"Me da pena esta multitud, porque hace
tres días que están conmigo y no tienen qué comer. Si los mando en ayunas a sus casas, van a
desfallecer en el camino, y algunos han venido de lejos".
(San Marcos 8,2-3)
¿De donde habrá Jesús aprendido esa
ternura por los demás sino de su Padre Dios y de su Madre Maria?
¡Cuantas veces la delicadeza de la Virgen Maria se habría puesto
en acción delante de su hijo! Por treinta años Jesús pudo ver la ternura del
Corazón de su Madre que jamás permitía que nadie que tocara a sus puertas se
fuera con las manos vacías. Ella siempre, desde el silencio y la humildad, hizo
el milagro de multiplicar su pobreza para que alcanzara a todos aquellos que a
su alrededor sufrian o necesitaban. Esa misma ternura de un corazón que se derrite
ante el prójimo la ponía de manifiesto Jesús en su ministerio público cuando se
le acercaban los enfermos y los hambrientos. Y no solo de cuerpo sino también
de alma, que es un hambre que no se sacia con cualquier pan ni es una
enfermedad que se cura con remedios del mundo.
Hoy hay muchísimos hijos de Dios y de
María que caminan por el mundo famélicos. El alimento está allí, al alcance de
su mano, en el Sagrario de una humilde Iglesia. Pero las enfermedades del alma
ocasionan una ceguera tal que los 'tres días' que dura nuestra vida en esta
tierra se pasan quizá cerca de Jesús pero con hambre…
Da mucha pena que más de 2000 años
después hayan tantos millones que no conocen a Jesús o aún conociendolo y
habiendo sido bautizados, lo ignoran. Ignoran que El es el único Alimento Verdadero que puede saciar todas las hambres y sin embargo siguen
desfalleciendo teniendolo tan cerca…
“Denles ustedes de comer”, nos sigue
diciendo el Señor. Y la mismísima Virgen no se queda agena a este pedido y sale
por el mundo a llamar a sus hijos a la conversión, al cambio de vida, a volver
a la Iglesia,
única casa donde abunda el Pan.

Que los hermanos y discípulos de Jesús
no nos cansemos de invitar a todos a nuestra Mesa. La tarde está avanzada, aún
hay muchos deambulando por allá afuera. Y Jesús y María siguen tan apenadso como aquel día. Santa Madre de hambrientas multitudes, no permitas
que la humanidad muera de hambre por el camino de esta vida. Llévanos a
todos a alimentarnos y saciarnos de la Mesa
de tu Hijo que también es tu mesa, donde la comida y la bebida son gratis y prenda de salvación eterna.