(San
Lucas 2,19)
María es maestra de oración. Sin duda, habiendo abrevado en
las Sagradas Escrituras y habiendo llevado en su seno a la misma Palabra hecha
carne, ha logrado Ella ser el faro inequívoco de cómo debemos situarnos frente
a las distintas circunstancias que nos presenta la vida. Y quizá la manera más
paradójica para el mundo actual sea el silencio.
Cuantas veces escuchamos a hermanos y hermanas que se quejan
de que “Dios no me escucha”. ¿No será al revés?
Hoy no hacemos silencio. Todo es ruido. Tenemos un miedo
pavoroso a hacer silencio. Uno sube a un bus de esos que hacen recorridos
internos en las ciudades y no falta quien vaya “enchufado” a su teléfono móvil.
Los antiguos walkman desaparecieron. Ahora desde un teléfono puedes
comunicarte, escuchar radio, escuchar música y hasta ver televisión. Vivimos
“encadenados” al murmullo continuo, al ruido sin corte. Ni siquiera escuchamos
a quien va nuestro lado, al que si necesita comunicarnos algo debe tocarnos una
o más veces hasta que nos dignemos quitarnos los auriculares de las orejas,
porque no alcanza tenerlo en una sola. Y eso en el mejor de los casos. Pues
ahora directamente ponen sus ritmos a todo volumen sin respeto por quien quiera
leer, estudiar, rezar o simplemente pensar.
En la era de la “comunicación” vivimos aislados en nuestros
propios ruidos. Y cuando alguien desea hacer silencio, nosotros nos encargamos
de interrumpirlo. Ya ni el domingo es un día de descanso. Hay ruido por todas
partes. Desfiles, fiestas, espectáculos, deportes, bullicio, música en las
plazas, ruido, ruidos y más ruido. Y si tu equipo ha ganado el partido, ya no
festejas tu solo sino que además debes pasearte por el pueblo tocando bocina y
haciendo solar las cornetas para que todos sepan y no quede duda de que te es
imposible el silencio. Y si quieres irte a dormir temprano nunca faltan fuegos
artificiales y explosiones a la medianoche porque una jovencita cumple 15 años
o una pareja se ha casado.
Cada vez es más difícil hacer silencio. Cada vez es mas
difícil encontrar momentos de silencio. Hasta en los momentos de adoración y
oración comunitaria que organizamos en nuestras Parroquias parece
imprescindible el interrumpir cada tres o cuatro minutos con una canción “que
ayude a la oración”… ¿no es eso una paradoja?
¿Cómo haremos para escuchar a Dios si no hacemos silencio?
¿Cómo haremos para discernir lo que Dios nos comunica a través de las
circunstancias de nuestra vida, de la lectura de la Biblia, de los gestos de
los demás, de la reflexión personal, de la lectura de un libro piadoso… si no
podemos detenernos a “escuchar”?
María guardaba todas las cosas que sucedían en su Corazón.
Pues solo allí, en el interior del Templo de nuestro corazón, hallaremos
silencio. Pero para eso hay que entrar dentro, atreverse a silenciar nuestros
sentidos. Atreverse a no tener miedo de quedarnos “solos” con nosotros mismos y
con Dios. El enemigo del hombre ha preferido el descontrol a las herejías, la
distracción a los sacrilegios. Si no hay silencio ni tiempo para lograrlo, las
herejías y los sacrilegios vendrán solitos, pues en medio de tanto “escándalo
auditivo” lo sagrado pierde su lugar y su sabor. Ya el domingo no es más el día
del Señor sino del hombre globalizado, aturdido y en el fondo, sólo. Con una
soledad que maquilla con incontables diversiones, risas huecas, distracciones,
fiestas… y más ruido.
Miremos a María y hagamos como Ella. Busquemos momentos de
silencio interior aún en medio de las vicisitudes de la vida. Solo en el
silencio de nuestra morada interior podremos darle oportunidad a Dios de
escucharlo. Sólo si hacemos silencio y callamos nuestra palabrería podremos
escuchar la voz de Dios.
Santa María, Madre del silencio, ruega por nosotros.
Dios los bendiga y Santa Maria les sonría,