado por la
consagración oficial del género humano al Corazón Inmaculado
de María por Pío XII; en la «santa locura»
[54]
desencadenada en el mundo por el viaje triunfal de las
imágenes de Nuestra Señora; en los congresos marianos
grandiosos, en la reciente definición dogmática de la
Asunción, en la institución de la fiesta de la Realeza de
María, etc.
Según
todas las apariencias, la historia de la Iglesia proseguirá
en esta misma línea. Vamos hacia luchas, Pío XII nos lo
advirtió repetidas veces, que superarán todo lo que el
pasado vio de más terrible. Vamos hacia tiempos en los que
se exigirá simplemente el heroísmo para ser fiel. ¡Es la
hora de la Mujer! Entonces Ella se medirá con toda su fuerza
con su adversario secular. ¡Frente a lo que será el esfuerzo
supremo del odio, de la astucia, del orgullo y del poder del
demonio, Ella pondrá en acción la obra maestra de su amor,
de su humildad, de su santidad y de su fortaleza
incomparables, realizada por Ella en el alma de sus hijos,
de sus servidores, de sus apóstoles!
Y
queda claro que Ella no llevará esta lucha de incógnito. No
es la costumbre de Dios. La devoción mariana, la vida
mariana, el reino mariano, seguirán creciendo,
intensificándose y extendiéndose. Será manifiesto,
una vez más, que Ella debe vencer a todos los enemigos de
Dios y aniquilar todas sus empresas, incluso las más
temibles, las más peligrosas, las más satánicas… Y así
llegará el triunfo. El mundo ha sido consagrado a María. Su
gloriosa Asunción ha sido definida. Su realeza ha sido
colocada en primer plano. Su Mediación, después de algunas
escaramuzas que llegan a su fin, será plenamente resaltada y
definida un día, sin lugar a dudas. De todo esto las almas
sacarán las conclusiones prácticas que se imponen, y
adaptarán cada vez más su vida al misterio de María,
ahondado y profundizado como nunca. La consagración mariana
será puesta cada vez más en el centro de la vida cristiana y
vivida con más inteligencia y fidelidad; pues, para tener
parte en el triunfo de la Mujer, es evidente que se requiere
estarle íntimamente unido… El talón es el miembro más fuerte
del cuerpo humano, a condición de estarle íntimamente unido.
Y, para triunfar, debemos ser «el talón de la Mujer».
Todos
debemos comprender que esto es el reino de María, por el que
se asegura el triunfo final, que significa la dominación
universal de Cristo.
¡Así,
«al fin, el Corazón Inmaculado de María triunfará»: y
este triunfo será el reino de Cristo Rey!
En nuestras
consideraciones precedentes respecto de la tesis de San Luis
María sobre el reino de Cristo por el reino de su santísima
Madre, nos hemos colocado en el terreno doctrinal. Pensamos
haber demostrado que sus afirmaciones concuerdan
perfectamente con el dogma cristiano y son incluso la
conclusión lógica que, si no con certeza, sí al menos con
verosimilitud, podemos sacar de varias verdades de la
doctrina mariana comúnmente admitidas.
Es también indudable que
las proposiciones de Montfort en este punto son también
predicciones. ¿Son profecías verdaderas y verídicas, que
merecen nuestra adhesión como tales? ¿Se puede o se tiene
que decir: Montfort lo predijo, luego se realizará?
Estimamos que así es. Tenemos, a lo que parece, la certeza
moral de que las predicciones de Montfort en este punto
deben cumplirse. Y llegamos a lo que dejábamos entrever más
arriba: una actitud fundada y razonada a propósito de la
tesis del gran Apóstol de María sobre el reino de Cristo por
el reino de Nuestra Señora.
En el sentido estricto de
la palabra, una profecía es el conocimiento sobrenatural y
la predicción infalible de acontecimientos futuros, que no
podrían conocerse naturalmente. Una profecía sólo puede
venir de Dios, pues sólo El conoce el futuro, especialmente
en los casos en que está en juego la libertad humana. En
efecto, estos acontecimientos no existen aún en sí mismos,
ni tampoco de modo cierto en sus causas, puesto que pueden
producirse o no producirse. Por eso, sólo existen en la
presciencia y predestinación de Dios, que es el único que
puede conocerlos por Sí mismo y comunicar su conocimiento a
quien le plazca.
¿Podemos saber con certeza
moral o al menos con verosimilitud, si alguien es profeta y
habla bajo inspiración y con la luz de Dios?
Evidentemente, se impone
aquí una gran circunspección. El demonio es el «simio de
Dios», y la imaginación o incluso, por desgracia, el
prejuicio de engañar al prójimo, pueden jugar un gran papel,
como lo comprobamos muy a menudo.
La
santidad del «profeta» es, según el parecer de todos, un
índice serio, aunque no infalible, de la objetividad de lo
que anuncia en nombre de Dios. Y es que la santidad excluye
el designio de querer engañar a sabiendas. Y el error
involuntario, incapaz de distinguir las alucinaciones de una
imaginación enfermiza y las invenciones del espíritu de la
tinieblas, de las inspiraciones del Espíritu de Dios, se
encuentra en ellos mucho más raramente.
Los
milagros, realizados expresamente para confirmar la verdad
de una profecía, son una prueba apodíctica de ella, y fuera
de este caso, algunos milagros realizados constituirán una
fuerte presunción en favor de ella.
Finalmente, las verdaderas profecías ya realizadas son
indudablemente un argumento muy serio en favor del origen
divino de otras predicciones sobre el mismo tema, y pueden
en ciertos casos dar una verdadera certeza moral.
Apliquemos estos principios, brevemente recordados, a
nuestro Padre de Montfort.
Montfort,
incontestablemente profeta
Es un
santo, reconocido como tal por la Iglesia, y, como lo hemos
oído repetir cientos de veces en boca de sacerdotes
religiosos y de religiosos de toda orden y de todo color, un
gran santo —Pío XII se confesaba deslumbrado por el brillo
de su santidad—, y sin duda uno de esos «grandes santos,
que sobrepujarán tanto en santidad a la mayoría de los otros
santos, cuanto los cedros del Líbano sobrepujan a los
pequeños arbustos»
[55].
Eso es para nosotros, por lo tanto, un primer motivo de
confianza y una garantía de objetividad.
Montfort hizo milagros, o
más justamente, Dios los hizo por su oración y por su
intermedio. Hizo milagros después de su muerte, oficialmente
reconocidos por la Iglesia, y sigue realizándolos, en cuanto
nosotros podamos juzgar de ello. Hizo muchísimos durante su
vida: curaciones instantáneas, multiplicación durante meses
enteros del alimento necesario para centenares de obreros de
su Calvario, etc. Para él las puertas de las iglesias se
abrían por sí solas, las campanas se ponían a tocar, pasaba
a través de las puertas de prisión cerradas con cerrojo… No
queremos decir que estos hechos demuestren infaliblemente la
verdad de sus predicciones, pero son también una preciosa
indicación en su favor.
Además, en su vida, hay un
gran número de profecías realizadas, a veces a algunos años
de distancia, otras veces a la de cientos de años. En su
primer viaje al salir del seminario, amenaza con los
castigos divinos a unos desdichados que, a pesar de sus
reproches, no abren la boca sino para decir blasfemias y
cosas sucias. Después de un cierto tiempo uno de ellos muere
en estado de ebriedad bestial, y los otros dos son heridos
gravemente en una riña entre ellos.
Luego de un largo trabajo
parcialmente infructuoso en la ciudad de Rennes, en la que
había pasado los años de su juventud, le deja este triste
adiós:
Adiós,
Rennes, Rennes, Rennes,
Deploro tu destino;
Te anuncio mil penas,
Perecerás al fin,
Si no rompes las cadenas,
Que esconces en tu seno.
Seis años más tarde un
inmenso incendio, que duró más de diez días, redujo a
cenizas la mayor parte de la ciudad. Y la población se
decía: «¡Es el cumplimiento de la profecía del Padre de
Montfort!».
La teología hace observar
que una profecía es tanto más notable cuanto más netamente
se determinan por adelantado sus circunstancias. He aquí,
pues, un hecho muy notable desde este punto de vista. En una
misión, predicada en Saint-Christophe-du-Ligneron, en la
diócesis de Luçon, convirtió a un cierto Tangaran, culpable
de graves injusticias que exigían restitución, y que su
autor prometió realizar. Cuando más tarde el misionero se
presenta para arreglar el asunto en detalle, Tangaran, por
influencia de su mujer, ha cambiado de parecer y se niega a
restituir. El santo varón lo amenaza con los castigos de
Dios: «Estáis apegados a los bienes de la tierra y
despreciáis los bienes del cielo. Vuestros hijos no tendrán
buen futuro y morirán sin descendencia. Vosotros mismos
caeréis en la miseria y no dejaréis después de vosotros ni
siquiera con qué pagar vuestro entierro». La mujer le
replica en son de burla: «De todos modos dejaremos de lado
treinta soles para hacer sonar las campanas en nuestra
sepultura». «Y yo os digo —contesta el santo— que en vuestro
entierro las campanas no tañerán». Todo esto se realizó al
pie de la letra. Y por lo que se refiere al último punto,
Tangaran y su mujer acabaron en la pobreza y no dejaron más
que deudas. Murieron los dos un Jueves Santo, la mujer en
1730 y el marido en 1738: por lo tanto, 18 y 26 años más
tarde. ¡Los dos fueron enterrados en Viernes Santo, el único
día del año en que no pueden tañer las campanas!
Podríamos proseguir la
serie. Sin embargo, no es este el lugar. Señalemos aún tan
sólo la profecía del «Jardín de las Cuatro figuras», un
parque de mala fama de Poitiers para el que anuncia la
fundación de un hospital de enfermos incurables, mantenido
por religiosas, lo cual se realizará 42 años más tarde; la
predicción sobre su Calvario de Pontchâteau, destruido por
orden de la autoridad civil, y magníficamente restaurado más
tarde; el desarrollo prodigioso de su congregación femenina,
las Hijas de la Sabiduría; su notable profecía al Padre
Mulot, a quien predijo una restauración completa de su salud
si consentía en entregarse con él a la obra de las misiones,
etc.
La gran profecía
Pero hay más aún, y esto
es realmente decisivo para nosotros. Júzguelo el lector. Se
trata de una profecía muy circunstanciada sobre la suerte
del mismísimo libro en que se encuentran sus predicciones a
propósito del reino de Cristo por María. Creemos que se
trata de uno de los textos más notables que podamos
encontrar en los escritos de los santos. Presentamos aquí
este texto, con su contexto inmediato.
«Más que nunca me
siento animado a creer y a esperar todo lo que tengo
profundamente grabado en el corazón, y que pido a Dios desde
hace muchos años, a saber: que tarde o temprano la Santísima
Virgen tendrá más hijos, servidores y esclavos de amor que
nunca, y que por este medio Jesucristo, mi querido Dueño,
reinará en los corazones más que nunca.
Preveo muchas bestias
convulsas que vienen furiosas para desgarrar con sus dientes
diabólicos este pequeño escrito y a aquel de quien el
Espíritu Santo se ha servido para escribirlo, o por lo menos
para envolverlo en las tinieblas y el silencio de un cofre,
a fin de que no aparezca; atacarán y perseguirán aún a
aquellos y a aquellas que lo lean y lo lleven a la práctica.
Pero ¿qué importa? ¡Al contrario, tanto mejor! ¡Esta
perspectiva me anima y me hace esperar un gran éxito, es
decir, un gran escuadrón de bravos y valientes soldados de
Jesús y de María, de uno y otro sexo, para combatir al
mundo, al diablo y a la naturaleza corrompida, en los
peligrosos tiempos que van a llegar más que nunca!
Qui legit, intelligat. Qui potest
capere, capiat»
[56].
Querer analizar todos los detalles de
este texto y mostrar su realización nos llevaría demasiado
lejos y nos haría salir del marco de este estudio. Nos
limitamos a señalar los «desgarramientos» a los que el autor
de la profecía estuvo ampliamente sometido; los ataques y
persecuciones de que son blanco quienes leen este libro y
tratan de poner en práctica sus enseñanzas, y con mayor
razón quienes se convierten en sus apóstoles y promotores;
el gran escuadrón de bravos y valientes soldados de Jesús en
María, de quien se reclama justamente la Legión de María, a
condición de no hacerlo de manera exclusiva. Atraemos más
especialmente la atención del lector sobre algunas
particularidades típicas de este texto. San Luis María habla
de «bestias convulsas que vienen furiosas para desgarrar
con sus dientes diabólicos este pequeño escrito…». Es
evidente que se trata de los demonios. Lo cual no significa
que las potestades infernales deban realizar este
«desgarramiento» de manera inmediata y sin intermediarios.
Satán puede servirse de instrumentos, de hombres mal
intencionados, o incluso de personas sin intenciones
perversas. Querríamos subrayar más especialmente tres
afirmaciones de este texto, imprevisibles de suyo, y mostrar
su realización pasmosa, recordando que una profecía tiene
siempre algo de imprecisión, y que las diversas partes
parecen casi siempre enredadas una con otra.
1º El libro debía ser
desgarrado. Ahora bien, que nuestro querido Tratado lo
haya sido es algo cierto, sin que sepamos ni cuándo, ni
cómo, ni quién lo hizo. En el manuscrito, tal como lo
conocemos, le faltan más de 80 páginas. Pero, cosa aún más
importante, el estudio del texto demuestra la ausencia de
toda una primera parte, de la que no queda ninguna huella
[57].
Al fin del volumen faltan también algunas paginas, entre
otras el texto de la Consagración, distinto tal vez del que
usamos hoy en día. Por lo tanto, esta primera parte de la
predicción se realizó.
2º «O por lo menos para
envolverlo en las tinieblas y el silencio de un cofre,
a fin de que no aparezca». Esta segunda afirmación tuvo
una realización tal vez más impresionante. El «Tratado» fue
escrito hacia el fin de la vida de su autor, probablemente
en 1712. ¡Y sólo fue encontrado en 1842, realmente «en
las tinieblas y el silencio de un cofre», por un Padre
de la Compañía de María de la Casa Madre de
Saint-Laurent-sur-Sèvre, que, buscando material para un
sermón mariano, después de consultar algunos libros de la
biblioteca, empezó a hurgar en un cofre que contenía toda
clase de papelotes, entre los que la Providencia le hizo
encontrar el precioso manuscrito!
3º Por lo que se refiere
al «éxito» de que se trata aquí, dejando de lado lo
que se describe explícitamente, creemos poder interpretar
también la profecía en el sentido de que el libro mismo se
ha difundido en una amplia escala. Ha conocido 63 ediciones
francesas, de las que algunas, y las más importantes, fueron
editadas en Canadá. Además fue traducido a más de 20
lenguas. Sólo en Bélgica y Holanda se sucedieron, en sólo
treinta años, unas 15 ediciones con una tirada total de
150.000 ejemplares. Sin lugar a dudas es por el momento el
libro mariano más leído y meditado, y el que, según el
parecer de teólogos reputados, merece ocupar en el campo
mariano el lugar que ocupa la «Imitación de Cristo» en la
espiritualidad general.
El cumplimiento evidente
de esta profecía, que tiene la misma virtud probadora que un
milagro, es una prueba de que el autor no se equivocaba
cuando afirmaba que el Espíritu Santo se había servido de él
para escribir este libro, de modo que llegamos por una doble
vía a la conclusión de que sin lugar a dudas se realizarán
las profecías de Montfort sobre el reino de Cristo por el
reino de María: en primer lugar porque, como acabamos de
decirlo, la realización de esta profecía prueba que el libro
que la contiene ha sido escrito bajo la inspiración del
Espíritu de Dios, y esto es lo que explica, por otra parte,
la unción tan especial de que está impregnado; y en segundo
lugar porque el cumplimiento de la predicción sobre la
suerte del libro nos da la certeza moral de que las demás
profecías que contiene sobre el reino de Dios por María, y
que son aún mucho más importantes, se realizarán a su
tiempo.
Ahora
bien, nuestra argumentación doctrinal en este punto, como
todo lo que acabamos de ver sobre el incontestable espíritu
profético de Montfort, se encuentra formalmente confirmado
por lo que la Iglesia ha vivido desde hace cien años y vive
aún por el momento: la historia contemporánea e innumerables
otros hechos le dan razón al Apóstol y Profeta del reino de
María. Ante estos acontecimientos nos vienen a la mente y a
los labios las palabras de Cristo: «Venit hora, et nunc
est: Ha llegado la hora, y ya estamos en ella».
En este estudio sobre «el
reino de Cristo por el reino de María» hemos expuesto e
intentado probar la gran tesis de San Luis María de Montfort
sobre el tema: el reino de Cristo vendrá sin lugar a dudas.
Vendrá, y sólo llegará por el reino de María. Este reino de
identifica con la difusión de la Devoción mariana excelente
que propone San Luis María. Hemos tratado de demostrar estas
proposiciones del gran Apóstol de María ante todo por medio
de consideraciones doctrinales, y luego por el hecho —ya que
estas proposiciones tienen un sesgo profético— de que
Montfort poseía indudablemente el espíritu de profecía. Esta
última afirmación se confirma con fuerza por la realización
evidente de las predicciones hechas por nuestro Padre en una
época en que nada hacía prever un desarrollo magnífico del
culto de María. Las páginas que siguen dan algunos detalles
sobre esta marcha ascendente del conocimiento y de la piedad
mariana en la Iglesia en nuestro tiempo, «el siglo de
María».
No pretendemos hacer la
historia completa y detallada de la expansión e
intensificación del culto mariano en estos últimos tiempos.
Para ello no bastaría un volumen entero. Querríamos más bien
ofrecer a nuestros lectores un panorama a vuelo de pájaro de
este reino, una mirada de conjunto, como una de esas
imágenes tan netas y completas de un paisaje determinado que
debemos a nuestros aviadores. No será tampoco un estudio
histórico-crítico: tres cuartos de página de notas para diez
líneas de texto… Pero creemos poder afirmar que todas
nuestras informaciones han sido seriamente controladas.
Este estudio es
infinitamente consolador y alentador para todos los que se
entregan al apostolado mariano. Somos de nuestro tiempo. El
viento de Dios sopla en nuestras velas.
«
No se puede estudiar la
historia contemporánea de la Iglesia sin convencerse de que
el progreso en el conocimiento de la doctrina mariana y la
ascensión constante de la glorificación de María son una de
las características más sobresalientes de esta historia, tal
vez su característica principal.
Nos inclinamos a hacer
remontar a 1830, a las apariciones de la Santísima Virgen
a Santa Catalina Labouré, la primera aurora del siglo de
oro de Nuestra Señora. Estas apariciones ejercieron en el
mundo, desde el punto de vista mariano, una influencia
profunda que está lejos de haberse agotado. La «Medalla
milagrosa» renovó en millones de almas la confianza en la
intervención poderosa y misericordiosa de María. La
confianza, es cierto, no es la cumbre más elevada de la
devoción mariana, pero es una de sus manifestaciones más
importantes, que dispone y prepara para aspectos más
desinteresados de esta vida mariana.
Y lo que siempre nos
impresionó de estas apariciones es que son sintéticas, por
decirlo así, y dan el resumen de todo lo que las
disposiciones divinas, en materia de doctrina mariana,
debían realzar en los decenios siguientes. Así, por ejemplo,
hablan de la Inmaculada Concepción por la oración
cuyo rezo pide la Santísima Virgen: «¡Oh María, sin
pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos!».
La realeza de Nuestra Señora sobre el mundo y sobre
las almas, que de modo práctico será reconocida por la
consagración, y de modo solemne y oficial por la institución
de la fiesta de esta Realeza, está claramente indicada en la
visión de la Virgen sosteniendo el globo terráqueo en sus
manos. La Mediación universal de las gracias se
manifiesta por la riqueza de los rayos que, de sus manos
extendidas, se difunden sobre el mundo. La devoción al
Corazón de María, e incluso la asociación estrecha e
indisoluble de Jesús y de María, sobre los que hoy se
concentra tan fuertemente la atención del pensamiento
cristiano, son indicados por la reproducción de los Sagrados
Corazones de Jesús y de María en el reverso de la Medalla
milagrosa.
En 1836 se sitúa el
aviso tan conocido del cielo al Padre Desgenettes en
París: «Consagra tu parroquia al Corazón Inmaculado de
María», como consecuencia de lo cual no sólo la
parroquia de Nuestra Señora de las Victorias sufre en poco
tiempo una transformación maravillosa, sino que además se
produce un movimiento mundial de piedad mariana por la
erección de la Cofradía del Corazón Inmaculado de María para
la conversión de los pecadores, que aún hoy cuenta con más
de 20.000.000 de afiliados, y por la que se han logrado
innumerables curaciones de almas.
En 1842 tiene lugar un
acontecimiento de importancia mínima en apariencia, pero en
realidad de inmensa trascendencia para la Iglesia de Dios:
en Saint-Laurent-sur-Sèvre un Padre Montfortano descubre el
manuscrito del «Tratado de la Verdadera Devoción a la
Santísima Virgen», de San Luis María de Montfort. Este
pequeño libro, que se difundirá en el mundo entero,
influenciará ya directa ya indirectamente el desarrollo de
la Mariología. Llevará a millones de almas a la Consagración
total de sí mismas a la Reina de los corazones, y a una
devoción mariana más profunda, que abarque e impregne toda
su vida. Justamente cien años más tarde este librito habrá
contribuido en gran parte a crear en la Iglesia la atmósfera
deseada y esperada por los Papas para proceder a la
Consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María.
En 1846 tiene lugar la
aparición de La Salette, que a pesar de no influenciar
la vida de la Iglesia en el mismo grado que Lourdes o
Fátima, debe ser considerada como un acontecimiento mariano
importante, cuyo significado e influencia parecen revivir
hoy, después de más de cien años.
En 1854 le toca el turno a
la definición de la Inmaculada Concepción. Después de
haberse realizado, nos parece muy natural que se haya
producido en 1854. ¿Nos hemos preguntado alguna vez por qué
no uno o varios siglos antes? La divina Providencia habría
podido muy bien hacer madurar esta verdad en una época
anterior. Pero debía ser colocada al comienzo del siglo de
María, debía ser como un poderoso toque de clarín, cuyas
resonancias se prolongaran durante los años siguientes;
debía ser como un maremoto que inundase el mundo con las
olas benditas del conocimiento y del amor marianos. Cuando
se piensa en el movimiento de estudios y oraciones que
precede a semejante definición —y en nuestra época estamos
bien colocados para juzgarlo—, en las festividades y
solemnidades que suscita por el mundo, uno puede darse
cuenta, y el historiador está ahí para confirmarlo, de lo
que esta definición ha sido para la vida de la Iglesia. Fue
la colocación del fundamento, sobre el que los Papas,
Obispos y sabios cristianos debían edificar el monumento de
la Mariología. Y no sería difícil presentar testimonios
numerosos y autorizados para demostrar que no fueron unos
simples fuegos artificiales, sino un acontecimiento con
influencias profundas, cuyos efectos se harían sentir
durante décadas, y cuyos frutos saboreamos aún hoy.
En 1854 la Iglesia
proclamó a María Inmaculada en su Concepción. La augusta
Reina del cielo no podía dejar sin respuesta semejante
acontecimiento, y el 25 de marzo de 1858 se le aparece a
Bernardita, en la Gruta de Lourdes, para decirle: «Yo
soy la Inmaculada Concepción», y para responder con un
beneficio mundial al homenaje del mundo entero.
No es nuestro intento
describir con detalle lo que es Lourdes. Lourdes es un
milagro permanente, la confirmación palpable de nuestra fe
en un tiempo de escepticismo y naturalismo, la curación
corporal y espiritual de miles de desgraciados, la
renovación cotidiana de la entrada triunfal de Jesús en
Jerusalén y de su paso bienhechor por los pueblos y aldeas
de Palestina… Lourdes es todo esto, y mucho más que esto; el
Obispo de Nuestra Señora, Monseñor Théas, lo decía
recientemente: Lourdes es la dulce presencia sentida y
experimentada de María. No se puede describir o explicar
esto. El hecho es innegable. Todos o casi todos los que han
estado allí pueden atestiguarlo. Para comprenderlo es
menester haberse sentido repentinamente, a los pies de la
Gruta bendita, bajo la influencia de lo sobrenatural y
realmente de una Presencia invisible… Millares y millares de
almas lo han experimentado, y lo siguen experimentando cada
día. Lourdes es la capital del reino de María, un rincón del
Paraíso transportado sobre la tierra…
Después de las apariciones
de Lourdes y la proclamación dogmática de 1854 no habrá en
el campo mariano, durante décadas enteras, otros grandes
acontecimientos exteriores que tengamos que señalar
especialmente. El mundo cristiano pudo vivir durante largos
años con el rico alimento mariano que acababa de serle
servido. Otras grandes cosas, como por ejemplo la
Consagración del mundo a la Santísima Virgen, se preparaban.
Con todo, los tiempos no estaban aún maduros para esto. Sin
embargo, muy pronto las piedras milenarias, cada una de las
cuales señala una etapa hacia el desarrollo pleno del reino
de María, empezarán a multiplicarse a lo largo del camino de
la historia.
El Papa mariano León
XIII sucedió en 1878 al Papa mariano Pío IX. En 1883
aparece la primera encíclica sobre el Rosario. Entre 1883 y
1898 seguirán apareciendo, cosa casi increíble, nueve
encíclicas marianas y gran cantidad de otros documentos
marianos de manos de León XIII, que beatificará a Luis María
de Montfort y afirmará más de una vez haber sacado en parte
su estima y amor del Rosario del contacto con este gran
Apóstol de María. El mes de octubre se convierte en el mes
del santo Rosario y el equivalente del amable mes de María,
lo cual significa claramente un progreso considerable en
este terreno dentro de la vida de la Iglesia. Más
importantes aún fueron los progresos de la Mariología,
consecuencia inmediata de las enseñanzas pontificias. Como
lo hizo observar el añorado Profesor Bittremieux en su
utilísima obra Doctrina Mariana Leonis XIII, toda la
Mariología quedó realzada, y especialmente, en un sentido
muy progresista, la misión que la Santísima Virgen cumple en
relación con la humanidad: asociación íntima de principio
con Cristo en toda la economía de la salvación, su
Corredención, su Mediación, tanto en la adquisición como en
la aplicación de las gracias, etc.
Todos los Papas siguientes
marcharán por este camino, y el «más que nunca» de
Montfort se realizará dentro de esta esfera, la más elevada.
También San Pío X
—tal vez no se lo ha notado lo suficiente— era un Papa
mariano. Dio su plena aprobación y manifestó su mayor estima
a la vida mariana tal como la expone Montfort. Desde el
punto de vista mariano, el apogeo de su Pontificado se
encuentra en la riquísima Encíclica Ad diem illum,
escrita en 1904 con motivo del quincuagésimo aniversario de
la definición dogmática de la Inmaculada Concepción. Para
componerla, el Pontífice quiso repasar la obra maestra de
Montfort y se inspiró ampliamente de ella, como lo recordó
más de una vez y lo demuestra fácilmente el estudio
comparado de los dos documentos.
Benito XV, a su
vez, soñaba con realizar algún acto mariano esplendoroso: la
Consagración del mundo a María, la definición de la
Mediación… La muerte le impidió realizar este designio. Sin
embargo, ejerció una notable influencia en el desarrollo de
la doctrina y piedad marianas por sus Cartas apostólicas
(entre otras, Inter Sodalitia, en la que
encontramos un texto decisivo sobre la Corredención en
sentido estricto), por sus instantes exhortaciones a
dirigirse a María como Reina de la Paz, como Mediadora de
todas las gracias y como el Camino más corto y seguro para
ir a Jesús. Conservamos con gratitud su precioso testimonio
sobre el Tratado, tantas veces citado en esta obra, al que
adjudica «el mayor peso y la mayor suavidad», con el
deseo de «que encuentre una difusión aún mucho más
amplia, como excelente medio de promover el reino de Dios».
Pío XI era
personalmente tan mariano que, durante treinta años, en el
Cenáculo de Milán, dio cada tarde de mayo una conferencia
llena de doctrina y piedad; que, incluso siendo Papa, se
negaba a tomar su descanso antes de haber acabado su Rosario
completo. De él tenemos dos Encíclicas marianas, una sobre
la Maternidad divina y espiritual de María con motivo de los
mil quinientos años del Concilio de Efeso, y otra sobre el
Rosario, como adiós al mundo cristiano, casi en vísperas de
su muerte.
Superfluo será hacer notar que Su Santidad Pío XII,
gloriosamente reinante, no se quedó atrás de ninguno de sus
Predecesores en materia de mariología. Al contrario, estamos
persuadidos de que los ha superado a todos. En el transcurso
de este opúsculo tendremos ocasión de exponer más en detalle
el papel magnífico que Su Santidad Pío XII cumple en la
realización de las profecías de Montfort sobre «el siglo y
el reino de María».
Progresos de la
Mariología
Es muy notable que las
profecías de Montfort anuncien que María debe ser «más
conocida», y por consiguiente «más amada y más
honrada»; habla «del conocimiento y del reino de la
Santísima Virgen». Es decir, a la base de una devoción
verdadera e intensa debe haber un conocimiento exacto,
sólido y profundo de la doctrina mariana: «Nihil volitum
nisi præcognitum: No se ama lo que no se conoce
previamente». Y, gracias a Dios, una de las características
de nuestra época es la de haber alcanzado una penetración
más adelantada e íntima de lo que llamamos comúnmente «el
misterio de María». A este progreso contribuyó poderosamente
el magisterio doctrinal de la Iglesia, ejercido por el Papa
y los Obispos, directamente por la exposición de la doctrina
mariana, e indirectamente por el apoyo enérgico dado al
estudio de los Mariólogos.
También en el campo
mariológico vale incontestablemente el «más que nunca».
En ninguna época se ha concedido tan amplio lugar a los
estudios marianos en nuestras Universidades y Seminarios.
Jamás se escribió tanto sobre Mariología como desde hace
cincuenta años. En este espacio de tiempo apareció una
decena de tratados completos sobre el tema. Innumerables son
los libros, artículos y folletos que abordan algún punto
particular de la ciencia mariana. Cosa desconocida no hace
tanto tiempo, se multiplican los Congresos Marianos
nacionales e internacionales, que estimulan a la vez la
ciencia y la piedad marianas. En unos diez países se han
constituido Sociedades de Estudios Marianos, sobre el modelo
de las «Mariale Dagen» de Tongerlo (Bélgica), que los
pusieron en marcha. Bélgica, juntamente con Holanda, jugó
en este campo un papel de primer plano. Los pequeños países
pueden ser grandes en ciertos campos. Pocas naciones
reunieron en la misma época tantos Mariólogos de fama como
los Países Bajos hace veinte años. En este tiempo vivían y
trabajaban en la más bella de las emulaciones Bittremieux,
Lebon, Van Crombrugghe, Merkelbach, Janssens, Druwé, Derckx,
Friethoff y otros… ¡Linda falange!
De este modo se
consiguieron importantes resultados en el campo de la
Mariología. El principio de María, nueva Eva, ha sido
puesto más en claro y utilizado para un gran número de
consecuencias que se imponen. La misión que la Santísima
Virgen cumple con Cristo como Mediadora de la humanidad ha
sido analizada cuidadosamente y expuesta más completamente.
En muchos puntos se ha logrado la casi unanimidad entre los
teólogos, y en muchos otros, aún un poco discutidos,
podremos ver el mismo resultado en un futuro próximo.
¿Queremos darnos cuenta de los progresos realizados sobre un
punto particular? Cuando, hace unos cincuenta años, hacíamos
nuestros estudios de teología, la Mediación de las gracias
de la Santísima Virgen recibía la nota de «pia et
probabilis opinio», opinión piadosa y probable. Hoy esta
verdad es considerada por la mayor parte de los teólogos
como cierta y definible.
La piedad mariana
El ascenso de la piedad
mariana caminó a la par que el desarrollo de la Mariología.
En este punto sobre todo no se espere de nosotros una
exposición detallada y completa, que requeriría volúmenes.
Nuestro Padre de Montfort
afirma haber leído casi todos los libros existentes en su
tiempo que trataban de la Santísima Virgen. Para quien sepa
varias lenguas, la cosa sería sin duda imposible en el día
de hoy. La literatura de devoción mariana, y asimismo la de
teología mariana, es sumamente amplia, y al lado de libros y
de folletitos bastante mediocres a pesar de la buena
intención de sus autores, contamos también con obras de gran
valor que, basadas sólidamente en la sana doctrina mariana,
son aptas para alimentar y desarrollar enormemente la piedad
mariana. Hay que notar que casi todos los autores
contemporáneos, que como Bernadot, Plus y otros, tienen gran
reputación como escritores de obras de ascética general, han
querido ofrecer también un trabajo en el campo mariano. Más
notable aún es el hecho de que en nuestros días aparecen
pocas obras de espiritualidad en que no se dediquen uno o
varios capítulos a exponer los lazos del tema tratado con la
doctrina y la vida marianas. Asimismo, en todos los países
del mundo prospera de manera excepcional la prensa mariana
periódica, con toda clase de revistas. Damos como ejemplo de
ello nuestra modesta revista popular «Mediadora y Reina» y
su equivalente flamenca, que tiene en este momento una
tirada de 230.000 ejemplares. ¡Hace veinte años no habríamos
podido soñar con una cifra semejante!
Señalemos, sobre todo en
ciertos países, la magnífica expansión de las «uniones
marianas», tan preconizadas por el Santo Padre. Y si en
otros países parece haber un retroceso en este terreno, este
fenómeno se debe a una baja de todo lo que no es
obligatorio, y sobre todo a la existencia de otras
asociaciones, particularmente de Acción Católica, hacia las
que la juventud se siente más atraída.
A este propósito hay que
observar los esfuerzos serios de la Acción Católica por
adaptarse a la corriente mariana actual. A veces hubieron
grandes lagunas en este punto. Pero en los últimos años se
comprueba mucha comprensión a este respecto y esfuerzos muy
loables para colmar estas lagunas. Con la Legión de María
tenemos un hermoso intento para ir a lo más perfecto en este
campo. La Legión nació de la perfecta Devoción de Montfort,
y en ella se arraiga profundamente. Sin duda es por eso que
este cuerpo selecto de apostolado puede alegrarse de los
resultados maravillosos que ha logrado en todas las partes
del mundo.
«María conocida, amada
y honrada más que nunca»… En este terreno se están
produciendo realmente en nuestros días algunos
acontecimientos cuyo equivalente buscaríamos vanamente en
toda la historia de la Iglesia. Tal es el caso, por ejemplo,
de la «Virgo Peregrinans», la Virgen Peregrina. En
Francia —¡siempre Francia!— hemos tenido en Francia la «Gran
Vuelta», que algunos consideraban como una experiencia
típicamente francesa, imposible de hacer en otras partes.
Pero ahora también Nuestra Señora de Fátima se ha puesto en
marcha, con igual o mayor éxito, y ha recorrido muchos
países y continentes, incluso Inglaterra, Canadá, los
Estados Unidos, Africa, Oceanía, etc. Esta «peregrinatio
Mariæ» se extendió luego a Italia, donde las Vírgenes
locales lograron los mismos triunfos. En Holanda es la
Stella Maris la que pone a la gente en delirio; en
Bélgica es la Virgen de los Pobres la que fascina a
las masas y las mantiene apiñadas alrededor de Ella sin
cesar, día y noche. En Alemania se organizaron también estas
«visitas» de Nuestra Señora de Fátima con gran éxito. Cuando
se consideran las explosiones de fe, amor, piedad y
arrepentimiento que provoca el paso de una simple imagen de
María; cuando se oye a los misioneros afirmar que el paso de
Nuestra Señora en una parroquia por algunos días, a veces
por algunas horas, opera tantas maravillas que la misión más
lograda, nos es necesario admitir que estamos en presencia
de una forma nueva, querida por Dios, de la piedad mariana;
de una invención del Amor infinito y del amor materno de
María para atraer las almas y volverlas a llevar y dar a
Cristo.
Una característica más de
la devoción mariana en nuestra época: se comprende cada vez
más que el culto mariano forma parte integrante del mismo
cristianismo, y no es una superfluidad más o menos
facultativa, sino que toda la vida de los cristianos debe
ser también mariana; se cae en la cuenta de que se puede y
se debe hablar de «vida mariana» y no sólo de «devoción» a
María. La expresión ya ha quedado definitivamente
consagrada, y el mismo Santo Padre se ha servido de ella.
Realmente ha llegado el tiempo en que, según la predicción
de Montfort, las almas respiran a María tanto como los
cuerpos respiran el aire. ¡Las almas se pierden realmente en
Ella, para convertirse en copias vivas de Jesucristo!
Los «santos» de
hoy
Montfort había prometido
también que en este siglo mariano habrían santos que se
distinguirían por un amor y una piedad marianas
excepcionales. En efecto, los santos son los más dóciles en
seguir las inspiraciones de lo alto, y Dios es
incontestablemente el Autor principal del movimiento mariano
que estamos describiendo. Hablamos de bienaventurados y de
santos canonizados, pero también de esas almas que la vox
populi designa como candidatos a una glorificación
futura. Ahora bien, nos parece incontestable que la mayoría
de los «santos» de hoy se distinguen de sus precursores en
los caminos de la santidad por una vida mariana más intensa.
Piénsese, por ejemplo, en el santo Cura de Ars, Santa
Teresita del Niño Jesús, San José Benito Cottolengo, Santa
Bernardita, Santa Catalina Labouré, Don Bosco, San Gabriel
de la Dolorosa, Teófano Venard, San Pío X… ¡Qué almas tan
marianas fueron Matt Talbot, el Padre Bellanger, el Padre
Kolbe, y en nuestros países el Padre Valentin, los Hermanos
Mutien-Marie, el Padre Poppe: estos últimos eran todos
esclavos de María según el método de Montfort, aunque por
uno u otro motivo no se haya resaltado esta condición como
fuese debido!
Apariciones
En
contacto con el crecimiento de la devoción mariana casi en
todas las formas señaladas hasta aquí, se encuentran las
apariciones de Nuestra Señora de Fátima desde mayo a
octubre de 1917. Este es sin lugar a dudas uno de los
acontecimientos marianos más importantes que se hayan
producido en la Iglesia. Y el hecho de que el Santo Padre
haya querido realizar las ceremonias de la clausura oficial
del Año Santo en este lugar bendito, fuera de Roma, disipa
totalmente las dudas que algunos pensaban poder tener sobre
las opiniones de Pío XII a propósito de estas apariciones.
Serán casi desconocidas fuera de las fronteras de Portugal
hasta 1940; luego, bajo la presión de los terribles
acontecimientos de entonces, la noticia se difundirá
realmente como una «sacudida religiosa» por el mundo,
especialmente por los países ocupados. Es probable que
ninguna manifestación de Nuestra Señora haya ejercido en tan
poco tiempo una influencia tan grande en la vida de los
cristianos. Podemos asignar a esto varios motivos,
especialmente el hecho de que estas apariciones estaban en
armonía evidente con muchas corrientes religiosas y
necesidades espirituales de nuestra época. Entre otras
estaba el hecho de que, por primera vez desde 1836, se pedía
la Consagración al Corazón Inmaculado de María.
Es
imposible no señalar aquí otra manifestación extraordinaria
de la bondad y del poder de María, que confirma de nuevo el
hecho de que nuestra época sea efectivamente «el siglo de
María». Desde el 29 de agosto al 1 de septiembre de 1953 en
Siracura, Sicilia, una estatuilla del Corazón
Inmaculado de María derramó abundantes lágrimas casi sin
interrupción. Cosa inaudita: el prodigio pudo ser observado
por millares de personas, fue controlado por las autoridades
civiles, por médicos, químicos, etc. Cosa igualmente
inaudita: ante la evidencia del hecho, el episcopado de
Sicilia, que tenía a su cabeza a Su Excelencia el Cardenal
Rufini, reconoció oficialmente el carácter milagroso del
hecho tres meses después de los acontecimientos, el 12 de
diciembre, tan sólo algunos días antes de la apertura del
Año Mariano. No hace falta decir que estas lágrimas de la
Santísima Virgen deben hacernos recapacitar, y en todo caso
son un testimonio nuevo y trágico de la solicitud preocupada
y del amor incomparable de nuestra divina Madre por nuestro
pobre mundo.
Todos los arroyos y
afluentes de conocimiento y de devoción mariana de que
acabamos de hablar se lanzan en el río real de la
Consagración a María, Consagración que, bien comprendida, es
sin contradicho el punto culminante de todo lo que se puede
dar a Nuestra Señora; una cumbre, un punto de llegada, que
debe ser a su vez un punto de partida para la práctica de
todas las formas de la vida mariana, que están virtualmente
contenidas en ella.
El 31 de octubre de 1942,
en el transcurso de una alocución radiofónica dirigida al
pueblo portugués reunido en la Cova da Iria para celebrar el
25º aniversario de las apariciones de Nuestra Señora de
Fátima, Pío XII consagró oficialmente la Iglesia y el género
humano a la Santísima Virgen, a su Corazón Inmaculado. Y
para que no se pudiese dudar del carácter oficial de este
acto, el Santo Padre lo renovó solemnemente durante una
ceremonia religiosa en la basílica Vaticana el 8 de
diciembre del mismo año.
En
diferentes lugares se ha escrito la historia de esta
Consagración. Quienes lo han hecho fueron los primeros en
estar convencidos de no ser completos. Tal vez ni siquiera
fueron siempre exactos. Si aquí, como es debido, queremos
poner el acento no tanto en la devoción al Corazón purísimo
de María, sino más bien en la Consagración, que final y
principalmente se hace a la persona de la Santísima
Virgen —que es lo que el mismo Santo Padre subraya por dos
veces en su Acto de Consagración—, se deberá reconocer que
San Luis María de Montfort, por sus escritos, fue no sólo el
profeta, sino también el gran promotor del movimiento de
consagración mariana. Bajo la influencia de San Luis María
esta consagración ha tomado su verdadera forma y se ha
establecido en el centro de la vida mariana y por ende
cristiana, y no puede ya ser considerada como una
manifestación muy secundaria de la piedad. Nada ni nadie
contribuyó tanto como la doctrina de Montfort a crear la
atmósfera favorable reclamada por los mismos Papas para
proceder a la Consagración del mundo a Nuestra Señora.
Cuando se estudian los diferentes movimientos que prepararon
la Consagración del género humano a María por medio de la
consagración individual, familiar, etc., encontramos siempre
o casi siempre la influencia de Montfort a través de sus
notables escritos.
Pues,
sin hablar de la organización de peticiones en favor de esta
consagración, hubo en diversos países, entre otros en
Francia, en Suiza, en Italia, en América del Sur y en otras
partes, movimientos de consagración personal y colectiva a
la Santísima Virgen. Y es aún una de las glorias de nuestros
países que en varias diócesis de Holanda y Bélgica esta
consagración haya sido realizada por la casi unanimidad de
los fieles, de las familias, de las parroquias, de las
ciudades y de las agrupaciones de toda clase, después de una
preparación intensiva, doctrinal y suplicante, de seis meses
por lo menos. Era prevenir los deseos de la Santa Sede.
Los actos del
Santo Padre
Como
sucede de ordinario, estas diversas corrientes fueron
captadas por el Vaticano y, con una impetuosidad creciente,
relanzadas sobre el mundo. La Consagración del mundo a
María, al Corazón Inmaculado de María, es uno de los mayores
acontecimientos de la historia mariana de la Iglesia y de
toda su historia simplemente, un gesto de la mayor
importancia para la realización del reino de Nuestra Señora.
Y el cielo respondió, y de manera impresionante, a este
homenaje mariano: inmediatamente después de esta fecha
comenzó el desmoronamiento del poder del nazismo, que debía
consumarse diecisiete meses más tarde por la liberación
completa y definitiva del mundo entero de esta humillante y
paganizadora tiranía.
El reino de
Cristo por el reino de María
El Santo Padre sabía que
con este acto no estaba todo hecho, por muy importante que
fuese. Nos parece poder decir que Pío XII comparte en
sustancia las ideas de que tratamos aquí, y quiere obrar
consecuentemente. El Papa de la Santísima Virgen parece
estar convencido del vínculo estrecho y de la conexión
necesaria querida por Dios, entre el reino de Nuestra Señora
y el de su divino Hijo. En la fórmula de Consagración del
mundo podemos leer: «De igual modo que al Corazón de
vuestro amado Jesús fueron consagrados la Iglesia y todo el
género humano…, así igualmente Nosotros también Nos
consagramos perpetuamente a Vos, a vuestro Corazón
Inmaculado, ¡oh Madre nuestra, Reina del mundo!, para que
vuestro amor y vuestro patrocinio apresuren el triunfo del
reino de Dios».
El 13 de mayo de 1946 el
Santo Padre dirige una larga y magnífica alocución a los
600.000 peregrinos que asisten a la coronación de Nuestra
Señora de Fátima. Entre otras cosas les dice: «Al coronar
la estatua de Nuestra Señora… os habéis alistado como
Cruzados para la conquista o la reconquista de su reino, que
es el reino de Dios. Esto quiere decir que os obligáis a
penar para que Ella sea amada, venerada, servida alrededor
vuestro en la familia, en la sociedad, en el mundo».
En una carta autógrafa,
dirigida a toda la familia de la «Gran Vuelta», y fechada
del 2 de julio de 1948, el Papa escribía: «Lo hemos dicho
y Nos gusta repetirlo: en la noche oscura que pesa sobre el
mundo, vemos despuntar una aurora, anunciadora infalible del
Sol de verdad, de justicia y de amor. En efecto, en esta
generación herida e inquieta, este impulso para «volver» a
las fuentes de agua viva, que brotan abundantemente de los
Sagrados Corazones de Jesús y de María, no es la menor señal
de esperanza y de consuelo. Por eso Nos os felicitamos por
tomar a pecho esta salvífica devoción mariana, por
propagarla alrededor vuestro, por hacer de ella la palanca
de vuestro apostolado. Nos queremos ver en ello la prenda y
la garantía de la conversión de los pecadores, de la
perseverancia y del progreso de los fieles, del
restablecimiento de una verdadera paz en todas las naciones,
entre ellas y con Dios». Esto es, evidentemente, el
reino de Dios asegurado por el reino de María. La expresión
no está, es cierto; en otras ocasiones el Soberano Pontífice
la utiliza.
A
los
peregrinos
portugueses, venidos a
Roma el
2 de
junio de
1951 para
la
inauguración de
la iglesia
jubilar de
San
Eugenio, y
dentro de
este
templo, de
la capilla de
Nuestra
Señora de
Fátima, el
Vicario de
Cristo dice
al día
siguiente
de esta
ceremonia: «Implorad sin
cesar para
el mundo
la
intervención
milagrosa de
la Reina del
mundo, a
fin de
que la
esperanza
de una paz verdadera
se realice
lo más
rápidamente posible, y
que el
triunfo del
Corazón
Inmaculado de María
haga llegar
el triunfo
del Corazón
de Jesús
en el
reino de
Dios».
Y, para terminar, una
palabra que no puede ser más oficial, y que manifiesta la
misma convicción y la misma esperanza, en las primeras
líneas de la Constitución apostólica Munificentissimus
Deus, que define la Asunción de la Santísima Virgen:
«Es para Nos un gran consuelo ver manifestaciones públicas y
vivas de la fe católica, y contemplar cómo la piedad a la
Virgen María, Madre de Dios, está en pleno auge en todas
partes, crece cada día más, y ofrece casi en todas partes
los presagios de una vida mejor y más santa».
La consagración a la
Santísima Virgen
Por lo que mira a la
consagración a la Santísima Virgen, que es como la médula
espinal del reino de María en las almas y en la sociedad, el
Santo Padre no nos ha dado sólo el ejemplo, ni se ha
limitado a recomendar su práctica y su difusión en sus
Alocuciones y Cartas, sino que además —y ello nos dispensa
de toda otra cita— lo ha hecho del modo más solemne y
oficial en su Encíclica Auspicia quædam, del 1 de
mayo de 1948. Después de haber recordado muy explícitamente
el gran Acto de la Consagración del mundo, el Santo Padre
prosigue: «Deseamos que, según lo permita la oportunidad,
se haga esta consagración, tanto en las diócesis como en las
parroquias y familias, y confiamos en que esta consagración,
pública y privada, será fuente de abundantes beneficios y
favores celestiales».
El Vicario de Jesucristo
en la tierra desea, pues, la consagración de cada cristiano
a la Santísima Virgen y, además, la consagración colectiva
de los principales organismos de que se forma parte. Y
espera de este acto las más ricas bendiciones del cielo.
Es cierto que hay
consagración y consagración. Es evidente que una fórmula
rezada de prisa, sin preparación ni convicción, no es capaz
de producir los efectos esperados. Pío XII, en las
alocuciones célebres, determinó la naturaleza y las
cualidades de una consagración bien comprendida. Lo hizo del
modo más claro y completo en su discurso a los dirigentes y
participantes de la «Gran Vuelta» el 2 de noviembre de 1946,
en el que recordaba y retomaba enseñanzas análogas dadas a
los Congregacionistas de la Santísima Virgen el 21 de enero
de 1945:
«Sed fieles a Aquella
que os ha guiado hasta aquí. Haciendo eco a nuestro llamado
al mundo, lo habéis hecho escuchar alrededor vuestro; habéis
recorrido toda Francia para hacerlo resonar, y habéis
invitado a todos los cristianos a renovar personalmente,
cada cual en su propio nombre, la consagración al Corazón
Inmaculado de María, pronunciada en nombre de todos por sus
Pastores. Habéis recogido ya diez millones de adhesiones
individuales, resultado que nos causa un gran gozo y
despierta en nosotros una gran esperanza. Pero la condición
indispensable para la perseverancia en esta consagración es
entender su verdadero sentido, captar todo su alcance, y
asumir lealmente todas sus obligaciones. Volvemos a recordar
aquí lo que Nos decíamos sobre este tema en un aniversario
muy querido a Nuestro corazón: La consagración a la Madre de
Dios… es un don total de sí, para toda la vida y para toda
la eternidad; no un don de pura forma o de puro sentimiento,
sino un don efectivo, realizado en la intensidad de la vida
cristiana y mariana».
Ciertamente que podríamos citar muchos otros actos y mil
otros textos para mostrar en Pío XII al alma profundamente
mariana, al Papa mariano por excelencia. Pero no señalaremos
más que dos acontecimientos de importancia en la historia de
la Iglesia. El primero es la definición dogmática de la
Asunción de la Santísima Virgen, el 1 de noviembre de 1950,
acto que, según el Cardenal Van Roey, imprime oficialmente a
nuestra época el sello del siglo de María. Tal vez no se ha
reconocido en todas partes a este gesto toda la atención que
merecía: lo consideramos como uno de los acontecimientos más
importantes de la historia del reino de Nuestra Señora y, de
manera general, de la historia de la Iglesia.
El Año Mariano
El
Santo Padre Pío XII no se cansa de «emprender y realizar
grandes cosas por esta augusta Soberana». Es indudable
que, en el orden de los actos oficiales de la Santa Sede,
Pío XII no podía realizar actos más importantes que la
Consagración de la Iglesia y del mundo a la Santísima Virgen
y la definición dogmática de su Asunción gloriosa. Sin
embargo, tenemos que señalar aún un acontecimiento mariano,
debido a la iniciativa del Santo Padre, cuyas consecuencias
para el conocimiento y el amor de la Santísima Virgen son
realmente incalculables. Del 8 de diciembre de 1953 al 8 de
diciembre de 1954 se celebró, por la primera vez en la
historia de la Iglesia, un «Año Mariano», esto es, un año
entero en que el pensamiento y la vida cristiana estarían
centrados de manera muy especial en la Santísima Virgen. Eso
fue sin duda la manifestación más impresionante de este
«siglo de María» anunciado y preparado por Montfort. En el
mundo entero los pensadores cristianos, en innumerables
libros, en las sesiones de congresos marianos organizados en
muchos países, en los periódicos cristianos, se volcaron
sobre el misterio de María para profundizarlo aún más. Se
requerirían volúmenes enteros para describir las
manifestaciones marianas entusiastas y ardientes organizadas
en todos los continentes. Se calcula en ocho millones el
número de peregrinos venidos a Roma en este Año Mariano,
cuando el Año Santo no había traído más que cuatro millones,
a pesar de una organización muy estudiada. La jerarquía
católica en el mundo entero celebró las glorias de María. Y
nuestro glorioso y venerado Papa Pío XII, que había abierto
este año de preparación al centenario de la definición de la
Inmaculada Concepción por la Encíclica Fulgens Corona,
lo clausuró por otra Encíclica, que será célebre en los
fastos de la historia religiosa. La ceremonia de clausura
del Año Mariano concluyó con un homenaje grandioso a la
Realeza de María, cuyos fundamentos y ejercicio expone la
Encíclica Ad cœli Reginam. Los teólogos habrán
observado especialmente uno de los fundamentos doctrinales
asignados por el Santo Padre a la soberanía de María: su
intervención de orden subordinado junto a Cristo en la
redención de la humanidad. «No os pertenecéis —decía
San Pablo a los cristianos—, pues habéis sido comprados a
un elevado precio»
[58].
El Apóstol de las naciones predica así la pertenencia a
Cristo. Pío XII utiliza este mismo texto aplicándolo a la
Santísima Virgen. Tenemos ahí un fundamento sólido para la
soberanía de María, y asimismo para nuestra pertenencia
total a Ella, que practicamos de manera ideal por la santa y
noble esclavitud de amor.
Lo
que
acabamos de
escribir
sobre las
palabras y
actos del Santo
Padre nos
sugiere una
reflexión,
que es
tal vez
una
respuesta a
una
objeción tácita
de ciertos
lectores.
Montfort anuncia
el reino
de Cristo
por el
de María,
y este
por el
conocimiento y la
práctica
más general
de la
«verdadera y sólida
devoción
que él enseña». Incluso
aceptando
la conexión
necesaria
que existe
entre el
triunfo de
Cristo y
el de
su divina
Madre, se
guardará
tal vez
cierto
escepticismo
respecto de
esta última afirmación
(proposiciones 4ª y
5ª). Las
citas que
acabamos de
hacer
disipan por
sí mismas estas
dudas. Lo
que el
Santo
Padre pide
es
equivalentemente lo mismo
que
aconseja San
Luis María
de
Montfort: una consagración
bien
comprendida, hecha
después de
una larga
y seria
preparación
y no
de pura
forma y
precipitadamente, una consagración
realizada
en una vida cristiana
y mariana
fervorosa. La definición
dada por
el Santo
Padre es
idéntica a
la de Montfort,
con la
sola
diferencia de
que el
Papa no
exige
explícitamente la entrega
a la
Santísima
Virgen del
derecho de
disponer
del valor
comunicable de nuestra
vida,
aunque está
incluido
implícitamente. Y si
este
abandono forma
parte
integrante del acto
central de
la vida mariana
tal como
la describe
el Apóstol
de María,
no habría
que
exagerar la
importancia
de esta
parte de
nuestra
oblación que,
evidentemente, es menor
que la
donación de
nuestro
mismo ser
y de
nuestras
facultades, y
que hace
que
nuestros actos
deliberados
queden marcados
con el
sello de
nuestra
pertenencia a
Nuestra
Señora. Nos
parece que
si el
mundo
cristiano en
su conjunto
siguiese
los consejos
e indicaciones
del Sumo
Pontífice,
no estaríamos
lejos del
reino de
la
Santísima Virgen
tal como
Montfort lo
anuncia y
describe.
Una objeción que es
una confirmación
A veces se nos ha hecho
también la siguiente objeción: «Usted nos presenta nuestra
época como el siglo de María. ¿No es más bien la era del
Sagrado Corazón, de Cristo Rey, de la Eucaristía, del Cuerpo
místico, etc.?».
La objeción, como
fácilmente se comprenderá, no es tal, sino más bien un
argumento, un confirmatur de lo que acabamos de
recordar. Los hechos, en cierta medida, dan razón a San Luis
María: el reino de Cristo por el reino de María.
¡Ah, ciertamente, este
reino tan deseado de nuestro Cristo adorado está lejos de
haber llegado en su plenitud! No podemos cerrar los ojos
ante toda clase de síntomas inquietantes: la caridad
enfriada de un gran número, el bajón espantoso de la
moralidad en muchos medios, la descristianización lenta pero
progresiva de varios países. El catolicismo, y sobre todo el
cristianismo en general, sufrió pérdidas gravísimas por la
acción del comunismo y del socialismo nacional.
Pero
frente a este triste balance hay indicios sumamente
alentadores. La Iglesia ha recibido gracias insignes. Desde
hace cincuenta años han nacido y se han desarrollado
movimientos sumamente prometedores, que parecen anunciar y
garantizar el triunfo de Cristo Rey. En 1900 el género
humano fue solemnemente consagrado al divino Corazón de
Jesús. El Pontificado de Pío XI transcurrió totalmente bajo
el signo del reino de Cristo, y la fiesta de Cristo Rey es
su fruto duradero y su memorial imperecedero. Son también
gracias excepcionales para la Iglesia, que contienen ya un
reino parcial de Cristo: una larga serie de grandes y santos
Papas, un episcopado admirable y un clero tan excelente en
su conjunto, que probablemente buscaríamos en vano otro
semejante en los siglos precedentes. Tenemos además: el
movimiento litúrgico, cuyo mérito principal es habernos
hecho descubrir de nuevo el santo Sacrificio de la Misa; el
movimiento eucarístico con la Comunión precoz de los niños y
la Comunión frecuente de los adultos, que ha tenido como
consecuencia un gran florecimiento de la vida interior
incluso entre los seglares; el movimiento de Acción
Católica, cuya influencia ya ha sido considerable y cuyos
esfuerzos futuros podrían ser decisivos; el movimiento de
Entronización del Sagrado Corazón, que ha introducido
oficialmente a Cristo como Rey de amor en decenas de
millones de hogares; el movimiento maravilloso de
evangelización del mundo, el más poderoso que la Iglesia
haya conocido desde el tiempo de los Apóstoles, y que tiene
como particularidad contemporánea la introducción en masa
del clero indígena, que podrá ejercer una influencia
decisiva para la conversión de las naciones paganas. Y la
comprensión más profunda del misterio de la Iglesia, del
Cuerpo místico de Cristo, ¿no es una consecuencia de este
reino del María, que es la Madre, el tipo y como la
personificación de la Iglesia?
Es
muy notable lo siguiente: ante todo, que todos o casi todos
estos acontecimientos tuvieron lugar, y todos estos
movimientos nacieron, después de que el reino de Nuestra
Señora se hubiera establecido parcialmente desde comienzos
del siglo XX; y luego, que todos los que han creado y
propagado estos movimientos se hicieron notar casi siempre
por una devoción excepcional a la Santísima Virgen, y la
mayoría de entre ellos eran esclavos de María según la
fórmula de Montfort: los Papas León XIII, San Pío X y Pío XI,
los Cardenales Mercier y Van Rossum, el Padre Mateo, el
Padre Lintelo, el Padre Poppe, y cuántos otros. Esta
observación, ¿no nos recuerda la afirmación de Montfort de
que «por medio de esta verdadera y sólida devoción… estos
santos personajes lo lograrán todo»? Parece, pues, que
la historia misma nos demuestra que tanto las comunidades
como los individuos han de ser conducidos a Cristo por
María: «Per Mariam ad Iesum».
Conclusión
De
todo lo que acabamos de decir creemos poder concluir que
todo hombre verdaderamente cristiano, que sin prevención y
seriamente reflexiona en la doctrina y en los hechos que
acabamos de recordar, adoptará con certeza moral la
afirmación fundamental de la espiritualidad de San Luis
María de Montfort: El reino de Cristo vendrá; llegará por el
reino de María; esto es, llegará cuando el mundo cristiano
haya reconocido teórica y prácticamente a María todo lo que
le corresponde según el plan de Dios. Y esto lo haremos de
modo perfecto siguiendo las enseñanzas del gran Apóstol de
María, San Luis María de Montfort.
En
nuestras consideraciones precedentes nos hemos convencido de
que el reino de Cristo vendrá por el reino de María, por la
práctica generalizada de una devoción mariana íntegra. Con
esta convicción nos es fácil decidirnos a contribuir con
todos nuestros esfuerzos a este reino mariano, condición
indispensable y medio, no único pero sí infalible, para
realizar el reino de Dios. Por este motivo Montfort nos pide
el apostolado mariano en términos convincentes: «Como un
buen siervo y esclavo, no de debe permanecer ocioso; sino
que es preciso, apoyados en su protección, emprender y
realizar grandes cosas para esta augusta Soberana. Es
menester defender sus privilegios cuando se los disputa; es
necesario sostener su gloria cuando se la ataca; es preciso
atraer a todo el mundo, si fuera posible, a su servicio y a
esta verdadera y sólida devoción; es menester hablar y
clamar contra los que abusan de su devoción para ultrajar a
su Hijo, y al mismo tiempo establecer esta verdadera
devoción»
[59].
Pío
XII se atrevía a imponer esta obligación, por decirlo así, a
los 600.000 peregrinos que asistían, el 13 de mayo de 1946,
a la coronación de Nuestra Señora de Fátima, y la habían
reconocido y aclamado así como su Reina: «Al coronar la
estatua de Nuestra Señora os habéis comprometido, no sólo a
creer en su realeza, sino también a depender lealmente de su
autoridad, a responder filial y continuamente a su amor.
Habéis hecho más que eso: os habéis alistado como Cruzados
para la conquista o la reconquista de su reino, que es el
reino de Dios. Esto quiere decir que os obligáis a
esforzaros para que Ella sea amada, venerada, servida
alrededor vuestro en la familia, en la sociedad, en el
mundo».
Hemos
demostrado precedentemente que en este campo pueden y deben
hacerse progresos importantes, tanto en profundidad como en
extensión. Cuando se piensa que en el orden sobrenatural
nada se hace sin Ella, ni una definición dogmática, ni una
furtiva oración jaculatoria, nada de importancia ni nada
mínimo por el reino de Dios, uno se da cuenta de que aún
falta mucho por hacer para adaptarnos plenamente a los
designios de Dios en este punto. Caminamos hacia la Tierra
prometida, es cierto. Pero estamos aún lejos de haberla
alcanzada. Es tarea de los sacerdotes y de todas las almas
apostólicas encaminar el pueblo cristiano hacia esta Tierra
de maravillas
[60].
Podemos y debemos practicar el apostolado mariano de muchas
maneras: por el apostolado de acción, empujando las almas a
la devoción mariana bajo todas sus formas, sin excluir la
más elevada; y por un apostolado oculto, subterráneo, de que
trataremos más tarde.
Asimismo, podemos ser apóstoles de acción en el campo
mariano de dos maneras, «in recto» e «in obliquo»,
diría la Escolástica: ya sea tomando como fin inmediato de
nuestros esfuerzos apostólicos el desarrollo de la piedad
mariana en nuestros semejantes, ya sea —sin hacer de ella el
objeto directo e inmediato de nuestros esfuerzos— propagando
la doctrina y la devoción mariana más bien como de paso,
esto es, impregnando con ella nuestro trabajo apostólico
general, o si se quiere, haciendo apostolado con un espíritu
mariano.
Quien
reflexiona debe admitir el siguiente principio: que, dada la
misión de María en toda la economía sobrenatural, nuestra
actividad apostólica debe estar enteramente impregnada del
pensamiento y de la influencia de María.
Debemos dirigirnos a Ella para obtener las gracias
apostólicas, pues toda gracia nos viene por Ella después de
Dios. No quiere esto decir que sea necesario hacerlo siempre
de modo expreso y explícito. Hemos de aplicar aquí lo que
Montfort escribe de nuestros esfuerzos de santificación
personal: «Persuadíos, pues, de que cuanto más miréis a
María en vuestras oraciones, contemplaciones, acciones y
sufrimientos, si no con vista distinta y advertida, por lo
menos con una general e imperceptible, más perfectamente
encontraréis a Jesucristo, que siempre está con María,
grande, poderoso, operante e incomprensible»
[61].
Esto vale también para
toda nuestra actividad apostólica. Hemos de penetrarnos a
fondo de nuestra dependencia total para con Ella en toda
empresa sobrenatural, reconocer prácticamente esta
dependencia, de un modo u otro, y de vez en cuando
recordarnos de la necesidad que tenemos de su socorro, y
volvernos hacia Ella. Asimismo, hay que hacer que las almas
sean conscientes de esta dependencia, introduciendo a la
Santísima Virgen, de una manera u otra, en nuestra actividad
apostólica. Fuera de esto, para producir frutos de salvación
y de santidad en las almas, bastará que nos mantengamos en
la convicción habitual de nuestra dependencia de Nuestra
Señora.
Una vez más, reconocer
prácticamente el papel decisivo de la Santísima Virgen en
nuestra vida apostólica puede hacerse de más de un modo.
Podemos hacerlo más bien subjetivamente, invocando a Nuestra
Señora o renovando la consagración a Ella antes o después de
cada empresa apostólica. O bien instalando, por ejemplo, una
imagen de la Santísima Virgen en la sala del patronato, o
insertando un lema mariano en el encabezado de un trabajo
escrito, o invocándola con los oyentes o alumnos antes de
una predicación o lección de catecismo. Muy hermosa
costumbre, un poco desaparecida hoy, era la de rezar un
Avemaría después del exordio de un sermón; el Padre Poppe
estaba muy bien inspirado al recordar o invocar a la
Mediadora de todas las gracias al comienzo de cada
alocución.
Otra
manera de
dar a
la
Santísima Virgen
el lugar
a que
tiene
derecho en
nuestros
trabajos
apostólicos es
evocar su
pensamiento o su
recuerdo a
propósito
del tema
de que
se está
tratando.
La mayor
parte del
tiempo eso
podrá
hacerse sin
la menor
búsqueda o
apariencia
de afectación.
Uno queda
sorprendido a veces
de ver
a
sacerdotes,
teóricamente muy favorables
a la
orientación mariana actual,
no
aprovechar las
ocasiones
más naturales
de traer
su recuerdo
o su
mención en
una predicación, un
artículo,
una lección
de
religión. Si
predicamos
sobre la
Santísima
Trinidad, no
hace falta
decir que
señalaremos los vínculos
excepcionales de María
con cada
una de
las tres
Personas
divinas. Si
hablamos de
la grandeza y
del poder
divinos,
encontraremos la
ocasión de
subrayar la
infinita
dignidad de
la Maternidad divina.
Cuanto
tratamos del
cielo,
recordaremos a nuestro
auditorio
que María
es la
Puerta del
cielo
abierta para
todos: «Quæ
pervia cæli
Porta
manes»…
¿Hablamos de
la vida de
la gracia?
Es casi
imposible
no mostrar
a Aquella
que la
ha recibido
en su
plenitud, y
que es su
Canal y
su
universal
Mediadora. ¿Queremos conducir
al
arrepentimiento y
a la
contrición
a todo
un público,
o a
una sola
alma? Una
de las
razones de
nuestro
pesar serán
los dolores
de la
Santísima
Virgen, de
que
nuestros pecados
fueron
causa. ¿Exhortamos a la
humildad, a
la pureza, a
la caridad,
al espíritu
de oración,
al
recogimiento? No
será
difícil señalar,
aunque sea
rápidamente
y como
de paso,
a la
Santísima
Virgen como
perfecto
modelo de
estas
virtudes.
Ciertamente que no es
exagerado pedir a todos los que lo han comprendido, que «marialicen»
de un modo u otro toda obra de apostolado de alguna
importancia que se les solicita realizar: un libro, un
artículo que escriben, una predicación que hacen, una
reunión que presiden, una lección de religión que dan… ¿Será
pedir demasiado que jamás ninguno de nuestros penitentes
deje el confesionario sin que le hayamos deslizado al oído y
en el alma, a título de aliento, el nombre de su Madre?
Hagámoslo, pues, una vez más, con sencillez y franqueza, sin
ostentación. Si lo hacemos por convicción sincera y con amor
filial recto y simple, la cosa parecerá totalmente normal, y
nadie quedará ofuscado por eso, ¡al contrario!
Estemos seguros de que la
respuesta del cielo a lo que es por parte nuestra, en
definitiva, un esfuerzo de adaptación al plan de Dios, será
una efusión abundantísima de gracias. San Francisco Javier
decía que los pueblos siempre habían resultado refractarios
al Evangelio hasta que no les mostraba, juntamente con la
Cruz de Jesús, a su dulcísima y amabilísima Madre. El
Cardenal Griffin declaraba hace poco que para volver a
llevar a Cristo a Inglaterra, era preciso volver a entregar
este país a María. Y no habrá un solo sacerdote que en
ciertas ocasiones no haya experimentado, como nos ha pasado
a nosotros tantas veces, esta maravillosa intervención
materna de María en las almas.
Nos parecería faltar a
nuestro deber si no señaláramos en esta ocasión una
organización contemporánea que es la prueba viva y palpable
de lo que acabamos de recordar: la Legión de María, a base
de fuerte doctrina mariana, que después de algunas décadas
de existencia, se ha difundido por todas partes en el mundo.
Fabulosos y casi increíbles son los resultados logrados,
tanto en los países civilizados como en los países de
misión. Es cierto que sus miembros ejercen una actividad
admirable y practican una dedicación sin límites. Pero es
incontestable que —como ellos son los primeros en
proclamarlo— los frutos excelentes de su apostolado se deben
en su mayor parte al hecho de que en su acción apostólica se
sienten y se muestran totalmente dependientes de María. ¿No
será esto una indicación para la Acción Católica en general?
Es cierto también que en muchos países hay esfuerzos muy
loables en este sentido. Estos esfuerzos hay que
continuarlos, extenderlos e intensificarlos, para que la
Acción Católica responda completamente a las esperanzas que
los Sumos Pontífices tienen puestas en ella. Piénsese, por
ejemplo, que como tema de estudio, ninguno fuera de Dios, de
Cristo o de la Eucaristía merece tanta atención y esfuerzos
como el de María.
Grabemos todos en nuestra memoria y en nuestro corazón, como
consejo implícito, la preciosa felicitación que Pío XII
dirigía a los hombres de la «Gran Vuelta»: «Nos os
felicitamos por tomar a pecho esta salvífica devoción
mariana, por propagarla alrededor vuestro, por hacer de ella
la palanca de vuestro apostolado. Nos queremos ver en ello
la prenda y la garantía de la conversión de los pecadores,
de la perseverancia y del progreso de los fieles, del
restablecimiento de una verdadera paz en todas las naciones,
entre ellas y con Dios». La «salvífica devoción
mariana» de que se trata aquí, como lo demuestra el
contexto, tiene como núcleo la consagración mariana; por
eso, las palabras del Santo Padre son un precioso aliento a
difundir la doctrina y la práctica de esta donación.
En todas nuestras empresas
apostólicas debemos dar a la Santísima Virgen el lugar que
le corresponde según el plan divino. También debemos hacer
acto de apostolado mariano directo a su debido tiempo, y
esforzarnos para que Nuestra Señora sea más conocida, amada
y honrada.
Nosotros, sacerdotes,
predicadores, hemos de saber aprovechar las ocasiones que se
presentan por sí solas: fiestas de la Santísima Virgen, mes
de mayo y mes del Rosario, octavas y novenas existentes en
honor de Nuestra Señora, etc. Muchos predicadores tienen que
hacer aquí su mea culpa. Con motivo de predicaciones
supuestamente marianas hablan de todo, menos de su tema.
Sacan demasiado a menudo sus clichés habituales, sin hacer
siquiera un pequeño esfuerzo por adaptarlos al tema mariano.
En estas circunstancias
hay que predicar a María, lo cual no impide evidentemente
las aplicaciones prácticas que se presentan por sí mismas,
puesto que la vida mariana no es en definitiva más que la
vida cristiana vivida bajo la dirección, según el modelo y
con el concurso de la Madre de Dios y en unión con Ella.
Pero estas consecuencias prácticas deben ser sacadas de
consideraciones marianas, tratadas en función de los
privilegios y virtudes de la Santísima Virgen. Y quien no se
sintiese capaz de hacerlo, no debería aceptar predicaciones
de esta clase.
Y no se diga que la
predicación mariana está pasada de moda, que no atrae a los
fieles, y que se tendrá que predicar delante de bancos o
asientos vacíos. Esto sucede, es verdad, cuando la
predicación mariana, como es muy frecuente por desgracia,
está vacía de ideas y no se inspira más que en un vago
sentimentalismo, sin fundamento sólido. En algunas diócesis
de Holanda y Bélgica se predicaron, hace unos veinte años,
cientos de octavas estrictamente marianas sobre un tema
común para preparar la consagración mariana de las
parroquias. Pues bien: estas predicaciones fueron seguidas
con pasión, hasta el punto de llenar las iglesias dos y tres
veces por día.
Prediquemos a María en las
ocasiones que se presenten por sí solas. Cuando estas
ocasiones faltan, creémoslas. Es deseo del Santo Padre que
en todas partes se haga la consagración individual a la
Santísima Virgen, y asimismo la consagración colectiva y
social de las familias, de las parroquias, y por qué no, de
nuestros institutos, de todas nuestras organizaciones, de
nuestras ciudades, de nuestras comunas, de nuestras
provincias. Es también deseable que esta consagración se
renueve cada año. Se la ha de entender en su verdadero
sentido, y comprender con todo su alcance, con todas sus
consecuencias y obligaciones. Las poblaciones deben ser
adoctrinadas y formadas sobre este punto. ¡Cuántas ocasiones
de practicar una buena predicación mariana, seria y
fructuosa!
Como
hemos dicho,
la
predicación
mariana, sin
excluir sus
consecuencias prácticas, ha
de ser
dogmática.
Pero no por eso
se ha
de convertir
en una
exposición
de seca dialéctica, sino
que debe
ser rica
de doctrina
y de
enseñanzas. Hemos de
predicar la
Mariología
de la manera más
adaptada a
nuestro
auditorio. La
predicación
mariana no
atrae, y
aburre a
veces a
los fieles,
porque
muchos
predicadores, como ellos
mismos lo
confiesan,
dicen todo
lo que
hay que
decir en
una sola
pieza de
elocuencia, pero en
la cual
hay tantos
lugares
comunes machacados, tanto sentimentalismo
superficial, que forzosamente
los oyentes
un poco
instruidos
han de cansarse de
ella
rápidamente.
Hay que predicar la
doctrina mariana de una manera adaptada a todo público, a
niños y adultos, a universitarios y simples obreros, a
sacerdotes y religiosos. «María ha sido desconocida hasta
ahora», constataba el Padre de Montfort. ¡Qué cierto
sigue siendo en muchos casos y en múltiples puntos! ¡Qué
riquezas de doctrina se encuentran en la Maternidad divina,
la Corredención, la Mediación de todas las gracias, la
Maternidad espiritual, la Realeza de Nuestra Señora! ¡Y qué
enseñanzas sublimes nos dan los misterios del Rosario, los
misterios de la vida terrena de María! Hay en todo esto una
gran abundancia de temas, que bien presentados pueden ser
comprendidos y gustados perfectamente por el público
cristiano.
Pero debe quedar claro que
el conocimiento mariano debe ser orientado al amor, como
decía Bossuet. Debemos presentar a los fieles una devoción
mariana integral. Generalmente se suele desarrollar dos de
sus aspectos verdaderos y sólidos: el de la confianza y el
de la imitación. Pero limitarse a eso sería incompleto. En
la vida mariana hay aún otros aspectos riquísimos,
verdaderos mundos: la vida de unión, como tal, con la
Santísima Virgen, y la vida de dependencia para con nuestra
Madre y Soberana, que es el único aspecto de la vida mariana
de Jesús de que se haga mención en el Evangelio; asimismo,
la vida para María, esto es, María introducida por principio
en el orden de la finalidad, y que es en definitiva el
aspecto más importante de todos en el orden práctico.
Otro aspecto también muy
importante de la devoción mariana integral es su lado
negativo, si se lo quiere llamar así. A veces no se insiste
demasiado en ello. San Luis María, en algunas páginas muy
ricas y notables, resalta a la perfección el papel decisivo
que la Santísima Virgen cumple en la lucha contra Satán y su
imperio, y asimismo las actitudes que nosotros, hijos de
María, hemos de tener para con el Maldito, y para con sus
obras y empresas. Este aspecto bien expuesto reforzaría
considerablemente la actualidad de la devoción mariana y el
interés de la predicación sobre este tema, y atraería más
fácilmente a los hombres a las predicaciones y conferencias
marianas. Los hombres deben ser, aquí como en todas partes,
los primeros. Estando aún más expuestos que las mujeres a
los asaltos del demonio, les será sumamente beneficioso oír
hablar de la doctrina mariana bajo este ángulo, oírse
recordar que María, como lo repite el Papa, es la
«Triunfadora de todas las batallas de Dios», siempre y
en todas partes donde se entablen estas batallas, tanto en
la arena íntima de cada alma como en el campo de batalla del
mundo.
La consagración
mariana
Hay que predicar y
difundir la devoción mariana íntegra, incluyendo en esta
predicación la cumbre y perfección de esta vida en María. Y
esta cumbre es la consagración a Nuestra Señora. La
consagración es la forma más rica y sintética de la devoción
a María, la forma que, bien comprendida, engloba todo lo que
debemos ser y hacer para nuestra divina Madre. Desde el 31
de octubre de 1942 la consagración mariana ha dejado de ser
un acto de devoción mariana individual y facultativo. Desde
entonces pasó a ser una forma oficial de nuestra devoción
mariana, asumida definitivamente en la vida misma de la
Iglesia. Lo es sobre todo desde que el Papa, en su Encíclica
Auspicia quædam, expresó el deseo de que la hagan
todos los cristianos, y ya hemos recordado cómo el Sumo
Pontífice explicó este acto y determinó las condiciones
requeridas para que produzca todos sus efectos.
Todo esto es rica materia
de predicación mariana incesante, entrañable, y sobre todo
beneficiosa.
Objeciones
Sería
deseable que desaparezca para siempre la leyenda: «Eso no es
para todo el mundo, sino sólo para las almas de élite. Esta
práctica se susurra solamente al oído y en el secreto del
confesionario, con la recomendación: No lo digas a nadie».
Es posible que al comienzo de su ministerio apostólico,
cuando escribió su «Carta sobre la santa esclavitud de la
Santísima Virgen», Montfort haya sido de este parecer,
aunque sus palabras admiten otras explicaciones. En todo
caso, si tal hubiese sido su punto de vista, lo modificó más
tarde, como lo demuestran tanto el texto citado más arriba
como su modo personal de obrar, puesto que predicaba la
santa esclavitud ante el gran público, y por este medio y
por el Rosario, según el testimonio de su compañero el Padre
Des Bastières, convirtió a muchos grandes pecadores.
Y que
no se diga: «Es demasiado elevado, demasiado perfecto, muy
por encima de la capacidad de los cristianos ordinarios».
El
Evangelio, ¿es, sí o no, para todo el mundo, aunque haya en
él gran cantidad de cosas que la gran masa de los cristianos
no comprende para nada o muy poco? Hay una manera elemental
de vivir el Evangelio, el cristianismo, y ya es algo muy
bueno. Pero también hay un modo más perfecto de conformarse
a él, y eso en miles de grados distintos. «Qui potest
capere capiat», decía Jesús, y Montfort con El: ¡Que
cada cual lo entienda como pueda!
Hay
también una manera elemental de comprender y practicar la
santa esclavitud de amor mariano. Todo cristiano puede
comprender qué quiere decir darse enteramente y para siempre
a Nuestra Señora y dejar que Ella disponga de nuestras
oraciones e indulgencias. Según el Tratado, esta es toda la
esencia de la perfecta devoción. Y quien realiza este acto,
aunque sólo sea con un conocimiento elemental, que juzgamos
suficiente para actos mucho más graves —la confesión, la
santa Misa y la sagrada Comunión, por ejemplo—, realiza un
acto importante con consecuencias graves y consoladoras,
como lo explica Montfort. No es de ningún modo necesario,
aunque sí deseable cuando se puede, que los cristianos
capten con todos sus matices la distinción entre valor
meritorio, no comunicable, y los valores satisfactorio e
impetratorio de nuestras acciones, que se pueden transmitir
a otros; de modo parecido a como no es necesario para
comulgar haber profundizado las explicaciones teológicas
sobre la transustanciación, las modalidades de la presencia
de Jesús en la Eucaristía, etc. Se podrán dar estas
explicaciones, sobre todo en presencia de un público más
cultivado, pero se puede ser perfecto esclavo de María sin
comprenderlas del todo.
Se
podrá objetar aún: «El acto de consagración no es aquí lo
principal, sino vivir en este espíritu…». ¡De acuerdo! Pero
obsérvese bien que Montfort describe esta vida bajo dos
formas diferentes: las prácticas interiores, destinadas a
las almas que Dios llama a una elevada perfección, y la
forma más sencilla de los cinco deberes que los
predestinados deben cumplir para con la Santísima Virgen, su
Madre. Ahora bien, ¿qué hay de más accesible, en teoría y en
práctica, que estas actitudes de hijo para con la Madre de
Jesús y nuestra? Se puede ser perfecto esclavo de María sin
comprender el cómo de la vida «en María», y aun sin sentirse
llevado a «dejar obrar a María en nosotros».
Notemos, por otra parte, que a veces uno se equivoca sobre
la perspicacia de las almas simples, e incluso de los niños,
en estos temas sobrenaturales. En nuestra vida hemos tenido
ejemplos impresionantes.
Recordemos también lo que ya hemos dicho, que la diferencia
entre la consagración tal como la recomienda el Santo Padre
y tal como la presenta Montfort no es tan grande. No
querríamos hacer decir al Sumo Pontífice lo que sus palabras
no contienen. Pero Montfort, en resumidas cuentas, no hace
más que explicar la totalidad de la donación, tal como la
recomienda el Santo Padre.
Nosotros, después de décadas de experiencia con toda clase
de auditorios, sacamos la conclusión de que los cristianos
ordinarios pueden comprender perfectamente la consagración
mariana, cuando se les explica bien, para hacerla después de
una preparación conveniente y adaptada al medio; y que
también pueden vivirla con gran provecho para su alma y para
el reino de Dios, sobre todo cuando quieren servirse de
ciertos medios puestos a su disposición, como lecturas,
reuniones, etc.
Al tratar del apostolado
mariano de acción hemos hablado de predicación. Esto vale
para los sacerdotes, pero también puede aplicarse en cierta
medida a los esfuerzos de apostolado mariano ejercido por
los seglares. Con mayor razón todo esto vale para el
apostolado ejercido con la pluma. Que quienes son diestros
con la pluma se esfuercen por conquistar el mundo y las
almas para Cristo por la unión con María, y esto por medio
de libros, de folletos, de revistas, de artículos. Este
apostolado de la prensa se ejerce mucho en la actualidad,
incluso por seglares. Muy bien. Pero no nos imaginemos
entonces que la doctrina mariana deba ser servida con
cuentagotas. Nuestras revistas religiosas son a veces de una
insignificancia desesperante, y no dispensan el alimento
mariano sino en dosis mínimas, diluido totalmente en medio
de historietas y de pamplinas que apartan totalmente la
atención de los lectores del contenido serio de estas
publicaciones, y obran por otra parte de manera deletérea
sobre el gusto y la formación de nuestro público cristiano.
Debemos servir a nuestros lectores un alimento sólido y
sustancial especialmente en el ámbito mariano, sin tener
necesidad de recurrir a folletines novelescos y a
ilustraciones gritonas para llevar la revista a cifras
impresionantes de abonados.
Otros medios de
apostolado
El
apostolado de acción puede ejercerse, incluso por los
seglares, de muchas otras maneras fuera de la predicación
oral o escrita.
Ante
todo tenemos el ejemplo. Para eso no es necesario posar, ser
afectado. Pero quien viva de la vida mariana sencilla y
valientemente, la irradiará alrededor de sí. Hemos conocido
varios ejemplos de esta influencia decisiva en el tema, por
ejemplo el de una postulante —¡una postulante!… que no es
gran cosa en una comunidad…— que ejercía en una congregación
una acción tan profunda como una superiora; o el de una
religiosa en la que se comprobaba una fuerza secreta: ¡su
vida mariana, que ella dio a conocer por orden de sus
superiores, con la consecuencia de que todo el monasterio
quedó contagiado de ella!
Y
¿quién no tiene la oportunidad, en una conversación o en una
carta, de deslizar una alusión sobre la Santísima Virgen,
sobre la vida mariana, sin ser por eso «sermoneador» y
molesto?
También es un apostolado mariano del mayor valor difundir
lecturas marianas, las obras de los santos sobre este tema,
muy particularmente las de Montfort, tan cautivadoras;
difundir las revistas marianas serias, sólidas y realmente
nutritivas.
Cualidades
requeridas
Y que
nadie se deje detener por nada ni por nadie, excepto por los
Superiores, evidentemente. Pero cuando la Autoridad está con
nosotros, ¡adelante a través de todo! como San Pablo, «opportune,
importune», a pesar y por encima de todos los
obstáculos. Que nadie se deje desarmar ni por burlas, ni por
oposiciones y molestias, ni por los fracasos aparentes o
reales. El apostolado mariano de quien se lo ha dado todo a
María siempre sale bien: si no es aquí, será allí; si no es
ahora, será dentro de veinte o cien años… ¡Piénsese en el
ejemplo de San Luis María de Montfort, cuya influencia en la
Iglesia no deja de crecer desde hace doscientos cincuenta
años! María da a sus servidores, dice Montfort, «una fe
valiente, que los hace emprender y llevar a término, sin
vacilar, grandes cosas por Dios y por la salvación de las
almas…; una fe firme e inquebrantable como una roca, que los
hace permanecer firmes y constantes en medio de las
borrascas y de las tormentas»
[62].
No nos apoyemos en nuestro saber y en nuestros talentos,
sino en la protección de María. No descuidemos ningún medio,
ni siquiera el más moderno. Pero no sea eso el motivo de
nuestra confianza; contemos con la Virgen poderosa y fiel. Y
que también aquí nuestro apostolado se inspire fielmente, a
través de todas las variaciones de la táctica y de la
técnica, del espíritu evangélico, que es invariablemente el
mismo: un espíritu de humildad, de gran sencillez, de
pobreza y de renuncia; pues fuera de eso no seríamos más que
címbalos que retiñen, que podrán tal vez divertir, admirar o
incluso cautivar a los hombres, pero que no harán ningún
bien serio y duradero en las almas.
Y que
nuestra actividad apostólica mariana sea también constante y
perseverante. Montfort nos advierte que raramente encontró
almas que hayan perseverado en la práctica interior de su
maravilloso secreto mariano
[63].
Esto es también muy cierto en el ámbito de la actividad
apostólica en la materia. ¡Debemos «aguantar» un año, diez
años, cincuenta años, toda nuestra vida, hasta el fin, hasta
el agotamiento total de nuestras fuerzas! Estamos
persuadidos de que, incluso con talentos muy modestos, pero
fielmente utilizados, se llega siempre a grandes resultados.
Realizaremos grandes cosas por donde menos pudimos
esperarlo. Una pequeña sirvienta, después de un retiro
mariano, presenta un manual de oraciones según este espíritu
a un convento de Ursulinas. Le aceptan el libro «por la
buena obra». Pero una religiosa se prenda de él. Se gana así
a toda la comunidad, la cual quiere ser apóstol a su vez y
siembra la buena semilla mariana alrededor suyo, hasta la
misma Indonesia, y emprende una campaña de propaganda en
todos los seminarios de Roma… ¡Es la historia de la semilla,
la historia del grano de mostaza que se convierte en un gran
árbol!
¡Si
el Padre Gravis no hubiese insistido una segunda vez al
Padre Poppe para que hiciese una segunda lectura, más
«rezada» esta vez, del «Tratado de la Verdadera Devoción»,
el santo sacerdote flamenco tal vez no hubiese descubierto
jamás lo que fue todo el secreto de su santidad, la vida
mariana integral, y no lo hubiese comunicado tampoco a
millares y a decenas de millares de sacerdotes, religiosos,
seminaristas y niños!
A
causa de nuestro celo y de nuestro amor, Dios nos concederá
hacer algo grande, de una forma u otra, para el reino de
Nuestra Señora, y por lo tanto para su propia gloria.
En
todo caso, hay una manera al alcance de todos nosotros, de
hacer grandes cosas para la dominación de amor de Jesús por
María.
Vamos
a exponerla.
Según el consejo de
Montfort, queremos «emprender y realizar grandes cosas»
por María, nuestra augusta Soberana y nuestra Madre
amadísima.
Pero ¿qué sacerdote, qué
religioso, y con mayor razón qué cristiano en el mundo se
creerá capaz de realizar grandes cosas, en el sentido
absoluto y pleno de la palabra, por medio de su actividad
apostólica mariana? El sacerdote más celoso, el misionero
más ardiente, el apóstol seglar más fervoroso, deberá
contentarse la mayoría de las veces en su vida con llegar a
lo sumo a algunos millares de personas para conducirlas a
Dios por María. Y ¿qué es eso en comparación con los dos mil
quinientos millones de hombres que pueblan actualmente
nuestra tierra, y que se encuentran llamados todos a
glorificar a Dios?
Y sin embargo sería
preciso que ahora, ya, enseguida, se hagan grandes cosas en
el mundo.
El imperio de
Cristo amenazado
El peligro es grande en el
reino de Dios. El cáncer de la descristianización ataca a
todos los pueblos y prolonga y agrava sin cesar sus
desastres. Hay pueblos cristianos en que este proceso
comenzó más tarde, y en que el punto de partida del mal
estaba situado más alto: pero el mal es general y roe las
naciones más cristianas y generosas… ¡Es espantoso constatar
la diferencia de porcentaje de «no practicantes» en muchos
países entre 1910 y 1950!
Nuestros misioneros
conquistan cada año, es cierto, millones de neófitos para la
Iglesia de Dios. Pero, al lado de esto, ¿cuántas pérdidas ha
sufrido el cristianismo, por millones y por decenas de
millones, especialmente en los países controlados por el
comunismo?
Lo sentimos todos: ¡hay
que hacer algo! Hay que detener la ola de ateísmo que crece,
amenazando con arrastrarlo todo. Y hay que hacerlo rápido.
Si no, se perderán demasiadas almas. Si no, podría ser
demasiado tarde: el mal se infiltraría demasiado
profundamente en la sociedad para poder ser curado con la
más dolorosa de las operaciones, una nueva guerra mundial o
una catástrofe semejante… Cristo debe reinar: «Oportet
Illum regnare!». Debe hacerlo a cualquier precio. ¡Y
este reino es tan limitado! ¡Y este reino parcial está aun
en peligro! ¿Qué hacer? ¿Cómo salvar al mundo y establecer y
extender, por el reino de María, el reino glorioso de Jesús?
¿Un remedio decisivo?
Creemos que el remedio infalible y decisivo para detener la
marea roja y rechazarla, para conquistar efectivamente el
mundo para el reino de Cristo por el reino de María, sería
el siguiente: que millares y millones de sacerdotes, de
religiosos, de buenos cristianos en el mundo, ofrezcan su
vida por este ideal. Se trataría de una liga mundial que,
con o sin organización exterior, vinculase a todas las
agrupaciones cristianas con un fin limitado y determinado,
para hacer de ellas un ejército único e inmenso de almas,
que avanzase irresistiblemente a la conquista de lo único
que importa en definitiva: ¡el reino de Dios!
Esta
liga mundial con organización exterior es sin duda una
utopía. Esta exteriorización tampoco es indispensable. En
todo caso, podemos difundir este espíritu apostólico a
escala mundial, alrededor nuestro. También podemos, y para
cada uno de nosotros es lo principal, realizar el acto
espléndido de la consagración a María, vivir fielmente de
él, y contribuir de este modo a este movimiento de
«resistencia», que acabará por poder más que el tirano que
esclaviza y brutaliza el mundo de las almas.
Entiéndasenos bien. Con esto no queremos difundir a vasta
escala lo que se llama «acto o voto de víctima», por el que
alguien se ofrece, en definitiva, al sufrimiento. No es
nuestra intención. Nos parece que este acto no debe hacerse
sin inspiración neta de la gracia, después de un noviciado
conveniente del sufrimiento, y bajo el estricto control de
un prudente y sabio director de conciencia, y estas
condiciones se cumplirán muy raramente. Lo que pedimos aquí
es que cada uno de nosotros ofrezca para el reino de Cristo
por el reino de su dulce Madre su vida tal como Dios se la
destina, con todo lo que ella le presenta, las penas y las
alegrías, el trabajo y la oración, las distracciones y el
descanso, con sus horas exaltadoras y la marcha cotidiana de
las propias ocupaciones a menudo banales; en resumen, toda
la vida.
Acto de elevado
valor
Comiéncese, pues, haciendo este acto de ofrenda de toda la
propia vida para el reino de Cristo por María,
conscientemente, deliberadamente, después de un retiro, de
una recolección, en un día de fiesta de Nuestra Señora o en
otro día importante. Que cada cual componga una fórmula, o
deje sencillamente hablar a su corazón. Quienes deseen una
fórmula ya hecha, podrán encontrarla al fin de este volumen.
Este acto significa, por lo tanto, que de ahora en adelante
se adopta el reino de Cristo por María como ideal dominante,
como único ideal, de toda la propia vida.
No
hace falta decir que este acto debe ser pensado,
enérgicamente querido e insistente, y no realizado a la
ligera, en un impulso pasajero de sensibilidad, sino que ha
de ser realmente la ofrenda de toda nuestra vida por este
fin sublime. Luego se proseguirá la propia vida, si ya es
buena, como antes; se cumplirán los mismos ejercicios de
piedad, se entregará uno a las mismas ocupaciones, aun las
más humildes. Pero todo eso quedará interiormente orientado
hacia un magnífico ideal.
Queda
claro también que este acto no perjudica en nada a la
consagración total del esclavo voluntario de amor. Se trata,
en definitiva, de esta misma consagración, o al menos de una
parte de esta donación, pero hecha con una intención
determinada que, como todas las demás, quedará sometida en
última instancia a la aprobación de Cristo y de María,
aprobación de que no podemos dudar de ningún modo en este
caso.
Este
acto se realiza por un triple fin superpuesto y coordinado:
la gloria o el reino de Dios, el reino de Cristo, y el reino
de su santa Madre. Según los atractivos y disposiciones,
permanentes o transitorias, de cada cual, se podrá poner más
fuertemente el acento en uno u otro de estos fines,
coordinados entre sí. Se podrá pensar más formalmente en el
reino de Dios o en el reino de Cristo, a condición de
recordar habitualmente que no se realiza más que en el reino
de Nuestra Señora. Pero no hay ningún inconveniente en que
ciertas almas piensen más explícitamente en el triunfo de
Nuestra Señora, puesto que este es el medio indispensable e
infalible para ir al reino de Dios. Incluso es de esperar
que muchos de nuestros lectores, esclarecidos en la materia,
lo hagan. Pocos hombres relativamente han comprendido esta
conexión necesaria. Sólo de estos puede esperarse que el
ideal mariano encuentre en su alma suficiente resonancia.
Almas de deseo
Por lo tanto, hay que
suspirar por la realización de nuestro magnífico ideal con
grandes ardores de deseo. Esta debe ser la aspiración más
ardiente y realmente el voto único de nuestro corazón y de
nuestra vida. ¿Acaso el reino de Dios no es, en definitiva,
el «unum necessarium», lo único necesario, puesto que
tal es el fin que Dios mismo persigue en todas sus obras de
gracia y de naturaleza? ¿Acaso un alma que ha comprendido el
plan de Dios y ha ordenado en sí misma la caridad, puede
desear otra cosa en última instancia? Sí, claro, su propia
salvación y santidad personales, pero que ella deseará como
una porción del reino de Dios en nosotros, en este mundo y
en el otro. Y todos los bienes espirituales y temporales que
se pueden desear para sí mismo o para otros, todo lo que uno
puede pedir por su familia, sus amigos, su patria, su
congregación religiosa, su parroquia, su diócesis, por la
misma Iglesia de Dios y por el mundo, ¿no es una parte o un
medio de este reino de Dios que ha de establecerse por
María? Fuera de esta relación nada ha de tener para nosotros
sino muy poco valor.
Toda la vida por este
ideal
Como
para la misma consagración, el pensamiento del ideal al que
hemos dedicado toda nuestra vida debe impregnar y perfumar
toda nuestra existencia.
¡En
la vida de cada hombre, incluso en la de un sacerdote o
religioso, hay tantas horas que, aun desde el punto de vista
simplemente humano, pueden parecer perdidas! ¿Cuánto tiempo
nos vemos obligados a consagrar diariamente al cuidado y
mantenimiento de nuestro cuerpo? Comer, beber, dormir y
todos los demás cuidados corporales, para un ser espiritual
como el hombre, son poco elevados y un tanto humillantes.
También precisamos de distracciones, de descanso, cosas en
sí mismas que no tienen nada o poco que ver con aspiraciones
superiores. San Pablo sentía vivamente todo esto y sufría
por las exigencias de lo que llamaba «este cuerpo de
muerte». Pero con un gesto decidido y sublime
sobrenaturalizó todo esto, y nos pide que también nosotros
hagamos lo mismo, como lo manifiesta su conocidísima
recomendación: «Ya comáis, ya bebáis, ya hagáis cualquier
otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios».
Apoderémonos ávidamente de esta palabra. Repitamos este
gesto que nos libera y ennoblece, y orientemos hacia la
gloria de Dios, por el reino de su Madre y nuestra, todas
estas acciones ordinarias: ¡beber, comer, dormir, fumar,
recrearse, el juego, el deporte, absolutamente todo!
El trabajo
Más preciosas son en
nuestra vida las horas de trabajo. En este último tiempo se
ha glorificado el trabajo, y con razón. Aunque nos haya sido
impuesto como una pena, porque ordinariamente nos cuesta, de
suyo es hermoso, noble y elevado. Nos hace participar en
cierto modo al poder productor y creador de Dios. Y en el
estado de justicia original hubiese sido uno de nuestros
mejores gozos. También hoy puede serlo, y lo es de hecho
para muchos hombres. Pero, como consecuencia del pecado, a
menudo el trabajo se nos hace prácticamente monótono,
molesto, fatigoso, gastador, a veces aplastante y
frecuentemente estéril… Hablamos aquí del trabajo de todo
tipo, el manual, el intelectual, y el que pide el esfuerzo
combinado de cuerpo y espíritu. Pues bien: desde ahora en
adelante, hagamos todo nuestro trabajo por el lema: ¡Para el
triunfo de Cristo por el reino de María! La madre de familia
ofrezca por este ideal la dedicación incesante en el hogar;
el obrero, su duro trabajo en la fábrica, y el minero, en su
túnel oscuro; el campesino, el trabajo sano pero penoso de
su tierra o de su establo; el empleado de oficina, su
trabajo fastidioso; el jefe de empresa, su trabajo de
administración y de dirección de asuntos; el profesor, su
labor de enseñanza, de redacción de artículos y de
corrección de exámenes… ¡Ah, si todos los cristianos
adoptasen estas nobles intenciones para su trabajo de toda
naturaleza, realizado en cualquier condición! ¡Cuánto
provecho sacaría de ello nuestro ideal, y cómo nosotros
mismos ganaríamos en generosidad y en exactitud para cumplir
los quehaceres que Dios y la autoridad nos han asignado en
esta tierra!
La oración
Por encima del trabajo
está la oración: «Ora et labora!».
Nadie duda de la
excelencia intrínseca de la oración, después de lo que
Cristo nos enseñó sobre ella de palabra y de ejemplo. Es
evidentemente muy poderosa y decisiva para realizar el ideal
a que aspiramos. En este punto más que en otros, se aplica
la promesa infalible de Jesús: «Pedid y se os dará;
buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá»
[64];
pues el reino de Dios es la primera cosa que Cristo nos
enseñó a pedir: «Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro,
que estás en los cielos: santificado sea tu Nombre, venga a
nosotros tu reino, hágase tu voluntad, así en la tierra como
en el cielo»
[65].
Sólo después vienen nuestros intereses temporales.
Así es, pues, como debemos
rezar. El Padrenuestro no es sólo una fórmula invariable que
debamos repetir únicamente en nuestras oraciones; sino que,
al mismo tiempo, es el tipo único y universal sobre el que
debe modelarse toda oración. Por consiguiente, en nuestras
oraciones, siempre y en todas partes, hemos de pedir primero
y por encima de todo el reino de Dios. Bendecir el nombre
del Señor y hacer su voluntad son otras fórmulas para
designar la misma realidad.
Ahora bien, ¿quién se
atreverá a afirmar, si echa un vistazo sobre su vida íntima,
que reza así y que el reino de Dios es habitualmente la
intención predominante de su oración? Detallamos al infinito
las últimas peticiones del Padrenuestro, en lo que se
refiere sobre todo a nuestro pan de cada día y a la
liberación de todo mal. Pero apenas pensamos, o muy poco, en
la intención principal, a la que Cristo reserva tres de las
siete peticiones. Desde entonces, ¿hay que extrañarse de que
el reino de Dios en la tierra se marchite, que falten tantos
y tantos obreros en la mies del Señor, si nos descuidamos de
pedir este reino y nos olvidamos de la recomendación del
Señor: «Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe
obreros a su mies»
[66]?
¡Si todos nosotros, sacerdotes, religiosos y buenos
cristianos, hubiésemos cumplido nuestro deber en este
ámbito, la situación del mundo desde el punto de vista
misionero, apostólico y cristiano hubiese sido tal vez muy
distinta!
En todo caso, de ahora en
adelante —nunca es demasiado tarde para empezar— demos una
orientación nueva a todas nuestras oraciones, cuyo tema
dominante sea fielmente la aspiración conmovedora de
Montfort:
Ut adveniat
regnum tuum, adveniat regnum Mariæ!
¡Para que venga a nosotros tu reino, venga el
reino de María!
Pidamos esto en todas nuestra oraciones: Oficio, Rosario,
meditación, santa Misa, sagrada Comunión… Jesús nos lo ha
prometido: «Buscad primero el reino de Dios y su
justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura»
[67].
No nos preocupemos principalmente de nuestros intereses
personales, sobre todo materiales. «Ocúpate de mis
intereses —decía Jesús a Santa Margarita María—, y Yo
me ocuparé de los tuyos». Claro está que no hace falta
formular siempre expresamente esta intención, sobre todo
cuando se trata de oraciones más cortas. Pero ha de ser su
tema principal, sobre el que se construya la armonía de
todas nuestras oraciones. Y cuando formulemos intenciones,
sea esta la primera y, en cierto sentido, la única, en el
sentido de no pedir nada que no esté en conformidad y en
relación con esta gran intención. Cada uno de nosotros
encontrará, según sus gustos y atractivos, algunos pequeños
medios prácticos para mantener este precioso espíritu
apostólico. Por ejemplo, podemos añadir la aspiración del
Padre de Montfort a las oraciones de la mañana y de la
noche, a las oraciones de las comidas, y asimismo
intercalarla entre las decenas del Rosario. ¿Tenemos
necesidad de alguna diversidad en esta práctica? Podemos
componer entonces una lista de intenciones que se refieran
al reino de la Santísima Virgen para cada día de la semana o
del mes
[68].
Y si buscásemos una
fórmula más extensa de oración en este sentido, no podríamos
recomendar lo suficiente la «Oración abrasada» de San Luis
María de Montfort, que ya hemos citado, y de la que el Padre
Faber decía que, después de las Epístolas de los Apóstoles,
sería difícil redactar un texto con acentos tan inflamados.
A este texto remitía dicho Padre a quienes les costaba
conservar el primer ardor del celo apostólico en medio de
sus numerosas pruebas. Tal vez no rezaremos a menudo esta
oración de un solo tirón, pues consta de unas diez páginas;
pero la podremos meditar, y rezar de vez en cuando algunos
fragmentos.
Almas de
sacrificio
¿Hay
una forma más eficaz aún de lo que llamaríamos el apostolado
subterráneo? Aparentemente sí: la del sacrificio y
sufrimiento.
Jesús había trabajado,
rezado, predicado, hecho milagros sin número, y la mies de
almas recogida hasta entonces fue muy pobre. Las masas, el
día del Viernes Santo, se volverán incluso contra El y
pedirán su muerte. Los discípulos no han comprendido casi
nada de lo que les ha enseñado. Los jefes del pueblo judío y
casi toda la clase dirigente están contra El. Jesús morirá
clavado en una cruz, rodeado de enemigos que lo insultan,
con un pequeño grupo de mujeres que lloran por El, más bien
por compasión humana que por otro motivo, y un solo
discípulo, que había vuelto a El después de una huida
vergonzosa, aparentemente traído por Aquella que fue la
única en comprenderlo y en serle perfectamente fiel hasta el
fin.
Pero
una vez
realizado
su espantoso
sacrificio todo cambia.
El lo
había
predicho:
«Cuando Yo sea
levando de
la tierra, todo
lo atraeré
hacia Mí»
[69].
Y después
de
Pentecostés, bajo
la
influencia de su
pasión
dolorosa y
de su
muerte,
comenzará y
proseguirá
su obra
de
conquista. Los
apóstoles
se acordarán
entonces
del dicho
citado, y
de este otro
aun más
notable,
que enuncia
una ley
fundamental del cristianismo:
«En
verdad, en
verdad os
digo: si
el grano
de trigo
no cae
en tierra
y muere,
queda él
solo; pero
si muere,
da mucho
fruto»
[70].
A nosotros nos cuesta
reconocer esta verdad, incluso en teoría; pero nos cuesta
aún más aceptarla prácticamente en principio, y sobre todo
aplicarla sin cesar en nuestra vida. Pero por mucho que nos
cueste, tratemos de elevarnos por la caridad hasta esta
altura. El amor suaviza todas las cosas. El amor de Cristo y
de su santa Madre será más fuerte que nuestro triste amor
propio y nuestro miserable egoísmo. Así, pues, por caridad
adoptemos, una vez por todas, esta ineluctable ley, y
apliquémosla en nuestra vida.
Por el ideal de nuestra
vida, el reino de Jesús por el reino de su Madre, aceptemos
toda cruz y todo sufrimiento, practiquemos toda renuncia y
toda abnegación, soportemos todo lo que es penoso, molesto o
irritante, y hagamos todos los sacrificios que reclama de
nosotros el deber de cada instante y las circunstancias del
momento. Por nuestro ideal aceptemos toda inmolación pasiva,
impuesta por la voluntad y la Providencia de Dios, y
asimismo toda inmolación activa que nos reclame la ley o el
deseo de Dios.
Por
este ideal ofrezcamos toda privación corporal, todo
sufrimiento físico, la pobreza, las incomodidades, la
enfermedad; aún más lo que hace sufrir al espíritu, el
corazón, el alma: ingratitudes, desprecios, malentendidos,
aridez, abandono…
Aceptemos por esta intención la prueba más leve, un dolor de
dientes, un dolor de cabeza, una palabra dura, un gesto
indelicado, y ordenemos a ello la más leve victoria que
podamos lograr sobre nuestra propia sensualidad, nuestro
amor propio, nuestra dejadez, para cumplir nuestro deber y
practicar las virtudes cristianas. Pero acojamos también con
este mismo fin las cruces más pesadas, una separación
desgarradora, una enfermedad cruel, el deslizamiento hacia
las miserias y la inconsciencia propias de la vejez. Y que
nuestro ideal se mantenga ante nuestros ojos, fascinante, en
los días y en las horas en que la fidelidad a la vida de
Cristo en nosotros, a pesar de las tentaciones y luchas,
reclame de nosotros una valentía heroica.
Nos
parece que debemos atribuir una importancia especial a la
humildad y a las humillaciones. Eso es tal vez lo más
difícil de todo. La palabra del Precursor es realmente
espléndida: «Es preciso que El crezca y que yo disminuya»
[71].
Juan ha comprendido que Cristo crecerá en la estima y en el
amor de los hombres en la misma medida en que él acepte
desaparecer; y por eso el amigo del Esposo se retira con
toda simplicidad cuando el Esposo aparece… Para exaltar a
Jesús y a María, para elevarlos al trono, para dejarlos
dominar y reinar, nosotros hemos de ocultarnos, desaparecer,
y aceptar no ser apreciados ni amados por nuestros
semejantes. El reino de Jesús y de María llegará cuando
muchas almas acepten con toda sencillez, sin ostentación,
ser pisoteadas por los hombres. Montfort es una magnífica
demostración de ello.
Mortifiquémonos por nuestro querido ideal cuando la renuncia
nos sea obligatoria o casi. Ofrezcamos a este fin la
incesante abnegación que reclama de nosotros nuestro estado
de vida y la virtud cristiana, en la que invariablemente hay
siempre un elemento de muerte a sí mismo. Pero sepamos
imponernos también con esta intención algunos sacrificios
voluntarios, renunciando a pequeñas satisfacciones
legítimas, mortificando nuestra curiosidad, moderando
nuestros deseos de descanso, e imponiéndonos tal vez, a
ejemplo de los santos, penitencias más rudas…
De
todo lo que hemos pedido por el reino de Cristo, lo más
precioso de entrada será el ofrecimiento de nuestra última
enfermedad, de nuestra agonía, de nuestra muerte. En este
punto hay una grave laguna incluso en la mayoría de las
almas que desean vivir santamente. Un sacerdote, una
religiosa, un seglar fervoroso que muere con la única
preocupación de hacer una buena y santa muerte, no ha
comprendido e imitado completamente a Cristo, Modelo
supremo. Jesús murió por la salvación de sus hermanos. Murió
por su ideal: la glorificación suprema y el reino de su
Padre. Nosotros, que somos los miembros de Cristo, y tal vez
los miembros privilegiados de su Cuerpo místico, hemos de
esforzarnos por subir a estas alturas. Todos los dolores,
todas las angustias, todas las tinieblas, todos los
terrores, todas las impotencias, todo el espantoso
sufrimiento, toda la lucha terrible de estos últimos
instantes, hemos de ofrecerlos «per adventum ipsius et
regnum eius»
[72]:
por el advenimiento de Cristo como Rey y por el reino de su
Madre amadísima. Y para que no le falte a nuestra vida esta
coronación suprema, puesto que la muerte viene como un
ladrón en la noche y tal vez nos sorprenda, hemos de aceptar
cada día en la santa Misa nuestra hora suprema, con todas
las circunstancias que la precedan y acompañen.
De
este modo hemos de disponer nuestra vida, y ofrecer por esta
intención sublime toda nuestra existencia de trabajo, de
oración y de sufrimiento. Hemos de intentar también formar a
los demás en este sentido. Hay ciertamente muchas almas
banales, que serán insensibles a esta orientación de la
vida. Pero los buenos cristianos, al contrario, se dejarán
conducir a ello fácilmente. En las horas de sufrimiento y de
prueba serán sensibles al valor espléndido que queda
vinculado así a su vida. Hemos comprobado más de una vez
cómo cristianos simples en el mundo, en su lecho de agonía,
aceptaban con agradecimiento este ideal supremo, y cuánto
los ayudaba esta aceptación a santificar y suavizar
considerablemente la lucha suprema y los últimos
sufrimientos.
Vida santa y
hermosa
Muy
hermosa, rica y elevada es la vida totalmente impregnada de
este santo «idealismo». Además, ¿quién podrá dudar de la
santidad objetiva de una existencia colocada enteramente
bajo el signo de esta aspiración incesante a la gloria de
Dios por el reino de María? ¿Acaso no es el ejercicio
continuo del amor más puro y desinteresado, en el que reside
esencialmente la perfección? ¿Hay algún medio más eficaz
para escapar a este miserable amor propio, a este egoísmo
deprimente, que se desliza imperceptiblemente en todas
nuestras acciones? ¿No es esta una receta maravillosa contra
un mal del que sufren tantas almas, sobre todo en los
claustros: estar incesantemente ocupadas de sí? ¿No es
«tener — sobre un punto tan esencial— los
sentimientos de Cristo Jesús»
[73]
y de su santa Madre, cuya vida y muerte estuvieron
orientadas únicamente, no a su progreso o gloria personales,
sino a la glorificación suprema de Dios por la salvación y
santificación de las almas?
Y sin
embargo, incluso desde el punto de vista de mi santificación
personal, ¡qué fuerza maravillosa se desprenderá de este
pensamiento elevado, mantenido habitualmente y con
fidelidad! Haré mi trabajo con más cuidado, con más ardor,
con más perfección, porque sé que, al margen del salario
humano y de mi mérito personal, con él estoy sirviendo
poderosamente al ideal más sublime. Mi oración se fundirá
así con la oración universal de Jesús y de María y de todos
los santos, y el pensamiento exaltador de la conquista del
mundo para Dios por María facilitará la atención, estimulará
el fervor y empujará el alma a esta santa violencia de
suplicación, a la que el mismo Cielo no sabe resistir.
Además, encontraremos en esta consideración un aliento
increíble y una fuerza insospechable para practicar lo que
hay de más difícil en la vida de perfección, la abnegación
universal y la aceptación valiente de la cruz y del
sufrimiento.
Maravilloso poder
de conquista
Nos
parece que nadie dudará tampoco del poder irresistible de
este apostolado oculto, subterráneo. Todas las fuerzas
alabadas, despertadas y movilizadas por Jesús se dan cita en
esta vida para alcanzar el querido ideal soñado: la
humildad, la renuncia, el sufrimiento, la oración. Hemos
recordado la promesa de fecundidad que Cristo vincula, bajo
la figura del grano, al ocultamiento y a la muerte. El
prometió escuchar toda oración: ¿podría desde entonces
resistir a una oración que sube de un alma de buena voluntad
día y noche sin parar, durante meses y años enteros, una
oración que sólo apunta a su propio triunfo y a la
glorificación de su Madre? El Señor prometió repetidas veces
—«o admirabile commercium!»— hacer la voluntad de
quienes cumplan la suya. Por lo tanto, si nosotros nos
sometemos fielmente a esta Voluntad, ¿cómo podrá El resistir
al voto incesante, a la aspiración de voluntad ardiente y de
cada instante, de que venga su reino por el de su Perfecta,
su Inmaculada y su Unica?
Y ¿quién de nosotros que
haya realizado a cierta escala el apostolado activo, ha
dejado de experimentar sensiblemente los efectos de este
apostolado humilde y oculto? ¿Quién no ha notado en ciertos
días que su palabra, oral o escrita, entraba más
profundamente en las almas y tomaba resonancias inusuales?
¡Tan a menudo el Señor, en nuestros trabajos, nos ha hecho
conocer al «precursor», al alma sencilla y oculta que, por
medio de años de oración y de sacrificio, había asegurado
los frutos más ricos al apostolado que debía venir! ¡Tan a
menudo el Maestro nos ha hecho palpar la verdad de estas
palabras: «Yo os he enviado a segar donde vosotros no os
habéis fatigado; otros se fatigaron y vosotros os
aprovecháis de su fatiga»
[74]!
Repitámoslo: no podemos dudar de la fecundidad de este
apostolado, cuando recordamos que por medio de él Jesús se
aseguró sus más hermosos triunfos y que María, que es la
Reina de los Apóstoles, no ejerció casi ningún otro tipo de
apostolado, y sin embargo por él conquistó para el Padre,
juntamente con Cristo, el mundo entero de las almas.
Una revolución
mundial
Jesús
llamaba tristemente a su enemigo de siempre «el Príncipe
de este mundo», pero asegurando que un día «será
echado fuera». Bendita revolución será la que derribe de
su trono al infame usurpador, que se apoderó parcialmente de
lo que, después de Dios, no pertenece más que a Jesús y a
María.
Ahora
bien, todas las revoluciones se preparan por medio de
sociedades secretas y combinaciones ocultas. Y a veces uno
se extraña de que una revolución, que no parecía tener
ninguna probabilidad de éxito, se desarrolle, se extienda, y
acabe por arrastrarlo todo con ella. ¡Se impone la
revolución mundial que debe destruir el imperio de Satán,
para edificar sobre las ruinas de este imperio el reino de
amor de Cristo y de su Madre, Rey y Reina legítimos del
mundo y de los hombres! ¡Seamos nosotros las fuerzas
latentes del deseo, de la oración y del sacrificio que deben
preparar y asegurar el éxito de esta revolución pacífica y
bienhechora!
Como
hemos dicho, la vida de las almas que adoptan y sirven este
espléndido ideal es hermosa, preciosa, noble y elevada.
También es feliz y consolada, pues viven en la esperanza, o
mejor dicho, en la certeza de que se realizará lo que
persiguen con sus deseos ardientes y esfuerzos
perseverantes; y Dios no les negará la alegría dulcísima de
ver parcialmente realizado, ya en la tierra, lo que desearon
fiel y ardientemente.
A
condición de que, con esta vida, no dejen de seguir
tendiendo a su sublime Ideal…
La
pequeña Teresa prometía pasar su cielo haciendo bien en la
tierra. Nosotros esperamos emplear el nuestro haciendo
triunfar y reinar a Jesús y a María en este mundo. Por
nuestras oraciones, que serán entonces mucho más poderosas,
por la oblación de nuestros modestos méritos, unidos a los
méritos inconmensurables de Jesús y de su santísima Madre,
seguiremos trabajando con Ella y por Ella hasta el último
día, hasta la consumación de los tiempos:
hasta que la última joya
viva haya sido engastada en su corona;
hasta que la última oveja
perdida suya sea conducida a sus pies;
hasta que el último grano
de trigo sea recogido en su seno;
hasta que se cuente y se
complete el número de la «descendencia de la Mujer»;
de quienes, contemplando,
admirando, amando y glorificando a la Elegida de Dios, a la
Bendita de Dios, a la Privilegiada de Dios,
contemplen, amen, posean,
alaben, canten y adoren en una explosión de jubilación
a su Hijo único, Rey
inmortal de todos los siglos y mundos,
Jesucristo,
a
quien sea todo honor y toda gloria por los siglos de los
siglos.
Corazón amable y adorable
de Jesús, Rey de amor y Rey de gloria, que has estado
siempre y totalmente entregado a las cosas de tu Padre; que
no has buscado tu gloria, sino la del Padre que te envió;
que has dedicado tu vida a una obra única, que dominaba y
contenía todas las demás, la glorificación del Padre y el
reino de Dios; que has pedido este reino y nos has enseñado
a buscarlo y a pedirlo; que has deseado ardientemente ser
bautizado con un bautismo de sangre para realizar tu ideal
divino; quiero entrar en las más ocultas profundidades de tu
Corazón y de tu vida, y asociarme a tu misión divina,
teniendo la humilde pero firme confianza de que te dignarás
aceptarme, siendo como soy nada y pecado, porque eres la
misericordia infinita.
Oh
Jesús, mi
deseo, mi
aspiración, mi esperanza
y mi
único ideal
es que
Tú reines
en las
almas como
Soberano
incontestado, que
tu reino
se apodere
de ellas
hasta en
sus más
intimas
profundidades, y
que reines
pronto, oh
divino
Maestro. «Adveniat
regnum
tuum! Amen,
veni,
Domine, et
noli
tardare: ¡Ven a
reinar,
Señor, y
no
tardes!».
Me acuerdo, Maestro
adorado, que no has querido venir a este mundo más que
dependiendo de tu Madre de muchas maneras… Ella te fue
indisolublemente asociada por el Padre en el anuncio, la
preparación, la realización y las consecuencias de tu
venida. Ella es para ti, celestial Adán, una Eva amante y
fiel en todos tus trabajos, en todos tus misterios, sobre
todo en los más dolorosos. Por eso creo firmemente que sólo
por Ella concluirás lo que por Ella comenzaste; que no
triunfarás sino con Ella y por Ella, y que con Ella y por
Ella Tú reinarás. A tu reino universal y plenario, oh Rey de
amor, has puesto una condición indispensable e infalible:
¡el reino de tu santísima Madre! Y has puesto en mi corazón,
al igual que en el de tus grandes preferidos, Juan,
Margarita María, Montfort y tantos otros, una gran
inclinación hacia esta divina Madre. ¡Me has entregado a
Ella como su hijo y esclavo de amor!
¿Qué esperas, pues, de mí,
Maestro, sino que mi alma y toda mi vida pase en este grito
suplicante?:
Ut adveniat
regnum tuum,
adveniat regnum Mariæ!
¡Para que venga a nosotros tu reino, Jesús,
haz llegar el reino de tu Madre!
Reina
gloriosa y Madre amadísima, Jesús mismo es quien me entrega
a Ti: «Ecce venio!: ¡Aquí me tienes!». Aquí tienes a
tu esclavo, que desea ardientemente ser tu apóstol
silencioso y oculto. Me entrego y me consagro enteramente y
para siempre a tu reino ardientemente deseado. Tu reino,
Reina mía, será el gran pensamiento de mi vida, la pasión de
mi corazón; será mi sueño, mi dicha y mi tormento, la
vida de mi vida, el alma de mi alma. Será el ideal único,
hacia el que convergirán todas las energías de mi ser.
Para
tu reino bendito, amadísima Soberana, te entrego todos los
instantes de mi vida, tanto los más humildes como los más
solemnes, los más tristes como los más consolados. Te doy
todas las horas de trabajo y todas mis horas de oración, aún
más preciosas; te ofrezco todas mis horas de sacrificios y
sufrimientos, sobre todo los más temidos y sombríos, y las
horas de humillación y de abandono, de disgusto y de
tristeza, mis dolencias y mi última enfermedad, mi lucha
suprema y mi muerte.
¡Ojalá que en todo instante, Soberana mía, como un grano de
trigo, caiga yo en tierra y muera para darte una rica mies
de gloria y una rica mies de almas!
¡Ojalá que sepa disminuirme y desaparecer cada vez más para
que Tú crezcas, Reina mía, en las almas, y a fin de que Tú
sola glorifiques a Jesús!
¡Levántate, pues, oh María, y apresúrate a reinar!
¡Apresúrate, Reina, a reinar en todos los corazones, para
someterlos plenamente al imperio de amor de tu grande y
único Jesús! Amén.
Otra fórmula, más
corta, que se podrá decir cada día
Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre mía, Reina
gloriosa del mundo y Reina de mi corazón, me doy y me
entrego enteramente a Ti, no sólo como tu esclavo, sino
también para ser el apóstol oculto de tu reino.
Te
ofrezco especialmente este día, cada uno de sus instantes,
tanto los más insignificantes como los más importantes; te
ofrezco mis trabajos, mis oraciones y mis sacrificios, mis
dolores, mis humillaciones, todo este día en fin. Te ofrezco
de nuevo la jornada entera de mi vida, sobre todo su
atardecer con sus tinieblas y terrores, mi última
enfermedad, mi agonía y mi muerte, por tu reino y
especialmente por tu reino en…
Por
cada mirada y cada palabra, por cada paso y cada suspiro,
por cada latido de mi corazón y cada aspiración de mi
voluntad, quiero repetir sin cesar:
¡Levántate, oh María, y apresúrate a
reinar!
¡Ven, y serás coronada!
Ut adveniat regnum tuum,
adveniat regnum Mariæ!
Amén.
Consagración de
sí mismo
a Jesucristo, la Sabiduría encarnada,
por las manos de María
¡Oh Sabiduría eterna y
encarnada! ¡Oh amabilísimo y adorable Jesús, verdadero Dios
y verdadero hombre, Hijo único del Padre eterno y de María,
siempre Virgen!
Os adoro profundamente en
el seno y en los esplendores de vuestro Padre, durante la
eternidad, y en el seno virginal de María, vuestra dignísima
Madre, en el tiempo de vuestra Encarnación.
Os doy gracias porque os
habéis anonadado, tomando la forma de esclavo, para sacarme
de la cruel esclavitud del demonio.
Os alabo y glorifico,
porque os habéis dignado someteros a María, vuestra
santísima Madre, en todas las cosas, a fin de hacerme por
Ella vuestro fiel esclavo.
Pero, ¡ay!, ingrato e
infiel como soy, no he guardado los votos y las promesas que
tan solemnemente hice en mi bautismo; no he cumplido mis
obligaciones; no merezco ser llamado vuestro hijo ni vuestro
esclavo; y como en mí nada hay que no merezca vuestra
repulsa y vuestra cólera, no me atrevo por mí mismo a
acercarme a vuestra santa y augusta Majestad.
Por eso recurro a la
intercesión de vuestra santísima Madre, que me habéis dado
como mediadora ante Vos; y por su intermedio espero obtener
de Vos la contrición y el perdón de mis pecados, la
adquisición y la conservación de la Sabiduría.
Dios te salve, pues, ¡oh
María Inmaculada!, Tabernáculo viviente de la Divinidad, en
donde la Sabiduría eterna escondida quiere ser adorada por
los ángeles y por los hombres.
Dios te salve, ¡oh Reina
del cielo y de la tierra!, a cuyo imperio está sometido todo
cuanto hay por debajo de Dios.
Dios te salve, ¡oh Refugio
seguro de los pecadores!, cuya misericordia a nadie ha
faltado; escuchad los deseos que tengo de la divina
Sabiduría, y recibid para ello los votos y las ofrendas que
mi bajeza os presenta.
Yo, N…, pecador
infiel, renuevo y ratifico hoy en vuestras manos los votos
de mi bautismo. Renuncio para siempre a Satanás, a sus
pompas y a sus obras, y me doy por entero a Jesucristo, la
Sabiduría encarnada, para llevar mi cruz en su seguimiento
todos los días de mi vida. Y a fin de que le sea más fiel de
lo que le he sido hasta ahora, os escojo hoy, ¡oh María!,
en presencia de toda la corte celestial, por mi Madre y
Señora. Os entrego y consagro, en calidad de esclavo, mi
cuerpo y mi alma, mis bienes interiores y exteriores, y aun
el valor de mis buenas acciones pasadas, presentes y
futuras, dejándoos entero y pleno derecho de disponer de mí
y de todo lo que me pertenece, sin excepción, según vuestro
beneplácito, y para la mayor gloria de Dios, en el tiempo y
en la eternidad.
Recibid, ¡oh Virgen
benignísima!, esta pequeña ofrenda de mi esclavitud, en
honor y unión de la sumisión que la Sabiduría encarnada se
ha dignado tener a vuestra maternidad; en homenaje del poder
que ambos tenéis sobre este pequeño gusanillo y miserable
pecador; y en acción de gracias por los privilegios con que
os ha favorecido la Santísima Trinidad.
Protesto que en adelante
quiero, como verdadero esclavo vuestro, procurar vuestro
honor y obedeceros en todas las cosas.
¡Oh Madre admirable!,
presentadme a vuestro querido Hijo en calidad de esclavo
eterno, a fin de que, habiéndome rescatado por Vos, me
reciba también por Vos.
¡Oh Madre de
misericordia!, concededme la gracia de alcanzar la verdadera
Sabiduría de Dios, y de colocarme, por ende, en el número de
los que Vos amáis, enseñáis, guiáis, alimentáis y protegéis
como a hijos y esclavos vuestros.
¡Oh
Virgen fiel!, hacedme en todas las cosas tan perfecto
discípulo, imitador y esclavo de la Sabiduría encarnada,
Jesucristo, vuestro Hijo, que llegue, por vuestra
intercesión y a vuestro ejemplo, a la plenitud de su edad
sobre la tierra y de su gloria en los cielos. Amén.
Damos aquí un examen de
conciencia sobre la práctica de la perfecta Devoción a la
Santísima Virgen, enseñada por San Luis María Grignion de
Monfort. Debe hacerse por entero una vez al año, en los santos
ejercicios, así como también en la renovación anual de la
Consagración, según el deseo de Monfort, y también en los
retiros mensuales.
Puede y debe hacerse
también a diario parcialmente, tomando de este las partes que
corresponden a la práctica especial de la santa esclavitud en
que uno se ejercita de modo más particular.
Podríase también, para el
examen de conciencia general, seccionar las partes que damos,
y después tomar una para cada día de la semana. Como medio de
facilitar esta práctica, hemos puesto en el margen las
iniciales de estos días.
Fuera de los momentos del
día especialmente destinados a dicho examen, se recomienda con
insistencia al fervoroso esclavo de María que con frecuencia,
por ejemplo cada hora, entrando en sí mismo, se pregunte: «¿He
sido en esta hora un verdadero esclavo de Jesús y de María?
Madre divina, ¿os he contentado en esta hora que acabo de
vivir?».
Preámbulo
Querido hijo y esclavo de la
Santísima Virgen, es tu misma Madre y Maestra quien ante ti se
presenta. Ella es quien viene a pedirte cuenta del modo cómo
has practicado su perfecta Devoción. Ponte netamente en su
presencia... Contesta sinceramente a sus preguntas maternas:
tú no te atreverías a ocultarle nada.
Empieza pidiéndole muy
humildemente su gracia, que te ilumine para ver claro en las
cosas de tu alma... Y pídele que este ejercicio sea de gran
utilidad para hacerte progresar en los caminos de Dios.
I. El acto de
Consagración
y sus consecuencias
«Os consagro, en calidad
de esclavo, mi cuerpo y mi alma, mis bienes interiores y
exteriores, dejándoos entero y pleno derecho de disponer de mí
y de cuanto me pertenece, sin excepción, según vuestro
beneplácito».
Domingo
1º Dependencia activa
1º Hijo
mío: ¿Has renovado a diario desde tu despertar, y
después a menudo entre el día, tu acto de entrega total a
Jesús por mis manos? ¿Lo has hecho seriamente,
conscientemente, con la idea bien clara y la voluntad decidida
de que me abandonas realmente la propiedad de todo cuanto
entra en esta donación?
2º ¿Has
vivido en la convicción y en el habitual pensamiento de
que me perteneces realmente y por entero? ¿Has respetado mis
derechos de posesión sobre todo cuanto me abandonaste,
cuerpo y alma, sentidos y facultades, bienes y fuerzas, no
sirviéndote de todo ello más que a mi intención y con mi
aprobación?
3º ¿Me
has dicho habitualmente, al menos alguna vez durante el
día, si podías utilizar este cuerpo, estos sentidos, estas
facultades, estos bienes que me concediste?
4º Este
cuerpo que
me consagraste, ¿lo has tratado únicamente según mis
intenciones y deseos? ¿Lo has alimentado y cuidado
convenientemente, evitando negligencia, no usando y
malgastando sus fuerzas? ¿Lo has halagado, adulado, mimado,
satisfaciendo todas sus exigencias y caprichos? ¿No has hecho
de él un objeto de vanidad ridícula y culpable, buscando
atraer las miradas de las criaturas? ¿Has tratado y vestido
este cuerpo con gran modestia? ¿No has hecho de él un
instrumento de pecado, de escándalo, por trazas y costumbres
ligeras, llamativas o culpables? ¿Has castigado y reducido a
servidumbre este cuerpo pecaminoso con la práctica valiente de
la mortificación cristiana, restringiendo todo lo que es lujo
y superfluo en el descansar, en las comidas, en los muebles,
en los vestidos, etc., yendo con valentía a estorbarle en sus
gustos y preferencias?
5º Estos
ojos de un
esclavo de amor, ¿no han sido empleados en miradas peligrosas
o culpables, en lecturas mundanas o en espectáculos
prohibidos, o al menos en curiosidades vanas y en miradas
inútiles?
6º Estos
oídos, ¿no
han servido para oír canciones que turban, conversaciones
peligrosas, en oír aquello que no te incumbía, o en cualquier
uso solamente curioso?
7º Esta
boca o
lengua, ¿no te han servido para charlas contrarias a la
modestia, a la caridad, o has hablado en horas en que por la
Regla o el Reglamento debías guardar silencio por razón de tu
deber?
8º Tu
imaginación y
tu inteligencia,
¿las has utilizado según mis deseos? ¿Las has hecho aplicarse
generosamente, según los deberes de tu estado, al estudio, a
reflexionar, a meditar, a orar? ¿No hubo en tus ejercicios de
piedad distracciones consentidas, o más bien rechazadas con
molicie? ¿No tienes que reprocharte pensamientos peligrosos,
imaginaciones ligeras y sensuales, ensueños malsanos,
curiosidades desordenadas?
9º
Tu
corazón, ¿no ha
consentido en antipatías
naturales, evitando las
personas que
no te agradan,
criticando sus defectos,
poniéndoles mala cara
y negándote
a ayudarles?
Y en
tu corazón,
¿no se
ha deslizado
algún afecto
demasiado
natural, demasiado
vivo o
sensual, que
no entra para
nada en
las
exigencias del
estado de
vida que
tienes?
10º Tu
voluntad, ¿ha
estado habitualmente unida a la de Jesús y la mía? Y de
ordinario, ¿no buscas tu propia voluntad, sin preocuparte en
conocer y realizar ante todo la de Dios? Tu divisa, ¿no ha
sido la del verdadero esclavo de amor: «No mi voluntad sino
la vuestra, oh Jesús, oh María»?
11º Tus
bienes temporales
son míos... ¿Has hecho uso de ellos con poco apego, sin
depender de ellos? ¿No tienes un apego excesivo a estos
objetos: dinero, muebles, alhajas, vestidos? ¿No hay en tu
vida un lujo exagerado? ¿Has gastado en compras inútiles? ¿Has
tenido en cuenta mis deseos de dar una parte de tus bienes a
obras piadosas o caritativas: los pobres, las Misiones, las
obras de propaganda mariana? ¿Has vivido mirando hacia la
sencillez y pobreza de Jesús y de tu Madre?
12º ¿Qué uso has hecho de
tus fuerzas?
¿Cómo has empleado el tiempo que me estaba consagrado? ¿Lo has
utilizado de un modo serio, como lo exigen tus deberes de
estado y el reglamento de vida que te ha sido prescrito? ¿Has
dado el tiempo necesario a tus ejercicios de piedad, al
trabajo, etc.? Este precioso tiempo, ¿no se ha malgastado en
naderías, en cosas inútiles? ¡Qué responsabilidad, qué cargos
a la hora del juicio!
Lunes
2º Dependencia pasiva
13º Examina ahora, hijo muy
amado y esclavo querido, si has respetado bien en la práctica
de tu vida «este derecho pleno» que me habías
reconocido «de disponer de ti y de cuanto te pertenece,
según mi beneplácito». ¿Has recibido con alegría, con
sumisión, o por lo menos resignado, lo que con Jesús decidí y
dispuse respecto de ti?
14º ¿Has recibido con
agradecimiento la
salud, y has pensado en darme gracias por ella? ¿No
has sido impaciente, no has murmurado cuando tu cuerpo tuvo
frío, cuando tuvo calor, hambre o sed, incomodidades o
dolencias o la enfermedad?
15º ¿Has aceptado resignado
cuando lo permití, que sufrieses algún quebranto en tu
reputación,
cuando te mostraron menos confianza, menos afecto, cuando se
te hizo la desconfianza manifiesta en lo que te concernía a
ti, cuando te calumniaron o injuriaron?
16º ¿Cuáles han sido tus
sentimientos cuando tuviste que sufrir merma en tus
bienes temporales,
cuando tuviste que soportar los inconvenientes de la pobreza o
de la indigencia?
17º ¿Te has sentido
satisfecho con humildad de los
talentos que
se te otorgaron, de la condición social en que vives, de la
situación de que disfrutas, del cargo que tienes que cumplir,
de las circunstancias en que tienes que vivir...? Todo ello es
voluntad de Jesús sobre ti y es la mía.
18º Tu alma, ¿no ha estado
inquieta, turbada, descontenta, cuando por la prueba, la
enfermedad, la muerte, disponía yo de tus
familiares,
de los seres que querías, de la Congregación a la que
perteneces? Tú me has reconocido como Dueña y Soberana de
cuanto es tuyo. Has de saber respetar mis derechos de
soberanía...
19º ¿Me has dejado fielmente
disponer del valor comunicable y alienable de tus
buenas obras
y oraciones?
¿Aquí no ha habido volver a recoger o al menos sentir su
falta?
II. Las prácticas
interiores de la
perfecta devoción a la Santísima Virgen
Martes
1º Por María
20º Tú me prometiste «obedecerme
en todas las cosas». ¿He tenido habitualmente la
directiva de tu vida y de tus actos? ¿Me has sometido tus
ideas, tus juicios, tus decisiones, tus palabras, tus
acciones? ¿No has contrariado conscientemente lo que yo te
mostraba? ¿No has actuado por tu propio movimiento, siguiendo
las impresiones de tu sensibilidad, las agudezas de tu
carácter, los caprichos de tu voluntad?
21º ¿Me has consultado
en tus dudas, me has pedido habitualmente permiso para
actuar, como consulta sin cesar el niñito a su madre para
saber lo que debe hacer? ¿Me has dicho a menudo, con el
corazón o con los labios: «Mi buena Madre, puedo hacer esto,
dejo dejar aquello»?
22º ¿Has hecho por
obedecerme todo cuanto dice Jesús? ¿Has pensado,
juzgado, obrado, vivido según las máximas, los preceptos y
consejos del Evangelio de Jesús, y no según las máximas y el
espíritu del mundo, es decir, el evangelio de Satán?
23º Fuiste fiel desechando
el pecado grave sin duda, pero ¿lo has sido también con
el venial, sobre todo en la lucha contra el defecto dominante?
24º ¿Te has aplicado seria y
conscientemente a los deberes particulares de tu estado,
cargos de la familia, deberes profesionales, empleos, etc.?
25º ¿Has sido, como esclavo
mío de amor, modelo de obediencia a toda legítima autoridad?
¿Has reconocido la autoridad de Jesús y la mía en tus
superiores: padres, esposos, maestros, poderes civiles,
superiores eclesiásticos y religiosos sobre todo, director de
conciencia, etc.? ¿No ha sido tu obediencia natural,
inspirada en las cualidades o defectos de los que están
revestidos de este poder? ¿No has discutido y
criticado las órdenes y consejos dados? ¿No hubo nunca
excepciones deliberadas, quizá, en tu obedecer? ¿No has
obedecido de mala gana, murmurando, con tristeza
consentida o con rencor? ¿Has estado verdaderamente
entregado como un niño a tus superiores, yendo hacia la
obediencia en vez de esquivarla?
Miércoles
26º ¿Has sido fiel, por
depender de mí, al reglamento de vida que te he
prescrito, a la santa Regla que te he propuesto? ¿Has
dado fielmente a la oración, al trabajo, al estudio, a la
distracción, el tiempo que se daba para estos ejercicios? ¿No
hubo tal o cual punto de la regla en el que con frecuencia
faltases? ¿Has sido especialmente asiduo en tus ejercicios
de piedad? ¿No los has omitido, abreviado, hecho a medias
o con laxitud y pereza?
27º ¿Reconociste mi voluntad
y mi dirección en todos los acontecimientos que te
suceden y rodean? ¿Supiste decir amén a cuanto te
consuela y alegra; pero lo mismo a todo lo que te contraría,
te es molesto, te violenta, todo lo que te encoge y te hiere,
todo lo que te aplana y te abruma? ¿Aceptaste generosamente de
la mano de Dios y de la mía las molestias, incomodidades del
mal tiempo, las contrariedades, las enfermedades, los lutos?
28º ¿Escuchaste atento y
seguiste generosamente los llamamientos de mi gracia?
¿Me has negado tal acto de caridad, tal pequeño sacrificio,
tal acto de generosidad que yo te pedía? ¿No existe tal acto
de virtud que con sangre fría continúas negando a tu amada
Madre? ¿No habrás ahogado en tu corazón la llamada que hacía
yo a una vocación más elevada, a más perfecta santidad?
29º Y en tus ejercicios de
piedad, santa Misa, sagrada Comunión, meditación, etc., ¿has
sido fiel renunciando a tus propias disposiciones e
intenciones? ¿Fiel uniéndote a tu Madre y Maestra,
invocando su ayuda, apoyándote en su merecimiento,
revistiéndote de sus virtudes? ¿Me has hecho entrega de ti
mismo, como un instrumento, hundiéndote en apacible
silencio, con el fin de que yo pueda orar y obrar en ti y por
ti?
30º ¿Has tenido hacia mí los
sentimientos de confianza y abandono que tiene
el niño para con su buena madre? ¿Has recurrido a mi solicitud
materna en «todo tiempo, en todo lugar, y en todas las
cosas»? ¿No has descuidado este llamamiento confiado a mi
socorro en los mínimos detalles de la vida, en las
indecisiones cotidianas de tu vida espiritual, en las horas
dolorosas y graves de tu existencia? ¿No te dejas llevar por
la agitación, la preocupación o el desaliento, en vez de
abandonar sencillamente en mí todo cuanto pueda inquietarte?
¿Me confías con un abandono total la hora y circunstancias de
tu muerte, el cuidado de tu perfección y de tu salvación
eterna?
Jueves
2º Con María
31º ¿He sido, después de
Jesús, el modelo de perfección que habitualmente pones
ante tus ojos? ¿Has sido fiel preguntándome a menudo: «Cómo
haría esto mi buena Madre, si se encontrara en mi lugar»?
32º ¿Has intentado copiar,
respecto de Dios, mi absoluta docilidad de esclava del
Señor? ¿Has intentado vivir mi Magnificat y buscar la
gloria de Dios en cuanto haces, poniendo el amor divino en tu
vida entera y viviendo con la Trinidad Santísima en tu alma,
en un comercio incesante, muy respetuoso y filial?
33º ¿Has sido fiel a
Jesús en todo, por todo, no amando más que a El, no
viviendo sino por El, no aspirando sino a sus intereses, a su
reinado, deseando siempre una más estrecha unión con El?
34º ¿Has imitado mi
humildad? ¿Has reconocido prácticamente que tus talentos,
éxitos y virtudes vienen de Dios? ¿Has considerado con
frecuencia tu nada, tus defectos, tus miserias? ¿No te has
puesto por encima de los demás en pensamientos, palabras o
actos? ¿Has sentido alegría al ser desconocido y tenido en
nada?
35º A ejemplo mío, ¿has sido
verdaderamente caritativo, amando al prójimo por Dios y
por mí? ¿Has perdonado toda falta e injuria y soportado con
paciencia los defectos de los que te rodean? ¿Has sido amable
y atento a los deseos de los demás? ¿Has procurado prestar
servicios y dar gusto? ¿No has sido cobarde y egoísta cuando
había que molestarse, cansarse para servir al prójimo y hacer
buenas obras? ¿No has juzgado severamente, sospechando el mal
con ligereza o hablando inútilmente de los defectos ajenos?
36º ¿Cuál ha sido tu actitud
hacia Satanás y hacia el pecado? Yo soy odio
viviente..., ¿y tú? ¿Luchaste con valentía contra el pecado
mortal o venial, hasta contra toda imperfección voluntaria,
contra todo lo que puede en algún grado manchar o empañar la
belleza de tu alma? ¿Trabajaste particularmente en ser
perfectamente puro y casto según tu estado de vida, en
pensamientos, imaginaciones, palabras, lecturas, y en toda tu
conducta? ¿Tuviste odio de todo lo que bajo cualquier pretexto
conduce al mal, al pecado?
37º ¿Has renunciado a la
falsa sabiduría del mundo, que es opuesta al Evangelio
de Jesús? ¿Has combatido contra las seducciones del demonio o
contra los negocios del mundo: placeres funestos, diversiones
peligrosas, lecturas que turban, modas malditas? ¿No habrás
hecho obra de Satanás con tu vestir que te convertiría en
sembrador de pecado? ¿Con valentía y con constancia te has
puesto del lado de Jesús y mío, y has trabajado cuanto has
podido para impedir el mal, el pecado, la impureza, el
escándalo, los excesos?
Viernes
3º En María
38º ¿No te has dejado llevar
de una vida disipada, frívola, no te han absorbido
completamente tus ocupaciones del exterior hasta el punto de
olvidar la vida interior con Dios, Jesús y su Madre, que tanto
te aman?
39º ¿Has procurado entrar
en ti a menudo para encontrarme en el fondo de tu alma,
ayudándote para ello de pequeñas prácticas que te había
enseñado: Avemaría al dar la hora, imagen, medalla,
sello mariano en tu vestir, jaculatorias, inscripción mariana
en cada página escrita, bendición que pides al salir de la
habitación, etc.?
40º ¿Has intentado vivir
bajo mi mirada todas tus horas de oración, de trabajo, de
descanso y de entretenimiento, como el niño siente la
necesidad de estar cerca de su madre?
41º ¿Trataste de retirarte
al fondo del santuario de tu alma, para encontrarme con Jesús
en un frente a frente delicioso? ¿Llegará tu alma a respirarme
como sin cesar tus pulmones respiran el aire?
Sábado
4º Para María
42º De ordinario, ¿cuál es
el motivo que inspira o determina tus actos? ¿Cuántas
veces los has hecho por amor a tus comodidades, vanidad y amor
propio, para agradar a tal o cual criatura? ¡Esto no es ser
esclavo de Jesús, esclavo de María!
43º ¿Has pensado con
frecuencia en ofrecer tus acciones por amor de Jesús y mío,
para glorificarnos y para agradarnos? ¿Has repetido a menudo:
«Todo por Jesús, todo por María, todo por amor tuyo, Madre
mía amadísima»?
44º ¿Ha sido mi reinado el
ideal de tu vida, para llegar al bendito reinado de
Cristo Rey? ¿Has pensado en ello en tus momentos libres? ¿Has
ofrecido por esta intención tus horas de trabajo, sobre todo
el que te resulta penoso? ¿Tus oraciones, sufrimientos,
contrariedades y pruebas? ¿Surge en tu mente todos los días
ofrecer a este fin tu última enfermedad, tu agonía y tu
muerte?
45º ¿Has tratado de
atraer todo el mundo a mi servicio y a mi verdadera y
sólida devoción? ¿No has tenido pereza o cobardía, y por eso
desperdiciaste a menudo las ocasiones de darme a conocer, a
amar, y de que me sirvieran del modo más perfecto?
Conclusión
Ha
terminado el examen de conciencia. Humíllate profundamente
ante tu gloriosa Reina, al ver las numerosas faltas de que has
sido culpable... ¡Perdón, oh Madre divina, por haberte sido
tan infiel! No quiero desanimarme: voy a trabajar con energía
y con perseverancia para ser un hijo más dócil y un esclavo
más fiel. Te prometo, querida Soberana, velar especialmente
sobre este punto..., en aquella ocasión... Ayúdame con tu
gracia todopoderosa. En fin, con Jesús, tu tesoro, dígnate,
Madre, bendecirme.
No te
apures al ver la distancia que te queda por recorrer. Tu misma
Madre Inmaculada ha de ser tu «camino fácil, corto,
perfecto y seguro», dice San Luis María Grignion de
Monfort.
¡Madre mía, dame tú lo que me mandas, y mándame lo que
quieras!
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