MARIA, MADRE DE DIOS
2001
INDICE
1. Qué significa este título
1.1. La fe de la
Iglesia
1.2. El mensaje de
Guadalupe
1.3. Celebración
litúrgica
2. El Evangelio habla sobre Ella
2.1. María, Madre del
Mesías
2.2. Una poesía: Cantiga de la
Anunciación
2.3. "La Madre de mi Señor" (Lc
1,43)
2.4. Celebración
litúrgica
3. María Madre de Dios, en la antigua
oración de la Iglesia
3.1. En la oración del siglo III «Bajo tu
amparo»
3.2. Un Himno de San Efrén para la
Navidad
3.3. El Himno «Akáthistos»
3.4. Celebración
litúrgica
4. El título «Madre de Dios» en la
enseñanza de la Iglesia
4.1. En Alejandría, antes del Concilio de
Nicea 18
4.2. En el Concilio de Efeso
4.3. Algunos destacados protestantes ante
María
4.4. Una poesía de Lope de Vega:
María
4.5. Celebración
litúrgica
5. María, Madre del Cristo total
5.1. María, Madre de la
Iglesia
5.2. Celebración
litúrgica
6. María, «peregrina de la fe»
6.1. La virtud primordial de
María
6.2. Celebración
litúrgica
7. La vocación de José, esposo de María
7.1. Qué no seguir diciendo sobre San
José
7.2. La imagen piadosa, pero
falsa
7.3. Los datos de la
Escritura
7.4. José, modelo de la vida
cristiana
7.5. Celebración litúrgica
8. La Madre de Dios y la vocación de la
mujer
8.1. María y el valor de la
mujer
8.2. El papel de la mujer a la luz de
María
8.3. Una poesía: La
Fuente
8.4. Celebración
litúrgica
9. María Madre de Dios en la liturgia de
la Iglesia
9.1. La solemnidad de Santa María, Madre de
Dios
9.2. Oraciones litúrgicas para esta
solemnidad
9.3. Celebración
litúrgica
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El 13 de mayo de 1991, dos disparos
silenciaron las aclamaciones en la Plaza de San Pedro. El Papa
Juan Pablo II se desplomó sobre el «papamóvil» (como el pueblo ha
apodado a su vehículo), apoyado por su secretario. El lema de su
ministerio, que su escudo ostenta, es «Totus tuus» («Todo
tuyo»), aludiendo a su consagración a María. Salta espontánea
la duda cuestionante: ¿No se habrá engañado al ponerse bajo su
protección? Si lo tenía en sus manos la Señora a la que tantas
veces había orado: «Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de
Dios», ¿dónde había quedado su auxilio? Es que la voz de la
naturaleza clama ante tanto sufrimiento que se ve en el mundo, de
modo semejante a como gritó por la boca de las turbas en el
Calvario: «Ha puesto su confianza en Dios; que lo libre ahora, si
es que lo quiere, ya que decía: “Soy Hijo de Dios”» (Mt 27,43). Es
que la multitud estaba atizada por los fariseos. Otra diferente
era la actitud de María, la mujer de fe: «Junto a la cruz de Jesús
estaba su Madre» (Jn 19,25), acogiendo la misión que su Hijo le
encargaba en favor de su pueblo, aun en medio del sufrimiento.
De este
modo María fue llamada por el Señor para tomar parte en el plan
salvador de Dios, que no proyectó salvarnos de manera fácil, sino
por la pasión y la muerte de su Hijo, que es un misterio muy
profundo que nos sirve de signo de hasta dónde llega la hondura
del amor que Dios nuestro Padre nos tiene. Como nosotros sufrimos
a consecuencia del nuestros pecados, para librarnos de éstos quiso
que su Hijo hecho carne por nosotros nos salvara por amor tomando
parte de todo lo que somos; de modo que, aun sin ser él pecador,
se hiciera solidario de lo que sufrimos a causa de nuestros
pecados.
María, su Madre,
es el más claro espejo que refleja este amor sin límite de su Hijo
por los seres humanos pecadores. Por este motivo por voluntad de
Jesús estuvo unida a Él también en el sufrimiento que los seres
humanos experimentamos, aun sin ser pecadora, sólo por amor a
nosotros como a sus hijos, y por cumplir la voluntad de Jesús que
quiso encomendarle nuestro cuidado, como una madre de los que en
Él creemos. Así lo ha enseñado la Iglesia de todos los tiempos,
como leemos, por ejemplo, en la Encíclica de Juan Pablo II La
Madre del Redentor, n. , comentando el encargo de
Jesús:«Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Jn 19,26):
«Sin lugar a
dudas se percibe en este hecho una expresión de la particular
atención del Hijo por la Madre, que dejaba con tanto dolor. Sin
embargo, sobre el significado de esta atención el “testamento de
la cruz” de Cristo dice aún más. Jesús ponía en evidencia un nuevo
vínculo entre Madre e Hijo, del que confirma solemnemente toda la
verdad y realidad. Se puede decir que, si la maternidad de María
respecto de los -hombres ya había sido delineada precedentemente,
ahora es precisada y establecida claramente; ella emerge de
la definitivamente de la maduración del misterio pascual del
Redentor. La Madre de Cristo, encontrándose en el campo
directo de este misterio que abarca al hombre –a cada uno y a
todos-, es entregada al hombre –a cada uno de nosotros-, como
madre. Este hombre junto a la cruz es Juan, el discípulo que Él
amaba”. Pero no está él solo. Siguiendo la tradición, el Concilio
no duda en llamar a María “Madre de Cristo, madre de los
hombres”. Pues “está unida en la estirpe de Adán a todos los
hombres...; más aún, es verdaderamente madre de los miembros de
Cristo por haber cooperado con su amor a que naciesen en la
Iglesia los fieles” (LG 53-54)».
1. Qué significa este título
1.1. La fe de la Iglesia. Dios nos
reveló en la Sagrada Escritura su plan para salvar a los seres
humanos. En su proyecto, la Virgen María ocupa un lugar destacado
como la mujer «redimida en modo eminente».
El Evangelio la presenta sencilla y pobre, pero «llena de gracia»
(Lc 1,28), en virtud de la elección del Padre para que fuese Madre
de su Hijo hecho carne, verdadero Dios, y hombre desde el instante
en que comenzó a existir en su seno. Por eso la Iglesia, desde el
siglo III, la invoca como Madre de Dios.
El Evangelio la pinta como una mujer casada,
pero llamada por el Señor siendo virgen («antes de que vivieran
juntos»: Mt 1,18), para entregarse a una misión: la de colaborar
con Dios, como Madre de Jesús el Mesías, en el cumplimiento de su
promesa. El signo que Dios eligió para revelar su decisión de
intervenir personalmente en la historia de la humanidad, es que
Ella concibiera a su Hijo por obra del Espíritu Santo. Porque
tales fueron los deseos del Padre, tanto el misterio de la
Encarnación, como la redención de la humanidad, ambos por libre
iniciativa divina, están indicados en el hecho de que Ella
engendró al Hijo de Dios como una virgen Madre: eso quiere decir
este título de María, que desde antiguo usamos en la Iglesia.
Desde los primeros siglos hubo
malentendidos. Son debidos a errores de comprensión que ya muchas
veces la Iglesia ha corregido. Por desgracia, por culpa de la
ignorancia religiosa, muchas sectas siguen machacando los mismos
argumentos mil veces fallidos y resueltos; pero por falta de
educación en la historia de la fe no conocen las respuestas. Por
ejemplo, en el siglo V, un Patriarca de Constantinopla llamado
Nestorio prohibió en su diócesis que se usara este título de
María, porque, en su ignorancia, lo juzgaba contrario a la fe.
También él estaba confundido, por ejemplo cuando predicó en un
sermón:
«¿Pero es que Dios tiene madre? Sin culpa
los paganos atribuyen madres a los dioses. Una criatura no pudo
dar a luz al que no es creado; el Padre no engendró al Dios Verbo
en los tiempos recientes, de una virgen. La criatura no da a luz
al Creador; sino que engendró al hombre instrumento de la
divinidad».
Este obispo fue quitado de su Sede por el
Papa San Celestino I, y luego excomulgado por el Concilio de Efeso
en 431. Pero muchas sectas hoy siguen repitiendo el mismo
malentendido.
Lo que en Ella y con Ella veneramos, es la
obra gratuita de Dios en favor de todos nosotros, que Él, «mirando
desde arriba la pequeñez de su servidora», decidió obrar por medio
de esa jovencita hebrea, para cumplir las promesas de salvación
que Él mismo había hecho «a Abraham y a su descendencia por
siempre» (Lc 1,46-55). Este es el motivo por el que acogemos, por
un sentimiento de fidelidad al Nuevo Testamento, que el Hijo de
Dios se hizo carne en Ella, y por eso Jesucristo su Hijo es el
Hijo de Dios hecho hombre por nosotros: esto es lo que el título
Madre de Dios significa. Así pues, lo que la Iglesia quiere
decir al llamarla así, más que enseñar una verdad sobre Ella, es
una confesión de fe sobre quién es su Hijo Jesucristo: el Hijo de
Dios hecho carne para salvarnos.
Lo que el Evangelio y la Tradición de la
Iglesia veneran en María, no es a una mujer que por Ella misma, y
de modo individual, salvase la raza humana. Porque aun su
plenitud de gracia, como el Angel la saludó: «Llena de gracia»
(Lc 1,28), si la leemos a la luz de lo que ésta significa en el
Nuevo Testamento (ver Ef 1,5-7), no es su privilegio exclusivo que
la arrebate a las alturas, haciéndola diversa del resto de los
fieles. Sino que es la elección que el Padre gratuitamente hizo de
Ella en favor de toda la raza humana.
En el himno con el que inicia la Carta a los
Efesios, que podríamos llamar el «Canto de la gracia» (Ef
1,3-14), Pablo enseña lo que ésta significa: la elección que Dios
ha hecho de nosotros, por la cual nos ha predestinado desde el
principio y antes de la creación del mundo, para participar de su
vida haciéndonos sus hijos y redimiéndonos «por el Hijo amado».
Bajo esta luz de la fe, por ejemplo, el
Catecismo de la Iglesia Católica (n. 490) expone lo que significa
la Inmaculada Concepción de María y su plenitud de gracia. Ella
fue elegida y preparada por el Padre, en su plan eterno para
salvarnos: «Para poder dar el asentimiento libre de su fe al
anuncio de su vocación era preciso que Ella estuviese totalmente
poseída por la gracia de Dios». Esta pureza de todo pecado dio a
María, de manera misteriosa que sólo Dios conoce, la capacidad de
responder con toda generosidad y libremente (porque la gracia es
una invitación y un impulso, no una violación de nuestra dignidad
humana) al designio eterno del Señor en favor nuestro: «”Dios
envió a su Hijo” (Ga 4,4), pero para formarle un cuerpo, quiso la
libre cooperación de una criatura» (Catecismo n. 488).
Esta vocación de María está insinuada, desde
el inicio de la humanidad, en la promesa de salvación mediante la
descendencia de la mujer que aplastaría la cabeza de la serpiente
(Gen 3,15).
Noten que la representación artística de las imágenes de la
Inmaculada, con el pie sobre la cabeza de la serpiente, si no
estamos atentos y bien ilustrados en la fe, podrían desviar un
poco la atención, en el sentido de atribuir a Ella la victoria
sobre el demonio y las fuerzas del mal y del pecado. La Escritura
propiamente atribuye esa obra al «linaje de la mujer», que
en los tiempos más antiguos de la revelación, antes de las
promesas mesiánicas del Antiguo Testamento, se interpretaba como
toda la raza humana. Pero ya en la traducción de la Biblia al
griego, en el siglo II antes de Cristo, se predica esa victoria
del Mesías, que es el «descendiente de la mujer», esto es,
Cristo. Así lo entendió la antigua Tradición de la Iglesia, como
cuando dice San Ireneo de Lyon, el más grande pensador cristiano
del siglo II:
«Desde el Génesis se preanuncia que el que
habría de nacer de la mujer virgen, según la semejanza de Adán,
estará observando la cabeza de la serpiente... Porque el enemigo
no sería justamente vencido si el que lo venciese no fuese un
hombre nacido de mujer».
Así como en todas las promesas que Dios
había hecho en el Antiguo Testamento, de salvarnos por medio del
Mesías, también en ésta el pueblo de Israel esperaba su completa
liberación como obra de Yahvé, por medio de un descendiente de
David (y, por lo mismo, dado a luz por una mujer).
El llamado que Dios hizo de María se coloca
en la línea de las grandes vocaciones del Antiguo Testamento, como
la de Abraham, Moisés, y de las grandes mujeres de Israel, como
Sara, Ana, Rut, Judit y Yael (ver Catecismo n. 489). Al
elegir a todas estas personas, como al escoger a María, Dios
mostró que es fiel en su modo de hacer las cosas, para que podamos
reconocerlo cuando es Él quien interviene: muestra que la
iniciativa es sólo suya, siempre en favor de su pueblo, y Él llama
a una persona, no por ella misma sino en representación de su
raza, para una obra que favorezca a toda la humanidad. Pero el
autor de la salvación sigue siendo Yahvé, que en su voluntad
quiere realizar su obra de salvación por medio de un miembro de la
comunidad por El liberada. Esto suele significar la expresión «el
Señor está contigo» (Lc 1,28), (o «yo estoy contigo») que al
Antiguo Testamento le gusta repetir cuando quiere indicar que es
Dios quien elige a una persona para una misión que Él mismo
realizará por medio de ella (ver Ex 3,12; Jos 1,5; Jue 6,12, Jer
1,8.19, etc.)
María, al aceptar ser Madre del Hijo de
Dios, y concebirlo de modo virginal por obra del Espíritu Santo,
no manifiesta un menor aprecio por la santa institución del
matrimonio, querido por Dios desde la creación; pues, en efecto,
Ella era una mujer casada (ver Lc 1,27; Mt 1,18.20); pero el Señor
la eligió cuando estaba aún en el período que, según la cultura de
su pueblo, solía transcurrir entre el contrato del matrimonio y la
fiesta que el pueblo celebraba cuando sus amigas conducían a la
joven esposa a la casa del marido, para que iniciaran la vida
conyugal (ver Mt 1,18). El Espíritu Santo, por medio de los
evangelistas Lucas y Mateo, reveló que el Padre había decidido, en
su libre plan para salvarnos, darnos mediante la concepción
virginal de su Hijo, el signo de su intervención creadora en el
mundo. Quiso hacerlo decidiendo que el Verbo se encarnara por obra
del Espíritu Santo y sin la intervención de la acción matrimonial
de José, el esposo de María(Lc 1,35; Mt 1,18.20).
En esta concepción virginal de Jesús, el
evangelista Mateo (Mt 1,22-23) ve el cumplimiento de la promesa
mesiánica, de que Yahvé siempre estaría con su pueblo: esto
significa el nombre de Emmanuel (Is 7,14), apodo que se dio
a Ezequías, un hijo de David «mesías» (es decir «ungido»)
para que fuese rey del Pueblo elegido. Por eso la Iglesia reconoce
en el Hijo de María, desde el primer instante de su existencia en
el seno de su Madre, al Hijo de Dios que se hizo carne (ver Jn
1,14), esto es, un hombre completo y verdadero (porque en la
cultura hebrea la palabra «carne» eso significa: todo lo
que es un ser humano, con todas sus grandezas y debilidades). Y
así se cumplió, «por nosotros los hombres y por nuestra
salvación», el plan divino gratuitamente decidido por la Trinidad
en favor de la raza humana.
1.2. El mensaje de Guadalupe. María
ha sido evangelizadora de nuestro pueblo desde que éste comenzó a
recibir el anuncio de la fe cristiana. Ella predicó quién es su
Hijo Jesucristo, y cómo nosotros, por la misión que Él le
encomendó desde la cruz, somos también sus hijos, puestos bajo su
protección materna. Es lo esencial del mensaje de María, cuando se
apareció, en diciembre de 1531, al indígena mexicano, el Bto. Juan
Diego:
NIKAN MOPOHUA.
«Sabe y ten entendido, tú el más pequeño de mis hijos, que yo soy
la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien
se vive; el Creador cabe quien está todo; Señor del cielo y de la
tierra. Deseo vivamente que se me erija aquí un templo para en él
mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues soy
vuestra piadosa Madre; a ti, a todos vosotros juntos los moradores
de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí
confíen; oír allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias,
penas y dolores».
Y como algunos días después enfermase el
tío de Juan Diego, Ella le dijo:
«Oye y ten
entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y
aflige, no se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad, ni
ninguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?
¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por
ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester?»
1.3. Celebración litúrgica
Misa: «Santa María Madre de Dios»
(Complemento del Misal Romano, misa votiva de la Virgen María, n.
4).
Lectura de las Horas: San Cirilo de
Alejandría, «Sobre la maternidad divina de la Virgen María» (Tomo
III: 27 de junio).
2. El Evangelio habla sobre Ella
2.1. María, Madre del Mesías. Cuando
el Angel, enviado de parte de Dios, anunció a María que había sido
escogida para una misión, ella se estremeció porque «se preguntaba
que significaba tal saludo» (Lc 1,29). En ese momento el Señor le
reveló que por medio de Ella, Él quería realizar la salvación que
en otro tiempo había prometido a David, por medio del profeta
Natán (ver 2 Sam 7,11-16). Y como esa obra liberadora de los seres
humanos tendría que ser por medio de un hombre como nosotros,
necesitaba la colaboración de una madre, para que su Hijo naciese
como hijo (es decir descendiente) también de Abraham y de David
(ver Mt 1,1; Gál 3,16; Rom 1,3), a quienes Él había dirigido su
promesa. Sobre esto, allá por el año 370, San Atanasio Patriarca
de Alejandría, cuando quiso defender contra las sectas que en su
tiempo atacaban el misterio de la verdadera Encarnación del Hijo
de Dios en el seno de María como un hombre verdadero, escribió lo
siguiente:
«No es así: ¡de ninguna manera! Como dice el
apóstol, “asumió la simiente de Abraham porque debía asimilarse en
todo a sus hermanos” (Heb 2,16-17), y por eso asumió un cuerpo
semejante a nosotros. Por eso María era en verdad indispensable,
para que pudiese de Ella tomarlo y ofrecerlo como cosa propia por
nosotros. Lo mismo indicó Isaías profetizando: “He aquí que una
virgen” (Is 7,14), y Gabriel anuncia no simplemente a una virgen,
sino a “una virgen desposada con un hombre” (Lc 1,27), para
mostrar por el matrimonio que María era en verdad un ser humano.
Por eso la Escritura también recuerda el parir, y dice que “lo
envolvió en pañales” (Lc 2, 7), y se proclaman dichosos los pechos
que lo amamantaron (Lc 11, 27). Y fue ofrecido el sacrificio (Lc
2,23) porque el Hijo había abierto la matriz de la que lo daba a
luz. Todos éstos son signos de que una virgen paría. Y Gabriel
firmemente lo había anunciado, diciéndole no simplemente "lo
nacido en ti", para que no se pensase que el cuerpo
le era introducido desde fuera; sino "de ti" (Lc 1,
35), para que creyésemos que lo nacido era de la naturaleza de
ella; porque una virgen no podría ni dar a luz ni lactar, ni un
cuerpo ser alimentado con leche, ni ser envuelto en pañales, si
primero no hubiese sido dado a luz en forma natural. Este mismo
cuerpo fue circuncidado al octavo día, Simeón lo recibió en sus
brazos; Él mismo se hizo niño y creció hasta hacerse de doce años
(Lc 2,21-42) y se desarrolló hasta los treinta (Lc 3,23). Y no
fue, como algunos sospechan, que la misma substancia del Verbo
haya cambiado al ser circuncidada, siendo inmutable, ya que el
Salvador dice: “Ved que soy yo mismo que no cambio” (Mal 3,6), y
como Pablo escribe: “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y para
siempre” (Heb 13, 8). Pero el Verbo de Dios impasible e incorpóreo
se encontraba en el cuerpo circunciso, llevado en el seno,
hambriento y sediento, cansado, crucificado y sufriente».
El Angel anunció a María: «Concebirás y
darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús. El será
grande, será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el
trono de David su Padre, reinará sobre la descendencia de Jacob
por siempre y su reino no tendrá fin» (Lc 1,31-33). Como escribe
el Papa Juan Pablo II, en ese momento María, una jovencita aldeana
de Nazaret, llena de fe pero pequeña, y cuya instrucción era la
común a la fe de su pueblo, esperaba la salvación de su raza que
Dios había prometido por medio de un descendiente de David. Por
eso, lo que podía captar en ese instante sobre su Hijo, es que en
Él se iba a cumplir el plan de Dios para liberar a su pueblo (ver
RM 15). Por eso la llamamos también «Madre de Cristo», que
equivale a decir «Madre del Mesías».
Lo que ella aceptó, no como una mujer
individual, sino como representante de todo su pueblo, fue servir
al Señor en su obra salvadora a favor de los seres humanos,
poniendo a su disposición todo lo que ella era y tenía. A eso
asintió plenamente cuando respondió al Angel: «Aquí está la
servidora del Señor, hágase en mí según tu Palabra» (Lc 1,38). En
verdad acogió libremente lo que el Señor le pedía, no sólo en ese
momento y en cuanto Ella podía entenderlo, sino poniéndose sin
reserva al servicio de Dios, en lo que Él dispusiera, y según lo
que su Palabra le indicara.
Por fidelidad a la fe, que el Vaticano II ha
descrito como la obediencia plena «por la que el hombre se confía
libre y totalmente a Dios,... asintiendo voluntariamente a la
revelación hecha por El»,
la Iglesia acoge sin reservas el plan salvador que Dios, en su
providencia, ha decidido en favor de toda la raza humana, tal y
como también ha querido revelarlo: es decir, por medio de su Hijo
hecho hombre, «nacido de mujer» en la plenitud de los tiempos (Gál
4,4). Este es el motivo por el que los fieles acogemos con gozo la
vocación sublime de María, como Madre del Mesías, que es el Hijo
de Dios hecho hombre por nosotros.
Ya desde tiempos antiguos varias sectas
negaban a María el título de «Madre de Dios» o «Madre mesiánica».
Por razones evidentes, ya que el Evangelio lo afirma tan clara y
directamente, no podían rechazar que fuese Madre de Jesús;
pero le sustraían a Ella toda participación en la obra de su Hijo.
Ya desde entonces los Padres de la Iglesia señalaban que el relato
de la Anunciación (Lc 1,26-38) no la presenta sólo como madre y
nodriza de un simple hombre llamado Jesús, a quien únicamente más
tarde la comunidad del Nuevo Testamento hubiese concedido los
títulos de Hijo de Dios y Mesías. Por el contrario, desde el
momento de la Encarnación, el Señor, por su mensajero, le pidió a
María su libre consentimiento para ser la madre de aquel que era
el Hijo del Altísimo, a quien Dios daría el trono de David su
padre, y su reino no tendría fin (Lc 1,32). En otras palabras, le
pidió que aceptase su vocación de ser Madre de tal
Hijo.
Varios de los antiguos grandes pensadores
cristianos usaron un ejemplo: María no es como la madre de un
obispo, que da a luz a un hijo a quien desea lo mejor, pero que
finalmente, así como llegó a ser obispo, podría haberse convertido
en un delincuente o en un hombre cualquiera. Y es que, aun cuando
una madre sueñe para su hijo lo más alto, no está en sus manos
saber lo que El debe llegar a ser. A María, en cambio, el Señor la
invitó a que fuese la Madre de su Hijo. Por este
motivo, el lamentable rechazo de la misión de María, por parte de
tantos hermanos nuestros que se han separado de la comunión de
nuestra fe, descubre no un repudio a Ella, sino al plan salvador
del Padre, tal como lo ha revelado por su Hijo hecho carne por
nosotros.
2.2. Una poesía
Cantiga de la Anunciación
"El ángel y la niña hablaron,
se entendieron" (San Efrén)
Nazaret, fresca Nazar,
¿de dónde viene la brisa?
¿Por que el alba en tus sembrados,
azul y oro en tus colinas?
En la senda de tu fuente
primavera amanecida.
En un huerto, tallos cantan
profecías de Isaías.
En redor
de una casita
una rueda, rueda, rueda
de primeras golondrinas.
Un arcángel que rezaba
la primera avemaría.
¡Ay el ángel, ay la niña,
ay palabras que decían!
¡Ay del lirio y ay del «sí»
que los mundos redimían!
2.3. «La Madre de mi Señor» (Lc 1,43).
Al confesar al Hijo de María «el Señor», con un título que en la
tradición de Israel equivale a «Dios mi Salvador» (Lc 1,46-47), la
Iglesia ha llamado a María, con una costumbre poco a poco
difundida a partir del siglo III en Egipto, y confirmada por
múltiples Concilios Ecuménicos, la «Madre de Dios»; esto es, «la
Madre del Hijo de Dios hecho carne». Con este título, los fieles
que comenzaron a usarlo a partir de la comunidad cristiana de
Egipto, en el siglo III, acogían la revelación que el Espíritu
divino hizo por boca de Isabel, la cual, «llena del Espíritu
Santo», la proclamó «la Madre de mi Señor» (Lc 1,41.43).
En la Escritura es algo común atribuir al
Espíritu Santo la inspiración de la Palabra de los profetas. Por
ejemplo, cuando el segundo Isaías descubre su vocación, pues fue
llamado por Dios para que «lleve su juicio a las naciones» y
predique su Palabra, y el tercer Isaías para que «anuncie a los
pobres la Buena Nueva», en ambos casos Dios los impulsó poniendo
sobre ellos su Espíritu (ver Is 42,1; 61,1). También en el
ambiente del relato de la Anunciación, varias veces Lucas ve la
inspiración profética como obra del Espíritu Santo sobre la
persona que debe proclamar una verdad sobre la misión de
Jesucristo. Así profetizaron, «llenos del Espíritu Santo», no sólo
Isabel, sino también Zacarías y Simeón (ver Lc 1,67; 2,25-27).
Pues bien, inspirada por el Espíritu Santo,
Isabel proclamó que María es «la Madre de mi Señor» (Lc 1,43). El
Nuevo Testamento recoge este título de «Señor», de la
traducción de la Biblia al griego. Ésta la hicieron en Alejandría
cerca de dos siglos antes de Cristo varios judíos, para que
pudieran entenderla muchos otros judíos dispersos por diversas
naciones del mundo de entonces, que ya no sabían hebreo. En esta
Biblia en griego (que llamamos «De los LXX»), se usó la
palabra «Señor» para traducir lo que los libros sagrados
indicaban por los nombres de «Yahvé», «Adonai», «Elhoím»,
etc., es decir, los términos con que nombraban a Dios.
Con este significado de fe el Nuevo
Testamento usa esta palabra, y Lucas en particular la elige varias
veces, en el mismo pasaje de la Anunciación, para referirse a
Dios. Por ejemplo cuando el Angel dice a María: «El Señor
está contigo» (Lc 1,28); y María le responde: «Aquí está la
servidora del Señor» (Lc 1,38). Isabel se refería a Dios,
al decir: «¡Dichosa tú que has creído! Porque lo que te ha dicho
el Señor se cumplirá» (Lc 1,45); asimismo María lo llamó
«Dios mi Salvador» al cantar: «Mi alma glorifica al Señor»
(Lc 1,47); y Zacarías exclamó: «¡Bendito sea el Señor, Dios
de Israel» (Lc 1,68).
Por eso, lo que hacemos al confesar a María
«Madre de Dios», es acoger en la fe la revelación que el
Espíritu Santo hizo por medio de Isabel. Esto no es nada nuevo en
la Iglesia. Ya en el siglo V lo enseñó San Cirilo de Alejandría,
Patriarca de la Iglesia del Oriente, al escribir un libro para
explicar a los fieles lo que el título «Madre de Dios»
significa en la Iglesia (porque estaban desconcertados, ya que el
obispo y Patriarca de Constantinopla Nestorio, como dijimos
arriba, había prohibido que se usase):
«De modo semejante la proclamó también la
madre del beato Bautista, movida por el Espíritu Santo, pues está
escrito: “Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó con gran voz:
Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Y
de dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a mí?” (Lc
1,41-43). Después de esto, ¿quién será tan demente, que no quiera
llamar con los Evangelios Madre de Dios a la santa Virgen?
Que ya no sigan perturbando, pues, los oídos de la gente simple,
llamándolo (a Jesús) sólo un niño o un infante, no vaya a suceder
que por poco nieguen toda su venida: porque el ángel ciertamente
lo llamó niño, pero también Señor».
2.4. Celebración litúrgica
Misa: «La Virgen María en la Anunciación del
Señor» (Complemento al Misal Romano, misa votiva de María n. 2).
Lectura de Liturgia de las Horas: San Beda,
«María proclama la grandeza del Señor por las obras que ha hecho
en Ella». (Tomo III: 31 de mayo)
3. María Madre de Dios, en la antigua
oración de la Iglesia
3.1. En la oración del siglo III «Bajo tu
amparo». Es la primera oración a María que se conoce después
del Magníficat. A principios del siglo XX se descubrió un papiro
egipcio escrito en griego, en el cual poco después se reconoció la
oración que hoy llamamos «Bajo tu amparo». Ahora sería
necio quien pusiera en duda que casi desde los inicios del
cristianismo los fieles (comenzando en Egipto) invocaban a María
«Madre de Dios» (en griego «Theotókos»).
Esta oración se usaba en el siglo III, pues el papiro se halló en
una tumba cristiana fechada en la segunda mitad de ese siglo. En
el mismo Egipto, el gran escritor Orígenes ya había mencionado
este título de María, unas pocas veces, en su Comentario a San
Lucas (antes del año 250). Y además había en ese país muchas
disputas sobre Cristo y sobre su Madre, que obligaron a la Iglesia
a poner en claro esta doctrina.
Esta oración litúrgica refleja cómo los
fieles, desde los comienzos de la Iglesia, invocaban el auxilio
de María, que creían de valor especial porque a Ella la
reconocían como la Madre de Dios. Ese siglo estuvo salpicado de
sangre por muchas persecuciones contra los cristianos. La angustia
por los peligros de la vida, debidos a la fidelidad a la fe, se
retratan en esta súplica. Nótese que aún no dice «Bajo tu amparo»
(expresión que apareció más tarde, cuando se empezó a llamar
«Reina» a María; en ese tiempo aún se le aclamaba sólo con el
título de «Madre»). Es difícil reconstruir con toda precisión el
escrito original, porque el papiro está algo dañado. Comparando
las diversas versiones que conservan lo esencial del texto, la que
se considera más cercana dice así:
"En tus entrañas / nos refugiamos, /
Theotóke («Madre de Dios»). / Nuestras / súplicas no /
descuides en la necesidad, / sino del peligro / líbranos: / única
casta, / única bendita".
Además, a fines de ese siglo el Patriarca
Teonas de Alejandría (que fue Obispo de esta diócesis del año 281
al 300) construyó un templo que, restaurado y ampliado por el
Patriarca Alejandro (del 313 al 328) llegó a ser la Iglesia Madre
(catedral) de la sede patriarcal de eswa ciudad. De ella da
testimonio San Sofronio, en el siglo VII: «Los hijos y discípulos
alejandrinos de la Iglesia Católica celebran esta fiesta tan
célebre en la basílica de la Santa Virgen María y Madre de Dios,
conocida como de Teonas».
3.2. Un Himno de San Efrén para la
Navidad. Adelante diremos que, en el siglo V, se celebraba la
Maternidad Divina de María en la Fiesta de la Natividad del Señor,
como el servicio que Ella prestaba a la obra de su Hijo. Sólo
mucho tiempo después se separó de la Navidad, la llamada
Solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Pues bien, con
motivo de la venida de Cristo al mundo, se escribieron muchos
himnos que conmemoraban a su Madre, como el siguiente, del Diácono
San Efrén:
Himno sobre la
Navidad XI
1. Nadie sabe cómo llamar a tu Madre, ¡oh
Señor! Si la llama Virgen, su Hijo parece demostrar lo contrario;
si esposa, sigue siendo verdad que nadie la ha conocido.
Pero, si tu Madre es tan incomprensible, ¿quién podrá
comprenderte?
2. Ella, y sólo Ella, es tu Madre. Pero
al mismo tiempo es hermana como todas las demás. Ella es tu Madre,
y también se ha hecho tu hermana. Y es también tu esposa junto con
todas las otras vírgenes castas. Tú la has enriquecido de todos
los dones, tú que eres el adorno de tu Madre.
3. Ella era tu desposada por naturaleza,
aun antes de que Tú bajases a Ella. Mas, luego que has venido, ¡oh
Santo!, Ella ha concebido contra las leyes naturales. Y seguía
siendo virgen cuando te dio a luz de modo santo.
4. Gracias a Ti María está adornada con
todas las cualidades de la esposa: sin unión carnal lleva en su
cuerpo un fruto. De modo no habitual hay leche en su pecho. De
manera imprevista Tú cambiaste una tierra árida, en una en la que
brota la leche.
5. Si Ella te ha llevado en su vientre, es
porque la montaña que Tú eres se ha convertido en un peso ligero.
Si te ha alimentado, es porque Tú has querido sufrir hambre. Si
Ella ha apagado tu sed, es porque Tú has querido sentirla. Si ha
podido abrazarte, es porque tu pecho guardaba un carbón ardiente
lleno de misericordia.
6. ¡Tu Madre es un milagro! El Señor, al
entrar en Ella, se ha hecho siervo. El que pronuncia su Palabra ha
enmudecido. El que es Trueno ha hecho callar su voz. Ha entrado el
Pastor de todos, y en Ella se ha convertido en Cordero, que
balando ha nacido a la luz del día.
7. El seno de la Madre ha trastornado el
orden de las cosas. El Creador de todas los seres, entrando rico,
salió mendigo; entrando grande, salió pequeño; entrando esplendor,
salió cubierto de color opaco.
8. Entró el héroe y del vientre tomó el
vestido del temor. Entró en él Aquel que alimenta todos los seres,
y aprendió a sufrir el hambre. Entró Aquel que da de beber a todos
los sedientos, y aprendió a sentir la sed. Aquel que a todos
viste, salió como un indigente desnudo y sin vestidos.
3.3. El Himno «Akáthistos». Es el
cántico más tradicional en honor de María, en la piedad bizantina.
Es de autor anónimo, quien lo compuso tal vez a principios del
siglo VI. En la Iglesia de Oriente se ha convertido en el canto no
de un autor, sino del pueblo creyente. Su nombre es algo extraño:
deriva de una norma litúrgica, según la cual éste debe cantarse
«a-káthistos», es decir, «de pie». En él los fieles
orientales proclaman el contenido de su fe en la obra salvadora a
la cual la Madre de Dios fue llamada por el Padre, por medio del
Angel.
Tiene su fiesta propia: el sábado 5º de
cuaresma. Su antigüedad está atestiguada por la estrofa que lo
introduce, que es una acción de gracias por haber protegido a
Constantinopla de sucumbir en manos de los bárbaros en el año 626.
Después de la caída de esta ciudad bajo el dominio del Islam en
1453, se sigue cantando para rogarle que Ella conserve la fe del
pueblo cristiano. Para que aprovechemos mejor su meditación, y
podamos ponernos en sintonía con la fe de nuestros hermanos
orientales, ponemos un resumen de su contenido.
El himno tiene claramente dos partes: la
primera (estrofas I-XII), celebra el servicio de María a la obra
de su Hijo en los misterios de la Encarnación: de I a VI en torno
a Cristo y a las personas que intervinieron más directamente: San
José, San Juan Bautista y su madre Isabel. Las VII a XII cantan
cómo María mostró su Hijo a los demás: a los pastores, a los magos
y a Simeón. La segunda parte (estrofas XIII-XXIV), hace memoria de
lo que María significa para la Iglesia: las XIII a XVIII proclaman
la doctrina de la fe: por ejemplo, su pureza inmaculada, la
concepción virginal y parto de Jesús, etc. Y las XIX a XXIV su
protección de los fieles y su favor a quien la invoca.
Akáthistos
A ti, guía protectora, yo, tu pueblo, oh
Madre de Dios, doy gracias por la victoria porque lo salvaste de sus
desgracias. Tú que tienes poder invencible, líbrame de todos los
peligros para que yo te exclame: «Salve, Virgen esposa».
I. El Ángel del primer coro del cielo fue
enviado a decir a la Madre de Dios: «Salve». Y con voz espiritual,
al contemplarte, oh Señor, hecho cuerpo, se admiró y se detuvo,
exclamando así a Ella:
«Salve, tú por quien el gozo refulge,
Salve, tú por quien la maldición fue
cancelada,
Salve, oh invocación del caído Adán,
Salve, oh rescate de las lágrimas de Eva,
Salve, altura inaccesible aun a los ojos de
los Ángeles,
Salve, porque eres el trono del rey,
Salve, porque llevas al que lleva todas las
cosas,
Salve, estrella que das luz al sol,
Salve, seno de la encarnación divina,
Salve, tú, por quien se renovó la creación,
Salve, tú, por quien se generó el Creador,
Salve, Virgen esposa».
II. La Santa, viéndose pura a sí misma,
dice tranquilamente a Gabriel: «Tu palabra increíble es
incomprensible a mi alma. Diciendo aleluya, tú anuncias realmente de
alguna manera una gestación de concepción no fertilizada».
III. Y la Virgen, para comprender lo
incomprensible, dice al ministro: «De un seno puro, ¿cómo será
parido el Hijo?» el Ángel le habló con reverencia:
«Salve, reveladora del designio inefable,
Salve, fe de quienes rezan en silencio,
Salve, anticipación de los milagros de
Cristo,
Salve, corona de sus enseñanzas,
Salve, escalera celeste por la que Dios
subió,
Salve, puente que conduces a la gente al
cielo,
Salve, proclamada maravilla de los Ángeles,
Salve, herida luctuosa de los demonios,
Salve, tú que engendraste inefablemente a
la Luz,
Salve, tú que a nadie enseñaste el cómo,
Salve, tú que excedes la comprensión de los
sabios,
Salve, tú que iluminas la mente de los
fieles,
Salve, Virgen esposa».
IV. El poder del Altísimo cubrió entonces
la concepción de Ella, que desconocía nupcias; y su fértil seno se
mostró como campo ameno a todos los que quieran cosechar salvación
al cantar así: «Aleluya».
V. Y la Virgen, con Dios en su seno, corrió
adonde Isabel, y ésta, comprendiendo enseguida el fruto de Ella, se
alegró en el abrazo; y con júbilo y cantos exclamó a la Madre de
Dios:
«Salve, raíz de vástago inmarchitable,
Salve, tesoro de fruto inmaculado,
Salve, agricultora de un agricultor
humanitario,
Salve, engendradora del engendrador de
nuestra vida,
Salve, campo que produces fecundidad de
misericordia,
Salve, mesa que ofreces abundancia de
propiciaciones,
Salve, tú que haces germinar prados amenos,
Salve, porque aparejas un puerto a las
almas,
Salve, perfume agradable de anunciación,
Salve, expiación de todo el mundo,
Salve, benignidad de Dios hacia los
mortales,
Salve, confianza de los hombres en Dios,
Salve, Virgen esposa».
VI. Con tormenta de pensamientos dudosos,
el sabio José fue turbado, mirándote inexperta de nupcias y
suponiéndote, oh irreprensible, entregada a amores furtivos. Mas
entendiendo luego que tu concepción era por el Espíritu Santo, dijo:
«Aleluya».
VII. Y los pastores oyeron a los Ángeles
que celebraban la presencia carnal de Cristo, y corriendo como hacia
su Pastor, lo contemplan como un puro Cordero paciendo en el seno de
María, a quien celebrando, dijeron:
«Salve, madre del Cordero y Pastor,
Salve, morada de greyes espirituales,
Salve, defensa contra los enemigos
invisibles,
Salve, llave de la puerta del paraíso,
Salve, porque el cielo y la tierra se
alegraron,
Salve, porque la tierra danza con el cielo,
Salve, boca por la que hablan los
apóstoles,
Salve, confianza invencible de los
vencedores,
Salve, sólida base de la fe,
Salve, espléndida señal de la gracia,
Salve, tú por quien quedó el infierno
despojado,
Salve, tú por quien entramos en la gloria,
Salve, Virgen esposa».
VIII. Contemplando los magos la estrella
que corría hacia Dios, siguieron su esplendor; y teniéndola como
linterna, siguieron con ella al Señor poderoso; y alcanzando al
Inalcanzable, se alegraron y dijeron: «Aleluya».
IX. Vieron los Caldeos en las manos de la
Virgen a Aquel que con las manos crea a los hombres, y lo
reconocieron como Señor, aunque hubiera tomado aspecto de siervo; se
apresuraron a honrarlo con dones y a exclamar a la Bendita:
«Salve, madre de la Estrella sin ocaso,
Salve, esplendor de místico día,
Salve, tú que extinguiste el fuego del
engaño,
Salve, tú que iluminas a los iniciados en
la Trinidad,
Salve, tú que arrojaste del poder al
inhumano tirano,
Salve, tú que mostraste a Cristo, Señor
benigno,
Salve, tú que nos rescataste de bárbara
superstición,
Salve, tú que nos salvas de las obras del
infierno,
Salve, tú que pusiste fin a la adoración
del fuego,
Salve, tú que nos alejas de la llama de las
pasiones,
Salve, guía de sabiduría de los fieles,
Salve, gozo de todas las gentes,
Salve, Virgen esposa».
X. Convertidos en heraldos de Dios, los
Magos regresaron a Babilonia, cumpliendo, oh Cristo, tu vaticinio, y
anunciándote a todos sin preocuparse del necio Herodes, que no sabe
cantar: «Aleluya».
XI. Al brillar en Egipto la luz de la
verdad, tú hiciste huir las tinieblas del engaño. Y los ídolos, al
no soportar, oh Salvador, tu fuerza, cayeron. Y los egipcios,
liberados de los ídolos, exclamaron a la Madre de Dios:
«Salve, restauración de los hombres,
Salve, ruina de los demonios,
Salve, tú que pisaste el error del engaño,
Salve, tú que desenmascaraste el fraude de
los ídolos,
salve, mar que sumerges al intelectual
faraón,
Salve, piedra que da de beber a los
sedientos de vida,
Salve, columna ígnea que guía a quienes
están en tinieblas,
Salve, reparo del mundo más desprovisto de
nubes,
Salve, alimento que remplaza al maná,
Salve, ministra de santo gozo,
Salve, tierra prometida,
Salve, fuente de miel y de leche,
Salve, Virgen esposa».
XII. Estando Simeón próximo a dejar este
mundo engañoso, fuiste a él entregado como niño, pero reconocido por
él como perfecto Dios; admirado por esto de tu sabiduría infinita,
gritó: «Aleluya».
XIII. El Creador mostró su nueva creatura
revelándola a nosotros nacido de Él; engendrándola en seno intacto y
conservándola, como era, inmaculada; a fin de que nosotros, al ver
este prodigio, exclamemos con alegría:
«Salve, flor de pureza,
Salve, corona de castidad,
Salve, tú que iluminas el modelo de
resurrección,
Salve, tú que revelas la vida de los
Ángeles,
Salve, árbol de bello fruto, del que se
nutren los fieles,
Salve, tronco de hojas umbrosas, que
proteges a muchos,
Salve, tú que diste a luz al guía de los
errantes,
Salve, tú que engendraste al rescate de los
esclavos,
Salve, plegaria del juez justo,
Salve, perdón de muchos pecadores,
Salve, vestido de libertad para los
desnudos,
Salve, amor que sacia todo deseo,
Salve, Virgen esposa».
XIV. Al ver el milagroso parto, nos
alejamos del mundo y dirigimos el alma al cielo; para esto, en
efecto, Dios excelso apareció sobre la tierra como hombre miserable,
porque quiere atraer hacia lo alto a todos aquellos que exclaman:
«Aleluya».
XV. Todo era en la tierra y en nada
distante del cielo, el Verbo no circunscrito; fue simple descenso
divino, no cambiar de lugar; y fuiste parido por una Virgen
fertilizada por Dios, la que escucha estas palabras:
«Salve, lugar de Dios infinito,
Salve, puerta de adorable misterio,
Salve, noticia ambigua para los infieles,
Salve, orgullo seguro de los fieles,
Salve, sostén santísimo de Aquel que está
sobre los Querubines,
Salve, óptima morada de Aquel que está
sobre los Serafines,
Salve, tú que reconcilias a los enemigos,
Salve, tú que reúnes virginidad y parto,
Salve, tú por quien fue vencida la
transgresión,
Salve, tú por quien fue abierto el paraíso,
Salve, llave del reino de Cristo,
Salve, esperanza de bienes eternos,
Salve, Virgen esposa».
XVI. Todos los Ángeles se admiraron de la
gran obra de tu Encarnación: porque contemplaban a Aquel que como
Dios es inaccesible, accesible a todos como hombre, que vive entre
nosotros y escucha de todos: «Aleluya».
XVII. Vemos a los sabios charlatanes, mudos
como peces delante de ti, oh Madre de Dios: porque no pueden decir
cómo pudiste permanecer virgen y dar a luz. Pero nosotros, admirados
por el prodigio, gritamos con fe:
«Salve, vaso de sabiduría de Dios,
Salve, tesoro de su providencia,
Salve, tú que haces sabios a los
ignorantes,
Salve, tú que haces necios a los filósofos,
Salve, porque se idiotizaron los sutiles
discutidores,
Salve, porque se consumieron los poetas de
mitos,
Salve, tú que destrozas las intrigas de los
paganos,
Salve, tú que colmas las redes de los
pescadores,
Salve, tú que nos sacas del abismo de la
ignorancia,
Salve, tú que iluminas a muchos con el
conocimiento,
Salve, nave de quienes quieren salvarse,
Salve, puerto de quienes navegan en la
vida,
Salve, Virgen esposa».
XVIII. Queriendo salvar al mundo el Señor
de todas las cosas, vino Él mismo a él como mensajero; y siendo
Pastor como Dios, apareció entre nosotros hombre como nosotros; y
habiendo llamado a su igual con la igualdad, escucha como Dios:
«Aleluya».
XIX. Eres baluarte de las vírgenes, Virgen
Madre de Dios, y de quienes recurren a ti: el Creador del cielo y de
la tierra te creó, oh Inmaculada, morando en tu seno y enseñando a
todos a cantar en tu honor:
«Salve, columna de virginidad,
Salve, puerta de salvación,
Salve, principio de regeneración moral,
Salve, guía de bondad divina,
Salve, tú que regeneraste a quienes fueron
concebidos en el pecado,
Salve, tú que amonestas a quienes quedan
privados de inteligencia,
Salve, tú que anulaste al destructor de las
almas,
Salve, tú que pariste al Sembrador de
pureza,
Salve, tálamo de nupcias puras,
Salve, tú que reconcilias a los fieles con
el Señor,
Salve, bella nutriz de vírgenes,
Salve, tú que conduces a las nupcias a las
almas santas,
Salve, Virgen esposa».
XX. Por más extenso que sea, todo himno es
poco, comparándolo con tus grandes misericordias, y aunque te
eleváramos, oh Rey santo, tantos cantos cuantos granos de arena
haya, no cumpliríamos nada digno de lo que nos diste a nosotros que
exclamamos: «Aleluya».
XXI. Con la lámpara receptáculo de luz
aparecida a los que están en tinieblas, nosotros vemos a la Santa
Virgen: encendiendo la luz inmaterial, Ella guía a todos al
entendimiento de Dios, iluminando la mente con esplendor, y es
honrada con esta exclamación:
«Salve, rayo de sol intelectual,
Salve, flecha de luz inaccesible,
Salve, fulgor que iluminas las almas,
Salve, tú que como trueno aterrorizas a los
enemigos,
Salve, porque haces surgir múltiples
esplendores,
Salve, porque haces emanar caudaloso río,
Salve, tú que prefiguras la imagen de la
piscina,
Salve, tú que quitas la suciedad del
pecado,
Salve, lavado que purificas las
conciencias,
Salve, copa que viertes alegría,
Salve, olor del perfume de Cristo,
Salve, vida de místico banquete,
Salve, Virgen esposa».
XXII. Queriendo perdonar las antiguas
faltas Aquel que remite las deudas de todos los hombres, fue en
persona hacia quienes no estaban en su gracia; y roto el empeño, oye
de todos: «Aleluya».
XXIII. Alegres con tu parto, oh Madre de
Dios, todos te celebramos como templo viviente; porque al habitar en
tu seno el Señor que contiene todo en su mano, santificó, honró,
enseñó a todos a gritar en tu honor:
«Salve, morada de Dios y del Verbo,
Salve, santa más grande que las santas,
Salve, tesoro inagotable de vida,
Salve, preciosa diadema de los reyes
piadosos,
Salve, orgullo venerable de los sacerdotes
temerosos de Dios,
Salve, torre indestructible de la Iglesia,
Salve, baluarte invencible del Reino,
Salve, tú por quien se elevan los trofeos,
Salve, tú que abates a los enemigos,
Salve, salud de mi cuerpo,
Salve, salvación de mi alma,
Salve, Virgen esposa».
XXIV. Oh
Madre celebrada por todos, tú que engendraste al Verbo santísimo
entre todos los santos al acoger este don, protégenos a todos de
toda desventura y líbranos del castigo futuro a nosotros que
exclamamos en coro: «Aleluya».
3.4. Celebración litúrgica
Misa: «María Madre y Medianera de la Gracia»
(Complemento del Misal Romano, misa votiva de María n. 30).
Lectura de la Liturgia de las Horas: San
Ambrosio, «La Visitación de la santa María Virgen». (Tomo I: Tiempo
de adviento, 21 de diciembre).
4. El título «Madre de Dios» en la enseñanza
de la Iglesia
Es muy interesante observar que la Iglesia
nunca ha enseñado este título de María por sí mismo, sino siempre al
servicio de la Encarnación y de la obra salvadora de Jesús, como
consta por estos pocos ejemplos que he escogido, de las más antiguas
tradiciones. Y así es hasta hoy, como muestra el Catecismo de la
Iglesia Católica en los siguientes párrafos:
«Lo
que la fe católica cree acerca de María se funda en lo que cree
acerca de Cristo, pero lo que enseña sobre María ilumina a su vez la
fe en Cristo» (n. 487). «Llamada en los evangelios “la Madre de
Jesús” (Jn 2,1; 19,25), María es aclamada bajo el impulso del
Espíritu como “la Madre de mi Señor” (Lc 1,43) desde antes del
nacimiento de su Hijo. En efecto, Aquel que Ella concibió como
hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho
verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno
del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia
confiesa que María verdaderamente es “Madre de Dios” (“Theotókos”)»
(n. 495).
4.1. En Alejandría, antes del Concilio de
Nicea (principios del siglo IV). San Pedro de Alejandría, mártir
en el año 311, fue el sucesor del Patriarca Teonas (el que inició la
Basílica dedicada a la Madre de Dios en esa ciudad). Siendo el
Patriarca del Oriente, le tocó zanjar un profundo abismo que se
había abierto y que dañaba la unidad de la Iglesia. Muchos obispos
querían que la fiesta de Pascua se celebrara en un día fijo del año.
Otros pensaban que debía seguirse festejando en el día movible de la
Pascua según la tradición judía, es decir, el día llamado «catorce
de Nisán» (o sea durante la luna llena del primer mes de primavera,
como se celebra hasta hoy). San Pedro decidió en favor de esta
última propuesta, y el motivo es que Jesús murió y resucitó en la
fiesta de la Pascua de su pueblo.
San Pedro indica esta decisión en uno de sus
pocos escritos que se han conservado. Este fragmento contiene como
de paso el título de la Madre de Dios («Theotókos»).
¿Por qué la pascua se debe seguir celebrando en esa fecha? Las
razones que da el Patriarca son dos: La primera se basa en el plan
de Dios para nuestra salvación: porque en ese día murió Cristo
nuestra Pascua, y Él no quiso abolir la Ley y los profetas sino
llevarlos a cumplimiento. La segunda, es que sólo en Cristo
encontramos ahora la verdadera y definitiva salvación pascual;
porque su humanidad por la que se ha hecho nuestro cordero inmolado,
está unida para siempre a su divinidad. Y esa unión se realizó de
modo definitivo en su carne, que es la carne tomada de María, a la
cual, por este motivo, proclamamos «Madre de Dios». Dice así:
«Los sagrados profetas, en efecto, así como
todos los santos y los justos que cumplían los mandamientos del
Señor, celebraban junto con todo el pueblo una pascua que era tipo y
sombra. Pero el Señor y Creador de todas las creaturas visibles e
invisibles, el Hijo unigénito, Verbo coeterno con el Padre y el
Espíritu Santo y de la misma substancia de ellos según la divinidad,
nuestro Dios y Señor Jesucristo, en la plenitud de los siglos nació
según la carne de la santa y gloriosa Señora nuestra Madre de Dios y
siempre virgen, de María, en verdad Madre de Dios. Así es como se
hizo visible sobre la tierra como un hombre de la misma naturaleza
de los hombres según su humanidad. En verdad convivió con nosotros.
Él mismo, antes de su predicación, celebró la pascua con el pueblo
según las costumbres, y durante su predicación celebró la pascua
legal que era sombra y tipo, y comió el cordero que era su figura».
También su sucesor, el Patriarca San
Alejandro, usó el mismo título para condenar la herejía de Arrio en
el sínodo que celebró en su sede de Alejandría (entre los años
318/324). Se reunieron en la asamblea cerca de l00 obispos egipcios,
que excomulgaron al hereje Arrio y a varios de sus seguidores. El
Patriarca Alejandro escribió entonces una carta dirigida al obispo
Alejandro de Bizancio (después llamada Constantinopla) para explicar
a los obispos orientales el motivo de esa medida tan dura, y para
pedirles su apoyo, ya que varios de ellos parecían no advertir la
gravedad del error, y podrían tender la mano a los herejes.
Expone, ante todo, que la razón básica de la
excomunión es el hecho de que Arrio se apartó de la doctrina de los
Apóstoles. En efecto, negó que el Hijo de Dios encarnado en María
fuese de verdad Dios igual al Padre, y lo reconoció como la más alta
de las creaturas, que Dios habría hecho para, por medio de él, crear
todas las cosas. Naturalmente María, en ese caso, no puede ser
llamada «Madre de Dios», de manera justa. El problema grave es que,
si es así, entonces la muerte y la resurrección de Jesucristo no
pueden salvarnos, porque serían de sólo una creatura muy elevada.
Para que el misterio pascual de Cristo sea nuestra salvación, es
necesario que éste sea Dios y hombre. Y esta es la verdad de fe que
la Iglesia confiesa cuando llama a María «Madre de Dios»:
«Reconocemos la resurrección de los muertos,
cuya primicia fue nuestro Señor Jesucristo, porque él tomó
verdaderamente un cuerpo, y no sólo en apariencia, de María Madre
de Dios, para, a fin de remover el pecado, venir a habitar en la
raza humana en la plenitud de los tiempos, ser crucificado y morir,
sin por ello sin embargo sufrir ninguna disminución en su propia
divinidad: resucitado de entre los muertos y asumido al cielo, está
sentado a la diestra de la Majestad».
4.2. En el Concilio de Efeso, un siglo
más tarde. Como antes dijimos, un monje llamado Nestorio fue elegido
Patriarca de Constantinopla el año 428. Su modo de enseñar quién es
Jesucristo era muy deficiente. Decía que Jesús era el Hijo de María,
en el cual el Hijo de Dios había hecho su templo, y habitando en él
lo había ungido. Por eso se le llama Cristo (esto es, «el Ungido»).
Como se ve, si fuera así, no habría tenido lugar una verdadera
Encarnación del Hijo de Dios. Para él era un escándalo que se
predicara: «El Hijo de Dios murió por nosotros», porque, decía, Dios
no puede morir. El que murió fue Jesús, el Hijo de María, en el que
habitaba la divinidad. Estas son algunas de sus palabras:
«En todas las partes de la divina Escritura en
que se hace mención de la carne del Señor, no se nos ha transmitido
la generación o la pasión de la divinidad, sino de la humanidad de
Cristo, de modo que tras una reflexión más cuidadosa, se debe llamar
a la santa Virgen “Madre de Cristo”, no “Madre de Dios”».
Es verdad que María es Madre de Cristo. Lo
malo es que Nestorio lo dijera para negar que fuera Madre de Dios.
Con eso claramente no reconocía que Jesucristo fuera en su misma
persona, desde la Encarnación en el seno de Ella, el Hijo de Dios y
el Hijo de María. Por eso el Concilio de Efeso, que lo privó de su
sede episcopal, definió como parte de nuestra fe, la Encarnación del
Hijo de Dios en la carne que recibió de María, formando una sola
persona. Y declaró:
«Por eso (los Padres) no dudaron de llamar
“Madre de Dios” a la Santa Virgen, no en cuanto la naturaleza del
Verbo o su divinidad hayan comenzado a existir de la Santa Virgen,
sino en cuanto de Ella fue engendrado el santo cuerpo animado con un
alma racional, unido al cual en una persona, confesamos que el Verbo
nació según la carne» (DS 251).
Era muy urgente definir la verdadera
Encarnación del Hijo de Dios, porque de otra manera su vida, su
muerte y su resurrección, si no son del Hijo de Dios, en realidad
serían acciones de un ser humano. Como se ve, nuestra salvación
sería también algo humano, y no una obra divina. En el fondo no
habríamos sido salvados por Jesucristo. Lo que el título «María
Madre de Dios» garantiza, es que su Hijo Jesús es de verdad, en su
misma persona, Dios y hombre. Por eso con su muerte y su
resurrección nos ha salvado. De nuevo se ve claro que este nombre de
María, más que centrarse en Ella, está al servicio de lo que es
Jesús, y de su obra salvadora por nosotros. María ha mostrado una
vez más, que toda su grandeza consiste en ser la humilde servidora
de su Hijo.
4.3. Algunos destacados autores
protestantes ante María. Por desgracia hay mucha ignorancia,
tanto entre católicos como entre hermanos separados, acerca de lo
que muchos de los más serios teólogos protestantes han creído acerca
de María. Es fácil, pero injusto, hablar en bloque. No fue tan
negativa como parece, por ejemplo, la fe de algunos grandes
reformadores. Otra cosa puede ser la actitud de muchos sectarios de
nuestros días. Imposible describir en forma general sobre lo que los
hermanos separados piensan de Ella; pues, no teniendo autoridad
doctrinal, cada Iglesia, secta o grupo, e incluso cada pastor o
teólogo dentro de ellos, tiene su propia enseñanza, que va desde la
piedad hasta el ataque. Voy a limitarme a citar, como un aperitivo,
algunos textos escritos por autores de entre ellos, que al menos
puedan ayudar, a los hermanos separados y a nosotros, a esperar en
espíritu de oración humilde, que un día sea posible que nos unamos
enteramente en la fe.
Lutero. La herencia del convento de los
agustinos, en el que él fue fraile, así como su propia vida de
piedad, se trasluce en el único pequeño libro que escribió sobre
María, entre los años 1520 y 1521, en medio de una época muy
tormentosa y crítica de su vida. Por ejemplo, en medio de este
período que dedicó al librito se incrusta la famosa Dieta de Worms.
He aquí algunos párrafos de su obrita:
El Magníficat
«Que otros escuchen a sus amantes entonar una
canción mundana; un príncipe y señor escuchará de buen grado a esta
casta Virgen, que canta un himno espiritual puro y salvador. No está
mal la costumbre de todas las iglesias de entonar cada día en las
vísperas este cántico con agradable y particular melodía. Que la
misma tierna Madre de Dios me quiera alcanzar espíritu para
exponer útil y profundamente su cántico».
«Para entender este cántico de alabanza, se ha de
notar que la benditísima Virgen María habla por su propia
experiencia, en la que fue iluminada y amaestrada por el Espíritu
Santo. Pues nadie puede entender a Dios y su palabra si no es
mediante el santo Espíritu».
«Yerran los que dicen que la Virgen no se gloría
de su virginidad, sino de su humildad; ella no se gloría ni de su
virginidad ni de su humildad, sino tan sólo de la mirada bondadosa
de Dios... La verdadera humildad nunca sabe que es humilde».
«Notad la palabra: no dice que hablarán muy bien
de ella, que alabarán sus virtudes, que enaltecerán su virginidad o
su humildad, ni que se cantarán canciones en su honor, sino
solamente que la llamarán bienaventurada porque Dios ha dirigido su
mirada a ella».
«Las cosas
grandes no son más que el hecho de ser la
Madre de Dios. Por eso ha
recibido tantos dones, que nadie puede comprenderlos. He aquí, pues,
el manantial de todos los honores y de su felicidad. Por eso la
Virgen es una persona única en todo el género humano, una persona
que supera todas las demás y a la que nadie puede compararse. Todos
sus loores se compendian en una palabra: cuando es llamada
Madre de Dios. Nadie puede
decir de ella cosa más grande, aunque tenga más lenguas que hojas y
hierbas (hay en el bosque), estrellas en el cielo y arenas en el
mar. Todo lo atribuye ella a la gracia de Dios y no a sus méritos,
aun siendo libre de pecado».
(Conclusión de la obra) «Aquí cesamos por ahora, y
pedimos a Dios la recta inteligencia de ese “Magníficat”; que no
solamente nos ilumine y nos hable, sino que arda y viva en el cuerpo
y en el alma. Concédanoslo Cristo por la intercesión y voluntad de
su amada Madre María. Amén».
De otras obras
Devocionario: «¡Oh cuán grande es el gozo
del amor inconmensurable de Dios, de que el hombre pueda gloriarse
de un tesoro tan enorme como el de tener a María como Madre, a
Cristo como hermano y a Dios como Padre».
Sermón de Navidad (1523): «Se nos ha dado
este niño y nosotros somos hijos de María... ¿Quién no dejaría la
propia madre, para convertirse en hijo de María? Esto no sólo puedes
conseguirlo, sino que se te ofrece... Todo lo que es suyo es también
nuestro: por eso su madre es nuestra madre».
Max Thurian, un monje calvinista de
Taizé, después convertido a la Iglesia Católica y ordenado
sacerdote, durante su época protestante estudió y meditó la
Escritura con corazón abierto, tratando de sobreponerse a los
prejuicios confesionales (pues bien sabemos que Calvino poco
simpatizaba con el título «Madre de Dios»). Así descubrió en la
Palabra revelada una doctrina exquisita sobre María, que estampó en
un famoso libro, en 1962. Dedica algunas páginas a la actitud de los
grandes autores de la Reforma.
María, Madre del Señor,
figura de la Iglesia
«Cuando la antigua liturgia latina llama a
María “Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor”, cuando el
Concilio de Efeso le da el nombre de “theotókos, Madre de
Dios”, la tradición aquí no tiene más mérito que el de descubrir el
verdadero sentido del Evangelio, y particularmente de las palabras
de Isabel: “la madre de mi Señor”. El dogma de Efeso tiene por
esencia una extensión cristológica: no se titula a María Madre de
Dios para la glorificación personal suya, sino por Cristo, para que
la verdad sobre la persona de Cristo quede inundada de luz. Con eso
mismo es María sierva del Señor; el dogma que gira en torno de ella
está al servicio de la verdad que concerne a su Hijo, el Señor. El
Concilio de Efeso, llamándola Madre de Dios, reconoce en Cristo dos
naturalezas, la divina y la humana, y una sola persona; así reconoce
también la realidad de la encarnación del Hijo de Dios en María
desde su milagrosa concepción...
En la Reforma, Lutero y Zuinglio tuvieron el
mayor respeto por la definición del Concilio de Efeso. Lutero, en
1539, escribía en un tratado Sobre los Concilios y las Iglesias:
“Así, este concilio (de Efeso), no ha establecido nada nuevo en la
fe, sino que ha defendido la antigua fe contra la oscura novedad de
Nestorio. Efectivamente, el artículo según el cual María es Madre de
Dios, ha existido en la Iglesia desde el principio, y no ha sido
creado como novedad por el Concilio, sino que está sostenido por el
Evangelio o por la Sagrada Escritura. Porque, en san Lucas (1,32) se
halla que el Ángel Gabriel anuncia a la Virgen que ha de nacer de
ella el Hijo del Altísimo. Y santa Isabel dice: “¿De dónde a mí que
la Madre del Señor venga a mí?” Y los ángeles proclaman en Navidad
todos juntos: “Hoy os ha nacido un Salvador, que es Cristo el
Señor”. Igualmente, San Pablo (Gal 4,4): “Dios ha enviado a su Hijo,
nacido de una mujer”. Estas palabras, que yo creo verdaderas,
sostienen en verdad con bastante firmeza que María es la Madre de
Dios.
Zuinglio hizo imprimir en 1524 un sermón sobre
“María, siempre virgen pura, Madre de Dios”. En él, emplea
libremente el título de Madre de Dios. En un pasaje en el que se
defiende de la acusación de que era objeto por parte de personas de
mala voluntad que pretendían haberle oído hablar de María como de
una pecadora igual a cualquiera otra criatura, declara: “Nada he
pensado, ni menos enseñado o públicamente hablado cosa en modo
alguno deshonrosa, impía, indigna o maligna en puntos concernientes
a la pura Virgen María, Madre de nuestra Salvación... Séame
suficiente el haber expuesto a los piadosos y sencillos cristianos
mi neta convicción referente a la Madre de Dios: creo firmemente,
según las palabras del santo Evangelio, que esta Virgen pura nos ha
dado a luz al Hijo de Dios, quedando en y después del alumbramiento,
Virgen pura e intacta eternamente”»"
4.4. Una poesía de Lope de Vega puede
ayudarnos a meditar en este misterio, más que otras palabras doctas.
La tituló María:
De una Virgen hermosa
Celos tiene el sol,
Porque vio en sus brazos
Otro sol mayor.
Cuando en el Oriente
Salió el sol dorado,
Y otro sol helado
Miró tan ardiente,
Quitó de la frente
La corona bella,
Y al pie de la Estrella
Su lumbre adoró,
Porque vio en sus brazos
Otro sol mayor.
«Hermosa María,
Dice el sol, vencido,
De Vos ha nacido
El Sol que podía
Dar al mundo el día
Que ha deseado».
Dijo esto, humillado,
A María el sol,
Porque vio en sus brazos
Otro Sol mayor.
4.5. Celebración litúrgica
Misa: «Santa María, Madre del Señor»
(Complemento al Misal Romano, misa votiva de María n. 19).
Lectura de la Liturgia de las Horas: San
Cirilo de Alejandría, Alabanzas de María Madre de Dios». (Tomo IV: 5
de agosto).
5. María, Madre del Cristo total
5.1. María, Madre de la Iglesia. Jesús
encomendó a su Madre, desde la cruz, la misión de velar
maternalmente por toda la Iglesia representada en el discípulo amado
(ver Jn 19,26-27). Así como el dolor de Jesús hasta la muerte no es
sólo un sufrimiento físico y moral, sino la pasión que nos ha
liberado a todos nosotros; así también María puso sus dolores al
servicio de la misión salvadora de su Hijo. Por eso la devoción a
María no consiste «en un afecto estéril y transitorio» (LG 67), sino
en seguir a su Hijo hasta la muerte como lo hizo Ella, al servicio
de la misión de salvar y liberar a todo ser humano desde la
comunidad de la Iglesia.
San Juan es un escritor al que mucho le gustan
los símbolos. Al narrar sobre María al pie de la cruz, no la llama
por su nombre, sino «la Madre de Jesús». Al lado está «el discípulo
al que Jesús amaba», a quien se refiere cinco veces en su Evangelio
(ver Jn 13,23; 19,26-27; 20,2; 21,7.20). No dice que sea Juan, pero
la tradición de muchos siglos acostumbra descubrir en el «discípulo
amado» al mismo autor del Evangelio. En todo caso, lo que a éste le
importa es lo que representa «el discípulo a quien Jesús amaba»,
que, por el modo como Juan se expresa en otros lugares, es «el que
acoge mis mandamientos y los guarda» (Jn 14,21-23). De él dice Jesús
que ya no es su siervo, sino su amigo, porque ha recibido en su
corazón todo cuanto Él le ha revelado, y ha aprendido de Él a amar
hasta la muerte (ver Jn 15,13-15: 1 Jn 2,5).
«Viendo Jesús... dice» (Jn 19,26). Esta es una
expresión con la que San Juan quiere indicar una revelación. No
habla sólo de la mirada con los ojos del cuerpo. Sino que, para San
Juan, ver tiene un sentido más hondo: la persona que ve, descubre lo
que hay en el interior de la otra. Jesús, pues, está a punto de
revelar el significado profundo de la unión secreta que hay entre su
Madre y el discípulo que ha acogido con espíritu de fe la verdad y
el mandato de Jesucristo: «He ahí a tu Madre... he ahí a tu hijo» (Jn
19,26-27). Es el envío a una misión, como última voluntad suya. No
es sólo una escena familiar, o un encargo de que Juan cuide a su
Madre; pues la misión está primero encomendada a ella.
Sino que es el encargo de una misión eclesial, como desde los
principios del cristianismo lo entendió la Iglesia, según el
testimonio de Orígenes, que en la primera mitad del siglo III
transmite lo que los Padres de la Iglesia anteriores a él habían
enseñado:
«Debemos, pues, atrevernos a decir que las
primicias de todas las Escrituras son los Evangelios, pero que de
los Evangelios es primicia el de Juan. Mas no puede comprender su
sentido sino quien hubiese reposado sobre el pecho de Jesús, y
recibido de Jesús a María de modo que la acogiese como su propia
madre. En efecto, se deberá hacer tal como otro Juan, del que Jesús
pueda declarar como de Juan que es Jesús. Porque si, según quienes
han enseñado sanamente sobre ella, ningún otro fue su hijo fuera de
Jesús, y Jesús dice a la Madre: “He ahí a tu hijo” (Jn 19, 26), y
no: “Éste es también tu hijo”, es lo mismo que si le dijese: “Éste
es Jesús a quien has engendrado”. Porque el que es perfecto “ya no
vive, sino Cristo vive en él” (Gal 2, 20); y puesto que Cristo vive
en él, de él dice a María: “He ahí a tu hijo”, Cristo».
La Tradición de la Iglesia, desde los primeros
siglos del cristianismo, ha acogido en su fe esta narración de Juan
como la razón que motivó la virginidad perpetua de María. Esto es,
como una consagración de toda su persona, con un corazón libre de la
responsabilidad sobre una familia natural, para entregarse sin
reservas, y consagrada al Reino de Dios, a velar con amor de Madre
por aquellos que, habiendo creído en Jesús, son «otros cristos».
San Juan no sólo ve el dolor materno de María
desde el punto de vista emotivo y humano, sino como el de una mujer
que está a punto de parir: en la Encarnación concibió a Jesús, el
Hijo de Dios en la carne, que es la Cabeza del Cuerpo completo de
Cristo (como San Pablo lo llama). De manera parecida al pie de la
cruz concibió en su corazón a la Iglesia, que es el Cuerpo de
Cristo. Nosotros, como miembros de ese Cuerpo, la aceptamos en la
fe, y, por encargo de Jesús, como a nuestra Madre. Es lo que quiere
decir Orígenes: la clave para entender la Escritura son los
Evangelios, y para comprender los Evangelios la clave es el de San
Juan. Sin embargo, nadie puede penetrar en su significado con las
solas fuerzas de la mente, porque no se trata de una ciencia
teórica, sino de la vida íntima de Jesús. Por ese motivo sólo puede
captar su significado quien, como Juan, haya recostado su cabeza
sobre el pecho del Maestro, es decir, quien tenga sus mismos
sentimientos acerca de todas las cosas. Y de entre estos
sentimientos de Jesús, el más delicado e íntimo es el que siente por
su Madre. Por esta razón, sólo llega a profundizar en quién es
Cristo, aquel que hubiese también acogido a María como a su propia
Madre.
Por eso, si, como enseña el Concilio, la
verdadera devoción a María consiste en reconocer con el Evangelio
sus virtudes para imitarla (ver LG 67), entonces la Iglesia no puede
tener mejor devoción a María, que aprender de Ella cómo vivir su
propia misión de madre. He aquí un bello texto del Card. de Lubac,
testigo con San Agustín de cuán tradicional es esta doctrina entre
los cristianos:
«San Agustín recurre frecuentemente al tema:
“también la Iglesia es virgen y madre”. En una y otra él admira la
misma virginidad fecunda, o la misma fecundidad virginal. Para
celebrar esta virginidad de la gran “Madre de los vivientes”, que lo
hace “imitar a la Madre de su Señor”, San Agustín trae a colación,
entre otras razones, su fe siempre íntegra, su esperanza firme y su
amor sincero. Así presenta a la misma luz esta “virgen sagrada”,
esta “Madre espiritual”, “en todo semejante a María”, en su acto de
dar a luz... La Iglesia da a luz multitudes, y las hace sus hijos
reunidos de todos los lugares, otros tantos miembros de un cuerpo
único. En modo semejante a como María, dando a luz a uno, llega a
ser madre de las muchedumbres, así la Iglesia, dando a luz a las
muchedumbres, se convierte en madre de la unidad».
5.2. Celebración litúrgica
Misa: «La Virgen María junto a la cruz del
Señor» (Complemento del Misal Romano, misas votivas de María nn. 11
y 12).
Lectura de la Liturgia de las Horas: Bto.
Guerrico, «María, Madre de Cristo y de los cristianos». (Memoria de
Santa María en Sábado, fórmula 2).
6. María, «peregrina de la fe»
6.1. La virtud primordial de María. El
Papa señala en su carta sobre el Tercer Milenio la luz bajo
la cual conviene que contemplemos a la Madre de Dios: «María,
dedicada constantemente a su Divino Hijo, se propone a todos los
cristianos como modelo de fe vivida» (TMA 43). Es que la
verdadera devoción a María, como leemos en el Concilio, «procede de
la fe auténtica», y consiste en «reconocer la excelencia de la Madre
de Dios, que nos impulsa a un amor filial hacia nuestra Madre y a la
imitación de sus virtudes» (LG 67). Poer eso hemos de partir de la
virtud fundamental de la fe, que es la raíz de nuestra respuesta a
la Palabra de Dios que se nos revela, y por lo mismo es la base de
nuestra salvación.
Juan Pablo II en su encíclica La Madre del
Redentor muestra cuánto le gusta este tema, por las muchas veces
que lo trata, bajo multitud de aspectos. Vamos a esforzarnos por
seguirlo meditando algunos de ellos. Comenzamos con las palabras de
Isabel: «¡Dichosa tú, que has creído! Porque lo que te ha dicho el
Señor se cumplirá» (Lc 1,45). El Papa, como es natural, vuelve los
ojos al Concilio, para entender lo que este «has creído» significa (RM
13): «Cuando Dios se revela, el hombre tiene que someterse con la
fe (Rom 16,26; 1,5; 2 Cor 10,5-6). Por la fe el hombre se
entrega entera y libremente a Dios, le ofrece “el homenaje de su
entendimiento y voluntad” (DS 3008), asintiendo libremente a lo que
Dios revela (DV 5)».
Por eso la semilla en la que todo el fruto de
la fe de María se halla como en germen, es su entera apertura de
corazón para acoger, sin reserva alguna, la voluntad de Dios sobre
su vida, que Éste le reveló por el Ángel. Ella le respondió: «Aquí
está la sierva del Señor, que se haga en mí tu Palabra» (Lc 1,38).
Esta fe está unida a su gracia. Podríamos decir que el Señor la hizo
desde el primer momento de su existencia la «llena de gracia», para
que pudiera responder a su vocación con la plenitud de su fe. Por
eso el Papa escribe: «La plenitud de gracia, anunciada por el
ángel, significa el don de Dios mismo; la fe de María,
proclamada por Isabel en la Visitación, indica cómo la Virgen
de Nazaret ha respondido a este don» (RM 12c).
Esta fe es muy semejante a la de Abraham (RM
14), a la que los hebreos reconocían como su «Padre en la fe», y de
quien dice Pablo que también lo es de quienes creemos en Jesucristo
(Rom 4). La Carta a los Hebreos dice: «La fe es el fundamento de lo
que se espera y el cimiento de lo que no se ve. Por ella obtuvieron
nuestros antepasados la aprobación de Dios» (Heb 11,1-2). Abraham
era un hombre sencillo, tenía sus ganados, creía en los dioses de su
tierra (Ur de Caldea), como casi todos en su tiempo no sabía leer ni
escribir. Sin embargo, cuando el Señor lo llamó y le dijo: «Deja tu
tierra, tus parientes y la casa de tu padre, y vete a la tierra que
yo te indicaré», él «partió como le había dicho el Señor» (Gén
12,1.4). Cuando Dios le reveló su voluntad, Abraham la aceptó
poniendo toda su vida al servicio de la Palabra divina.
Así es la fe de María, la fiel israelita. Por
eso tanto en la Anunciación como en el Magníficat se declaró a sí
misma «la sierva del Señor», porque éste era el título de honor de
Israel su pueblo, ser «el siervo de Yahvé». Y esa apertura de María
a cuanto el Señor le pedía fue completa: «María ha pronunciado este
fiat por medio de la fe. Por medio de la fe se confió a Dios
sin reservas» (RM 13d). Su respuesta fue la más amplia posible a un
ser humano, dejando la puerta de su vida de par en par abierta para
que la voluntad del Señor entrase y saliese con libertad completa.
Por eso Abraham es nuestro «Padre en la fe», porque en esa tierra
fecunda de su disposición Yahvé pudo sembrar su propio pueblo de la
Antigua Alianza del que los cristianos somos herederos; y María es
la «Madre de los creyentes» porque también de su fe se originó el
pueblo de la Nueva Alianza que Dios quería construirse por medio de
su Hijo.
Pero María, como Abraham, era una mujer
sencilla. Su fe tuvo que desarrollarse y crecer como la de su padre,
fundador de su raza. Por eso el Papa escribe que las palabras de
Isabel: «Dichosa tú la que has creído», «no se aplican únicamente a
aquel momento concreto de la Anunciación. Ciertamente la Anunciación
representa el momento culminante de la fe de María a la espera de
Cristo, pero es además el punto de partida, de donde inicia todo su
camino hacia Dios» (RM 14b). En efecto, su fe fue creciendo mediante
el contacto con su Hijo, día tras día. Por ejemplo, cuando lo
presentó en el templo, Simeón, «lleno del Espíritu Santo», proclamó
quién era ese niño y cuál era el plan salvador de Dios por su medio.
María y José admiraban lo que se decía de El, pero no lo
comprendían, sino que debieron meditarlo para irlo asimilando poco a
poco (Lc 2,33). Así también cuando Jesús se les perdió en el templo,
y lo hallaron después de buscarlo por tres días llenos de angustia,
El les contestó: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo
ocuparme de los asuntos de mi Padre?» «Pero ellos no comprendieron
lo que les decía. Su Madre conservaba cuidadosamente todos estos
recuerdos en su corazón» (Lc 2,49-51).
«Hallándose al lado del Hijo, bajo un mismo
techo y “manteniendo fielmente la unión con su Hijo”, “avanzaba
en la peregrinación de la fe”, como subraya el Concilio (LG 58).
Y así sucedió a lo largo de la vida pública de Cristo (Mc 3,21-35);
de donde, día tras día, se cumplía en ella la bendición pronunciada
por Isabel en la Visitación: “Feliz la que ha creído”» (RM 17d). En
efecto, durante toda la vida pública de su Hijo, María estuvo a su
lado como fiel y sencilla servidora de su misión, junto con otras
mujeres.
En una ocasión en que Jesús predicaba, unas
personas le avisaron: «Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y
quieren verte». Él les respondió: «Mi madre y mis hermanos son los
que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica» (Lc 8,20).
Este no fue un desconocimiento de su Madre, como decían algunos
sectarios desde los primeros siglos, por medio del cual Jesús la
hubiese rechazado. Por el contrario, como San Agustín explica, y es
la enseñanza continua de la Iglesia, Jesús alaba a su Madre por ser
la mujer de fe que ha acogido enteramente la Palabra de su Padre, y
por eso ha sido digna de que Dios la eligiese de antemano como su
Madre. Porque en realidad Ella lo concibió primero en su corazón por
su fe, y sólo después en su seno corporalmente. Comenta San Agustín:
«Dichosa María, la que dio a luz por la fe al mismo que había
concebido por la fe, concibiéndolo antes en su mente que en su
vientre».
He aquí un bello texto de Max Thurian, cuando
aún era protestante:
«Primeramente, la fe de María es un acto de
ofrecimiento: “Heme aquí”, ya que es enteramente gracia de Dios, es
natural que devuelva toda gracia a Dios, en la ofrenda de todo su
ser. Este movimiento es de una maravillosa pureza. La sobriedad de
las palabras hace refulgir con mayor luz el esplendor de la gracia
en ella.
Luego la fe de María es un acto de obediencia:
“Soy la Sierva del Señor”. María entra a formar parte del plan de
Dios, acepta la terrible vocación de Hija de Sion, la desconcertante
función de Madre del Mesías. No acoge esta vocación como una gloria
para ella, sino como un servicio hecho a Dios. Con este magnífico
servicio, también acepta la bajeza de una situación anormal: ser una
madre virgen, la posible crítica de los que lo rodean, el cierto
desprecio de José, su desposado. Todo esto queda aceptado y acogido
en la obediencia de un servicio hecho a Dios. La Sierva del Señor no
discute sino que se entrega a su Dueño.
Finalmente la fe de María es un acto de
confianza: “¡Hágase en mí según tu Palabra!”. Luego de un instante
de turbación por el saludo angélico, María ha consentido en primer
lugar en su maternidad mesiánica; no ha dudado de las palabras del
Ángel, sencillamente ha preguntado el cómo de esta maternidad, ya
que no tiene relaciones con ningún varón. Finalmente, cuando el
Ángel de Dios le revela que será como el Arca bajo la Nube luminosa,
que el Poder del Altísimo la cubrirá con su sombra, que Isabel, en
su maternidad, es una señal del poder inmenso y total de Dios, ella
se limita a asentir a estas palabras y se pone al servicio del
Señor. El movimiento de fe de María es de una gran sencillez y
pureza; turbación ante el misterio, aceptación de la maternidad y
pregunta sobre el modo, fe y obediencia a la Palabra de Dios.
Reproduce en sí misma el típico movimiento de la fe cristiana que se
acepta, fruto únicamente de la gracia de Dios. Cuando la gracia
alcanza la conciencia del hombre, en primer lugar hace que se
levante una turbación de orden natural; luego, entregándose por
entero al movimiento de la gracia, se pregunta el por qué de los
grandes misterios de la fe, y después, ya iluminado por la palabra
de Dios y del Espíritu Santo, penetra en la vida de la fe,
entregándose al servicio de Dios, y confiando ciegamente en la
verdad del Evangelio».
6.2. Celebracion litúrgica
Misa: «La Virgen María, amparo de la fe»
(Complemento del Misal Romano, misa votiva de María n. 35).
Lectura de la Liturgia de las Horas: San León
Magno, «María, antes de concebir corporalmente, concibió en su
espíritu». (Tomo II: 16 de julio).
7. La vocación de José, esposo de María
7.1. Qué no seguir diciendo sobre San José.
Con frecuencia no se predica la doctrina de la Iglesia, porque se
conoce poco. La salida fácil es repetir lo común, muchas veces
retoño de leyendas apócrifas, porque es lo popular y llamativo.
Proclamar la enseñanza eclesial nos exige investigar, estudiar,
reflexionar, y muchas veces no estamos dispuestos a pagar el precio.
Por eso nuestro pueblo se queda con ideas falseadas que no responden
a lo que nos dice la Palabra de Dios, sea por la Escritura, sea por
la Tradición real de la Iglesia. Y de esta manera continuamos
arrastrando el peso de historietas tal vez bonitas pero desgastadas,
que no nos ofrecen la figura real del José que el Señor ha querido
como esposo de la Madre de su Hijo hecho carne, y padre adoptivo
(pero real, con plenos títulos), del Hijo de David, el Mesías. No
podemos seguir repintando esta imagen tan desdibujada, sin pagar
precios excesivos:
En primer lugar, la Iglesia nos propone
los santos no sólo como intercesores, sino de modo muy especial como
guías, por su manera de seguir a Cristo, que nos llevan hacia el que
es el único Camino al Padre. ¿Pero qué hacer cuando la guía está
falseada? ¿A qué vida cristiana puede conducirnos, sino a errar el
sendero?
En segundo lugar, cuando presentamos
una imagen que no responde a la del plan de salvación que el Padre
quiso para nosotros y nos reveló en la Escritura, dejamos preparado
el camino para que algún predicador de sectas haga caer en la cuenta
a cualquiera de nuestros fieles, de que lo hemos engañado. Y así,
éste puede fácilmente (y por desgracia con parte de razón por culpa
nuestra), buscar lo que cree que es la «verdad» en otra parte, donde
al menos se ilusiona que puede hallarla.
7.2. La imagen piadosa, pero falsa. Ha
provenido básicamente de evangelios apócrifos.
Estos pintan a José muy anciano, con la varita florecida en la
derecha, viudo con doce hijos (seis varones y seis mujeres), que
cede cuando lo presiona el Sumo Sacerdote del templo de Jerusalén
para que se case con María, que era una adolescente (de unos 15
años) a quien sus padres habrían dedicado al Señor a los tres años
para que sirviera toda la vida entre las vírgenes consagradas del
templo.
Ya Orígenes, en la primera mitad del siglo III,
dice que estos relatos fueron escritos por cristianos de buena
voluntad, que creen bien lo que explican mal. Ellos querían proteger
la virginidad de María de dos maneras: en la concepción de Jesús,
pintando a un José ya muy anciano, que no sentía los impulsos de su
naturaleza marital, de modo que sólo sería protector de María. Y
dibujándolo como padre de seis hijos y seis hijas, soñando probar
que los llamados hermanos y hermanas de Jesús (de los que hablan
Mc 3,31; 6,3; Mt 13,55-56) serían en realidad medios
hermanos de Jesús (y eso por vía de adopción) porque serían hijos
previos de José. Los escritores apócrifos creen bien, es decir,
sobre la virginidad perpetua de María; pero la explican mal. Lo digo
por varios motivos:
1º Primero, porque estos autores, de
origen griego, imaginaban de buena voluntad, sin siquiera conocer
bien la cultura de Israel, en la que se encarnó el Hijo de Dios y en
que fue escrita la Palabra revelada. Por ejemplo, el Evangelio de
San Lucas nos dice que María es de Nazaret, y no hay razón alguna
para hacerla hija de un noble rico de Jerusalén, como los apócrifos
la pintan. Además, no pudo vivir en el templo de Jerusalén, porque
jamás vivieron vírgenes en él (cuya entrada más allá del atrio de
las mujeres les estaba a éstas severamente prohibida); sino que más
bien la costumbre de vírgenes vestales era común a unas religiones
paganas, de las que estos escritores griegos tomaron el modelo. Ni
el Sumo Sacerdote realizaba el matrimonio, que aún no era un
sacramento, sino un contrato civil con fuerza religiosa realizado
por los jefes de los clanes familiares.
2º Segundo, porque si José hubiese
tenido varios hijos varones mayores que Jesús, alguno de ellos y no
éste sería el Mesías descendiente de David (porque entre los hebreos
siempre se recibía la herencia y la pertenencia a una tribu por el
padre, no por la madre); además ellos (habiendo faltado José antes
de la vida pública de Jesús, como se supone por su total ausencia de
ésta), hubieran sido la autoridad en la familia, incluso sobre Jesús
y María.
3º Tercero, que es lo más grave a mi
parecer, el no tener relaciones maritales con María, no se habría
debido a virtud de José, sino a la impotencia de su vejez, lo que no
es motivo alguno de imitación cristiana. La figura apócrifa de José,
en cuanto un santo modelo nuestro, aunque emotivamente bella, en el
fondo queda religiosamente vacía.
7.3. Los datos de la Escritura. Sobre
ellos debemos predicar. Son pocos pero muy valiosos. He aquí los
principales:
La ascendencia de José. Las dos
llamadas «genealogías» de Jesús indican, más precisamente, lo
que teológicamente significa su origen. Así comienza, por ejemplo,
el Evangelio de Mateo 1,1: «Libro del origen de Jesucristo, Hijo de
David, Hijo de Abraham». La meta de Mateo es mostrar por qué Jesús
es el Cristo (o sea el Mesías, el Ungido de Israel), a partir de su
linaje de la familia de David, por la línea adoptiva de José. Entre
los hebreos, como dijimos arriba, la herencia y la descendencia
familiar en la tribu siempre se transmitía por el padre, aunque
fuese adoptivo. Y que Jesús hubiese recibido esta herencia sin ser
hijo natural de José, lo indican las dos genealogías narradas por
los Evangelios, que terminan en José, «esposo de María, de la cual
nació Jesús, llamado el Mesías» (Mt 1,16; Lc 3,23).
Además, los dos Evangelios de la Infancia
hacen notar que José era el descendiente de David. Mt 1,20
pone esta revelación en las palabras del ángel: «José, hijo de
David...» Y Lc 1,27, en el texto de su propia redacción: «...
a una virgen casada con un varón de nombre José, de la casa de
David».
La vocación de José.
Es el relato evangélico más amplio acerca de su persona, en Mt
1,18-25. Este relato ofrece, del modo apenas insinuado, una enorme
riqueza de datos:
Mt 1,18: estaba casado con María, «y
antes de que vivieran juntos, (ella) se encontró encinta por obra
del Espíritu Santo». Es decir, ella fue llamada por Dios para una
vocación (véase la Anunciación en Lc 1,26-39), en el tiempo
que, según las costumbres judías, mediaba entre su matrimonio y la
fecha en que la recién casada era conducida a la casa del esposo
para iniciar la vida de matrimonio. Solían pasar varios meses, hasta
que el joven (que solía tomar esposa poco después de llegar a la
edad en que podía asumir sus deberes cívicos y religiosos, o sea
alrededor de los 20-22 años), pagaba a la familia de la esposa un
precio simbólico (ganado por él) porque ella pasaría enteramente a
formar parte del propio clan y tribu del marido. Durante ese tiempo,
además, el joven debía asegurar su propia vivienda, por modesta que
fuese. Fue entonces cuando José, que debió tener esa edad aproximada
(y el Evangelio no ofrece ninguna pista para pensar lo contrario),
advirtió que su esposa había concebido por obra del Espíritu Santo.
Naturalmente sabía que el niño que María llevaba en su vientre no
era hijo natural suyo, y por otra parte nadie mejor que él podía
darse cuenta de que Ella seguía siendo virgen (signo de que Ella no
le había sido infiel, sino que el fruto de sus entrañas provenía de
una intervención divina).
Mt 1,19: el evangelista escribe que
José era «un hombre justo, y no queriendo denunciarla, decidió
dejarla en secreto». La mejor explicación de este verso que conozco,
es la de San Basilio: si José era un hombre justo, y por justo se
consideraba el hebreo que cumplía la ley de Moisés hasta sus últimas
consecuencias (véase Lc 1,6), entonces él habría tenido la
obligación ante Dios de denunciar ante el tribunal a María, si
hubiese sospechado que era adúltera. Si en conciencia decidió no
hacerlo, se debió a que se daba cuenta de la inocencia de ella, pues
le era evidente que seguía siendo virgen. ¿Entonces por qué decidió
dejarla? San Basilio nos dice atinadamente: porque, una vez que su
esposa tenía una misión de por vida que le venía del Señor, José ya
no sabía qué sentido podía tener su propio matrimonio con ella, y
más bien temería serle un impedimento. Esta fue una decisión en
medio de una circunstancia muy angustiosa. Por eso el ángel le dijo:
Mt 1,20: «No temas, hijo de David, de
recibir a María tu esposa» (es decir, de conducirla a tu casa). En
la Escritura la frase «no temas» es algo común, y suele
indicar una vocación de una persona pequeña y débil, para una misión
en la cual Dios actuará, pero la persona llamada deberá corresponder
abriéndose a la acción divina.
Al recibir José a María como esposa, Ella entra a formar parte de su
familia y de su clan y tribu. Por José, María, que era por
nacimiento de la tribu de Leví (pues según Lc 1,5.36 María
era «cosanguínea» de Isabel, la cual era «hija de Aarón», hermano de
Moisés), pasó a pertenecer al clan familiar de su esposo, que era de
la tribu de Judá y de la familia de David. Por eso María, desde su
matrimonio con José, pasó a ser hija de David, y por este motivo
también Jesús lo es, al nacer de Ella y ser acogido por José como su
propio Hijo. Así lo explica el Catecismo de la Iglesia Católica n.
437:
«José
fue llamado por Dios para “tomar consigo a María su esposa, encinta
“del que fue engendrado en ella por el Espíritu Santo” (Mt 1,20)
para que Jesús “llamado Cristo” nazca de la esposa de José en la
descendencia mesiánica de David (Mt 1,16; ver Rm 1,3; 2 Tim 2,8; Al
22,16)».
Mt 1,21: «Ella dará a luz un hijo y tú
le llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados». Es
la misión para la cual el Señor ha elegido a José: adoptar a Jesús,
hijo de su esposa concebido por la acción del Espíritu Santo,
mediante la expresión ritual y paterna de ponerle el nombre. De
José, Jesús hereda la descendencia mesiánica de David. Es decir,
todas las promesas mesiánicas, ya que David es el Ungido (o
sea el Cristo) rey de Israel, así como lo serán sus descendientes
que lo sucederían en el trono, especialmente el Cristo,
es decir, el Ungido por excelencia, que realizará para nosotros el
plan salvador del Padre. Por José, Jesús se integra en las promesas
mesiánicas. Y por lo mismo José, por vocación, sirve de lazo de
unión entre las promesas del Antiguo Testamento y su cumplimiento en
el Nuevo. Una vocación tan inmensa en favor de toda la raza humana,
también le exige muchas renuncias; una de ellas es la de su vida
matrimonial en el sentido sexual. Él se mantuvo virgen por fidelidad
a la misión que le fue confiada, para entregarse a ella sin
reservas.
7.4. José, modelo y guía de la vida
cristiana. Ante la grandeza de su vocación, quedan diluidos
muchos de los relatos apócrifos, como narraciones sin sentido. Y es
que un santo no sólo es intercesor, sino también, y sobre todo,
modelo del vivir en Cristo. Por ejemplo, como hemos dicho, si José
hubiese sido virgen como protector de María porque, ya viudo, viejo
y cargado de hijos, ya no tuviese vivo el instinto marital, no
serviría a nadie como un modelo para seguir a Cristo en su entrega
libre y sacrificial por todos.
Es mejor que, para tenerlo como ejemplo de
vida cristiana, atendamos a sus virtudes reales, que aprendemos de
la Escritura:
Su fe obediencial. Esta es su virtud
original, a semejanza de la fe de su esposa. El Concilio describe la
virtud de la fe como el acogimiento que hace el ser humano con toda
su persona, mente y voluntad, de la Palabra de Dios que se le revela
(ver DV 5). Por ella también Abraham y María habían
renunciado a todo para entregarse a la Palabra del Señor que los
llamaba.
Su entrega sacrificial por la salvación de
sus hermanos. Por este motivo permaneció virgen. Esta es una
virtud apostólica, como es, según el Concilio, el voto de celibato
de los presbíteros y el de castidad de los religiosos (ver PO
16; PC 12). No se debe ni a un menor aprecio de la vida
conyugal (ya que José era casado) ni a una fuga de sus deberes
maritales; sino a su entrega al servicio del Reino de Dios, que
supera todos los otros bienes.
Su trabajo silencioso, a pesar de ser
tan elevada su misión, sin pretender dignidades para sí mismo, sino
todo para Jesús. Desde el punto de vista del mundo es una labor
opaca. Como también son ocultos los cimientos de un edificio, pero
sin ellos toda la construcción se viene abajo. José tiene la
grandeza propia del Evangelio del Reino de Dios, en el cual «el que
quiera ser el más grande hágase el servidor de todos» (Mc
10,44).
El espíritu de pobreza. Si Jesús se
encarnó pobre, como explican varios Padres de la Iglesia, fue por
salvarnos, según escribe San Pablo: «Ya conocen la generosidad de
nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por
ustedes, para enriquecerlos con su pobreza» (2 Cor 8,9). No
se trata de ser pobre por impotencia de ser rico. Orígenes y Teodoto
de Ancira, dos grandes escritores cristianos del pasado, lo
explicaban: si Jesús hubiese nacido rico, noble y poderoso, sólo
habría probado que la riqueza, la nobleza y el poder son los que
salvan. Pero estos son, precisamente, los valores paganos que
esclavizan al ser humano. La que escogió Jesús es una pobreza digna
de valores que eleva la dignidad humana, por la libertad que da al
corazón para entregarlo al servicio de los hermanos más necesitados.
Por eso el Hijo de Dios decidió encarnarse en el seno de una
familia, cuya cabeza era José, que vivía con generosidad magnánima
su pobreza.
7.5. Celebración litúrgica
Misa: Solemnidad de San José (19 de marzo).
Lectura de la Liturgia de las Horas: San
Bernardino de Siena: «Protector y custodio fiel». (Solemnidad de San
José: 19 de marzo).
8. La Madre de Dios y la vocación de la
mujer
Para introducir un tema de particular
importancia en nuestro tiempo, me limito por ahora a transcribir dos
catequesis de Juan Pablo II, que pueden servirnos de iluminante
guía.
8.1. María y el valor de la mujer.
«1. La doctrina mariana, desarrollada
ampliamente en nuestro siglo desde el punto de vista teológico y
espiritual, ha cobrado recientemente nueva importancia desde el
punto de vista sociológico y pastoral, entre otras causas, gracias a
la mejor comprensión del papel de la mujer en la comunidad cristiana
y en la sociedad, como muestran las numerosas y significativas
intervenciones del Magisterio.
Son conocidas las palabras del mensaje que, al
término del Concilio Vaticano II, el 8 de diciembre de 1965, los
padres dirigieron a las mujeres de todo el mundo: “Llega la hora, ha
llegado la hora, en que la vocación de la mujer adquiere en el mundo
una influencia, un alcance, un poder jamás alcanzados hasta ahora”.
Algunos años después, en la carta Sobre la Dignidad de la Mujer
corroboré estas afirmaciones: “La dignidad de la mujer y su
vocación, objeto constante de la reflexión humana y cristiana, ha
asumido en estos últimos años una importancia muy particular” (MD
1).
En este siglo el movimiento feminista ha
reivindicado particularmente el papel y la dignidad de la mujer,
tratando de reaccionar, a veces de forma enérgica, contra todo lo
que, tanto en el pasado como en el presente, impide la valorización
y el desarrollo pleno de la personalidad femenina, así como su
participación en las múltiples manifestaciones de la vida social y
política.
Se trata de reivindicaciones, en gran parte
legítimas, que han contribuido a lograr una visión más equilibrada
de la cuestión femenina en el mundo contemporáneo. Con respecto a
esas reivindicaciones, la Iglesia, sobre todo en tiempos recientes,
ha mostrado singular atención, alentada entre otras cosas por el
hecho de que la figura de María, si se contempla a la luz de lo que
de ella nos narran los evangelios, constituye una respuesta válida
al deseo de emancipación de la mujer: María es la única persona
humana que realiza de manera eminente el proyecto de amor divino
para la humanidad.
2. Ese proyecto ya se manifiesta en el Antiguo
Testamento, mediante la narración de la creación, que presenta a la
primera pareja creada a imagen de Dios: “Creó, pues, Dios al ser
humano a imagen suya; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los
creó” (Gn 1,27). Por eso, la mujer, al igual que el varón, lleva en
sí la semejanza con Dios. Desde su aparición en la tierra como
resultado de la obra divina, también vale para ella esta
consideración: “Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien”
(Gn 1,31). Según esta perspectiva, la diversidad entre el hombre y
la mujer no significa inferioridad por parte de ésta, ni
desigualdad, sino que constituye un elemento de novedad que
enriquece el designio divino, manifestándose como algo que está
muy bien.
Sin embargo, la intención divina va más allá
de lo que revela el libro del Génesis. En efecto, en María Dios
suscitó una personalidad femenina que supera en gran medida la
condición ordinaria de la mujer, tal como se observa en la creación
de Eva. La excelencia única de María en el mundo de la gracia y su
perfección son fruto de la particular benevolencia divina, que
quiere elevar a todos, hombres y mujeres, a la perfección moral y a
la santidad propias de los hijos adoptivos de Dios. María es la
bendita entre las mujeres; sin embargo, en cierta medida, toda
mujer participa de su sublime dignidad en el plan divino.
3. El don singular que Dios hizo a la Madre
del Señor no sólo testimonia lo que podríamos llamar el respeto de
Dios por la mujer; también manifiesta la consideración profunda que
hay en los designios divinos por su papel insustituible en la
historia de la humanidad.
Las mujeres necesitan descubrir esta estima
divina, para tomar cada vez más conciencia de su elevada dignidad.
La situación histórica y social que ha causado la reacción del
feminismo se caracterizaba por una falta de aprecio del valor de la
mujer, obligada con frecuencia a desempeñar un papel secundario o,
incluso, marginal. Esto no le ha permitido expresar plenamente las
riquezas de inteligencia y sabiduría que encierra la femineidad. En
efecto, a lo largo de la historia las mujeres han sufrido a menudo
un escaso aprecio de sus capacidades y, a veces, incluso desprecio y
prejuicios injustos. Se trata de una situación que, a pesar de
algunos cambios significativos, perdura por desgracia aún hoy en
numerosas naciones y en muchos ambientes del mundo.
4. La figura de María manifiesta una estima
tan grande de Dios por la mujer, que cualquier forma de
discriminación queda privada de fundamento teórico. La obra
admirable que el Creador realizó en María ofrece a los hombres y a
las mujeres la posibilidad de descubrir dimensiones de su condición
que antes no habían sido percibidas suficientemente. Contemplando a
la Madre del Señor, las mujeres podrán comprender mejor su dignidad
y la grandeza de su misión. Pero también los hombres, a la luz de la
Virgen Madre, podrán tener una visión más completa y equilibrada de
su identidad, de la familia y de la sociedad.
La atenta consideración de la figura de María,
tal como nos la presenta la Sagrada Escritura leída en la fe por la
Iglesia, es más necesaria aún ante la desvalorización que, a veces,
han realizado algunas corrientes feministas. En algunos casos, la
Virgen de Nazaret ha sido presentada como símbolo de la personalidad
femenina encerrada en un horizonte doméstico restringido y estrecho.
Por el contrario, María constituye el modelo
del pleno desarrollo de la vocación de la mujer, al haber ejercido,
a pesar de los límites objetivos impuestos por su condición social,
una influencia inmensa en el destino de la humanidad y en la
transformación de la sociedad.
5. Además, la doctrina mariana puede iluminar
los múltiples modos con los que la vida de la gracia promueve la
belleza espiritual de la mujer.
Ante la vergonzosa explotación de quien a
veces transforma a la mujer en un objeto sin dignidad, destinado a
la satisfacción de pasiones deshonestas, María reafirma el sentido
sublime de la belleza femenina, don y reflejo de la belleza de Dios.
Es verdad que la perfección de la mujer, tal
como se realizó plenamente en María, puede parecer a primera vista
un caso excepcional, sin posibilidad de imitación, un modelo
demasiado elevado como para poderlo imitar. De hecho, la santidad
única de quien gozó desde el primer instante del privilegio de la
concepción inmaculada, fue considerada a veces como signo de una
distancia insuperable.
Por el
contrario, la santidad excelsa de María, lejos de ser un freno en el
camino del seguimiento del Señor, en el plan divino está destinada a
animar a todos los cristianos a abrirse a la fuerza santificadora de
la gracia de Dios, para quien nada es imposible. Por tanto, en María
todos están llamados a tener confianza total en la omnipotencia
divina, que transforma los corazones, guiándolos hacia una
disponibilidad plena a su providencial proyecto de amor».
8.2. El papel de la mujer a la luz de María
«1. El papel que Dios en su plan de salvación
confió a María ilumina la vocación de la mujer en la vida de la
Iglesia y de la sociedad, definiendo su diferencia con respecto al
hombre. En efecto, el modelo que representa María muestra claramente
lo que es específico de la personalidad femenina.
En tiempos recientes, algunas corrientes del
movimiento feminista, con el propósito de favorecer la emancipación
de la mujer, han tratado de asimilarla en todo al hombre. Pero la
intención divina, tal como se manifiesta en la creación, aunque
quiere que la mujer sea igual al hombre por su dignidad y su valor,
al mismo tiempo afirma con claridad su diversidad y su carácter
específico. La identidad de la mujer no puede consistir en ser una
copia del hombre, ya que está dotada de cualidades y prerrogativas
propias, que le confieren una peculiaridad autónoma, que siempre ha
de promoverse y alentarse.
Estas prerrogativas y esta peculiaridad de la
personalidad femenina han alcanzado su pleno desarrollo en María. En
efecto, la plenitud de la gracia divina favorecía en ella todas las
capacidades naturales típicas de la mujer.
El papel de María en la obra de la salvación
depende totalmente del de Cristo. Se trata de una función única,
exigida por la realización del misterio de la Encarnación: la
maternidad de María era necesaria para dar al mundo el Salvador,
verdadero Hijo de Dios, pero también perfectamente hombre.
La importancia de la cooperación de la mujer
en la venida de Cristo se manifiesta en la iniciativa de Dios que,
mediante el ángel, comunica a la Virgen de Nazaret su plan de
salvación, para que pueda cooperar con él de modo consciente y
libre, dando su propio consentimiento generoso.
Aquí se realiza el modelo más alto de
colaboración responsable de la mujer en la redención del hombre -de
todo el hombre-, que constituye la referencia trascendente para toda
afirmación sobre el papel y la función de la mujer en la historia.
2. María, realizando esa forma de cooperación
tan sublime, indica también el estilo mediante el cual la mujer debe
cumplir concretamente su misión.
Ante el anuncio del ángel, María no muestra
una actitud de reivindicación orgullosa, ni busca satisfacer
ambiciones personales. San Lucas nos la presenta como una persona
que sólo deseaba brindar su humilde servicio con total y confiada
disponibilidad al plan divino de salvación. Este es el sentido de la
respuesta: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu
palabra” (Lc 1,38).
En efecto, no se trata de una acogida
puramente pasiva, pues da su consentimiento sólo después de haber
manifestado la dificultad que nace de su propósito de virginidad,
inspirado por su voluntad de pertenecer más totalmente al Señor.
Después de haber recibido la respuesta del
ángel, María expresa inmediatamente su disponibilidad, conservando
una actitud de humilde servicio.
Se trata del humilde y valioso servicio que
tantas mujeres, siguiendo el ejemplo de María, han prestado y siguen
prestando en la Iglesia para el desarrollo del reino de Cristo.
3. La figura de María recuerda a las mujeres
de hoy el valor de la maternidad. En el mundo contemporáneo no
siempre se da a este valor una justa y equilibrada importancia. En
algunos casos, la necesidad del trabajo femenino para proveer a las
exigencias cada vez mayores de la familia, y un concepto equivocado
de libertad, que ve en el cuidado de los hijos un obstáculo a la
autonomía y a las posibilidades de afirmación de la mujer, han
ofuscado el significado de la maternidad para el desarrollo de la
personalidad femenina. En otros, por el contrario, el aspecto de la
generación biológica resulta tan importante, que impide apreciar las
otras posibilidades significativas que tiene la mujer de manifestar
su vocación innata a la maternidad.
En María podemos comprender el verdadero
significado de la maternidad, que alcanza su dimensión más alta en
el plan divino de salvación. Gracias a ella, el hecho de ser madre
no sólo permite a la personalidad femenina, orientada
fundamentalmente hacia el don de la vida, su pleno desarrollo, sino
que también constituye una respuesta de fe a la vocación propia de
la mujer, que adquiere su valor más verdadero sólo a la luz de la
alianza con Dios (ver MD 19).
4. Contemplando atentamente a María, también
descubrimos en ella el modelo de la virginidad vivida por el Reino.
Virgen por excelencia, en su corazón maduró el deseo de vivir en ese
estado para alcanzar una intimidad cada vez más profunda con Dios.
Mostrando a las mujeres llamadas a la castidad
virginal el alto significado de esta vocación tan especial, María
atrae su atención hacia la fecundidad espiritual que reviste en el
plan divino: una maternidad de orden superior, una maternidad según
el Espíritu (ver MD 21).
El corazón materno de María, abierto a todas
las miserias humanas, recuerda también a las mujeres que el
desarrollo de la personalidad femenina requiere el compromiso en
favor de la caridad. La mujer, más sensible ante los valores del
corazón, muestra una alta capacidad de entrega personal.
A cuantos en
nuestra época proponen modelos egoístas para la afirmación de la
personalidad femenina, la figura luminosa y santa de la Madre del
Señor les muestra que sólo a través de la entrega y del olvido de sí
por los demás se puede lograr la realización auténtica del proyecto
divino sobre la propia vida.
Por tanto, la presencia de María estimula en
las mujeres los sentimientos de misericordia y solidaridad con
respecto a las situaciones humanas doloras, y suscita el deseo de
aliviar las penas de quienes sufren: los pobres, los enfermos y
cuantos necesitan ayuda.
En virtud de su vínculo particular con María,
la mujer, a lo largo de la historia, ha representado a menudo la
cercanía de Dios a las expectativas de bondad y ternura de la
humanidad herida por el odio y el pecado, sembrando en el mundo las
semillas de una civilización que sabe responder a la violencia con
el amor».
8.3. Una poesía.
Esta poesía surgió al contemplar algunos
iconos de la Anunciación, en Oriente, que pintan al ángel hablando a
María junto al pozo de Nazaret. Con esto, los cristianos orientales
ligaban al Hijo de María, concebido cuando Ella iba por agua, con el
Agua viva que El mismo sería, como lo prometió a los que
creyeran en él (ver Jn 4,10).
La fuente
Con su cántaro en el hombro
va a la fuente una doncella,
un cántaro que rebosa
cargado de cielo y tierra,
de sol, luna y animales,
y hasta de pecado de Eva:
¡Oh que ciegos son los hombres
que no mirando en su cuenca
ni Judits ni Ruts ni Esteres
ni Patriarcas ni Profetas,
piensan que carga vacía
el ánfora la pequeña!
Como la ven presurosa...
¡Si la esperanza es ligera!
Al llenarlo de la fuente
bebe el cántaro una Estrella
y se ilumina su seno
sumergido en la promesa.
El Espíritu Divino
que en la mañana primera
volaba sobre las aguas
y se ha quedado por ella,
es el que ha llenado el ánfora
con su agua. La Virgen lleva
una voz de Angel al hombro
cuando a su casa regresa.
No tendrás que ir a la fuente
para mañana, Doncella,
que la Fuente en ti nacida
brotará en tu sementera,
y otros vendrán a pedirte,
sedientos, a tu parcela,
esa agua que a borbotones
salta hasta la vida eterna.
Pero mejor guarda el cántaro,
cuando vacío parezca,
que lo llenarán muy pronto
tus gozos y tus tristezas.
8.4. Celebración litúrgica
Misa: «Santa María, la mujer nueva»
(Complemento del Misal Romano, misa votiva de María n. 20).
Lectura de las Horas: San Juan Crisóstomo,
«Adán y Cristo, Eva y María». (Memoria de Santa María en Sábado,
fórmula 3).
9. María Madre de Dios en la Liturgia de la
Iglesia
La fe de la Iglesia se
expresa sobre todo en la liturgia, la cual no es otra cosa
precisamente que la celebración de nuestra fe. Por eso, si queremos
saber qué es lo que la Iglesia cree, debemos escucharla orando. Este
es un principio de la manera como la fe se expresa desde el
principio del cristianismo. Podremos resumirlo en la sentencia
siguiente: «Oramos como creemos, y creemos según la fe en la que
fuimos bautizados». Nunca nuestra oración puede ir por un lado y la
fe por otro; jamás debemos orar si no es inspirados por la verdad
que el Señor nos ha revelado. Por eso ya desde el siglo IV la
Iglesia acogió una regla de la oración litúrgica por la que se
establece la fe, que dice así:
«Consideremos los misterios de las oraciones
sacerdotales que, enseñados por los Apóstoles, se celebran de modo
uniforme en todo el mundo y en toda la Iglesia católica, de
suerte que la ley de la oración establezca la ley de la fe».
El Concilio Vaticano II nos enseña que todas
las oraciones con las cuales nos dirigimos al Señor o directamente o
por intercesión de María o de los santos deben nacer de la liturgia
y volver a ella, preparándonos para celebrarla. Por eso será una
buena ayuda para educarnos en la fe, conocer las oraciones que la
Iglesia dirige a María en la fiesta en que celebra este misterio.
9.1. La Solemnidad de Santa María, Madre de
Dios. Es la fiesta más antigua en la que se conmemora la misión
para la que el Señor llamó a Nuestra Señora, en favor de la obra
salvadora de su Hijo. El año litúrgico propiamente no es memoria de
personas, sino de los hechos históricos en los que Dios intervino
para salvarnos.
Por eso el 1º de enero nos alegramos por el servicio que el Padre,
en su infinita sabiduría, se ha dignado encargarle. La memoria de la
elección de María para el plan salvador de Dios, celebrada en la
Liturgia, es anterior a las fiestas marianas. La primera señal que
tenemos se halla en el Evangelio de San Lucas: el «Magníficat»
(Lc 1, 47-55). En efecto, éste es un himno litúrgico con el que la
Iglesia de Palestina se veía reflejada a sí misma en Ella, que era
la primera cristiana redimida por su Hijo. Por eso en el siglo II
San Ireneo de Lyon, refiriéndose a este cántico, escribe: «Exultando
María exclamó, profetizando por la Iglesia: “Engrandece mi alma al
Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador”».
De todos los aspectos de la vocación de María,
su maternidad ocupa el centro, y está puesta al servicio de la
Encarnación y el Nacimiento de su Hijo, el salvador del mundo. Por
eso las Iglesias de Oriente, en la antigüedad, solían celebrar este
misterio de María como un aspecto del 25 de diciembre, integrado en
la venida de su Hijo en la carne, como lo sugieren los himnos
navideños de San Efrén (del que arriba hemos leído uno). Poco a
poco, en las antiguas Iglesias Siria y Bizantina se dedicó un día
especial, el 26 de diciembre, a celebrar la Maternidad Divina de
María, bajo el título «Sinapsis de la Sma. Madre de Dios».
Se consagraba esta liturgia a profundizar en lo que significaba la
fiesta del Nacimiento de su Hijo.
En cambio, en Roma, desde el siglo VII, el 1º
de enero se festejaba la «Estación Solemne en Santa María de los
Mártires», para hacer memoria del papel que Ella jugó en la
Encarnación del Verbo. Se celebraba en la octava del Nacimiento,
para indicar un aspecto muy importante que iluminaba el misterio
principal, con el faro del servicio de su Madre. (Este es el
significado de las octavas en la liturgia; por ejemplo, conmemoramos
el Reinado de María en la octava de la Asunción, pues no es
sino un punto de vista particular desde el cual se contempla la
solemnidad principal: para qué fue asumida María a la gloria de su
Hijo). Pero, por los avatares del tiempo y la falta de profundidad
en la teología de la Liturgia, propia de una época, Pío XI en 1931
trasladó esta fiesta al 11 de octubre, para conmemorar la definición
dogmática en el Concilio de Efeso.
El Vaticano II ordenó la reforma del año
litúrgico, y con ello volvió a darse al calendario de la Iglesia el
sentido memorial de la obra salvadora. Con este motivo, en 1969 de
nuevo pasó a celebrarse la Maternidad de María el 1º de
enero, en el lugar que le correspondía desde el siglo VII, y fue
elevada a la categoría de solemnidad. Pablo VI, en la exhortación
apostólica El Culto Mariano 5, dice que este día solemne está
destinado a celebrar la parte que María tuvo en este misterio de
salvación, y a exaltar la singular dignidad que por ello deriva para
la Santa Madre, por medio de la cual hemos recibido al Autor de la
vida.
Para aprovechar más en el espíritu el
significado de este día, debemos advertir que el significado
completo de la fiesta antigua, que el Concilio ha mandado se
volviese a recoger, hacía memoria no sólo del aspecto maternal, sino
de la Maternidad Virginal. En efecto, no hay ninguna fecha
especial que conmemore la virginidad de María, porque ésta no es un
misterio separado: es, más sencillamente, el modo como Ella
concibió a su Hijo, por disposición del Padre, el cual decidió que
esa joven mujer virgen, casada con José, llevase en su seno a su
Hijo eterno, por obra del Espíritu Santo. Así lo enseña el Catecismo
de la Iglesia Católica (n. 496):
«Desde las primeras formulaciones de la fe la
Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen
María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también
el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido “absque
semine ex Spiritu Sancto” (Cc. Letrán, año 649; DS 503), esto es,
sin elemento humano, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en
la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de
Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra».
La virginidad de María no es, pues, algo
añadido, sino el sello propio de su maternidad, que señala por qué
ella (según el designio del Padre), concibió a Jesús sin que
interviniera semen masculino: así como el Padre era muy libre de
haber elegido otro signo, así decidió escoger éste para indicar que
el Hijo del Hombre nacido realmente de una mujer, era también el
Hijo de Dios engendrado desde siempre en el seno del Padre. Reluce
así con toda claridad, cómo de tal modo la grandeza de María
consiste en ser la fiel servidora de su Hijo, que incluso la
solemnidad más importante que la conmemora, no hace sino recordar su
humilde servicio.
9.2. Oraciones litúrgicas para esta
solemnidad. Concluimos nuestro recorrido por este misterio,
recordando algunas de las plegarias a María con las cuales, a través
de los siglos, los fieles de la Iglesia de Oriente y Occidente, han
invocado en su fiesta a María, bajo su título privilegiado:
«Madre de Dios».
Iglesia Sirio-Occidental (fiesta del 26
de diciembre)
Oración inicial. «Ayúdanos, Señor Dios,
a poder estar delante de ti y a cantar himnos, melodías místicas y
alabanzas divinas, para glorificarte en este día de fiesta en honor
de tu Madre, en la cual has derramado con abundancia tu santidad, y
la has hecho digna de toda bienaventuranza. Te pedimos, por estas
plegarias que tú siempre escuchas, que nos concedas una conducta sin
reproche, adornada de buenas obras. Así te daremos gloria junto con
tu Padre y con tu Santo Espíritu, ahora y siempre y por los siglos
de los siglos. Amén.»
Oración del incienso. «Oh María, Virgen
pura, gloriosa y esplendente Madre de Dios, a quien felicitan todas
las razas de la tierra; tú que estás llena de la santidad del
Espíritu Santo y mereces la alabanza de todas las criaturas, suplica
en nuestro favor al Hijo Unigénito, el Verbo que de Ti se ha
manifestado, que dé a su santa Iglesia tranquilidad y paz, tiempos
fecundos y abundantes bendiciones. Haz que nuestras fiestas sean
ocasión de gozo y alegría, y que podamos celebrar tu memoria, como
es digno, en todo tiempo. Y elevaremos la gloria y nuestra gratitud
a Cristo nuestro Dios, tu Hijo y Señor, el cual da esplendor a tu
fiesta. Así bendeciremos al Padre y a su Santo Espíritu por los
siglos de los siglos».
Oración final. «Oh Cristo nuestro Dios,
haz que celebremos en pureza y santidad esta fiesta de la Virgen
María, de la cual has nacido; y que la Iglesia se vea iluminada con
la multitud de sus hijos que van caminando hacia la perfección, por
las súplicas de tu Madre, oh Cristo nuestro Dios. Y exclamaremos
tres veces: ¡Kyrie eleison! ¡Kyrie eleison! ¡Kyrie eleison!
Iglesia Maronita (fiesta del 26 de
diciembre)
Oración inicial. «Señor Dios, luz
verdadera, tú has revelado tu esplendor en la creación por medio del
cuerpo que has asumido de tu santa Madre, María. Por las plegarias
de esta Madre, concede paz a la Iglesia, a fin de que pueda celebrar
dignamente este día de fiesta, y obtener el perdón de los pecados
para tus hijos. Gloria te sea dada por los siglos. Amén».
Oración del incienso. «Santa Madre de
Dios, en ese día en que te conmemoramos, ofrecemos a tu Hijo
nuestras plegarias; pídele que conserve su Iglesia y a sus hijos;
pueda su clero cumplir el propio servicio con celo, y que, quienes
reposan en su seno, conozcan la misericordia y la compasión; y
nosotros le elevaremos las gracias y la gloria, ahora y por los
siglos. Amén».
Oración final. «Nos unimos a todos los
fieles para alabar y felicitar a nuestra hermana María: Ella será
para siempre reconocida como Madre de Dios. Los profetas hablaron de
Ella en figura, y los patriarcas predijeron su venida, pero ninguno
sabía que se le llamaría Madre de Dios. Oh Dios, que te has
complacido en las oblaciones de los antiguos justos, acepta hoy
nuestro ofrecimiento, y acoge con solicitud nuestras oraciones».
Misal Romano
(Solemnidad del 1º de enero)
Oración colecta. «Dios y Señor nuestro,
que por la maternidad virginal de María entregaste a los hombres los
bienes de la salvación, concédenos experimentar la intercesión de
Aquella de quien hemos recibido a tu Hijo Jesucristo, el autor de la
vida. El vive y reina contigo...»
Oración sobre las ofrendas. «Señor y
Dios nuestro, que en tu providencia das principio y cumplimiento a
todo bien, concede, te rogamos, a cuantos celebramos hoy la fiesta
de la Madre de Dios, santa María, que así como nos llena de gozo
celebrar el comienzo de nuestra salvación, nos alegremos un día de
alcanzar su plenitud. Por Jesucristo nuestro Señor».
Oración final. «Hemos recibido con
alegría los sacramentos del cielo; te pedimos ahora, Señor, que
ellos nos ayuden para la vida eterna, a cuantos proclamamos a María
Madre de tu Hijo y Madre de la Iglesia. Por Jesucristo nuestro
Señor».
9.3. Celebración litúrgica
Misa: Solemnidad de Santa María, Madre de Dios
(1 de enero).
Lectura de la Liturgia de las Horas: San
Atanasio de Alejandría, «La Palabra tomó de María nuestra
condición». (Tomo I: 1 de enero).
CONCILIO VATICANO II, Constitución dogmática Lumen Gentium
(LG) sobre la Iglesia, 53.
NESTORIO, Sermón IX. Primero contra la Theotókos (esto es,
«Madre de Dios»).
Ver VATICANO II, Lumen Gentium 55, y JUAN PABLO II,
Encíclica sobre La Madre del Redentor (RM), 7b.
SAN IRENEO DE LYON, Contra los herejes V, 21,1.
Escrita en idioma náhuatl por Antonio Valeriano, traducida por
Primo Feliciano Velázquez.
SAN ATANASIO, Carta a Epicteto 5.
CONCILIO VATICANO II, Constitución dogmática Dei Verbum (DV)
sobre la revelación divina, 5.
Autor: Juan Bautista Beltrán, S.J., año 1946.
"El Señor Dios le dará el trono de David su padre" (Lc 1,32). De
SAN CIRILO DE ALEJANDRIA, Libro contra quienes se niegan a
confesar que la Santa Virgen es Madre de Dios, 19.
«Conocer a la mujer» era una manera de llamar la relación sexual
entre marido y mujer, en la tradición hebrea: ver Gén 4,1; Mt
1,25; Lc 1,34.
Traducción del Prof. Julio Picasso M., de la Facultad de
Teología Pontificia y Civil de Lima. Transcrito por gentil
autorización, de Boletín del Arzobispado de Lima, Abril
1994, pp. 31-36.
SAN PEDRO DE ALEJANDRIA, Crónica Pascual 7.
SAN ALEJANDRO DE ALEJANDRIA, Carta a Alejandro de Bizancio
12.
NESTORIO, Carta a San Cirilo de Alejandría.
Citado de R. GARCIA VILLOSLADA, Martín Lutero II (BAC
Maior 4), Madrid, BAC 1973, pp. 17-18.
Citados de A. FRANQUESA, "La fe y la piedad marianas en el
protestantismo", en AA.VV., La Virgen María en el culto de la
Iglesia, Salamanca, Sígueme 1968, pp. 181 y 183.
M. THURIAN, María Madre del Señor, figura de la Iglesia,
Zaragoza, Dichos y Hechos 1966, pp. 109-110 y 112-113.
Ver la encíclica La Madre del Redentor 18, 20, 23-24.
ORIGENES, Comentario al Evangelio de Juan I, iv,23.
H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Bilbao, DDB
1966, pp. 289-290.
SAN AGUSTIN, Sermón 215, 4.
M THURIAN, Obra citada, pp. 90-91.
Son evangelios que se escribieron más tarde, que no están
inspirados por Dios. No son parte de la revelación de la
Escritura. El más antiguo, de mitad del siglo II, es el llamado
Evangelio de la Natividad de María, del que se derivaron
otros, de los cuales el más conocido es el titulado Evangelio
de Santiago.
Ver JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica El Custodio del
Redentor (1989), sobre la figura y misión de San José, n.
3-7.
Véanse, por ejemplo, Gén 15,1; Jos 1,9, sobre todo
Lc 1,30. Con frecuencia indica la presencia de Yahvé que
viene a salvar a un pueblo débil y pequeño, como en Is
41,10.13; 43,1. En algunos casos equivale a obedecer al Señor,
como en Gén 22,12.
JUAN PABLO II, Catequesis durante la audiencia general del 29 de
noviembre, en L'Osservatore Romano 48 (1 dic. 1995), p.
3.
JUAN PABLO II, Catequesis durante la audiencia general del 6 de
dic., en L'Osservatore Romano 49 (8 dic. 1995), p. 3.
Flor Natural en los Juegos Florales Nacionales de Sahuayo
Michoacán (México, Dic. 1986). Autor: Carlos Ignacio González,
S.J.
Ver CONCILIO VATICANO II, Constitución Sacrosanctum Concilium
(Sobre la Sagrada Liturgia) 102.
SAN IRENEO DE LYON, Contra las herejías III, 10,2.
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El padre Carlos Ignacio González Jiménez,
SJ, (1937-2006) fue doctor en filosofía y teología, académico y
profesor de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, la
Facultad de Estudios Teológicos de Lima, Perú, y del Seminario
Mayor de la Arquidiócesis de Guadalajara, México, autor y traductor
de más de una treintena de libros y miembro muy estimado de la
Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús.
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