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San Alfonso María de Ligorio
Las Glorias de María
PRIMERA PARTE
SOBRE LA “SALVE
REGINA”
·
EXPLICACIÓN Y COMENTARIO DE LA ORACIÓN “SALVE REGINA”
·
MARÍA CONSIGUE PARA SUS DEVOTOS ABUNDANCIA DE DONES Y
FAVORES.
Capítulo I
MARÍA, NUESTRA MADRE
Y REINA
Dios te salve, Reina
y Madre de misericordia
I
Nuestra confianza en
María ha de ser grande, por ser ella la Madre de la misericordia
1. María es Reina
con su Hijo Jesús
Habiendo sido
exaltada la Virgen María como Madre del Rey de reyes, con toda razón
la santa Iglesia la honra y quiere que sea honrada por todos por el
título glorioso de reina. Si el Hijo es Rey, dice san Atanasio, con
toda razón la Madre debe tenerse por Reina y llamarse Reina y
Señora. Desde que María, añade san Bernardino se Siena, dio su
consentimiento aceptando ser Madre del Verbo eterno, desde ese
instante mereció ser la reina del mundo y de todas las criaturas. Si
la carne de María, reflexiona san Arnoldo abad, no fue distinta de
la de Jesús, ¿cómo puede estar la madre separada del reinado de su
hijo? Por lo que debe pensarse que la gloria del reinado no sólo es
común entre la Madre y el Hijo, sino que es la misma.
Y si Jesús es rey
del universo, reina también lo es María. De modo que, dice san
Bernardino de Siena, cuantas son las criaturas que sirven a Dios,
tantas son las que deben servir a María, ya que los ángeles, los
hombres y todas las cosas del cielo y de la tierra, estando sujetas
al dominio de Dios, están también sometidas al dominio de la Virgen.
Por eso el abad Guérrico, contemplando a la Madre de Dios, le habla
así: “Prosigue, María, prosigue segura con los bienes de tu Hijo,
gobierna con toda confianza como reina, madre del rey y su esposa”.
Sigue pues, oh María, disponiendo a tu voluntad de los bienes de tu
Hijo, pues al ser madre y esposa del rey del mundo, se te debe como
reina el imperio sobre todas las criaturas.
2. María es Reina
de misericordia
Así que María es
Reina; pero no olvidemos, para nuestro común consuelo, que es una
reina toda dulzura y clemencia e inclinada a hacernos bien a los
necesitados. Por eso la santa Iglesia quiere que la saludemos y la
llamemos en esta oración Reina de misericordia. El mismo nombre de
reina, conforme a san Alberto Magno, significa piedad y providencia
hacia los pobres; a diferencia del nombre de emperatriz, que expresa
más bien severidad y rigor. La excelencia del rey y de la reina
consiste en aliviar a los miserables, dice Séneca. Así como los
tiranos, al mandar, tienen como objetivo su propio provecho, los
reyes, en cambio, deben tener por finalidad el bien de sus vasallos.
De ahí que en la consagración de los reyes se ungen sus cabezas con
aceite, símbolo de misericordia, para demostrar que ellos, al
reinar, deben tener ante todo pensamientos de piedad y beneficencia
hacia sus vasallos.
El rey debe ante
todo dedicarse a las obras de misericordia, pero no de modo que
dejan de usar la justicia contra los criminales cuando es debido. No
obra así María, que aunque reina no lo es de justicia, preocupada
del castigo de los malhechores, sino reina de la misericordia,
atenta únicamente a la piedad y al perdón de los pecadores. Por eso
la Iglesia quiere que la llamemos expresamente reina de la
misericordia.
Reflexionando el
gran canciller de París Juan Gerson las palabras de David: “Dos
cosas he oído: que Dios tiene el poder y que tuya es, Señor, la
misericordia” (Sal 61, 12), dice que fundándose el reino de Dios en
la justicia y en la misericordia, el Señor lo ha dividido: el reino
de la justicia se lo ha reservado para él, y el reino de la
misericordia se lo ha cedido a María, mandando que todas las
misericordias que se otorgan a los hombres pasen por las manos de
María y se distribuyan según su voluntad. Santo Tomás lo confirma en
el prólogo a las Epístolas canónicas diciendo que la santísima
Virgen, desde que concibió en su seno al Verbo de Dios y le dio a
luz, obtuvo la mitad del reino de Dios al ser constituida reina de
la misericordia, quedando para Jesucristo el reino de la justicia.
El eterno Padre
constituyó a Jesucristo rey de justicia y por eso lo hizo juez
universal del mundo. Así lo cantó el profeta: “Señor, da tu juicio
al rey y tu justicia al hijo de reyes” (Sal 71, 2). Esto también lo
comenta un docto intérprete, y dice: Señor, tú has dado a tu Hijo la
justicia porque la misericordia la diste a la madre del rey. San
Buenaventura, parafraseando también ese pasaje, dice: “Da, Señor, tu
juicio al rey y tu misericordia a la madre de él”. Así, de modo
semejante al arzobispo de Praga, Ernesto, dice que el eterno Padre
ha dado al Hijo el oficio de juzgar y castigar, y a la Madre el
oficio de compadecer y aliviar a los miserables. Así predijo el
mismo profeta David que Dios mismo, por así decirlo, consagró a
María como reina de la misericordia ungiéndola con óleo de alegría:
“Dios te ungió con óleo de alegría” (Sal 44, 8). A fin de que todos
los miserables hijos de Adán se alegraran pensando tener en el
cielo a esta gran reina llena de unción de misericordia y de piedad
para con todos nosotros, como dice san Buenaventura: “María está
llena de unción de misericordia y de óleo de piedad, por eso Dios la
ungió con óleo de alegría”.
3. María,
figurada en la reina Esther
San Alberto Magno,
muy a propósito, presenta a la reina Esther como figura de la reina
María. Se lee en el libro de Esther, capítulo 4, que reinando Asuero
salió un decreto que ordenaba matar a todos los judíos. Entonces,
Mardoqueo, que era uno de los condenados, confió su salvación a
Esther, pidiéndole que intercediera con el rey para obtener la
revocación de su sentencia. Al principio, Esther rehusó cumplir ese
encargo temiendo el gravísimo enojo de Asuero. Pero Mardoqueo le
reconvino y le mandó decir que no pensara en salvarse ella sola,
pues el Señor la había colocado en el trono para lograr la salvación
de todos los judíos: “No te imagines que por estar en la casa del
rey te vas a librar tú sola entre todos los judíos, porque si te
empeñas en callar en esta ocasión, por otra parte vendrá el socorro
de la liberación de los judíos” (Est 4, 13). Así dijo Mardoqueo a la
reina Esther, y así podemos decir ahora nosotros, pobres pecadores,
a nuestra reina María, si por un imposible rehusara impetrarnos de
Dios la liberación del castigo que justamente merecemos: no pienses,
Señora, que Dios te ha exaltado como reina del mundo sólo para
pensar en tu bien, sino para que desde la cumbre de tu grandeza
puedas compadecerte más de nosotros miserables y socorrernos mejor.
Asuero, cuando vio a
Esther en su presencia, le preguntó con cariño: “¿Qué deseas pedir,
reina Esther?, pues te será concedido. Aunque fuera la mitad de mi
reino, se cumplirá” (Est 7, 2). A lo que la reina respondió: “Si he
hallado gracia a tus ojos, ¡oh rey!, y si al rey le place, concédeme
la vida –este es mi deseo- y la de mi pueblo –ésta es mi petición” (Est
7, 3). Y Asuero la atendió al instante ordenando que se revocase la
sentencia.
Ahora bien, si
Asuero otorgó a Esther, porque la amaba, la salvación de los judíos,
¿cómo Dios podrá dejar de escuchar a María, amándola inmensamente,
cuando ella le ruega por los pobres pecadores? Ella le dice: “Si he
encontrado gracia ante tus ojos, rey mío...” Pero bien sabe la Madre
de Dios que ella es la bendita, la bienaventurada, la única que
entre todos los hombres ha encontrado la gracia que ellos habían
perdido. Bien sabe que ella es la amada de su Señor, querida más que
todos los santos y ángeles juntos. Ella es la que le dice: “Dame mi
pueblo por el que te ruego”. Si tanto me amas, le dice, otórgame,
Señor, la conversión de estos pecadores por los que te suplico.
¿Será posible que Dios no la oiga? ¿Quién desconoce la fuerza que le
hacen a Dios las plegarias de María? “La ley de la clemencia
gobierna su lengua” (Pr 31, 26). Es ley establecida por el Señor que
se use de misericordia con aquellos por los que ruega María.
4. María se
vuelca con los más necesitados
Pregunta san
Bernardo: ¿Por qué la Iglesia llama a María reina de misericordia? Y
responde: “Porque ella abre los caminos insondables de la
misericordia de Dios a quien quiere, cuando quiere y como quiere,
porque no hay pecador, por enormes que sean sus pecados, que se
pierda si María lo protege”.
Pero ¿podremos temer
que María se desdeñe de interceder por algún pecador al verlo
demasiado cargado de pecados? ¿O nos asustará, tal vez, la majestad
y santidad de esta gran reina? No, dice san Gregorio; cuanto más
elevada y santa es ella, tanto más es dulce y piadosa con los
pecadores que quieren enmendarse y a ella acuden”. Los reyes y
reinas, con la majestad que ostentan, infunden terror y hacen que
sus vasallos teman aparecer en su presencia. Pero dice san Bernardo:
¿Qué temor pueden tener los miserables de acercarse a esta reina de
misericordia si ella no tiene nada que aterrorice ni nada de severo
para quien va en su busca, sino que se manifiesta toda dulzura y
cortesía? ¿Por qué ha de temer la humana fragilidad acercarse a
María? En ella no hay nada de austero ni terrible. Es todo suavidad
ofreciendo a todos leche y lana”. María no sólo otorga dones, sino
que ella misma nos ofrece a todos la leche de la misericordia para
animarnos a tener suma confianza y la lana de su protección para
embriagarnos contra los rayos de la divina justicia.
Narra Suetonio que
el emperador Tito no acertaba a negar ninguna gracia a quien se la
pedía; y aunque a veces prometía más de lo que podía otorgar,
respondía a quien se lo daba a entender que el príncipe no podía
despedir descontento a ninguno de los que admitía a su presencia.
Así decía Tito; pero o mentía o faltaba a la promesa. Mas nuestra
reina no puede mentir y puede obtener cuanto quiera para sus
devotos. Tiene un corazón tan piadoso y benigno, que no puede sufrir
el dejar descontento a quien le ruega. “Es tan benigna –dice Luis
Blosio- que no deja que nadie se marche triste”. Pero ¿cómo puedes,
oh María –le pregunta san Bernardo-, negarte a socorrer a los
miserables cuando eres la reina de la misericordia? ¿Y quiénes son
los súbditos de la misericordia sino los miserables? Tú eres la
reina de la misericordia, y yo, el más miserable pecador, soy el
primero de tus vasallos. Por tanto reina sobre nosotros, oh reina de
la misericordia”. Tú eres la reina de la misericordia y yo el
pecador más miserable de todos; por tanto, si yo soy el principal de
tus súbditos, tú debes tener más cuidado de mí que de todos los
demás. Ten piedad de nosotros, reina de la misericordia, y procura
nuestra salvación.
Y no nos digas,
Virgen santa, parece decirle Jorge de Nicomedia, que no puedes
ayudarnos por culpa de la multitud de nuestros pecados, porque
tienes tal poder y piedad que excede a todas las culpas imaginables.
Nada resiste a tu poder, pues tu gloria el Creador la estima como
propia, pues eres su madre. Y el Hijo, gozando con tu gloria, como
pagándose una deuda, da cumplimiento a todas tus peticiones. Quiere
decir que si bien María tiene una deuda infinita con su Hijo por
haberla elegido como su madre, sin embargo, no puede negarse que
también el Hijo está sumamente agradecido a esta Madre por haberle
dado el ser humano; por lo cual Jesús, como por recompensar cuanto
debe a María, gozando con su gloria, la honra especialmente
escuchando siempre todas su plegarias.
5. A María hemos
de recurrir
Cuánta debe ser
nuestra confianza en esta Reina sabiendo lo poderosa que es ante
Dios, y tan rica y llena de misericordia que no hay nadie en la
tierra que no participe y disfrute de la bondad y de los favores de
María. Así lo reveló la Virgen María a santa Brígida: “Yo soy –le
dijo la reina del cielo y madre de la misericordia- la alegría de
los justos y la puerta para introducir los pecadores a Dios. No hay
en la tierra pecador tan desventurado que se vea privado de la
misericordia mía. Porque si otra gracia por mí no obtuviera, recibe
al menos la de ser menos tentado de los demonios de lo que sería de
otra manera. No hay ninguno tan alejado de Dios, a no ser que del
todo estuviese maldito –se entiende con la final reprobación de los
condenados-; ninguno que, si me invocare, no vuelva a Dios y alcance
la misericordia”. Todos me llaman la madre de la misericordia, y en
verdad la misericordia de Dios hacia los hombres me ha hecho tan
misericordiosa para con ellos. Por eso será desdichado y para
siempre en la otra vida el que en ésta, pudiendo recurrir a mí, que
soy tan piadosa con todos y tanto deseo ayudar a los pecadores,
infeliz no acude a mí y se condena.
Acudamos, pues, pero
acudamos siempre a las plantas de esta dulcísima reina si queremos
salvarnos con toda seguridad. Y si nos espanta y desanima la vista
de nuestros pecados, entendamos que María ha sido constituida reina
de la misericordia para salvar con su protección a los mayores y más
perdidos pecadores que a ella se encomiendan. Éstos han de ser su
corona en el cielo como lo declara su divino esposo: “Ven del
Líbano, esposa mía; ven del Líbano, ven y serás coronada... desde
las guaridas de leones, desde los montes de leopardos” (Ct 4, 8). ¿Y
cuáles son esas cuevas y montes donde moran esas fieras y monstruos
sino los miserables pecadores cuyas almas se convierten en cubil de
los pecados, los monstruos más deformes que puede haber? Pues bien,
comenta el abad Ruperto, precisamente de estos miserables pecadores
salvados por su mediación, oh gran reina, te verás coronada en el
paraíso, ya que su salvación será tu corona, corona muy apropiada
para una reina de misericordia y muy digna de ella. A este
propósito, léase el siguiente ejemplo.
EJEMPLO
Conversión de María,
la pecadora, en la hora de la muerte
Se cuenta en la vida
de sor Catalina de San Agustín que en el mismo lugar donde vivía
esta sierva de Dios habitaba una mujer llamada María que en su
juventud había sido una pecadora y aún de anciana continuaba
obstinada en sus perversidades, de modo que, arrojada del pueblo, se
vio obligada a vivir confinada en una cueva, donde murió abandonada
de todos y sin los últimos sacramentos, por lo que la sepultaron en
descampado.
Sor Catalina, que
solía encomendar a Dios con gran devoción las almas de los que sabía
que habían muerto, después de conocer la desdichada muerte de
aquella pobre anciana, ni pensó en rezar por ella, teniéndola por
condenada como la tenían todos.
Pasaron cuatro años,
y un día se le apareció un alma en pena que le dijo:
– Sor Catalina, ¡qué
desdicha la mía! Tú encomiendas a Dios las almas de los que mueren y
sólo de mi alma no te has compadecido.
– ¿Quién eres tú?
–le dijo la sierva de Dios.
– Yo soy –le
respondió –la pobre María que murió en la cueva.
– Pero ¿te has
salvado? –replicó sor Catalina.
– Sí, me he salvado
por la misericordia de la Virgen María.
– Pero ¿cómo?
– Cuando me vi a las
puertas de la muerte, viéndome tan llena de pecados y abandonada de
todos, me volví hacia la Madre de Dios y le dije: Señora, tú eres el
refugio de los abandonados; ahora yo me encuentro desamparada de
todos; tú eres mi única esperanza, sólo tú me puedes ayudar, ten
piedad de mí. La santa Virgen me obtuvo un acto de contrición, morí
y me salvé; y ahora mi reina me ha otorgado que mis penas se
abreviaran haciéndome sufrir en intensidad lo que hubiera debido
purgar por muchos años; sólo necesito algunas misas para librarme
del purgatorio. Te ruego las mandes celebrar que yo te prometo rezar
siempre, especialmente a Dios y a María, por ti.
ORACIÓN A MARÍA,
REINA MISERICORDIOSA
Madre de Dios y
señora mía, María.
Como se presenta a una gran reina
un pobre andrajoso y llagado,
así me presento a ti, reina de cielo y tierra.
Desde tu trono elevado dígnate
volver los ojos a mí, pobre pecador.
Dios te ha hecho tan rica
para que puedas socorrer a los pobres,
y te ha constituido reina de misericordia
para que puedas aliviar a los miserables.
Mírame y ten compasión de mí.
Mírame y no me dejes;
cámbiame de pecador en santo.
Veo que nada merezco
y por mi ingratitud
debiera verme privado de todas las gracias
que por tu medio he recibido del Señor.
Pero tú, que eres reina de misericordia,
no andas buscando méritos,
sino miserias y necesidades que socorrer.
¿Y quién más pobre y necesitado que yo?
Virgen excelsa, ya
sé que tú,
siendo la reina del universo,
eres también la reina mía.
Por eso, de manera muy especial,
me quiero dedicar a tu servicio,
para que dispongas de mí como te agrade.
Te diré con san Buenaventura: Señora,
me pongo bajo tu servicio
para que del todo me moldees y dirijas.
No me abandones a mí mismo;
gobiérname tú, reina mía. Mándame a tu arbitrio
y corrígeme si no te obedeciera,
porque serán para mí muy saludables
los avisos que vengan de tu mano.
Estimo en más ser tu
siervo
que ser el dueño de toda la tierra.
”Soy todo tuyo, sálvame” (Sal 118, 94).
Acéptame por tuyo y líbrame.
No quiero ser mío; a ti me entrego.
Y si en lo pasado te serví mal,
perdiendo tan bellas ocasiones de honrarte,
en adelante quiero unirme a tus siervos
los más amantes y más fieles.
No quiero que nadie me aventaje
en honrarte y amarte, mi amable reina.
Así lo prometo y, con tu ayuda,
así espero cumplirlo. Amén. Amén.
II
Nuestra confianza en
María es inmensa por ser ella nuestra Madre
1. María es
realmente Madre nuestra
No es por casualidad
ni en vano los devotos de María la llaman Madre. Diríase que no
saben invocarla con otro nombre y no se cansan de llamarla siempre
madre. Madre sí, porque de veras es ella nuestra madre, no carnal,
sino espiritual, de nuestra alma y de nuestra salvación.
Cuando el pecado
privó a nuestras almas de la gracia les privó también de la vida. Y
habiendo quedado miserablemente muertas, vino Jesús nuestro
redentor, y con un exceso de misericordia y de amor nos recuperó
esta vida perdida con su muerte en la cruz, como él mismo lo
declaró: “Vine para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn
10, 10). “En abundancia”, porque como dicen los teólogos, Jesucristo
con su redención nos trajo bienes capaces de reparar absolutamente
los daños que nos causó Adán con su pecado. Y así, reconciliándonos
con Dios, se convirtió en padre de nuestras almas en la nueva ley de
la gracia, como ya lo había predicho el profeta: “Padre del siglo
futuro, príncipe de la paz” (Is 9, 6). Pues si Jesús es el padre de
nuestras almas, María es la madre, porque dándonos a Jesús nos dio
la verdadera vida, y ofreciendo en el Calvario la vida de su Hijo
por nuestra salvación fue como darnos a luz y hacernos nacer a la
vida de la gracia.
2. María, Madre
nuestra por serlo de Jesús
En dos momentos
distintos, enseñan los santos padres, se demostró que María era
nuestra madre espiritual; primero, cuando mereció concebir en su
seno virginal al Hijo de Dios, como dice san Alberto Magno. Y más
claramente san Bernardino de Siena, quien lo explica así: Cuando la
santísima Virgen dio su consentimiento a la anunciación del ángel de
que el Verbo eterno esperaba su aprobación para hacerse su Hijo, al
dar su asentimiento pidió a Dios, con inmenso amor, nuestra
salvación; y de tal manera se empeño en procurárnosla, que ya desde
entonces nos llevó en su seno como amorosísima y verdadera madre.
Dice san Lucas en el capítulo 2, versículo 7, hablando del
nacimiento de nuestro Salvador, que María dio a luz a su
primogénito. Así que, dice al autor, si el evangelista afirma que
entonces dio a luz a su primogénito, ¿se habrá de suponer que tuvo
otros hijos? Pero es de fe que María no tuvo otros hijos según la
carne fuera de Jesús; luego debió tener otros hijos espirituales, y
éstos somos todos nosotros. Esto mismo reveló el Señor a santa
Gertrudis, la cual, leyendo un día dicho pasaje del Evangelio estaba
confusa, no pudiendo entender cómo siendo María madre solamente de
Jesucristo, se puede decir que éste fue su primogénito. Pero Dios le
explicó que Jesús fue su primogénito según la carne, pero los
hombres son sus hijos según el espíritu.
Con esto se
comprende lo que se dice de María en los Sagrados cantares:
“Es tu vientre como montoncito de trigo cercado de azucenas” (Ct 7,
2). Lo explica san Ambrosio, y dice que si bien en el vientre
purísimo de María hubo un solo grano de trigo, que fue Jesucristo,
sin embargo, se dice montoncito de trigo, porque en aquel sólo grano
de trigo estaban contenidos todos los elegidos, de los que María
debía ser la madre. Por esto escribió el abad Guillermo: “En este
único fruto, Jesús, único salvador de todos, María dio a luz a
muchos para la salvación. Dando a luz a la vida, dio a luz a muchos
para la vida”.
3. María, Madre
nuestra por su dolor al pie de la cruz
El segundo momento
en que María nos engendró a la gracia fue cuando en el Calvario
ofreció al eterno Padre, con tanto dolor la vida de su amado Hijo
por nuestra salvación. Es entonces, asegura san Agustín, cuando
habiendo cooperado con su amor para que los fieles nacieran a la
vida de la gracia, se hizo igualmente con esto madre espiritual de
todos nosotros, que somos miembros de nuestra cabeza, Jesús. Es lo
mismo que significa lo que dice la Virgen de sí misma en el
Cantar de los cantares: “Pusiéronme a guarda de viñas; y mi
propia viña no guardé” (Ct 1, 5). María, por salvar nuestras almas,
consintió que se sacrificara la vida de su Hijo. ¿Y quién era el
alma de María sino su Jesús, que era su vida y todo su amor? Por
esto le anunció el anciano Simeón que un día su bendita alma se
vería traspasada de una espada muy dolorosa. “Y tu misma alma será
traspasada por una espada de dolor” (Lc 2, 35). Esa espada fue la
lanza que traspasó el costado de Cristo, que era el alma de María.
En aquella ocasión, con sus dolores, nos dio a luz para la vida
eterna, por lo que todos podemos llamarnos hijos de los dolores de
María. Nuestra madre amorosísima estuvo siempre y del todo unida a
la voluntad de Dios, por lo que –dice san Buenaventura- siendo ella
el amor del eterno Padre hacia los hombres que aceptó la muerte de
su Hijo por nuestra salvación, y el amor del Hijo al querer morir
por nosotros para identificarse con este amor excesivo del Padre y
del Hijo hacia los hombres, ella también, con todo su corazón,
ofreció y consintió que su Hijo muriera para que todos nos
salváramos.
Es verdad que Jesús,
al morir por la redención del género humano, quiso ser solo. “Yo
solo pisé el lagar” (Is 63, 3); pero conociendo el gran deseo de
María de dedicarse ella también a la salvación de los hombres,
dispuso que también ella, con el sacrificio y con el ofrecimiento de
la vida de Jesús, cooperase a nuestra salvación y así llegara a ser
madre de nuestras almas. Esto es aquello que quiso manifestar
nuestro Salvador cuando, antes de expirar, mirando desde la cruz a
la madre y al discípulo Juan que estaba a su lado, dijo a María:
“Mujer, he ahí a tu hijo” (Jn 19, 26); como si le dijese: Este es el
hombre que por el ofrecimiento que tú has hecho de mi vida por su
salvación, ahora nace a la gracia. Y después, mirando al discípulo
dijo: “He ahí a tu madre” (Jn 19, 27). Con cuyas palabras, dice san
Bernardino de Siena, María quedó convertida no sólo en madre de
Juan, sino de todos los hombres, en razón del amor que ella les
tuvo. Por eso –advierte Silveira- que el mismo san Juan, al anotar
este acontecimiento en el Evangelio, escribe: “Después dijo al
discípulo: He aquí a tu madre”. Hay que anotar que Jesucristo no le
dijo esto a Juan, sino al discípulo, para demostrar que el Salvador
asignó a María por madre de todos los que siendo cristianos llevan
el nombre de discípulos suyos.
4. María ejerce
su maternal protección
“Yo soy la madre del
amor hermoso” (Ecclo 24, 24), dice María; porque su amor, dice un
autor, hace hermosas nuestras almas a los ojos de Dios y consigue
como madre amorosa recibirnos por hijos. ¿Y qué madre ama a sus
hijos y procura su bien como tú, dulcísima reina nuestra, que nos
amas y nos haces progresar en todo? Más –sin comparación, dice san
Buenaventura- que la madre que nos dio a luz, nos amas y procuras
nuestro bien.
¡Dichosos los que
viven bajo la protección de una madre tan amante y poderosa! El
profeta David, aun cuando no había nacido María, ya buscaba la
salvación de Dios proclamándose hijo de María, y rezaba así: “Salva
al hijo de tu esclava” (Sal 85, 16). ¿De qué esclava –exclama san
Agustín- sino de la que dijo: He aquí la esclava del Señor? ¿Y quién
tendrá jamás la osadía –dice el cardenal Belarmino- de arrancar
estos hijos del seno de María cuando en él se han refugiado para
salvarse de sus enemigos? ¿Qué furias del infierno o qué pasión
podrán vencerles si confían en absoluto en la protección de esta
sublime madre?
Cuentan de la
ballena que cuando ve a sus hijos en peligro, o por la tempestad o
por los pescadores, abre la boca y los guarda en su seno. Esto
mismo, dice Novario, hace la piadosísima madre con sus hijos. Cuando
brama la tempestad de las tentaciones, con materno amor como que los
recibe y abriga en sus propias entrañas, hasta que los lleva al
puerto seguro del cielo. Madre mía amantísima y piadosísima, bendita
seas por siempre y sea por siempre bendito el Dios que nos ha dado
semejante madre como seguro refugio en todos los peligros de la
vida.
La Virgen reveló a
santa Brígida que así como una madre si viera a su hijo entre las
espadas de los enemigos haría lo imposible por salvarlo, así obro yo
con mis hijos, por muy pecadores que sean, siempre que a mí recurran
para que los socorra. Así es como venceremos en todas las batallas
contra el infierno, y venceremos siempre con toda seguridad
recurriendo a la madre de Dios y madre nuestra, diciéndole y
suplicándole siempre: “Bajo tu amparo nos acogemos, santa madre de
Dios”. ¡Cuántas victorias han conseguido sobre el infierno los
fieles sólo con acudir a María con esta potentísima oración! La
sierva de Dios sor María del Crucificado, benedictina, así vencía
siempre al demonio.
5. María invita a
la confianza por su eficaz protección
Estad siempre
contentos los que os sentís hijos de María; sabe que ella acepta por
hijos suyos a los que quieren ser.
¡Alegraos! ¿Cómo
podéis temer perderos si esta madre os protege y defiende? Así, dice
san Buenaventura, debe animarse y decir el que ama a esta buena
madre y confía en su protección: ¿Qué temes, alma mía? Nada; que la
causa de tu eterna salvación no se perderá estando la sentencia en
manos de Jesús, que es tu hermano, y de María, que es tu madre. Con
este mismo modo de pensar se anima san Anselmo y exclama: “¡Oh
dichosa confianza, oh refugio mío, Madre de Dios y Madre mía! ¡Con
cuánta certidumbre debemos esperar cuando nuestra salvación depende
de tan buen hermano y de tan buena madre!”
Esta es nuestra
madre que nos llama y nos dice: “Si alguno se siente como niño
pequeño, que venga a mí (Pr 9, 4). Los niños tienen siempre en los
labios el nombre de la madre, y en cuanto algo les asusta, enseguida
gritan: ¡Madre, madre! – Oh María dulcísima y madre amorosísima,
esto es lo que quieres, que nosotros, como niños, te llamemos
siempre a ti en todos los peligros y que recurramos siempre a ti que
nos quieres ayudar y salvar, como has salvado a todos tus hijos que
han acudido a ti.
EJEMPLO
Muere santamente un
escocés convertido al catolicismo
Se narra en la
historia de las fundaciones de la Compañía de Jesús en el reino de
Nápoles de un noble joven escocés llamado Guillermo Elphinstone. Era
pariente del rey Jacobo, y habiendo nacido en la herejía, seguí en
ella; pero iluminado por la gracia divina, que le iba haciendo ver
sus errores, se trasladó a Francia, donde con la ayuda de un buen
padre, también escocés, y, sobre todo, por la intercesión de la
Virgen María, descubrió al fin la verdad, abjuró la herejía y se
hizo católico. Fue después a Roma. Un día lo vio un amigo muy
afligido y lloroso, y preguntándole la causa le respondió que
aquella noche se le había aparecido su madre, condenada, y le había
dicho: “Hijo, feliz de ti que has entrado en la verdadera Iglesia;
yo, por haber muerto en la herejía, me he perdido”. Desde entonces
se enfervorizó más y más en la devoción a María, eligiéndola por su
única madre, y ella le inspiró hacerse religioso, a lo que se obligó
con voto. Pero como estaba enfermo, se dirigió a Nápoles para
curarse con el cambio de aires. Y en Nápoles quiso Dios que muriese
siendo religioso. En efecto, poco después de llegar, cayó gravemente
enfermo, y con plegarias y lágrimas impetró de los superiores que lo
aceptasen. Y en presencia del Santísimo Sacramento, cuando le
llevaron el Viático, hizo sus votos y fue declarado miembro de la
Compañía de Jesús.
Después de esto, era
de ver cómo enternecía a todos con las expresiones con que agradecía
a su madre María el haberlo llevado a morir en la verdadera Iglesia
y en la casa de Dios, en medio de los religiosos sus hermanos. “¡Qué
dicha –exclamaba- morir en medio de estos ángeles!” Cuando le
exhortaban para que tratara de descansar, respondía: “¡No, ya no es
tiempo de descansar cuando se acerca el fin de mi vida!” Poco antes
de morir dijo a los que le rodeaban: “Hermanos, ¿no veis los ángeles
que me acompañan?” Habiéndole oído pronunciar algunas palabras entre
dientes, un religioso le preguntó qué decía. Y le respondió que el
ángel le había revelado que estaría muy poco tiempo en el purgatorio
y que muy pronto iría al paraíso. Después volvió a los coloquios con
su dulce madre María. Y diciendo: “¡Madre, madre!”, como niño que se
reclina en los brazos de su madre para descansar, plácidamente
expiró. Poco después supo un religioso, por revelación, que ya
estaba en el paraíso.
ORACIÓN A MARÍA,
MADRE DE LOS PECADORES
Madre mía
amantísima, ¿cómo es posible
que teniendo madre tan santa sea yo tan malvado?
¿Una madre ardiendo en amor a Dios
y yo apegado a las criaturas?
¿Una madre tan rica en virtudes
y yo tan pobre en merecimientos?
Madre mía
amabilísima, no merezco ser tu hijo,
pues me hice indigno por mi mala vida.
Me conformo con que me aceptes por siervo;
y para lograr serlo, aun el más humilde,
estoy pronto a renunciar a todas las cosas.
Con esto me contento, pero no me impidas
poderte llamar madre mía.
Este nombre me consuela y enternece,
y me recuerda mi obligación de amarte.
Este nombre me obliga a confiar siempre en ti.
Cuanto más me
espantan mis pecados
y el temor a la divina justicia,
más me reconforta el pensar
que tú eres la madre mía.
Permíteme que te diga: Madre mía.
Así te llamo y siempre así te llamaré.
Tú eres siempre,
después de Dios,
mi esperanza, mi refugio y mi amor
en este valle de lágrimas.
Así espero morir,
confiando mi alma en tus santas manos
y diciéndote: Madre mía, madre mía María;
ayúdame y ten piedad de mí. Amén.
III
El gran amor que nos
tiene nuestra madre
1. María, madre
de amor
Si María es nuestra
madre, bien está que consideremos cuánto nos ama.
El amor hacia los
hijos es un amor necesario; por eso –como reflexiona santo Tomás-
Dios ha puesto en la divina ley, a los hijos, el precepto de amar a
los padres; mas, por el contrario, no hay precepto expreso de que
los padres amen a sus hijos, porque el amor hacia ellos está impreso
en la naturaleza con tal fuerza que las mismas fieras, como dice san
Ambrosio, no pueden dejar de amar a sus crías. Y así, cuentan los
naturalistas, que los tigres, al oír los gritos de sus cachorros,
presos por los cazadores, hasta se arrojan al agua en persecución de
los barcos que los llevan cautivos. Pues si hasta los tigres, parece
decirnos nuestra amadísima madre María, no pueden olvidarse de sus
cachorros, ¿cómo podré olvidarme de amaros, hijos míos? “¿Acaso
puede olvidarse la mujer de su niño sin compadecerse del hijo de sus
entrañas? Pues aunque ella se olvidara, yo nunca me olvidaré de ti”
(Is 49, 15). Si por un imposible una madre se olvidara de su hijo,
es imposible, nos dice María, que yo pueda olvidarme de un hijo mío.
María es nuestra
madre, no ya según la carne, como queda dicho, sino por el amor. “Yo
soy la madre del amor hermoso” (Pr 24, 24). El amor que nos tiene es
el que la ha hecho madre nuestra, y por eso se gloría, dice un
autor, en ser madre de amor, porque habiéndonos tomado a todos por
hijos es todo amor para con nosotros.
¿Quién podrá
explicar el amor que nos tiene a nosotros miserables pecadores? Dice
Arnoldo de Chartes que ella, al morir Jesucristo, deseaba con
inmenso ardor morir junto al hijo por nuestro amor. Y así, cuando el
Hijo –dice san Ambrosio- colgaba moribundo en la cruz, María hubiera
querido ofrecerse a los verdugos para dar la vida por nosotros.
Pero consideremos
los motivos de este amor para que entendamos cuánto nos ama esta
buena madre.
2. María, porque
ama a Dios, ama a los hombres
La primera razón del
amor tan grande que María tiene a los hombres es el gran amor que
ella le tiene a Dios. El amor a Dios y al prójimo, como escribe san
Juan, se incluyen en el mismo precepto. “Tenemos este mandamiento
del Señor, que quien ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Jn 4,
21). De modo que, cuando crece el uno, crece el otro también. Por
eso vemos que los santos, que tanto amaban a Dios, han hecho tanto
por el amor de sus prójimos. Han llegado a exponer la libertad y
hasta la vida por su salvación. Léase lo que hizo san Francisco
Javier en la India, donde para ayudar a las almas de aquellas gentes
escalaba las montañas, exponiéndose a mil peligros para encontrar a
los paganos en sus chozas y atraerlos a Dios. Un san Francisco de
Sales que para convertir a los herejes de la región de Chablais se
aventuró durante un año a pasar todos los días un torrente
impetuoso, andando sobre un madero, a veces helado, para llegar a la
otra ribera y poder predicar a los obstinados herejes. Un san
Paulino que se entregó como esclavo para librar al hijo de una pobre
viuda. Un san Fidel que por atraer a la fe a unos herejes,
predicando perdió la vida. Los santos, porque así amaban a Dios, se
lanzaron a hacer cosas tan heroicas por sus prójimos.
Pero ¿quién ha amado
a Dios más que María? Ella lo amó desde el primer instante de su
existencia más de lo que lo han amado todos los ángeles y santos
juntos en el curso de su existencia, como luego veremos considerando
las virtudes de María. Reveló la Virgen a sor María del Crucificado
que era tal el fuego de amor que ardía en su corazón hacia Dios, que
podría abrasar en un instante todo el universo si lo pudieran
sentir. Que en su comparación eran como suave brisa los ardores de
los serafines. Por tanto, como no hay entre los espíritus
bienaventurados quien ame a Dios más que María, así no puede haber,
después de Dios, quien nos ame más que esta amorosísima Madre. Y si
se pudiera unir el amor que todas las madres tienen a sus hijos,
todos los esposos a sus esposas y todos los ángeles y santos a sus
devotos, no alcanzaría el amor que María tiene a una sola alma. Dice
el P. Nierembergh que el amor que todas las madres tienen por sus
hijos es pura sombra en comparación con el amor que María tiene por
cada uno de nosotros. Más nos ama ella sola –añade- que lo que nos
aman todos los ángeles y santos.
3. María recibió
de Jesús el encargo de amarnos
Además, nuestra
Madre nos ama tanto porque Jesús nos ha recomendado a ella como
hijos cuando le dijo antes de expirar: “Mujer, he ahí a tu hijo”,
entregándole en la persona de Juan a todos los hombres, como ya lo
hemos considerado. Estas fueron las últimas palabras que le dijo su
Hijo. Los últimos encargos de la persona amada en la hora de la
muerte son los que más se estiman, y no se pueden borrar de la
memoria.
4. María nos ama
por ser fruto de su dolor
También somos hijos
muy queridos de María porque le hemos costado excesivos dolores. Las
madres aman más a los hijos por los que más cuidados y sufrimientos
ha tenido para conservarles la vida. Nosotros somos esos hijos por
los cuales María, para obtenernos la vida de la gracia, ha tenido
que sufrir el martirio de ofrecer la vida de su amado Jesús,
aceptando, por nuestro amor, el verlo morir a fuerza de tormentos.
Por esta sublime inmolación de María, nosotros hemos nacido a la
vida de la gracia de Dios. Por eso somos los hijos muy queridos de
su corazón, porque le hemos costado excesivos dolores. Así como del
amor del eterno Padre hacia los hombres, al entregar a la muerte por
nosotros a su mismo Hijo, está escrito: “Tanto amó Dios al mundo,
que le entregó a su propio Hijo” (Jn 3, 16), así ahora –dice san
Buenaventura- se puede decir de María. “Así nos amó María, que nos
entregó a su propio Hijo”.
¿Cuándo nos lo dio?
Nos lo dio, dice el P. Nierembergh, cuando le otorgó licencia para
ir a la muerte. Nos lo dio cuando, abandonado por todos, por odio o
por temor, podía ella sola defender muy bien ante los jueces la vida
de su Hijo. Bien se puede pensar que las palabras de una madre tan
sabia y tan amante de su hijo hubieran podido impresionar
grandemente, al menos a Pilato, disuadiéndole de condenar a muerte a
un hombre que conocía, y declaró que era inocente.
Pero no; María no
quiso decir una palabra a favor de su Hijo para no impedir la
muerte, de la que dependía nuestra salvación. Nos lo dio mil y mil
veces al pie de la cruz durante aquellas tres horas en que asistió a
la muerte de su Hijo, ya que entonces, a cada instante, no hacía
otra cosa que ofrecer el sacrificio de la vida de su Hijo con sumo
dolor y sumo amor hacia nosotros, y con tanta constancia que, al
decir de san Anselmo y san Antonino, que si hubieran faltado
verdugos ella misma hubiera obedecido a la voluntad del Padre (si se
lo exigía) para ofrecerlo al sacrificio exigido para nuestra
salvación. Si Abrahán tuvo la fuerza de Dios para sacrificar a su
hijo (cuando Él se lo ordenó), podemos pensar que, con mayor
entereza, ciertamente, lo hubiera ofrecido al sacrificio María,
siendo más santa y obediente que Abrahán.
Pero volviendo a
nuestro tema, ¡qué agradecidos debemos vivir para con María por
tanto amor! ¡Cuán reconocidos por el sacrificio de la vida de su
Hijo que ella ofreció con tanto dolor suyo para conseguir a todos la
salvación! ¡Qué espléndidamente recompensó el Señor a Abrahán el
sacrificio que estuvo dispuesto a hacer de su hijo Isaac! Y
nosotros, ¿cómo podemos agradecer a María por la vida que nos ha
dado de su Jesús, hijo infinitamente más noble y más amado que el
hijo de Abrahán? Este amor de María –al decir de san Buenaventura-
nos obliga a quererla muchísimo, viendo que ella nos ha amado más
que nadie al darnos a su Hijo único al que amaba más que a sí misma.
5. María nos ama
por ser fruto de la muerte de Jesús
De aquí brota otro
motivo por el que somos tan amados por María, y es porque sabe que
nosotros somos el precio de la muerte de su Jesús. Si una madre
viera a uno de sus siervos rescatado por su hijo querido, ¡cuánto
amaría a este siervo por este motivo! Bien sabe María que su Hijo ha
venido a la tierra para salvarnos a los miserables, como él mismo lo
declaró: “He venido a salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 10). Y
por salvarnos aceptó entregar hasta la vida: “Hecho obediente hasta
la muerte” (Flp 2, 8). Por consiguiente, si María nos amase
fríamente, demostraría estimar poco la sangre de su Hijo, que es el
precio de nuestra salvación. Se le reveló a la monja santa Isabel
que María, que estaba en el templo, no hacía más que rezar por
nosotros, rogando al Padre que mandara cuanto antes a su Hijo para
salvar al mundo. ¡Con cuánta ternura nos amará después que ha visto
que somos tan amados de su Hijo que no se ha desdeñado de comprarnos
con tanto sacrificio de su parte!
Y porque todos los
hombres han sido redimidos por Jesús, por eso María los ama a todos
y los colma de favores. San Juan la vio vestida de sol: “Apareció en
el cielo una gran señal, una mujer vestida de sol” (Ap 12, 1). Se
dice que estaba vestida de sol porque, así como en la tierra nadie
se ve privado del calor del sol, “no hay quien se esconda de su
calor” (Sal 28, 7), así no hay quien se vea privado del calor del
amor de María, es decir, de su abrasado amor.
¿Y quién podrá
comprender jamás –dice san Antonino- los cuidados que esta madre tan
amante se toma por nosotros? ¡Cuántos cuidados los de esta Virgen
madre por nosotros! ¡A todos ofrece y brinda su misericordia! Para
todos abre los senos de su misericordia, dice el mismo santo. Es que
nuestra madre ha deseado la salvación de todos y ha cooperado en
esta salvación. Es indiscutible –dice san Bernardo- que ella vive
solícita por todo el género humano.
Por eso es utilísima
la práctica de algunos devotos de María que, como refiere Cornelio a
Lápide, suelen pedir al Señor les conceda las gracias que para ellos
pide la santísima Virgen, diciendo: “Dame, Señor, lo que para mí
pide la Virgen María”. Y con razón, dice el mismo autor, pues
nuestra Madre nos desea bienes inmensamente mayores de los que
nosotros mismos podemos desear. El devoto Bernardino de Bustos dice
que más desea María hacernos bien y dispensarnos las gracias, de lo
que nosotros deseamos recibirlas. Por eso san Alberto Magno aplica a
María las palabras de la Sabiduría: “Se anticipa a los que la
codician poniéndose delante ella misma” (Sb 6, 14). María sale al
encuentro de los que a ella recurren para hacerse encontradiza antes
de que la busquen. Es tanto el amor que nos tiene esta buena Madre
–dice Ricardo de San Víctor-, que en cuanto ve nuestras necesidades
acude al punto a socorrernos antes de que le pidamos su ayuda.
6. María socorre
en especial a quienes la aman
Ahora bien, si María
es tan buena con todos, aun con los ingratos y negligentes que la
aman poco y poco recurren a ella, ¿cómo será ella de amorosa con los
que la aman y la invocan con frecuencia? “Se deja ver fácilmente de
los que la aman, y hallar de los que la buscan” (Sb 6, 13). Exclama
san Alberto Magno: “¡Qué fácil para los que aman a María encontrarla
toda llena de piedad y de amor!” “Yo amo a los que me aman” (Pr 8,
17). Ella declara que no puede dejar de amar a los que la aman.
Estos felices amantes de María –afirma el Idiota- no sólo son amados
por María, sino hasta servidos por ella. “Habiendo encontrado a
María se ha encontrado todo bien; porque ella ama a los que la aman
y, aún más, sirve a los que la sirven”.
Estaba muy grave
fray Leonardo, dominico (como se narra en las Crónicas de la
Orden), el cual más de doscientas veces al día se encomendaba a esta
Madre de misericordia. De pronto vio junto a sí a una hermosísima
reina que le dijo: “Leonardo, ¿quieres morir y venir a estar con mi
Hijo y conmigo?” “¿Y quién eres, señora?”, le preguntó el religioso.
“Yo soy –le dijo la Virgen- la Madre de la Misericordia; tú me has
invocado tatas veces y ya ves que ahora vengo a buscarte. ¡Vámonos
al paraíso!” Y ese mismo día murió Leonardo, siguiéndola, como
confiamos, al reino bienaventurado.
María, ¡dichoso mil
veces quien te ama! “Si yo amo a María –decía san Juan Berchmans,
estoy seguro de perseverar y conseguiré de Dios lo que desee”. Por
eso el bienaventurado joven no se saciaba de renovarle su
consagración y de repetir dentro de sí: “¡Quiero amar a María!
¡Quiero amar a María!”
7. María aventaja
en amor aun a los santos que fueron modelo de amor a ella
¡Y cómo aventaja
esta buena madre en el amor a todos sus hijos! Ámenla cuanto puedan
–dice san Ignacio mártir-, que siempre María les amará más a los que
la aman. Ámenla como un san Estanislao Kostka, que amaba tan
tiernamente a ésta su querida madre, que hablando de ella hacía
sentir deseos de amarla a cuantos le oían. Él se había inventado
nuevas palabras y títulos para celebrarla. No comenzaba acción
alguna sin que, volviéndose a alguna de sus imágenes, le pidiera su
bendición. Cuando él recitaba el Oficio, el rosario u otras
oraciones, las decía con tal afecto y tales expresiones como si
hablara cara a cara con María. Cuando oía cantar la Salve se
le inflamaba el alma y el rostro. Preguntándole un padre de la
Compañía, una vez en que iban a visitar una imagen de la Virgen
santísima, cuánto la amaba, le respondió: “Padre ¿qué más puedo
decirle? ¡Si ella es mi madre!” Y el padre dijo después que el santo
joven profirió esas palabras con tal ternura de voz, de semblante y
de corazón, que ya no parecía un joven, sino un ángel que hablase
del amor a María. Ámenla como B. Herman, que la llamaba esposa de
sus amores porque con ese nombre le había honrado a María. Ámenla
como un san Felipe Neri, quien con solo pensar en María se derretía
en tan celestiales consuelos que por eso la llamaba sus delicias.
Ámenla como un san Buenaventura, que la llamaba no sólo su señora y
madre, sino que para demostrar la ternura del afecto que le tenía
llegaba a llamarla su corazón y su alma. Ámenla como aquel gran
amante de María, san Bernardo, que amaba tanto a esta dulce madre
que la llamaba robadora de corazones, por lo que el santo, para
expresar el ardiente amor que le profesaba, le decía: “¿Acaso no me
has robado el corazón?” Llámenla “su inmaculada”, como la llamaba
san Bernardino de Siena, que todos los días iba a visitar una devota
imagen para declararle su amor con tiernos coloquios que mantenía
con su reina; y por eso, a quien le preguntaba a dónde iba todos los
días, le respondía que iba a buscar a su enamorada.
Ámenla cuanto un san
Luis Gonzaga, que ardía tanto y siempre en amor a María, que sólo
con oír el dulce nombre de su querida madre al instante se le
inflamaba el corazón y se le encendía el rostro a la vista de todos.
Ámenla cuanto un san Francisco Solano, quien como enloquecido con
santa locura en amor a María, acompañándose con una vihuela, se
ponía a cantar coplas de amor delante de la santa imagen, diciendo
que así como los enamorados del mundo, él le daba la serenata a su
amada reina.
Ámenla cuanto la han
amado tantos siervos suyos que no sabían qué hacer para manifestarle
su amor. El padre Juan de Trejo, jesuita, se preciaba de llamarse
esclavo de María, y en señal de esclavitud iba con frecuencia a
visitarla en una ermita; y allí, ¿qué hacía? Al llegar derramaba
tiernas lágrimas por el amor que sentía a María; después besaba
aquel pavimento pensando que era la casa de su amada señora. El P.
Diego Martínez, de la misma Compañía, en sus fiestas, se sentía como
transportado al cielo a contemplar cómo allí la celebraban, y decía:
“Quisiera tener todos los corazones de los ángeles y de los santos
para amar a María como ellos la aman. Quisiera tener la vida de
todos los hombres para darla por amor a María”.
Trabajen otros por
amarla cuanto la amaba Carlos, hijo de santa Brígida, que decía no
haber cosa que le consolara en el mundo como saber que María era tan
amada de Dios. Y añadía que con mucho gusto hubiera aceptado todos
los sufrimientos imaginables con tal de que María no hubiera perdido
ni pudiera perder un punto de su grandeza; y que si la grandeza de
María hubiera sido suya, con gusto hubiera renunciado a ella en su
favor por ser María la más digna. Deseen hasta dar la vida como
prueba de amor a María, como lo deseaba san Alonso Rodríguez.
Lleguen finalmente a grabar su nombre en el pecho con agudos
hierros, como lo hicieron el religioso Francisco Binancio y
Radagunda, esposa del rey Clotario. Y hasta impriman con hierros
candentes sobre la carne el amado nombre para que quede mucho más
visible y duradero, como lo hicieron en sus transportes de amor sus
devotos Bautista Archinto y Agustín de Espinosa, jesuitas.
Hagan por María e
imaginen cuanto puede hacer el más fino amante para expresar su amor
a la persona amada, que no llegarán a amarla como ella los ama.
“Señora mía –dice san Pedro Damiano-, ya sé que eres amabilísima y
nos amas con amor insuperable”. Sé, señora mía, venía a decir, que
nos amas con tal amor que no se deja vencer por ningún otro amor.
Estaba una vez san Alonso Rodríguez a los pies de una imagen de
María y sintiéndose inflamado de amor hacia la santísima Virgen,
rompió a decir: “Madre mía amantísima, ya sé que me amas, pero no me
amas tanto como yo a ti”. Pero María, como sintiéndose herida en
punto de amor, le respondió desde la imagen: “¿Qué dices, Alonso,
qué dices? ¡Cuánto más grande es el amor que te tengo que el que tú
me tienes!. No hay tanta distancia del cielo a la tierra como de mi
amor al tuyo”.
Razón tiene san
Buenaventura al exclamar: “¡Bienaventurados los corazones que aman a
María! ¡Bienaventurados los que la sirven fielmente!” ¡Dichosos los
que tienen la fortuna de ser fieles servidores y amantes de esta
Madre llena de amor! Sí, porque la reina, agradecida más que nadie,
no se deja superar por el amor de sus devotos. María, imitando en
esto a nuestro amorosísimo redentor Jesucristo, con sus beneficios y
favores, devuelve centuplicado su amor a quien la ama.
Exclamaré con el
enamorado san Anselmo: “¡Que desfallezca mi corazón en constante
amor a ti! ¡Que se derrita mi alma!” Arda siempre por ti mi corazón
y se consuma del todo en tu amor el alma mía, mi amado salvador
Jesús y mi amada madre María. Y ya que sin vuestra gracia no puedo
amaros, concededme, Jesús y María, por vuestros méritos, que no por
los míos, que s ame cuanto merecéis. Dios mío, enamorado de los
hombres, has podido morir por tus enemigos, ¿y vas a negar a quien
te lo pide la gracia de amarte y amar a tu Madre santísima?
EJEMPLO
Muerte santa de una
pastorcilla
Narra el P. Auriema
que una pobra pastorcilla que guardaba su rebaño amaba tanto a
María, que toda su delicia consistía en ir a la ermita de nuestra
Señora que había en el monte y estarse allí, mientras pastaba el
rebaño, hablando y haciendo homenajes a su amada Madre. Como la
imagen, que era de talla, estaba desprovista de adornos, como pudo
le hizo un manto. Otro día, con flores del campo hizo una guirnalda
y subiendo sobre el altar puso la corona a la Virgen, diciendo:
“Madre mía, bien quisiera ponerte corona de oro y piedras preciosas,
pero como soy pobre recibe de mí esta corona de flores y acéptala en
señal del amor que te tengo”. Con éstos y otros obsequios procuraba
siempre esta devota jovencita servir y honrar a su amada Señora.
Pero veamos cómo
recompensó esta buena Madre las visitas y el amor de esta hija suya.
Cayó la joven
pastorcita gravemente enferma, y sucedió que dos religiosos pasaban
por aquellos parajes. Cansados del viaje, se pusieron a descansar
bajo un árbol. Uno de ellos dormía, pero ambos tuvieron la misma
visión. Vieron una comitiva de hermosísimas doncellas, entre las que
descollaba una en belleza y majestad. “¿Quién eres, señora, y dónde
vas por estos caminos?”, le preguntó uno de los religiosos a la
doncella de sin igual majestad. “Soy la Madre de Dios –le respondió-
que voy con estas santas vírgenes a visitar a una pastorcilla que en
la próxima aldea se halla moribunda y que tantas veces me ha
visitado”. Dicho esto, desapareció la visión. Los dos buenos siervos
de Dios se dijeron: “Vamos nosotros también a visitarla”. Se
pusieron en camino y pronto encontraron la casita y a la pastorcita
en su lecho de paja. La saludaron y ella les dijo: “Hermanos, rogad
a Dios que os haga ver la compañía que me asiste”. Se arrodillaron y
vieron a María que estaba junto a la moribunda con una corona en la
mano y la consolaba. Luego las santas vírgenes de la comitiva
iniciaron un canto dulcísimo. En los transportes de tan celestial
armonía y mientras María hacía ademán de colocarle la corona, la
bendita alma de la pastorcita abandonó su cuerpo yendo con María al
paraíso.
ORACIÓN PARA
ALCANZAR EL AMOR DE MARÍA
¡María, tú robas los
corazones!
Señora, que con tu amor y tus beneficios
robas los corazones de tus siervos,
roba también mi pobre corazón
que tanto desea amarte.
Con tu belleza has enamorado a Dios
y lo has atraído del cielo a tu seno.
¿Viviré sin amarte, madre mía?
No quiero descansar hasta estar cierto
de haber conseguido tu amor,
pero un amor constante y tierno
hacia ti, madre mía,
que tan tiernamente me has amado
aun cuando yo era tan ingrato.
¿Qué sería de mí, María,
si tú no me hubieras amado
e impetrado tantas misericordias?
Si tanto me has amado cuando no te amaba,
cuánto confío en tu bondad ahora que te amo.
Te amo, madre mía,
y quisiera un gran corazón que te amara
por todos los infelices que no te aman.
Quisiera una lengua
que pudiera alabarte por mil,
y dar a conocer a todos tu grandeza,
tu santidad, tu misericordia
y el amor con que amas a los que te quieren.
Si tuviera riquezas,
todas quisiera gastarlas en honrarte.
Si tuviera vasallos,
a todos los haría tus amantes.
Quisiera, en fin, si falta hiciera,
dar por ti y por tu gloria hasta la vida.
Te amo, madre mía,
pero al tiempo
temo no amarte cual debiera
porque oigo decir que el amor
hace, a los que se aman, semejantes.
Y si yo soy de ti tan diferente,
triste señal será de que no te amo.
¡Tú tan pura y yo tan sucio!
¡Tú tan humilde y yo tan soberbio!
¡Tú tan santa y yo tan pecador!
Pero esto tú lo puedes remediar, María.
Hazme semejante a ti pues que me amas.
Tú eres poderosa para cambiar corazones;
toma el mío y transfórmalo.
Que vea el mundo lo poderosa que eres
a favor de aquellos que te aman.
Hazme digno de tu Hijo, hazme santo.
Así lo espero, así sea.
IV
María es madre de
los pecadores arrepentidos
1. María socorre
al pecador que abandona el mal
Declaró María a
santa Brígida que ella no sólo es madre de justos e inocentes, sino
también de los pecadores que deseen enmendarse. Cuando un pecador
recurre a María con deseo de enmendarse, encuentra a esta buena
madre de misericordia pronta a abrazarlo y ayudarle, mejor de lo que
lo hiciera cualquier otra madre. Esto es lo que escribió el papa san
Gregorio a la princesa Matilde: “Abandona el deseo de pecar y
encontrarás a María, te lo aseguro, más pronta para amarte que la
madre que te dio el ser”.
Pero quien aspire a
ser hijo de esta madre maravillosa es necesario que primero deje el
pecado, y entonces podrá confiar en ser aceptado por hijo. Sobre las
palabras “se levantaron sus hijos” (Pr 31, 28), reflexiona Ricardo
de San Lorenzo y advierte que, primero, se dice “se levantaron, y,
después, “sus hijos”; porque, añade, no puede ser hijo de María
quien no busca primero levantarse de la culpa donde ha caído. Si es
cierto, como dice san Pedro Crisólogo, “que reniega de su madre
quien no imita sus virtudes”, lo es que quien se porta al contrario
de María niega con sus obras querer ser su hijo. María humilde, ¿y
él quiere ser soberbio? María purísima, ¿y él deshonesto? María
llena de amor, ¿y él odiando al prójimo? Da muestras de que ni es ni
quiere ser hijo de tan santa madre. “Los hijos de María –añade
Ricardo de San Lorenzo- han de ser sus imitadores en la castidad, en
la humildad, en la mansedumbre, en la misericordia”. ¿Y cómo
pretenderá ser hijo de María quien tanto la contraría con su mala
vida? Dijo un pecador a María: “Muestra que eres mi madre”. Y la
Virgen le respondió: “Demuestra que eres mi hijo”. Otro pecador
invocaba a esta divina Madre y la llamaba madre de misericordia. Y
le dijo María: “Vosotros pecadores, cuando queréis que os ayude, me
llamáis madre de misericordia; pero entre tanto no cesáis con
vuestros pecados de hacerme madre de miserias y dolores”. “Maldito
el que exaspera a su madre” (Ecclo 3, 18). Dios maldice al que
aflige con su mala vida y con su obstinación a esta su santa Madre.
He dicho con su
obstinación porque el pecador, aun cuando no haya roto las cadenas
del pecado, si se obstina en salir del pecado y por eso busca la
ayuda de María, esta madre no dejará de socorrerlo y tornarlo a la
gracia de Dios. Cosa que oyó santa Brígida de boca de Jesucristo,
que hablando con María le dijo: “Auxilias a todo el que se esfuerza
por elevarse hacia Dios y a nadie dejas privado de tus consuelos”.
Mientras el pecador permanece obstinado, María no puede amarlo; pero
si se encuentra encadenado por cualquier pasión que lo hace esclavo
del infierno y al menos se encomienda a la Virgen y le suplica con
confianza y perseverancia que lo saque del pecado, sin duda que esta
buena madre le tenderá su poderosa mano, lo librará de las cadenas y
lo conducirá a esta de salvación.
Es herejía condenada
por el Concilio de Trento decir que todas las oraciones y obras que
se hacen en pecado son pecado. Dice san Bernardo que las plegarias
en boca del pecador, si bien no son hermosas porque no van
acompañadas de la caridad, sin embargo son útiles y provechosas para
salir del pecado porque, como lo enseña santo Tomás, aunque la
oración del pecador no es meritoria, es muy apta para impetrar la
gracia del perdón, pues la gracia de impetrar no se funda en el
mérito del que ruega, sino en la bondad divina y en los méritos y
promesas de Jesucristo, que ha dicho: “Todo el que pide, recibe” (Lc
11, 10). Lo mismo hay que decir de las plegarias que se dirigen a la
Madre de Dios.
2. María acoge la
súplica del pecador como madre misericordiosa
Si el que ruega,
dice san Anselmo, no merece ser oído, los méritos de María, a la
cual se encomienda, harán que sea escuchado. Por eso san Bernardo
exhorta a todos pecadores a que rueguen a María y tengan gran
confianza al suplicarle: porque si el pecador no merece lo que pide,
ciertamente se concederá a María, por sus méritos, lo que se pide a
Dios. Éste es el oficio de una buena madre, dice el mismo santo. Una
madre que supiese que dos de sus hijos se odiaban a muerte y que uno
pensara quitarle la vida al otro, ¿qué no haría para conseguir
reconciliarlos por todos los medios? Así, dice el santo, María es
madre de Jesús y madre del hombre. Cuando ve a un pecador enemistado
con Jesucristo no puede sufrir verlos odiándose y no descansa hasta
ponerlos en paz. “Oh bienaventurada María, tú eres madre del reo y
madre del juez; siendo madre de entrambos hijos, no puedes soportar
que haya discordias entre los dos”. La benignísima Señora no quiere
otra cosa del pecador sino que se encomiende a ella con intención de
enmendarse. Cuando María ve a sus pies a un pecador que viene a
pedirle misericordia, no mira los pecados que tiene, sino la
intención con que viene. Si viene con buena intención, aunque haya
cometido todos los pecados del mundo, lo abraza y la benignísima
madre no se desdeña de curarle todas las llagas de su alma. Es que
no sólo la llamamos madre de misericordia, sino que lo es
verdaderamente como lo muestra con el amor y ternura en socorrer.
Todo esto le expresó la Virgen a santa Brígida, diciendo: “Por muy
grande que sea un pecador, estoy preparada para recibirlo al punto
si a mí viene; ni me fijo en cuánto ha pecado, sino en la intención
con que viene; y no me desdeño en ungir sus llagas y curárselas,
porque me llamo y soy de verdad la madre de la misericordia”.
María es madre de
los pecadores que quieren convertirse y como madre no puede dejar de
compadecerse de ellos, y hasta pareciera que siente como propios los
sufrimientos de sus propios hijos. Cuando la cananea suplicó a Jesús
que librara a su hija del demonio que la atormentaba, le dijo:
“Jesús, hijo de David, ten compasión de mí, que mi hija es
atormentada por el demonio” (Mt 15, 22). Pero si la atormentada por
el demonio era la hija y no la madre, parece que debiera haber
dicho: Señor, ten piedad de mi hija, no de mí. Pero no; dijo: “Ten
piedad de mí”. Con toda razón, porque las miserias y desgracias de
los hijos las sienten las madres como propias. Así es la manera,
dice Ricardo de San Lorenzo, como suplica a Dios María cuando
intercede por un pecador que a ella se encomienda. “María clama por
el alma pecadora y dice: Ten compasión de mí”. Señor mío, parece
decirle, esta pobre alma que está en pecado es hija mía, y por eso
ten piedad no tanto de ella cuanto de mí que soy su madre.
3. María
intercede eficazmente por los pecadores
¡Ojalá que todos los
pecadores recurrieran a esta dulce madre! ¡Todos se verían
perdonados por Dios! “¡Oh María –exclama lleno de admiración san
Buenaventura–, al pecador despreciado por todo el mundo, tú lo
abrazas con maternal afecto y no lo abandonas, sino que consigues
reconciliarlo con el Juez!” Quiere decir el santo con esto que el
pecador, mientras permanece en su pecado, es despreciado y
aborrecido de todos; hasta las criaturas inanimadas; el aire, el
fuego y la tierra parecen que quisieran castigarlo y vengarse de él
para reparar el honor de su Dios despreciado. Pero si este infeliz
acude a María, ¿María lo rechazará? No; que si viene con intención
de obtener ayuda para enmendarse, ella lo abraza con amor de madre y
no descansa hasta que con su poderosa intercesión lo reconcilia con
Dios y lo pone en su gracia.
Se lee en el segundo
libro de los Reyes (14, 2) que la sagaz mujer de Tecua se presentó a
David y le habló de esta manera: “Señor, yo tenía dos hijos y, para
mi desgracia, uno mató al otro. Ya he perdido un hijo, y ahora la
justicia quiere quitarme el único que me ha quedado. Ten piedad de
esta pobre madre y haz que no me vea privada de los dos hijos”.
David, compadecido de esta madre, perdonó al delincuente. Esto mismo
parece decir María cuando ve a Dios indignado contra un pecador que
a ella se encomienda: “Dios mío –le dice–, yo tenía dos hijos, Jesús
y el hombre. El hombre ha matado a mi Jesús en la cruz. Ahora tu
justicia quiere condenar al hombre. Señor, mi Jesús ya ha muerto;
ten compasión de mí, y si he perdido uno, no consientas que pierda
ahora el otro”.
Seguro que Dios no
condena a los pecadores que recurren a María y por los que ella
ruega, siendo así que el mismo Dios los ha confiado como hijos a
María. El devoto Laspergio hace hablar así al Señor: “Encomendé los
pecadores como hijos a María. Por eso se muestra tan solícita en
cumplir su oficio que no consiente se condene ninguno de los que le
han sido confiados, sobre todo si la invocan; y hace todo lo que
está en su mano para atraerlos a todos a mí”.
4. María merece
toda nuestra confianza
¿Quién podrá
explicar, dice Blosio, la bondad, la misericordia, la fidelidad y la
caridad con que esta nuestra madre nos protegerá cuando pedimos su
ayuda? Postrémonos, pues, dice san Bernardo, ante esta buena madre,
abracémonos a sus sagrados pies para que nos bendiga y nos acepte
por hijos. ¿Quién puede desconfiar de la bondad de esta Madre? Decía
san Buenaventura: “Aunque tuviera que morir, en ella esperaré; y
puesta en ella toda mi confianza, junto a su imagen deseo morir y me
salvaré”. Así debe decir todo pecador que recurre a esta madre tan
piadosa: Señora mía, yo, con toda razón, merezco que me deseches de
tu presencia y me castigues según mis culpas; pero aun cuando
parezca que me abandonas y me dejas morir, no perderé la confianza
en que tú me has de salvar. Confío absolutamente en ti, y con tal
que tenga la dicha de morir ante tu imagen, encomendándome a tu
misericordia, tengo la plena seguridad de no condenarme y de llegar
a alabarte y bendecirte en el cielo en compañía de tantos siervos
tuyos que al morir, y llamándote en su ayuda, se han salvado todos
por tu poderosa intercesión.
EJEMPLO
Ernesto, librado de
la muerte por María
Refiere el
Belovacense que en la ciudad de Radulfo, en Inglaterra, año
1430, vivía un joven noble llamado Ernesto, quien habiendo
distribuido sus bienes entre los pobres entró en un monasterio,
donde llevaba una vida tan edificante que los superiores lo
apreciaban sobremanera, especialmente por su devoción a la santísima
Virgen. En la población se declaró la peste, y la gente acudió al
monasterio pidiendo oraciones. El abad mandó a Ernesto que fuera a
rogar a la Virgen ante su altar y no se levantase de allí hasta que
hubiera obtenido una respuesta de la Señora. Allí estuvo el joven
tres días hasta que obtuvo la respuesta de María que mandaba
hicieran rogativas, celebradas las cuales cesó la peste.
Pero más tarde este
joven se enfrió en la devoción a María. El demonio lo atacó con
muchas tentaciones impuras y para que se fugara del monasterio. Por
no haberse encomendado a María, decidió fugarse saltando los muros
del monasterio. Cuando iba a realizar su intento, al pasar junto a
una imagen de María que estaba en el claustro, la Madre de Dios le
habló, diciéndole: “Hijo mío, ¿por qué me dejas?” Ernesto, confuso y
compungido, cayó en tierra y respondió: “Señora, pero no ves que no
puedo resistir más? ¿Por qué no me ayudas?”. La Virgen le respondió:
¿Y tú por qué no me has invocado? Si te hubieras encomendado a mí,
no te verías en este estado. De hoy en adelante encomiéndate a mí y
no dudes”.
Ernesto volvió a su
celda. Pero insistiendo las tentaciones y descuidando el acudir a
María, al fin se fugó del monasterio, entregándose a una vida
pésima. De pecado en pecado se convirtió en asesino. Tomó en
arriendo una posada donde, por la noche, mataba a los pobres
viandantes y los despojaba. Una noche mató a un primo del
gobernador, el cual, sospechando del ventero, lo procesó y lo
condenó a morir en la horca.
Antes de que fuera
detenido llegó a la hostería un joven caballero. El malvado ventero,
según su costumbre, entró a media noche en su habitación para
asesinarlo; pero he aquí que en la cama no vio al caballero, sino un
crucificado lleno de llagas que, mirándolo piadosamente, le dijo:
“¿No te basta, ingrato, con que yo haya muerto una vez por ti?
¿Quieres volver a matarme? ¡Puedes hacerlo!” El infeliz Ernesto se
postró llorando y dijo: “Señor, aquí me tienes; ya que has tenido
conmigo tan gran misericordia, quiero convertirme”. En el mismo
instante abandonó la posada y emprendió el camino del claustro para
hacer penitencia. Pero por el camino lo prendió la justicia; lo
llevaron ante el juez, donde confesó todos sus crímenes.
Inmediatamente fue condenado a la horca, sin darle tiempo ni a
confesarse. Él se encomendó a María, y la Virgen hizo que cuando lo
colgaron no muriese. Ella misma lo bajó de la horca y le dijo:
“Torna al monasterio, haz penitencia; y cuando veas en mi mano un
documento de perdón de tus pecados, prepárate a la muerte”. Ernesto
volvió al convento y, habiendo contado todo al abad, hizo
penitencia. Pasados los años, vio en manos de María la cédula del
perdón. Se preparó a la muerte y santamente entregó su alma.
ORACIÓN DE CONFIANZA
EN MARÍA
¡Reina mía soberana,
digna de mi Dios, María!
Al verme tan vil y cargados de pecados,
no debiera atreverme
a acudir a ti y llamarte madre.
Merezco, lo sé, que me deseches,
pero te ruego que contemples
lo que ha hecho y padecido tu Hijo por mí;
y después me deseches si puedes.
Soy un pecador que, más que otros,
ha despreciado la divina Majestad;
pero el mal está hecho.
A ti acudo que me
puedes auxiliar;
ayúdame, Madre mía, y no digas
que no puedes ampararme,
pues bien sé que eres poderosa
y obtienes de tu Dios lo que deseas.
Si me dices que no puedes protegerme,
dime al menos a quién debo acudir
para ser socorrido en mi desgracia
y dónde poder refugiarme
o en quién pueda más seguro confiar.
Tú, Jesús mío, eres
mi padre;
y tú mi madre, María.
Amás a los más miserables
y los andáis buscando para salvarlos.
Yo soy reo del infierno,
el más mísero de todos.
Pero no tienes necesidad de buscarme;
ni siquiera lo pretendo.
A vosotros me presento con la esperanza
de no verme abandonado.
Vedme a vuestros pies.
Jesús mío, perdóname.
María, madre mía, socórreme.
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Capítulo 2 >>
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